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La persistencia de la memoria

NinaNina Pedro Abad s.XII
editado diciembre 2008 en Narrativa
La mayoría de la gente cree, al contrario que Mili, que los niños sólo son un trocito de carne con ojos, que no piensa. Mili leyó en alguna parte que no es posible recordar nada ocurrido antes de los tres años, pero lo niega tajantemente.


Contaba verse a sí misma de la mano de su tía Elena, andando, despacito y torpe, hacia el cuarto de estar de casa, y a su tía sentándose en un sillón orejero, junto a una mesa con faldas de fieltro, y flores de colores de la misma tela, recortadas y cosidas aquí y allá. Y ella de pie frente a su tía Elena, que la miraba con una sonrisa, preguntando: “¿Dónde están los píos-píos?”... Y recordaba su irritación, y haber pensado: “Qué pesadez... Otra vez la misma comedia... pues no pienso contestarle por mucho que se empeñe...” Y, aunque reconoce que es difícil que conociera el significado de palabras como “pesadez”, o “comedia”, afirma que esos, exactamente, eran sus sentimientos. Cuenta que Elena seguía repitiendo la pregunta, sin perder la paciencia, mirándola a los ojos fijamente, y que llegó un momento en que ella se sintió mal, pensó que era cruel no seguir el juego y, en un acto de pura bondad, levantando el dedito, apuntó a los cuadros con dibujos de pájaros de la pared, y dijo: “Allí...” Y que el gesto satisfecho que obtuvo a cambio, apenas alivió su fastidio.


Cuando se lo contó a su madre años después, ella la miró, incrédula, y le dijo: “Imposible. No puede ser que te acuerdes de eso...” y ella se puso furiosa: “¿Cómo que no?... ¿¡cómo que es imposible!?... ¡¡si lo estoy viendo!!” Pero sólo obtuvo una indulgente y escéptica sonrisa, y esa mirada que los adultos dedican a los adolescentes, sacudiendo la cabeza, mientras piensan: “Estos críos... qué ocurrencias tienen...” Así que renunció a darle más detalles, convencida de que iba a ser incapaz de asimilar -encima- que lo que la empujó a contestar fue un sentimiento de piedad, de clemencia: Porque eso fue lo que sintió, por más que desconociera también esos conceptos.


No sólo eso, porque Mili tenía muy presente en su memoria una noche en que sus padres habían ido al cine y ella estaba acostada hacia mucho rato, incapaz de conciliar el sueño. En la cama de al lado, la intrusa -su hermana pequeña-, dormía como un lirón mientras ella escuchaba un tenue ruido de vajilla entrechocando que se colaba por la ventana del patio. Y ese ruido, mezclado con la penumbra del dormitorio, le había provocado un sentimiento de soledad tan hondo y tan complejo que, de repente, comprendió que iba a ser algo difícil de ignorar en aquel momento y el resto de su vida.







Está sólo empezado... Lo siento, de verdad, definitivamente no puedo hacerlo de otro modo.

Comentarios

  • NinaNina Pedro Abad s.XII
    editado diciembre 2008
    La mayoría de la gente cree, al contrario que Mili, que los niños sólo son un trocito de carne con ojos, que no piensa. Mili leyó en alguna parte que no es posible recordar nada ocurrido antes de los tres años, pero lo niega tajantemente.

    Contaba verse a sí misma de la mano de su tía Elena, andando, despacito y torpe, hacia el cuarto de estar de casa, y a su tía sentándose en un sillón orejero, junto a una mesa con faldas de fieltro, y flores de colores de la misma tela, recortadas y cosidas aquí y allá. Y ella de pie frente a su tía Elena, que la miraba con una sonrisa, preguntando: “¿Dónde están los píos-píos?”... Y recordaba su irritación, y haber pensado: “Qué pesadez... Otra vez la misma comedia... pues no pienso contestarle por mucho que se empeñe...” Y, aunque reconoce que es difícil que conociera el significado de palabras como “pesadez”, o “comedia”, afirma que esos, exactamente, eran sus sentimientos. Cuenta que Elena seguía repitiendo la pregunta, sin perder la paciencia, mirándola a los ojos fijamente, y que llegó un momento en que ella se sintió mal, pensó que era cruel no seguir el juego y, en un acto de pura bondad, levantando el dedito, apuntó a los cuadros con dibujos de pájaros de la pared, y dijo: “Allí...” Y que el gesto satisfecho que obtuvo a cambio, apenas alivió su fastidio.

    Cuando se lo contó a su madre años después, ella la miró, incrédula, y le dijo: “Imposible. No puede ser que te acuerdes de eso...” y ella se puso furiosa: “¿Cómo que no?... ¿¡cómo que es imposible!?... ¡¡si lo estoy viendo!!” Pero sólo obtuvo una indulgente y escéptica sonrisa, y esa mirada que los adultos dedican a los adolescentes, sacudiendo la cabeza, mientras piensan: “Estos críos... qué ocurrencias tienen...” Así que renunció a darle más detalles, convencida de que iba a ser incapaz de asimilar -encima- que lo que la empujó a contestar fue un sentimiento de piedad, de clemencia: Porque eso fue lo que sintió, por más que desconociera también esos conceptos.

    No sólo eso, porque Mili tenía muy presente en su memoria una noche en que sus padres habían ido al cine y ella estaba acostada hacia mucho rato, incapaz de conciliar el sueño. En la cama de al lado, la intrusa -su hermana pequeña-, dormía como un lirón, mientras ella escuchaba un tenue ruido de vajilla entrechocando que se colaba por la ventana del patio. Y ese ruido, mezclado con la penumbra del dormitorio, le había provocado un sentimiento de soledad tan hondo y tan complejo que, de repente, comprendió que iba a ser algo difícil de ignorar en aquel momento, y el resto de su vida.

    La tata se asomaba al dormitorio de vez en cuando, y al darse cuenta de que Mili seguía despierta, tuvo el detalle de echarse a su lado un ratito para hacerle compañía. Increíble, pues la intrusa era su ojito derecho. La había visto nacer, se le caía la baba al mirarla, e incluso tenía un nombre especial para ella: la llamaba Remundalana, o Remundina, como diminutivo. A Mili le molestaba enormemente no tener su propio apodo, y su enojo creció más tarde, cuando le hablaron en el cole de Hermenegildo y Recaredo, pues concluyó que se trataba de una antigua princesa goda, y aquello le pareció demasiado para poder soportarlo con paciencia. No cayó en la cuenta de que un ser tan elemental como su tata, capaz -y Mili era testigo- de administrarse un supositorio por vía oral, difícilmente podría elegir un sobrenombre tan sofisticado. Años después, su tía Elena le explicó que ese Remundalana era deformación del nombre de un cantador navarro de jotas, con el que se refería a la prodigiosa capacidad pulmonar de su hermana a la hora de berrear.
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