Sevilla mar 2025
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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
El destino es inexorable
En Sevilla, en una de las dos entradas finales de la calle Sierpes, un indigente, que se le daba bien dibujar, dibujaba con lápiz y trataba de vender sus dibujos a los transeúntes que se detenían a ver su arte
En las ventanas y en los balcones de los pisos florecían los primeros azahares que
daban olor, color y vida a esta típica calle sevillana. La primavera aparecía
dando su primer saludo, y Sevilla se lo agradecía saliendo a recibirla.
Uno de los protagonistas de esta bonita historia, Luis, también salía a recibirla,
confiando en que le trajese algo más que un buen tiempo y un olor a azahar.
Luis era feliz desde hacía algunos meses: tenía novia y se sentía
importante por cómo llevaba sus estudios, y también por ser el guardameta de su
equipo favorito de fútbol juvenil, el Betis. En el curso escolar anterior, terminó
bachillerato y en el siguiente, superada la selectividad, empezaría la carrera
de ingeniero agrónomo, su pasión: la agricultura.
Pero la vida, que demasiadas veces se obstina en castigar cuando mejor está uno
o al menos recuperándose, le dio un golpe bajo que no lo supo encajar: su chica
lo dejó por otro. Pero a pesar de este contratiempo, estaba muy decidido a buscar una
mujer con quien compartir el resto de sus días.
Desde la Plaza del Duque llegó hasta la calle Sierpes, encontrándose con el dibujante. Se detuvo y miró largamente un dibujo sobre un taburete
de madera, con el rostro de una mujer joven en primer plano y una borrosa imagen de un
hombre en el fondo. Después de recrearse en el dibujo, empezó a caminar rumbo a
la Plaza Nueva.
Por el otro extremo de Sierpes, avanzaba Lisa; una muchacha pelirroja y guapa de
cara, que, siendo ésta el espejo del alma, se podría decir que su interior era
más guapo. Llevaba gafas y era entradita en carnes. También había acabado su
bachiller e iba a iniciar la carrera de medicina y después la especialidad de puericultura.
Lisa nunca había tenido relaciones con chicos, salvo algunos idilios
platónicos con colegas de su colegio, que no llegaban a nada. Ella era tímida; quizás porque vivió sin el cariño de un padre, que se divorció de su
madre y despareció; quizás porque en su colegio era objeto de mofas por su
constitución gordita; quizás por el color de su cabello, quizás por su miopía, que
la obligaba a llevar gafas; o quizás por una combinación de todo.
Cuarenta y dos pasos después para Luis, que tenía mayor zancada, y cincuenta y ocho
para Lisa, se vieron frente a frente. Y fue en ese momento que se miraron
largamente, y en poco más de un minuto vivieron toda una vida.
Él se imaginó invitándola a un helado en la heladería “La Campana”.
Ella se imaginó ambos tumbados en el césped del “Parque de María Luisa”.
Ella se imaginó enseñándole cómo manejar un bisturí, sin conseguirlo.
Él se imaginó cenando con ella, con velas y música de violín de fondo.
Ella se imaginó su “primera vez”, con sus gemidos como única música.
Él se imaginó pidiendo la venia a la madre de ella para ennoviarse.
Ella se imaginó un finde con él en la playa de Rota (Cádiz), tomando el Sol y
bañándose.
Él se imaginó una puesta de Sol con ella, observando los infinitos matices
multicolores.
Ella se imaginó viviendo juntos, compartiendo todo con él.
Él se imaginó trabajando como ingeniero agrónomo en una empresa de productos
agrícolas.
Ella se imaginó a él de rodillas en un lugar idílico entregándole un anillo.
Ella se imaginó un vestido largo y blanco y sus ojos humedecidos por la emoción.
Ella, ya médica, se imaginó pariendo a su primer hijo.
Él se imaginó llorando de alegría por el nacimiento de su primer hijo.
Ella se imaginó a los tres juntos y mirando los primeros pasos del bebé.
Él se imaginó el bautizo de su primer hijo, borrachera incluida.
Ella se imaginó la llegada a la familia de un miembro más: una hija.
Él se imaginó un inesperado cierre de su empresa, y ella a su lado apoyándole,
Ella se imaginó besando a su hija, que dejaba el nido y se independizaba.
Él se imaginó el debut de su hijo como guardameta juvenil del Betis, como antes
él.
Ella se imaginó viajando por toda España, siempre con él y sus dos cachorros.
Él se imaginó, llena de felicidad, la boda de su hija.
Él se imaginó su primer nieto, al que hizo socio del Betis desde la cuna,
Ella se imaginó paseando con él y con su nieto en el jardín de su casa.
Y el final de este encantador minuto y segundos, los dos se imaginaron abrazados y
ancianos ya.
Pero nada de eso sucedió. Final de las imaginaciones y cada uno siguió su
camino. Parecía auténtico el flechazo, pero sólo duró un largo minuto y en la mente de ellos. Podría haber ocurrido, pero actuaron
cobardemente: Lisa no se atrevió por timidez, y Luis no fue lo suficiente
valiente para vencer sus miedos al pensar que de nuevo lo iban a abandonar.
Mientras Lisa doblaba la esquina, miró atrás, al igual que Luis, dos segundos
más de propina que no supieron aprovechar y que quizás ahí, en esos segundos,
habría estado de nuevo el principio de la felicidad de ambos.
Lisa reinició
su caminar. Pero, de repente, a mitad de Sierpes, alguien la detuvo: era el dibujante, que, con rostro de bondad y agradable sonrisa en los
labios, le regaló el lienzo que tenía en el caballete. Lisa no lo quiso
aceptar, alegando que era su medio de ganarse la vida. El dibujante insistía en su
obsequio y la chica no tuvo más remedio que admitirlo.
Después de agradecerle el detalle, miró detenidamente el dibujo y se quedó
sorprendida por ver que en primer plano estaba ella, con su melena pelirroja y sus
gafas; y en el fondo, a punto de desaparecer en la esquina, se hallaba un espigado
joven, cabizbajo, con la perspectiva en el dibujo de una de sus piernas
iniciando a caminar...
—¡Pero si este es el chico que se ha cruzado antes conmigo!, gritó Lisa.
El indigente dibujante, que era un buen hombre y que tenía dotes de adivino, había adivinado lo ocurrido entre Lisa y Luis. Algo que le hacía recordar su propia historia de varios años atrás, y era por eso que antes de regalarle el dibujo a Lisa, se apresuró a ponerle cara a la imagen borrosa del fondo.
Lisa, ilusionada, comenzó a correr con el dibujo en las manos, en una búsqueda desesperada de Luis. Y lo encontró. Y ahora toca rebobinar las imaginaciones para convertirlas en realidades.

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Gracias.
Saludos