Tras luchar, vencía el desamor
Era una pareja convencional de varios años atrás.
Ella estaba profundamente enamorada de él, pero él pasaba de ella.
Ella venía sospechándolo por algunos detalles, en un principio insignificantes y tan poco relevantes en realidad que no valían para convencerse del todo de que su amor no era recíproco. Tampoco era que él no la amase, no, no era eso; ambos habían compartido juntos gustos y experiencias. Pero esto no significaba que él estuviese enamorado de ella.
La cuestión era que un buen día, o, más bien, un mal día, todo acababa entre ellos. A ella le tocaba sufrir, y a él huir de un sentimiento de culpa.
En las cosas del querer es arriesgado afirmar cuando es un buen día o un mal día para tomar esta clase de decisiones.
Y transcurría el tiempo; y él, convencido de que todo el amargor de ella había pasado, se atrevía a pedirle su amistad, y ella, aferrándose al amor que todavía le profesaba, aceptaba.
Pero es sabido y reconocido que amistad no es igual que amor, al menos no siempre, y, por supuesto, no en ellos.
Ella traducía cada mirada, cada gesto, cada palabra, cada frase de él en una posibilidad de regresas a estar juntos; pero él, simplemente, no traducía nada.
Una tarde, que nunca debería de haber existido, él se atrevía a contarle que estaba enamorado de otra mujer, y ella lo sabía encajar, pero llorando por dentro y sonriendo por fuera; sin embargo, las miradas y los gestos de él la derrotaban, y por eso luchaba con todas sus fuerzas por no amarlo, por no verlo, por olvidarlo para siempre. Pero... no lo conseguía.
A cada llamada de él, que ella no pensaba responder, respondía. Cada vez que la citaba, ella, guapa y radiante, aparecía, y se tragaba su orgullo, solo por verlo, por hablarle, por estar con él…
Uno de aquellos días, medio llorando, le decía que su nuevo amor lo había abandonado, pero ella, en lugar de alegrarse, le curaba sus heridas y le daba lo que nunca se había dado a sí misma.
Una noche de vino, Luna y clavel, él confundía la amistad. Ella quería convencerse a sí misma de que por fin iba a “ocurrir” de nuevo, y ocurría. Hicieron el amor tiernamente, y salvajemente también. Más tarde, juntos, se reían de todo, como en los viejos tiempos, y dormían abrazados el uno al otro, como hacían en un pretérito próximo.
A la mañana siguiente, ella despertaba primero, y enseguida se ponía a mirar cómo dormía él. No hubiese cambiado nada, ni un miligramo de agonía por un segundo de la noche de derroches de amor de aquel día.
Pero el golpe definitivo, el más fuerte y el final se producía cuando ella lo escuchaba musitar el nombre de la otra mujer, con una dulce sonrisa en los labios.
Entonces, ella, pacientemente, le cubría el cuerpo desnudo completamente, y, en ese momento, se prometía a sí misma no llorar nunca más por él.
El odio, aunque azucarado, que la invadía por la actitud de él, podía más que una posible reconciliación. Y aunque sabía que aún lo amaba, algo que por el momento no lo podía evitar, decidía que ya era hora de sacar su orgullo a relucir.
Así que cuando él despertaba y ella ya había rumiado la verdadera realidad de la situación y después del intento de él de llorar en su regazo, tranquila, pero firme lo apartaba y le dijo palmariamente lo que en adelante tenía que afrontar.
"Reaccionaste tarde; Ahora tú estás empezando a enamorarte de mí, pero yo he terminado de estar enamorada de ti".

Antonio Chávez López
Sevilla enero 2003
Comentarios
Supongo y espero, que aporta al receptor la capacidad de establecer matices y aspectos que de otra forma le serían imposible de redactar al escritor, al menos no con tanta precisión como llegan a ser los sentimientos de uno. Enhorabuena, buen escrito.
Gracias por leerme y por colaborar.
En cuanto a la simpleza de la que hablas, te agradecería me ayudes a derrumbarla. Cada cual tenemos nuestro molde para que nuestros lectores sepan interpretar correctamente el busilis de lo que escribimos.
Gracias de nuevo y Felices Fiestas Navideñas 2022
Saludos