La última vez que la vi fue en 1984.
Tomamos juntos un café con canela en la Confitería Exedra. Un lugar rumboso y lleno de acrílico en la pared y en las mesas que quedaba en el corazón del centro de Buenos Aires. Allí paraban políticos y sindicalistas y una cantidad importante de prostitutas del más alto nivel. Escorts, como algunos suelen llamarlas.
Nos habíamos dado cita allí porque el lugar quedaba cerca del Teatro Nacional Cervantes y no por otra cosa. Tanto Cecilia cómo yo preferíamos los bares sencillos de extramuros. No estábamos demasiado a gusto en lugares ostentosos. Ella era adicta a las cosas simples y a las pastillas de menta.
Aquella noche fuimos a ver La Tempestad, de William Shakespeare, que comienza, precisamente, con una tormenta. La misma que en ese momento se desataba sobre las calles de la ciudad porteña.
Para los dos fue una proeza cruzar la Avenida 9 de Julio. En especial porque el viento hacía que la lluvia viniera de costado. Pero al final llegamos, bastante mojados, a refugiarnos debajo de la marquesina del teatro.
La última vez que la vi fue en 1984.
Cecilia había tomado la decisión de irse a vivir a España. Allí la esperaba su hermano periodista que había escapado del país cuando se desató el golpe del “Proceso”. Apenas un par de meses atrás había recibido su título de Experta en Escenografía en una universidad privada y ahora consideraba que su hora de partir había llegado.
Yo en aquellos tiempos subsistía haciendo colaboraciones en dos de los principales diarios de la ciudad. Era bastante conocido por la gente pero mis ingresos eran ciertamente magros. Cecilia era mi cable a tierra. Cecilia le daba significado a las cosas. Ella impedía mis devaneos con el alcohol y las drogas en aquellas escandalosas madrugadas de la redacción de los diarios.
Me costaba mucho asimilar su partida.
Era tan joven y tan hermosa que a veces me parecía mentira que hubiera dado lugar a mis pretensiones de amarla. Yo le llevaba algo así como diez años y eso se notaba.
-¿Qué haré sin ella? –me preguntaba por las mañanas, cuando salía del trabajo y el sol comenzaba a elevarse sobre el Río de la Plata. Y la verdad es que no tenía respuesta alguna.
Un buen día la acompañé hasta Ezeiza. La ayudé a cargar sus maletas en un taxi y viajamos por la autopista en la tarde más triste de la que se tenga memoria en la historia humana. La despedí en la escalera que va hacia el embarque y ella me contestó el saludo agitando su mano derecha en el aire.
Después se fue y desapareció de mi vida para siempre.
Yo me quedé aquí, en la patria, y los años y las décadas comenzaron a pasar.
La vida en general, ya se sabe. Los contratiempos, los triunfos y los fracasos. La lucha por tener amor y la dura batalla por ser querido y salir adelante. Hacerse una posición en la vida, conocer gente –mucha gente–, viajar, tener hijos y notar, en especial, que el tiempo se esfuma ante nuestra vista tal como a media mañana se esfuma la niebla suburbana.
En eso se fueron yendo mis años, como le pasa a cualquier persona.
Y un día cualquiera, sentado en el jardín de mi casa, cercano a los 60, con el pelo cada vez más gris y la piel cada vez más opaca me acordé de Cecilia. Tenía la notebook en mis rodillas y un piadoso vaso de vino tinto en la mesa. Y la busqué por Internet y la encontré sin demasiado esfuerzo.
Y allí descubrí su exitosa carrera teatral y su trayectoria, no solo en Francia, sino también en España y en Bruselas. Las obras a las que les puso escenografía y los éxitos que jalonaron su trayectoria. Hasta que finalmente di con un comunicado del [FONT="]Théâtre[/FONT] de la Communauté Française de la Belgique que decía: “Nuestra querida Directora Cecilia Andreuse ha muerto el día de ayer por causas naturales a los 51 años. Siempre recordaremos su gestión al frente de nuestro teatro. Rogamos elevar una oración a su memoria”.
Y entonces dejé la notebook en la mesa y le di un pequeño sorbo al vaso de vino tinto.
De repente, y en un par de minutos, por estas cosas de la tecnología, Cecilia había regresado a mi existencia y su vida y su muerte desfilaron ante mis ojos como si hubiera sido ayer el día en que fui a despedirla al Aeropuerto de Ezeiza.
Y ya no tengo nada más que agregar.
Durante décadas Cecilia no fue más que un recuerdo brumoso en mi memoria. Ahora había vuelto a tener entidad. Ella y yo y nuestras vidas separadas por el espacio, por el tiempo y por la geografía, se habían vuelto a juntar de una manera incierta y azarosa. Para mí fue como volver a esperarla en la mesa de un viejo bar de Buenos Aires y comprarle otra vez pastillas de menta.
Sentí una fuerte melancolía en ese instante. Y recordé, con una leve sonrisa, aquella noche de 1984, cuando fuimos a ver juntos La Tempestad, de William Shakespeare y cruzamos la Avenida 9 de Julio bajo una fuerte tormenta.
Comentarios
Siempre imagino que me lees en voz alta , Bar. Imagino tu voz con ese dulce acento de ultramar, desgranando estas bellas historias.
Creo que sí, que mi acento es dulce, Bar.
No importa, para nada, que tu relato esté plagado de referencia locales, supongo que algunos de ellos son lugares emblemáticos de Buenos Aires. Le da un tono fuertemente …¿se puede decir porteño?.
Hay frases de diez y medio como la de “ella era adicta a las cosas simples y las pastillas de menta”, una frase simple que no simplona, pues humanizas a Cecilia con este acto tan pequeño, (me cuesta ver a una experta en escenografía en una universidad privada, pero la visualizo enseguida rebuscando en el bolso sus pastillas de menta).
También es visual la escena de la lluvia, si te limitas a contar que llovió fuerte y se mojaron no veo la escena, al decirlo como lo dices, nos enseñas el viento empujando a la lluvia de costado ( eso es contar, porque siento que, como lectora, también me he mojado con la lluvia oblicua).
También es saber escribir al hacer que una tristeza individual ( la última tarde con Cecilia), la eleves a categoría de tristeza universal…( la tarde más triste de la que se tenga memoria en la historia humana), una hipérbole romántica.
Y ya no tengo nada más que agregar, salvo que tu tónica sobre las mujeres reales o ficticias que han pasado por tu vida, las bordas.