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Recuerdos y nostalgia de mi niñez

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
editado abril 2025 en Narrativa

Recuerdos y nostalgia de mi niñez

Hay un rincón en mi memoria en donde siempre es verano. No importa cuánto tiempo haya pasado ni cuántos inviernos hayan congelado mis días de adulto; ese lugar sigue allí, intacto, suspendido como una fotografía ligeramente descolorida por el Sol. Es el patio de la casa de mis abuelos, con sus macetas desbordadas de geranios, el sonido de las risas y el silbido del viento entre los árboles que delimitaban el final del terreno. Ahí vivía la infancia, ahí todavía habito cuando cierro los ojos.

Los días comenzaban con el olor a café recién colado y a pan tostado. La abuela se levantaba antes que nadie y ponía la radio a un volumen bajo, como si la música fuera parte de un ritual sagrado que no debía romperse. Me gustaba observar cómo el humo del café subía en espiral, como queriendo alcanzarla, y cómo mi abuela movía la cuchara con ritmo pausado, como si supiera que el tiempo, que no tiene sustituto, no tenía prisa.

Salía al patio en pijama, con los pies descalzos sobre el mosaico tibio. Nuestro perro, siempre dormido junto a la parra, levantaba apenas una oreja para verme pasar. No hacía falta más. Nos conocíamos tanto que el silencio era parte de nuestro lenguaje.

La vida de entonces se medía en partiditas de cartas bajo la sombra de nuestra higuera, carreras en bicicleta por calles de tierra y vasos de limonada que tintineaban en las manos. Los días eran largos, pero no pesaban. Eran como cuentos leídos al atardecer: suaves, misteriosos, perfectos en su brevedad.

Uno de mis recuerdos más vívidos es el de los domingos. Todo el mundo venía a la casa: tíos, primos, vecinos que no eran familia pero así se sentían. La mesa larga se llenaba de platos humeantes, conversaciones cruzadas y carcajadas. Yo me escondía debajo del mantel con mis primos, imaginando que el lugar era un barco, una cueva, una fortaleza. El mundo de los adultos transcurría sobre nosotros, pero el verdadero reino estaba allí abajo, entre risas y miguitas de pan.

Recuerdo también las noches, cuando el cielo se encendía con estrellas. Mi abuelo me enseñaba a reconocer constelaciones. "Esa es Orión, el cazador", decía señalando un grupo de puntos brillantes. Yo apenas podía distinguir formas, pero le creía porque su voz tenía esa certeza que sólo tienen los sabios o los que han amado mucho.

Había magia en todo. En el olor a tierra mojada después de regar las plantas, en el zumbido de los insectos al caer la tarde, en los cuentos que inventaba mi madre mientras me cepillaba el cabello. Nunca dudé de que el mundo era un lugar bueno y lleno de posibilidades. Crecí creyendo que las ventanas siempre daban al cielo.

Pero el tiempo, ese ladrón discreto, empezó su trabajo. Primero se llevó las tardes infinitas. Después se llevó a nuestro perro, que una mañana simplemente no despertó. Después vinieron las mudanzas, las escuelas, la distancia. La casa de mis abuelos quedó vacía, como un libro que nadie lee pero al que nadie osa tirar. Y un día, sin previo aviso, la casa se la llevó el tiempo, convertida en escombros por manos que no supieron ver la historia que guardaban sus paredes.

Hoy paso por el barrio de mis abuelos y no lo reconozco. Las calles están asfaltadas, las casas tienen rejas altas, los árboles ya no son los mismos. Y sin embargo, si me detengo un instante y respiro hondo, todavía puedo oír la risa de mis primos, el silbido de la abuela llamándonos a cenar, el eco de una infancia que no se resigna al olvido.

La nostalgia no es tristeza. Es una forma de Amor. Un lazo invisible que nos une con lo que fuimos, con lo que nos hizo quienes somos. No siempre duele, a veces sólo acaricia, como una brisa suave que nos toca el rostro y nos recuerda que hubo un tiempo en que todo era sencillo, limpio, eterno.

A veces hablo solo, conmigo mismo y repito  frases que decía mi abuelo, cocinando las mismas recetas que mi madre preparaba los sábados por la noche. A veces cierro los ojos y me veo de nuevo en el patio de la casa de mis abuelos, con una rodilla raspada por jugar al fútbol y una sonrisa descarada que construye castillos con piedras, arena y hojas secas. Y es entonces cuando me doy cuenta de que mi infancia no ha muerto. Vive en mí, en mis gestos, en mis palabras, en la forma en que miro el mundo. A veces pienso que los seres humanos complicamos todo.

La nostalgia y los recuerdos están íntimamente ligados. La nostalgia es un sentimiento de anhelo por el pasado, asociado con recuerdos entrañables y significativos, mientras que los recuerdos son la capacidad de la mente para almacenar y revivir experiencias del pasado.

Sí, los recuerdos tienen vida en el sentido de que son una parte integral de nuestra identidad, experiencias y forma de entender el mundo. No son simplemente imágenes del pasado, también influyen en nuestras emociones, comportamientos y decisiones presentes. La forma en que recordamos y procesamos nuestros recuerdos puede tener un impacto significativo en nuestra salud mental y bienestar. 

Pero al final, los recuerdos los convertimos en una casa a la que siempre volvemos, incluso cuando el tiempo y las circunstancias han derribado todas las demás.



A Chávez López
Sevilla abril 2025

 :) 

Comentarios

  • Gracias por compartirnos tus gratos recuerdos, los disfruté.
    Shalom javer
  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
    betobrom dijo:
    Gracias por compartirnos tus gratos recuerdos, los disfruté.
    Shalom javer

    Gracias a ti por leerlos

    Saludos

     :) 

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