Caminaba hacia el polvoriento cementerio del pueblo, bajo un sol de penitencia, manteniendo un eterno monologo mental, como cada tarde desde que decidiera morirse ese verano.
- Una tarde de este mismo verano, en la mecedora de la galería, nada de que me encuentren muerta en la cama, eso no es para mí, que usé la cama como escenario durante cuarenta y cinco años.
Cuando este lista la lápida de granito de Sierra Chica y la mortaja que envié a coser con las Carmelitas descalzas, que muy descalzas serán pero cobran como si tuvieran que comprar zapatos de charol en Francia.
Blanca la mortaja, que después de más veinte años sin hombre vuelvo a considerarme virgen.
Pero bueno, mejor será gastar lo que tengo en los arreglos, ¿a quien se lo iba a dejar?, si tanto rezarle a San Pantaleón para no quedar encinta de uno cualquiera por cinco pesos, me dejo sin hijos para siempre. Cumplidor el santito, mamá vieja, después de cinco hijos muertos antes de los doce, le rezaba cada día para que yo tuviera muchos años y ya tengo ochenta y cinco.
Siempre esperé casarme a los treinta, pero el caballero andante llamado a rescatarme no llegó, yo, la puta más cotizada al sur del Colorado me hice vieja iniciando jovencitos, hasta que ni estos querían algo conmigo.
Y este pueblo de mierda que no cambió nada desde que me fui a los quince, hasta que volví a los sesenta., la misma gente de mierda con la misma cabeza de mierda. Por eso el tata decía siempre: No es la tierra, ¡ es la raza !.
Pobre el tata, creyó hasta su muerte que yo trabajaba en un banco de la capital, si hubiera sabido que los únicos depósitos que recibía era lo que dejaban bajo la jofaina de la cómoda.
Bueno, ya estoy cansada, así que este verano me muero, y ¡ya!. Para que seguir viviendo sola como hasta ahora, mejor me voy con la Consuelo, que tuvo el buen tino de morirse cuando aún no se le caían las tetas, en cambio yo, ¡quien me viera y quien me ve!, si a los cuarenta todavía venían de tres provincias al cabaret, solo por estar conmigo.
Pero eso ya es cuento viejo, este año me muero, ¡si señor!.
Espero que Don Zenón tenga lista la sepultura, que quedan solo dos meses de verano, y cuando yo doy mi palabra, la cumplo, pase lo que pase.-
El sol del mediodía le nublo la vista y necesito sentarse en un banco, frente a la entrada del cementerio, sintió que el corazón se le salía del pecho y un fuerte dolor en su brazo izquierdo le impidió seguir manteniendo aferrada la cartera.
Cuando comenzó a caer lentamente hacia el frente, se dio cuenta que todo había terminado, no sería a la tardecita y no sería sentada en la mecedora de la galería.
-Mierda, finalmente el que decide es Dios, si le hubiera rezado al santito ... -
Comentarios
Era una mujer de palabra tu personaje.:)
Tiene una ternura que me encantó leerla.
María
Mujer d epalabra, asì es, y sin embargo incapaz de manejar las circunstancias, cosa que no sucede a todos.
Gracias por leerme.
Un abrazo