Nunca conocí a Rivadeneira -ése era su apellido-, pero llegué a admirarlo por lo que su socio me platicó de él. Y la insólita historia que me contó aquél, quien era mi amigo, es la misma que aquí expongo, con mucho aprendizaje para todos.
Rivadeneira se casó joven, con su primera y única novia, Marisa, a quien amaba profundamente. El dinero nunca fue su problema, pues nuestro conocido era hábil para los negocios, así que su esposa vivió suficientemente desahogada en lo económico. Todo iba a favor de este venturoso matrimonio, hasta que Rivadeneira conoció a Isabel, justo el día antes de cumplir quince años de casado con Marisa. Rivadeneira nunca fue mujeriego, ni mentiroso, ni irresponsable. Simplemente se sintió atraído por Isabel, quien era una mujer muy consciente de las implicaciones de su nueva relación. Ambos, Isabel y Rivadeneira lucharon por no enamorarse durante mucho tiempo, pero finalmente sucumbieron uno al otro de manera, digamos, inevitable. Para no hacer el problema más grande, decidieron mantener su romance en silencio. Isabel aceptó vivir en un departamento, en donde, un par de veces a la semana, la visitaba el desconcertado Rivadeneira, quien, contra lo que pudiera pensarse, se enfrentaba a la pesadilla de engañar a Marisa, a quien todavía amaba con la misma pasión del día de su boda. Se trataba de un caso insólito de un hombre serio que se enamoró de dos mujeres al mismo tiempo.
Pero no es fácil disfrazar estas situaciones tan delicadas durante mucho tiempo, y un día alguien le llevó a Marisa la desalentadora noticia de que su marido tenía una querida. Rivadeneira trató de explicar a Marisa que su amor por ella seguía intacto, y que había sido el destino, no él, quien le había hecho esta absurda jugada. Marisa fue totalmente intransigente, y abandonó a Rivadeneira, solicitándole el divorcio inmediatamente, cosa que él ya no quiso complicar, por el respeto que ella merecía. Poco tiempo después, Rivadeneira quedó libre para casarse con Isabel, a quien también amaba. Después de tres años de casados, Marisa volvió a aparecer en la vida de Rivadeneira. Nuestro amigo recibió un fuerte impacto por este reencuentro, y más cuando Marisa le hizo una extraña propuesta: no lo había podido olvidar, y estaba dispuesta a vivir en un departamento, en calidad de amante, por el resto de su vida. Rivadeneira, quien todavía amaba por igual a las únicas dos mujeres de su vida, aceptó la propuesta, informando de ello a Isabel, quien comprendió que su esposo era un gran hombre, honesto, serio, responsable, y enamorado al mismo tiempo de dos grandes mujeres. Ambas aceptaron su nuevo papel en esta increíble historia, y así Rivadeneira pudo vivir feliz, sin remordimientos, capacitado, como estaba, para querer y mantener a ambas sin hipocresías.
Alguien nos ha hecho creer que el amor está limitado a una persona, como si este sentimiento fuese un recurso físico que está o no está, como si la capacidad del corazón se midiese en litros o galones. Nada sabemos del amor, ni de sus límites ni de sus capacidades, como para juzgar al gran Rivadeneira y a sus dos amadas mujeres.
Comentarios
Parece más extraño lo tradicional, ese sentimiento del amor posesivo "mi marido", "mi mujer" sólo mío, sólo mía, tú solo para mi y yo solo para tí, pacto perfectamente convenido, contratado y firmado hasta que la muerte nos separe, ¡¡¡¡total nada!!!!, Eso debe ser antinatura, seguro
Pero ahí estamos por los siglos de los siglo, Amén