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El candado‏

JLFRIASJLFRIAS Pedro Abad s.XII
editado agosto 2015 en Narrativa
El candado


Cuando salió del aeropuerto estaba lloviendo y el frío sacaba brillo a los huesos. Hacía diez años que no pisaba la ciudad, en aquella ocasión la primavera viciaba el aire y orgulloso, el sol reinaba en el cielo limpio de tela y arañas.

Lafayette 192 indicó al taxista número a número. Las ganas de fumar le apretaban los zapatos y se puso a mirar por la ventana para aliviar la presión. No se pueden dominar los sentimientos con la razón, son otros más intensos los que los destruyen y ocupan su lugar, una partida de ajedrez donde el sistema límbico del cerebro es el tablero y sin embargo, las figuras de ajedrez toman cuerpo y se mueven fuera del propio, interpretadas por el sistema cognitivo siempre le asaltaba la duda si era él quien llevaba las riendas que le conducían o hasta esa misma pregunta, era una reacción química más ante un estímulo. Serpenteando con las imágenes tras el cristal donde se despeñaban las gotas de lluvia que ahogaba las calles, pensó que sería digno de ver el prodigio de Père-Lachaise bajo la lluvia, pero rápido descartó la idea para no despistar su propósito. No se dominan pero hasta las locuras esconden su lógica, solo que enterrada más profunda para no ser un obstáculo dada la urgencia de actuar. Tenía dos horas y veintidós minutos para terminar la partida, hasta la salida del avión que le llevara de vuelta, mas, el tiempo pasaba por la garganta como una eternidad al tragar cada minuto y agrietaba los labios secos.

Al llegar a la dirección comentó al taxista si podía esperar, no serían más de cinco minutos le dijo y este accedió. Fue ella quien tuvo la idea y allí compraron el prócer de metal. Sabía que seguía existiendo por medio de Internet, pero pasados diez años el letrero y el azul eléctrico de la fachada se habían burlado del tiempo, seguían igual. Al bajar del taxi, sacó una moneda del bolsillo que lanzó al aire mientras en voz baja pronunciaba cara, tras atraparla en el dorso de la izquierda y levantar ligera la mano derecha contó mentalmente, nueve aciertos seguidos. Estímulo que le reconfortó.


Cuatro minutos y cincuenta y seis segundos después estaba de nuevo sentado en el asiento trasero. Passerelle des Arts volvió a indicar al taxista. La lluvia arreciaba acentuando la única y oscura telaraña que cubría la ciudad apagada. Guardó la bolsa rotulada en letras azules, blancas y rojas con Quincaillerie Lafayette en el bolsillo interior de la gabardina. El tráfico se había puesto tan imposible y pesado como su estómago, pero mantenía el pulso templado. Cinco años atrás escuchó la noticia sobre el precepto dictado desde el Hôtel de ville de Paris ordenando la retirada, pero en aquel momento algo desde el interior le hizo sentir que había sobrevivido a la poda. Ahora venía a poner lógica para cuadrar el destino.

Esta vez le dijo al taxista que serían diez minutos. Tras descender y sin parar de caminar volvió a sacar la moneda del bolsillo y al lanzarla pronunció cruz. Repetido el ritual sumaban diez aciertos. Animado aceleró el paso seguro de poder hallarlo en el repoblado enjambre de metal que ya divisaba. Cuántos de ellos seguirían sellando las promesas que contenían se preguntaba mientras sacaba la bolsa patriote del bolsillo. Recordaba con nitidez el lugar del puente donde fue sembrado, solo tuvo que apartar el manojo situado por encima para poder colocar los filos de la cizalla sobre el arco de níquel cromado. El metal marchito quebró seco casi sin esfuerzo. Miró la inscripción oxidada un instante, marcada en el lomo del candado antes de lanzarlo con fuerza hasta las entrañas del Sena. Se hundió rápidamente hasta el fondo del río, a diez años bajo el agua.

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