Pareces nuevo por aquí. Si quieres participar, ¡pulsa uno de estos botones!
antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Cuando conseguimos lo que nos ha costado conseguir... pues eso: lo hemos conseguido...
Luchaba por hacerse con ella
Y allí estaba nuestro hombre recién casado, de nuevo solo frente a ella. Se escondía en el pasillo. Le daba pánico estar a solas con ella. Asomaba un poco la cabeza, lo suficiente para verla, y justo cuando sus ojos la veían, volvía a esconderse. Y la misma escena se repetía día tras día
Vueltas y más vueltas daba por el pasillo de su casa, pensando en cómo podría
hacerlo, cómo podría seducirla.
“¡Venga, José Miguel, ahora o nunca!”, se decía gritando, mientras recogía lo que
necesitaba para llegar hasta ella.
Se acercaba en silencio a ella. No quería que pudiese pensar que tenía miedo,
así que ponía cara de conocedor en la materia.
Justo cuando los dos se hallaban frente a frente, intentaba meterle cosas. La
miraba y saltaba de júbilo, acurrucándose durante un rato y echándose las manos
a la cabeza.
No escuchaba nada, ni un solo sonido.
“¿Qué pasa con esta?”, se preguntaba, a la vez que apartaba las manos de su
cara y la miraba de reojo, pero ella no se inmutaba, no hacía nada.
Pero como inteligente y astuto que era, se iba al trastero y cogía unos
artilugios que creía útiles para reducirla.
“jeje, esta vez no me engañarás; me has vencido en el pasado, pero ahora la
victoria será mía”, se decía para sí.
Sudando a mares, sabía que tenía que entregarse a fondo, la situación lo
requería, y tenía que demostrarse a sí mismo y a aquella puñetera quien de los
dos sabía más. Así que se aproximaba corriendo y saltaba encima de ella.
“¡Jeje, ya eres mía!”, gritaba.
Miraba y buscaba en algún lugar para abrirla de par en par. Pero buscaba y
buscaba y nada encontraba.
“¡Maldita seas!”, exclamaba para sus adentros.
Pero, por fin, encontraba un lugar por donde abrirla y así meterle todo lo que
tenía, y se lo metía. Acto seguido, volvía a saltar de júbilo, de igual manera
que la vez anterior.
“¡¿Quéééé?!”, se extrañaba de nuevo. Ella pasaba de él.
Se volvía a levantar y se iba corriendo al pasillo, para allí pensar en otra
estrategia para conquistarla.
“¡Claro, ya está!” -se iluminaba, gritando de nuevo al aire.
Parecía que nuestro astuto hombre había hallado solución: “unos botones
salientes de color carne”. Todas tienen esos botones en alguna parte de su
cuerpo.
“¡Los encontraré! ¡Juro, por todos los Santos, que los encontraré!”, se decía.
Siguiendo en el pasillo, empezaba a contar hasta tres en voz alta.
“¡Uno… dos… tres!”.
Corría hacia el lugar donde estaba y volvía a saltar encima de ella.
“¡Dónde puñetas tienes tus malditos botones, debes tenerlo en alguna parte!”, de
nuevo se hablaba para sí.
“¡Viva, Urra, Aleluya, Eureka!”, otra vez gritaba al aire
Había encontrado, por fin, los botones y
los acariciaba en la forma que le parecía más adecuada.
Desde luego, era un hombre verdaderamente inteligente. Pocos como él.
Ella comenzaba a reaccionar.
“¡Jajajajajajaja!”, no podía evitar soltar una carcajada de loco.
Su propia carcajada le invadía, pues definitivamente había llamado la atención
de ella.
Pero, de pronto, ella empezó a vibrar intensamente, y su interior se revolcaba,
lo que a él asustaba, por lo que salía corriendo de nuevo hacia el pasillo, sin
saber por qué no dejaba de reír de una forma inquietante.
Nuestro hombre, muy pero que muy orgulloso de sí mismo, cogía su móvil, buscaba
en la agenda y marcaba un número:
—Dime, cariño -respondía una voz femenina.
—¡Esposa mía, jajajajajajaja, ¡¿Sabía o no sabía yo poner una lavadora?!
¡Jajajajajajajaja...!

Comentarios
Esto lo escribí hace unos cuantos años y me basé en un chascarrillo de la jerga de la calle, redactado con texto más largo y a mi sui géneris. Gracias, Beto.