Hace tres semanas desde que brilló por última vez la luz de mi teléfono. Hace dos, dejé de salir corriendo para luego no ver tu nombre, y esconder mis decepciones allá donde no se noten.
No podría decir que aun te espero, pero tengo que admitir que no esperé sentirme como me siento.
Callo, porque es lo que se supone que tengo que hacer. Me desespero en mis ratos a solas, le doy vueltas durante horas y no logro entender que pudo pasar, por qué desde aquella primera noche te convertiste en arena que se ha escurrido entre mis manos. He tenido que ver como te marchabas y he tenido que aceptar lo que hicieras, luchar ha sido inútil para ambos. Nos quedaremos con la incertidumbre de qué es lo que ha pasado.
Envidio el tiempo, el tiene todo el poder para que pase y pases de largo en mi memoria, memoria que me recuerda cada hora que me olvido de olvidarte, que me sueño con volver a verte como por casualidad y que por casualidad esa vez fuese diferente, que quisieras volver a verme, que no tuviese que despedirme, que no tuviese que morder la incertidumbre y digerir que nunca sabré como algo tan mágico pueda convertirse en un silencio inaguantable.
Quiero salir corriendo sin saber dónde me encontraré cuando me detenga, con la esperanza de despistar el dolor que me acompaña y quizás encontrar una tregua de paz. Pero me quedo helada, mirando hacia la nada, con la certeza de que solo puedo aferrarme al paso vacío de un nuevo día sin tu presencia, y que quizás con el paso de una nueva hora, en algún momento mi alma sienta que controla, y pueda empezar a olvidar.
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