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Registro 1189 - Ultima spes terræ

Bitácora biológica de campo — Registro 1189
17 de agosto de 3074
Zona continental de exclusión | Antiguo cinturón tropical.

Hoy caminé solo.
Eso ya no es extraño. El planeta es vasto, silencioso, demasiado grande para la poca humanidad que queda dispersa en nodos aislados. La Tierra no está vacía… pero se siente abandonada, como una casa que sigue en pie después de que todos se fueron.
El cielo amaneció opaco, de un azul cansado, atravesado por vetas metálicas altas en la estratósfera: restos visibles de los antiguos sistemas de corrección climática que aún operan de forma autónoma. No fallan, pero tampoco curan. Mantienen al planeta funcionando, no sano.
Estado general del ecosistema
El paisaje es silencioso.
No el silencio antiguo, lleno de insectos, viento y aves, sino uno contenido, como si el mundo respirara con cuidado para no quebrarse. Las grandes extensiones verdes existen, pero no son exuberantes. Son funcionales.
Bosques enteros crecen siguiendo patrones repetidos, genéticamente reforzados para resistir calor, sequía y suelos empobrecidos. Árboles altos, hojas gruesas, raíces profundas. No hay exceso. Nada sobra.
El planeta aprendió a ahorrar vida.
Flora observada
Registré varias especies post-antropocénicas:
Árboles de hoja reflexiva, capaces de regular la radiación solar; su follaje cambia de tono a lo largo del día.
Musgos fotolumínicos, extendidos sobre rocas y ruinas urbanas; no brillan por belleza, sino para atraer a los pocos insectos nocturnos que quedan.
Plantas filtrantes, creciendo alrededor de antiguos vertederos y zonas industriales, alimentándose de suelos que alguna vez fueron tóxicos.
La vegetación ya no coloniza por impulso.
Coloniza por necesidad.
Fauna remanente y emergente
Los animales son pocos. Los encuentros, raros.
Hoy observé un ungulado anfibio, descendiente lejano del venado. Extremidades largas, pezuñas flexibles, tórax expandido para respirar en ambientes saturados de humedad. No huyó al verme. Tal vez ya no nos teme… o tal vez ya no nos reconoce como amenaza.
En el cielo, una sola ave térmica planeó durante minutos sin mover las alas. No cantó. Ninguna de las nuevas aves canta como antes.
En los océanos, según los registros:
Los cetáceos redujeron su comunicación sonora.
Los peces son más pequeños, más discretos.
El mar aprendió a ser prudente.
La vida continúa, pero ya no celebra su existencia.
Registro sobre la especie humana
La reducción humana no fue repentina ni gloriosa.
Fue lenta, acumulativa y desigual.
Los archivos coinciden en señalar como punto de inflexión a la primera gran pandemia global del siglo XXI: COVID-19. Entre 2020 y los años posteriores, las cifras oficiales registraron aproximadamente 7 millones de muertes directas en todo el mundo. Estudios posteriores, basados en exceso de mortalidad, estimaron que la cifra real pudo situarse entre 15 y 18 millones de fallecidos.
No fue el virus el que quebró a la civilización, sino lo que dejó expuesto: sistemas de salud frágiles, desigualdad extrema, dependencia absoluta de cadenas de suministro largas y vulnerables.
Después vinieron otras pandemias. Algunas zoonóticas. Otras surgidas de mutaciones aceleradas por la presión ambiental y la migración masiva. Ninguna fue definitiva por sí sola. Todas juntas fueron agotando a la especie.
A esto se sumaron hambrunas prolongadas.
La pérdida de suelos fértiles, el colapso de polinizadores y la alteración de los ciclos de lluvia hicieron que la producción de alimentos se volviera errática. Hubo años en que la comida existía, pero no llegaba. Otros en que simplemente no existía.
La escasez de agua potable terminó de vaciar regiones enteras. Ciudades que habían sobrevivido a virus y conflictos se abandonaron cuando los acuíferos colapsaron o se volvieron irrecuperables. La migración aceleró la propagación de enfermedades y el consumo final de los recursos restantes.
No fue una extinción violenta.
Fue una desaparición por desgaste.
Los sobrevivientes se reagruparon en asentamientos pequeños, autosuficientes, aprendiendo —tarde— a ocupar menos espacio y observar más de lo que intervenían.
El agua y la memoria
Las antiguas ciudades costeras siguen bajo el mar.
Torres corroídas emergen como columnas, ahora cubiertas de algas y corales nuevos. La vida encontró utilidad en nuestras ruinas.
El océano no olvidó.
Pero tampoco dejó de moverse.
Reflexión final
Como biólogo, registro datos.
Como habitante de este planeta, cargo con la culpa en la memoria.
La Tierra no murió.
Pero envejeció de golpe.
Aun así, hoy, entre los musgos luminosos, observé una flor que no figura en ningún catálogo. Pequeña. Blanca. Frágil. No diseñada. No corregida.
Crecía sola, en un suelo que durante siglos fue estéril.
Tomé muestras. Fotografías. Coordenadas.
Cumplí el protocolo.
Y aun así, decidí nombrarla.
La registraré como Ultima spes terræ.
La última esperanza de la Tierra.
No sé si sobrevivirá.
No sé si se reproducirá.
Pero existe. Y eso, en este mundo agotado, ya es una forma mínima de futuro.
Tal vez el planeta aún intenta algo por su cuenta.
Tal vez no todo esté perdido.
Pero los registros, la historia y el silencio coinciden en una sola conclusión:
un día jugamos a ser Dios... Perdimos.


- Diego Mora

Comentarios

  • Hoal, Diego,

    Gracias por compartir el relato. Encuentro que es de una tristeza lánguida y fatalista, pero el detalle de la pequeña flor (y su nombre) da un respiro al lector, incluso le ofrece esperanza.... 

    He visto que en algunos momentos no utilizas puntos para concluir la frase. No sé si es voluntario, como si fuese una especie de titular, o una pequeña errata sin importancia.

    Ánimo, y que no decaiga la pluma!


  • Mis dos hijos son biólogos, les pase este relato y les encantó, uno dijo que escribes de güevos, (no se que quiso decir exactamente), pero quiero creer que escribes como se debe escribir.
  • yo como escritora, aprecio el talento creativo y tu relato tiene gancho, te atrapa, tiene ese olor técnico que deben tener lo relatos de ciencia ficcion y fantasy. Me gustó que no te desgastas en descripciones aunque me hubiera gustado unos pincelazos aquí o allá, como por ejemplo el traje espacial. Por alguna razón, en el contexto del relato me imaginé al biólogo realizando un levantamiento pero equipado con un traje espacial cerrado para no alterar el ecosistema, las descripciones de las columnas, la selva, justas, concretas y al punto. muy bien logradas
  • Hoal, Diego,

    Gracias por compartir el relato. Encuentro que es de una tristeza lánguida y fatalista, pero el detalle de la pequeña flor (y su nombre) da un respiro al lector, incluso le ofrece esperanza.... 

    He visto que en algunos momentos no utilizas puntos para concluir la frase. No sé si es voluntario, como si fuese una especie de titular, o una pequeña errata sin importancia.

    Ánimo, y que no decaiga la pluma!


    Hola.

    Muchas gracias por tomarte el tiempo de leer mi relato, espero te haya gustado.
     
    y em efecto la falta de puntuación es a propósito, es una especie de título como si de una bitácora se tratase. 

    Un saludo y un abrazo colega.

  • tézclave dijo:
    Mis dos hijos son biólogos, les pase este relato y les encantó, uno dijo que escribes de güevos, (no se que quiso decir exactamente), pero quiero creer que escribes como se debe escribir.

    Hola.

    Antes que nada un saludo y un abrazo, y que maravilla leer este comentario, yo en lo personal soy un completo ignorante del tema, no se mas que lo que llegue a leer en libros escolares de textos y lo que he investigado de manera autodidacta, sin embargo es muy satisfactorio leer que hay expertos en la materia que lo consideren un buen escrito y que esta bien narrado, eso me quita un peso de encima, debido a que no sabia que tan acertados eran los términos, muchas gracias por compartir mi texto y gracias por el tiempo para leerlo. Tomare en cuenta los consejos para la próxima vez, creo que haciendo una revisión si hubiese sido mejor detallar un poco más, muchas gracias.


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