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Canción de cuna para un hombre lobo
Aullando a la Luna como cada noche... Es la roja furia que inflama tu sangre, impulsándote a saltar y correr, voraz con las fauces abiertas en busca de la próxima presa. El olor de su miedo excitará tus sentidos cuando gruñas feroz estrechando el cerco, ávido pero implacable, cazador de las tinieblas. Los aullidos, los gritos, la carne desgarrada entre tus colmillos: la muerte, que aparece y se abate de repente como un relámpago de odio. Y la sangre, sí, la sangre roja brotando a borbotones... Siempre, siempre la sangre.
Respondes rabioso a la llamada ancestral del bosque y la oscuridad. Desde la noche de los tiempos, cuando la Luna acunaba en su seno a tu raza maldita, los que son como tú aúllan entre las sombras, sin descanso ni redención posible. Siglo tras siglo, sin ningún hoyo donde esconderse, ningún talismán que proteja... nada salvo el ansia insaciable de sangre, siempre la sangre... Despertar atormentado por la necesidad acuciante, condenado por el hambre, insaciable, y abandonar tu cueva con el primer rayo de plata, para merodear vigilante en los rincones sin luz, con los ojos ardientes, mientras el hocico se dilata, los pelos se erizan y los colmillos asoman, al acecho... Matar para no morir... ¿no será mejor quizá morir para no matar?
¿Qué
podría decirte, hijo mío, qué consuelo darte, si no tengo ninguno para mí? Si sólo hay dolor y rabia en tu existencia,
porque eres hijo de la rabia y el dolor. Ni siquiera puedo culparte, pero tal
vez tú sí puedas culparme a mí, que te di esta terrible vida para el
sufrimiento y la desesperación, a mí por estar tan maldita como tú... Yo no lo
quise, pero no pude elegir, créeme. Cayó sobre mí sin darme cuenta casi, y
luego ya no había salvación. Si acaso sólo un resto de alivio bajo la penumbra
en lo más profundo del bosque, donde los árboles crecen torcidos y parecen
hambrientos, donde el musgo brota silencioso entre negras lagunas que recuerdan
las edades ciegas, antes de los hombres. Pero ninguna explicación ni consuelo,
nada, sólo la terrible certeza de la condena y el castigo, el horror sordo y
ciego... nada más, sólo la sangre y el horror.
Por
eso te abrasa el pecho al respirar, por eso te arde la mente cuando miras. Ese
fuego de cólera escarlata que te quema las entrañas y te obliga a aullar,
eternamente, aullando siempre a la Luna, que te observa fría y lejana, altiva
como una diosa pagana, inundándolo todo con su brillante resplandor de enigmática
hechicería, sabia y cruel, que te fascina dolorosamente y te empuja una vez más
a saltar, a correr, a matar. Otra noche más de locura. De nuevo el frenesí
salvaje de búsqueda, persecución y caza.
Quién será hoy la presa que caerá aterrada bajo las garras que no
perdonan, que morirá entre alaridos, antes de amanecer... nunca llega a tiempo
el amanecer, que sólo encuentra despojos y silencio, ese silencio opresivo de
los cementerios. Para entonces te habrás perdido ya entre las sombras del
bosque, hacia la madriguera oculta, con otra marca roja entre tus dientes, otra
llaga imborrable en el oscuro corazón. Ni siquiera sientes culpa, sólo el
cansancio infinito de la carga insoportable que no se puede abandonar, que
crece más y más a cada noche, sofocando atroz tu alma fugitiva.
Regresas jadeante tras la cacería, con gotas rojas cayendo de tus fauces. Otra matanza más que te ha dejado ahíto, exhausto. Te acercas resignado con la mirada baja, buscando algo de comprensión, al menos una brizna de eso que nunca podrás sentir. Ronroneas y encoges las orejas como cuando eras sólo un cachorrito. Con tu cabeza sobre mi regazo casi pareces inocente, mi niño. Pero sé que debo detener ese reguero de muerte, que esto debe terminar, y que sólo yo puedo hacerlo, ¿entiendes? Es nuestro destino, susurrado en el viento de la noche, implacable como una dentellada. Y, mientras acaricio tu cabeza torturada, el cuchillo que sostengo se clava en tu carne y corta tu cuello, una curva roja y creciente, la sangre que brota de la hoja, el dolor que te traspasa y parte mi pecho también, salpicándome, la sangre y el dolor... Pronto yo también te seguiré en tu camino hacia la oscuridad, hijo mío. Ojalá seamos los últimos de nuestra raza, esa antigua raza siempre perseguida, maldita, de hijos de la Luna... Pero ahora duérmete, duerme ya. Esta vez para siempre, duerme: muerde la muerte bajo su negro manto de olvido. Duerme, mi niño, duerme...
Comentarios
Mezclas muy bien la ferocidad con lo inofensivo, y la tristeza con la alegría (controlada).
Me ha gustado tu relato. Adecuas a la perfección una sintaxis acertada, conexa. Tu imaginación va de la mano de tu inspiración. Enrorabuena.
Saludos cordiales.
Muchas gracias por tu comentario, Cehi, el cual aprecio especialmente porque leyendo tus mensajes en este foro se nota enseguida que sabes de literatura. Me gustaría leer algún texto tuyo, aunque no sé dónde podría localizarlo (quizá porque aún no estoy suficientemente familiarizado con todo el abundante contenido existente en el foro).
Respecto a mi relato, lo concebí como un experimento para combinar dos emociones aparentemente incompatibles: el horror y la ternura. Esa voz se debate ante un callejón sin salida, pero desde su mirada inevitablemente subjetiva que no puede evitar sentir cariño por “la criatura”…
Un cordial saludo.
Lo bien hecho, en este caso escrito, hay que aplaudirlo.
En este foro, en el apartado "Grupos de Lectura", puedes encontrar dos libros míos ("Y Dios se detuvo en Cerro Hierro", y "Atormentado cuando voy a morir"). Y también un min-diccionario a mi sui géneris ("Pequeño Informativo Chávez, PICHA), compuesto por unas dos mil palabras, escogidas al azar del DRAE, con la loca particularidad de que todas las definiciones están expresadas en pareados dobles. Estas tres obras las somertí a debate entre los compañeros del foro interesados en leerlas, admitiendo por mi parte todo tipo de críticas, a las que, raudo, daba cumplida respuesta. Si tú estás interesado en leer algo de eso, también serán de recibo tus comentarios, además de agradecido.
En cuanto a lo que dices que sé de Literatura, respondo que soló soy un ferviente aficionado; pero, eso sí, amante desde joven de la Grandiosa Literatura.
Un saludo afectuoso
Quise escribir SÓLO
Un abrazo
Espero que te gusten y también espero tus comentarios al respecto.