Sevilla jun 2025
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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
El capillita
En el pueblo de Cerro Alto, donde el repicar de las campanas marcaba el ritmo de la vida y los rezos competían con el canto de los gallos, vivía Eusebio, un hombre de unos cuarenta años, alto y atractivo, que todos conocían como el más piadoso del lugar. No había misa a la que no asistiera, ni procesión en la que no presidiera con devoción. Su rostro, siempre inclinado en un gesto de humilde penitencia, era familiar entre los bancos de madera de la iglesia, donde cada domingo se sentaba en la primera fila, junto con su esposa, Rosa.
Rosa era una mujer de treinta y ocho años, con facciones más agradables que correctas, discreta, de mirada serena y voz suave, que hallaba en la fe un consuelo, y en su esposo una figura de aparente rectitud. Lo acompañaba con resignación, y devoción también, a los actos religiosos, pero en sus adentros algo no acababa de encajar. Nunca cuestionaba lo que no podía probar, y las sospechas, aunque demasiado persistentes, las ahogaba en rosarios y letanías.
Eusebio, no obstante, era lo que llaman un “capillita”: de día el más fervoroso devoto, y de noche un mujeriego compulsivo. Sabía cómo moverse en las sombras sin levantar sospecha, utilizando su imagen de santidad como escudo. Mientras los demás lo veían un modelo de virtud, él visitaba casas de citas de la ciudad, dejaba flores anónimas en “puertas probables”, y susurraba promesas de Amor eterno a mujeres jóvenes, guapas y con buen cuerpo, pero ligeras de casco.
Tenía Eusebio un don para la palabra, un encanto que lo mixturaba con la autoridad moral que su devoción pública le confería. Solía decir frases como: “El Amor es un don divino”, o “Dios, Nuestro Señor, nos inclina a tentaciones para que probemos nuestra voluntad” cuando quería convencer a alguna incauta de que sus inclinaciones a los devaneos sexuales no eran pecado, sino una parte del misterio divino. Y lo más irónico era que todas ellas le creían, sin duda merced a su poder de seducción.
Su red de conquistas se extendía desde la catequista madurita del pueblo a viudas de media edad, y hasta a casadas infieles, que lo veían “espiritualmente sincero”. Ninguna de las mujeres sabía de las otras, y él siempre se aseguraba de mantener cada una de sus historias bien compartimentadas, como capítulos de un libro escrito sólo para él.
Pero la mentira tiene caída porque no puede sostenerse para siempre.
Fue en Semana Santa de ese año cuando todo empezó a derrumbarse. Cerro Alto se vestía de púrpura y dorado, los estandartes ondeaban por las calles empedradas y el incienso impregnaba hasta las cortinas de las ventanas de las casas.
Eusebio, por supuesto, era el único en organizar las procesiones. Caminaba entre los feligreses con una Biblia en la mano, dando instrucciones, organizando horarios, y aceptando elogios por su “entrega desinteresada”.
Pero fue precisamente su reiterada actitud de “hombre religioso” la que lo delató.
Dolores, una de sus amantes, creía que acabaría por dejar a su esposa y formalizar una relación. Asistió a una de las procesiones creyendo que él la buscaría entre la multitud. En cambio, vio cómo, entre cánticos religiosos, Eusebio cogía la mano de su esposa Clara con delicadeza y hasta con Amor. Fue suficiente para encender la ira de Dolores, que quedó herida y que lo citó al otro día, en la plaza del pueblo. Y con palabras claras y voz enérgica le gritó:
—¡Eres un puto farsante y un hijoputa hipócrita! ¿Así es como predicas la palabra de Dios?
El silencio que siguió entre quienes allí estaban fue sepulcral. Los vendedores y las vendedoras de los quioscos dejaron de gritar para ofrecer sus productos, los niños dejaron de jugar, y hasta el cura, don Leopoldo, que caminaba hacia la sacristía, se detuvo a observar. Eusebio intentó esbozar una sonrisa, pero el color ya había huido de sus mejillas.
Dolores no se detuvo ahí. Sacó cartas, mensajes en su teléfono móvil, algunos con fechas que coincidían con novenas y vigilias. Públicamente lo acusó de haber tenido relaciones carnales con al menos diez mujeres del pueblo y la ciudad. Una de ellas, como se conocería más tarde, había quedado embarazada y, por vergüenza, se había ido del pueblo con un bombo de cinco meses y el corazón destrozado.
El escándalo general fue inmediato. Las murmuraciones no tardaron en recorrer cada rincón del pueblo. Las señoras devotas que antes lo saludaban con reverencia, ahora lo evitaban como a perro sarnoso. El cura, con un tono de voz grave, anunció: “nadie puede servirse de la fe para cometer infamias”.
Clara, su esposa, nerviosa en medio de aquella tempestad, se mantuvo en silencio. Pero cuando habló, lo hizo tranquila:
—Resulta que un día me casé con uno que yo creía que me amaba pero sólo se amaba a sí mismo. Yo no necesito la iglesia para saber lo que es el respeto. Me basta con saber quién soy yo.
Clara se separó de Eusebio, y poco después se divorció sin escándalo, con dignidad. Se quedó en el pueblo y empezó a participar en diversas actividades: organizaba clases de lecturas y escrituras para la gente que había tenido escasa escolaridad, ayudaba en el dispensario, y por primera vez en su vida hablaba con voz propia. Muchas persona veían en ella una líder más auténtica que el propio capillita.
Eusebio intentó mantener su fachada. Durante un tiempo siguió yendo a misa, pero ya nadie lo miraba como antes. Su banco en la primera fila se fue quedando vacío. Los susurros, las miradas de reproche y el peso de su hipocresía lo fueron aislando. Terminó mudándose a un pueblo alejado del suyo, en donde nadie conocería su historia de crápula, pero siempre llevaría encima la carga invisible de su doble moral.
Y así fue como en Cerro Alto quedó el recuerdo de un tipo que predicaba virtud, pero practicaba vicio.
La iglesia continuó su curso, pero ahora con una lección que todos recordaban: “la fe no se mide por la frecuencia con la que se reza, sino por la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace”.

Comentarios
"Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago"
Muy entretenida historia,.
Shalom, javer
Una historia que bien podría ser real, no en vano hay cientos, miles y hasta millones de casos como ése que relato. Conozco a personas allegadas a mí que, no sé cómo se las componen, pero tienen, no una, hasta dos amantes. Dicen que el Amor es el motor del mundo, pero el sexo también tiene un motor de alto caballaje
Sí, ese dicho de "haz lo que yo digo, pero no lo que yo haga", lo practican en demasía algunos elementos de la curia eclesiástica y algunos padres "castos" de familia.
Saludos y gracias por leerme