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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Algarrobar, una aldea pobre
En Algarrobar, una aldea lejana y pobre encajada entre cerros, la llegada del médico era un acontecimiento. Pasaba consulta una vez por semana, los jueves de ocho de la mañana a dos de la tarde. El silencio del lugar se interrumpía por el rugido asmático de una furgoneta blanca con el logo Consejería de Salud, poco visible por el polvo y los incestos del camino.
El médico se llamaba don Roberto, había nacido en Sevilla, y había estudiado medicina con sueños de hospitales modernos, quirófano de alta definición y congresos internacionales, pero la vida, con su peculiar forma de torcer destinos e ilusiones, lo había dejado entre gente rústica pobre, y enfermedades que llegaban leves pero más tarde se convertían en graves.
El ambulatorio estaba ubicado en una casa vieja, con una consulta improvisada y un botiquín con más parecido a una caja de herramientas que a una farmacia. A pesar de eso, don Roberto hacía todo lo posible por cumplir con su cometido, que era sanar a sus enfermos, además de darles un poco de compañía.
La primera en llegar a las ocho en punto de la mañana era la abuela Rogelia. Una anciana de 87 años que tenía una memoria de elefante y un bastón con mango de carey que golpeaba el suelo como un metrónomo.
—Don Roberto, llevo tres días con dolor en la cabeza y en el pecho.
Don Roberto le tomó la presión, escuchó sus pulmones con el estetoscopio y le preguntó por su tos. Rogelia respondió que tos no tenía, pero sí tenía miedo de vivir sin compañía y de morir y que la encontraran en el suelo de su casa días después.
Poco después, entro a la consulta Antoñito, un niño de nueve años con la nariz sangrando por tercera vez esa semana. Venía descalzo, con los pies negros de tierra y la camisa y el pantalón remendados.
—La sangre me sale sola, señor médico. Como si mi cuerpo estuviera enfadado.
Lo revisó y encontró una leve fragilidad capilar, quizá debido a la poca alimentación. Le dio unas vitaminas y lo mandó con su madre para que le diera frutas, aunque sabía bien que las frutas no eran baratas y que en Algarrobar, la única tienda de comestibles estaba a dos kilómetros. Pero como don Roberto llevaba en su furgoneta una cesta de mimbre con alimentos, salió a la calle a por la cesta y cuando entró le dio al chiquillo todo su contenido.
—Toma, esto te curará pronto -le dijo sonriendo, a la vez le revolvía la mata de sucios pelos de la cabeza.
Es que el bueno de don Roberto pasaba consulta en cuatro aldeas más, de ahí que llevase comestibles suficientes para el almuerzo, y hasta para la cena porque muchos jueves terminaba de trabajar a las once de la noche o más.
—Si te vuelve a ocurrir, te haremos un estudio exhaustivo en un hospital de la ciudad -le dijo con voz suave, sabiendo que, quizás, no volvería hasta necesitar una transfusión de sangre.
A media mañana, llegó una urgencia: Paco, un joven campesino con una herida en la pierna, causada por un arado. Venía en una moto de poca cilindrada, acompañado de paquete por un primo suyo, con el pantalón empapado en sangre.
Don Roberto lo atendió de inmediato. Le limpió la herida, le hizo un torniquete, le aplicó anestesia local y suturó la herida como si estuviera en la nutrida urgencia de un hospital, aunque los únicos asistentes en su consulta eran un batallón de mosquitos y avispas y una enfermera rural de pasantía, la cual sabía tomar la tensión, poner inyecciones y poco más.
Paco bajó la cabeza, como entendiendo el razonamiento del médico. En el campo, el cuerpo es una herramienta. Si se rompe se reemplaza. Pero Paco no tenía reemplazo.
Pasada media hora, entró a la consulta Rosario, una mujer soltera de 38 años, guapa y con buen cuerpo. Era la maestra de la aldea. Venía con las uñas medio mordidas y el rostro tenso.
—Tenía necesidad de hablar con alguien, y con quien mejor que con mi buen amigo Roberto. Lo mío no es una enfermedad. Es diferente -le dijo.
Se sentaron y, durante unos minutos, don Roberto no era un médico, era un confidente. Rosario le habló de sus ansiedades, de sus insomnios, de su miedo permanente a que algún alumno suyo se empeñase diariamente en bañarse en el peligroso canal y se ahogase, o que algún padre llegase borracho y le echase a ella la culpa de todo. No lloró, pero el silencio que dejó después valía por todas las lágrimas.
—¿Tienes algún antídoto para esto, Roberto? -le preguntó.
Don Roberto le habló de terapia, de medicación si era necesaria, y también le habló de relacionarse más, de dejar la soltería y de unirse, ¡de una puñetera vez!, a un hombre que la amase, para entre ambos compartir el peso.
—No somos máquinas, querida amiga Rosario. Nadie puede solo con todo.
Antes de cerrar el consultorio, atendió a una chiquilla embarazada, Rosita de 16 años, que era huérfana de padre y madre y que vivía pobremente con su abuela paterna. Este era su primer control prenatal. Tenía novio, pero se fugó cuando supo que la había dejado embarazada, por lo que no tenía un plan de futuro, pero sí tenía una decisión: iba a parir sí o sí lo que tenía en su barriga, con el beneplácito y el visto bueno de su abuela, que la adoraba.
Don Roberto le hizo una inspección básica, le explicó los cuidados que debía tener, le dio un bote de ácido fólico y un número de teléfono que era el de emergencias. También le dio un beso en cada mejilla y un abrazo; porque, en muchos casos, son más efectivos que una medicina. Finalmente, cogió del bolsillo trasero de su pantalón su cartera y sacó un billete de mil pesetas, que, sin que la chiquilla se percatara, lo metió en el ajado bolso que traía. Con este sutil gesto, mostró su calidad y su sensibilidad humana. No quiso darle el dinero en mano por el temor a que la humilde pero orgullosa chiquilla no lo cogiese, aun sabiendo que lo necesitaba como agua de abril y mayo y le serviría de gran ayuda.
Cuando se hicieron las dos y veinte de la tarde, don Roberto cerró la puerta del consultorio con llave, metió los restos del día en su mochila (guantes, papeles, recetas sin rellenar etc…) y volvió a subir a su furgoneta. Pero antes de ponerla en movimiento, miró por el espejo retrovisor.
Algarrobar seguía ahí: inmóvil y resiliente, cual enfermo crónico que no mejora pero tampoco muere.
Don Roberto arrancó el motor de la furgoneta. El polvo volvió a levantarse. La próxima consulta sería al otro jueves. Pero siempre y cuando las condiciones meteorológicas lo permitieran, y siempre y cuando la aldea siguiera necesitando, como era habitual, un poco de medicina; y, sobre todo, un poco de humanidad.
A Chávez López
Sevilla feb 2026
Comentarios
javier
Gracias por leerme. Desgraciadamente, hay lugares como ese que relato en los que ocurre cosas de todo tipo, normalmente desgracias.
Saludos