Aquella noche todo era posible.
La furia de la tormenta se desataba sobre el paisaje y el murmullo incesante de la lluvia sobre las tejas llegaba a mis oídos cual si fuera música sacra. A lo lejos también tronaban las nubes y el cielo se iluminaba encendido por la luz de los relámpagos. La noche resultaba oscura y sombría y el agua era espesa y densa sobre el jardín y sobre las plantas.
Aquella noche todo era probable.
Me senté de una manera vaga en el sillón de la entrada con una copa de vino en la mano. El aire de la habitación en ese instante era eléctrico, intenso y húmedo y el ruido del agua surcando las cañerías y los conductos que desagotaban el techo por momentos abrumaban los sentidos de cualquier persona.
La música de Mozart (por suerte) me acompañaba.
Y también los pensamientos acerca del pasado de mi vida, de algunos desencantos y muchas frustraciones. De todas las cosas que hice con el corazón. De tantos errores repetidos. De tanta gente buena que se murió en el camino. De ciertos miedos que nunca pude evitar y del rosario de mis buenas intenciones, que al final solo fueron buenas para nada.
Luego sonó el llamador de la entrada.
Confieso que aquel sonido musical me sorprendió. Es que no esperaba a nadie a tan altas horas de la noche y menos con aquella tormenta desatada.
Entonces abrí la puerta y pude verla. Estaba hermosa como siempre (o por lo menos como siempre me la había imaginado), su rostro se escondía bajo la oscura capa que la protegía de la lluvia y sus ojos negros e insondables que me miraban como siempre pensé que habrían de mirarme.
Naturalmente le franqueé la entrada.
Se quitó la capa y la dejó en el perchero que estaba en el costado de la puerta principal. Después se sentó a mi lado en el otro sillón, y me miró de una manera tan especial como jamás me había mirado mujer alguna.
En ese instante lo comprendí todo.
Y entonces ensayé una sonrisa que tenía preparada para la ocasión desde hacía un millón de años.
–Querido. –me dijo entre el incesante sonido de la lluvia – Ya es la hora de partir.
He venido a buscarte.
Comentarios
También me gusta la manera vaga des entarse en el sillón tu protagonista, y de divagar, a pesar de la inquietud del ambiente.
Por ponerte un pero…y a ti es difícil ponértelos, porque eres un maestro en esto del contar...el final lo habría resuelto de otro modo ( si yo fuera un hombre...la habría metido en mi cama, mira tu que manera más dulce de irse con ella)... la frase final de la señora, es demasiado evidente, aunque tiene un grado de dulzura con su familiar “querido”, que la hace casi irresistible a pesar de su evidente intencionalidad.