Había engordado unos kilos por Navidad y quería hacerlos desaparecer o al menos descargar mi conciencia de hacer algo por hacerlos desaparecer. Así que me propuse comer lo justo desde el día más triste del año, que vi en un periódico que cae el tercer lunes de enero. Además, me di un paseo después de comer a la localidad cercana, a la que se llegaba sin frontera ni mediación alguna; simplemente, andando por la calle que se convertía en una gran avenida conducente indivisamente al otro pueblo. Y empecé a pasear todos los días después de comer. Un día de estos en que comíamos mi hermano y yo, oímos en la radio una entrevista a un escritor del que yo había leído una novela. Mi hermano empezó a perorar sobre la novela moderna, que, según él, debe estar basada en el absurdo y olvidar las formas decimonónicas de autores como Galdós y otros que ya están pasados de moda. Yo le dije que había escrito una novela bajo esos cánones y no aparecía en ella nada absurdo, a mi parecer, sino la lógica de la narrativa más austera y verídica. Le dije que la novela que leí del escritor entrevistado en la radio no era novela alguna y que si lo era, yo era también obispo de Pamplona. Me pidió que por favor respetara el buen nombre de aquel novelista moderno pero yo no podía hacerlo porque en verdad, la novela que leí era un bodrio. Le conté brevemente el argumento de la misma: un señor toma un café en un bar y al salir se da cuenta de que ha explotado en ese bar una bomba. Luego, ese señor se va a un hotel de las afueras y tiene trato carnal con la mujer del dueño del hotel. Después de unas reflexiones sobre la soledad tumbado en la cama de la habitación, se va del hotel. Fin de la novela. Si no hay cosa más ilógica que este argumento, habría que llamar a algún editor que se juega las perras publicando novelas para que juzgara sobre la idoneidad de que este tipo de novelas se publicaran. Mi hermano siguió en un tono más exaltado poniendo por los suelos mis novelas de estilo decimonónico, galdosianas que no contaban con el favor del público moderno. Dejamos de discutir y se vino conmigo a pasear pues los excesos navideños también se habían fijado en su abdomen. En el camino, siguió el debate sobre las novelas de un tipo o de otro. Yo concluí que escribía para entretenerme y entretener a los demás y el debate quedó zanjado. Al llegara a casa, sin embargo, le pregunté a mi hermano que qué sería más fácil de hacer: ¿una novela galdosiana, todo seguido, con personajes delineados y un argumento lúcido o una novela del absurdo que no se sabe dónde empieza y dónde acaba todo? Me dijo que evidentemente, la novela del absurdo que es la moderna. Y yo le hice una última pregunta: ¿cuál tendrá más lectores? Mi hermano no dudó un segundo: la del absurdo porque es más moderna.
Al cabo de los días, yo empecé a llenar de planteamientos absurdos los argumentos de mis novelas y empecé a sentirme bien, se escribía aquello con mayor fluidez, a la pata de la llana, sin compromisos. Y me hice novelista moderno llegando a publicar una novela de las llamadas absurdas y yo también me hice absurdo y en verano iba abrigado y en invierno en camiseta con lo que llegué a tener una fama insólita en el vecindario como las novelas que publicaba. Hasta que cogí una pulmonía que casi muero y regresé a los mundos galdosianos olvidados.
Comentarios
En cuanto a tu texto, como siempre, me haces sonreír desde el principio. Cuentas "tus" cosas, hablas sobre lo cotidiano , y ¡pam!, me haces sonreír. Continúa el texto y, ¡pam, pam!, me haces reflexionar. Al final, me rematas con una de tus piruetas llenas de humor y de ironía, que me divierten tanto.
¡Ay, Pessoa!
Pues a mí esto me parece grandioso.
Por lo demás es tu opinión y se respeta pero no se comparte. Según entiendo tu criterio, yo tendría que dejar fuera a Rayuela o al mundo mágico de Macondo, y me parece que es mucho dejar fuera...
Además, ¿Por qué tenemos que elegir como mejor estilo entre el realismo o el surrealismo, y el absurdo ?, hay en el género dle absurdo, para los no iniciados, una falsa apariencia de escritura facilona, como si fuera escritura automática, un saco en el que todo cabe (se trata de todo lo contrario), es una protesta reaccionaria a las normas impuestas, a los conceptos tradicionales. Entre mis escritores preferidos del teatro del absurdo se encuentra mi admirado Antonin Artaud, ( tan poco leído), y Samuel Beckett, y tantos...y por ponerte a un español a Fernando Arrabal, y del teatro al cine con los conocidos absurdos, grotescos, bufones hermanos Marx y Chaplin, también lo fue Quevedo en muchas de sus sátiras. Lo que sí que sería absurdo es pennsar que Camus, o Sartre no escriben ciherencias aunque sus formas no lo sean, porque no son convencionales y porque tiene una conciencia social alejada de sus ombligos teócratas.
Perdón por la perorata
Otra cosa, no tienen por qué hacernos elegir entre quienes queremos más, si a papá o a mamá, a mí me encantan algunas novelas de mi paisano Galdós
Bueno, al margen de estas inquisiciones me atrevo a hacer una pequeña crítica a tu escrito. Ya veo, después de haberte leído varios relatos, que eres el maestro de lo cotidiano, y cualquier asunto nimio lo pasas por las letras ¡estupendo!.
En este hay una cacofonía clara de entes, hay dos cercanos, y una generalización de ellos en todo el texto, te los remarco por si te es de ayuda:
“simplemente, andando por la calle que se convertía en una gran avenida conducente indivisamente al otro pueblo”
Con el final me has hecho sonreir, resulta que has vuelto a ser Galdosiano por culpa, o gracias a una pulmonía ¿ves Pessoa? Eso sí que es un absurdo.
Hasta pronto.
Gracias Suina