Son las nueve de la mañana.
Está lloviendo en Pergamino, a unos 220 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires. La situación me envuelve en alguna duda. Miro el sitio del Servicio Meteorológico en Internet, observo el satélite y se nota que la lluvia viene para acá. Eso me preocupa bastante. Tengo la intención de visitar a mi hija. Ella vive en un barrio suburbano, muy abierto a las cuestiones del clima. Así que consulto también el Wheather Channel y me da una chispa de esperanza. “No lloverá hasta la noche”, dice el sitio yanqui.
Malditos yanquis ¿Tendrán esta vez razón? Yo dejo las cuestiones geopolíticas de lado y decido hacerles caso. Me voy en mi auto hasta el barrio de Constitución esperando que no llueva.
Tengo el propósito de viajar en tren. Estoy harto de mi automóvil y de su rutina monótona de autopistas. Quiero viajar de verdad y no como un zombi.
Estaciono mi coche frente a un bar de peruanos. No me gusta el sitio pero tampoco encuentro otro lugar donde estacionarlo. Detesto la cerveza y el pool pero se ve que a esa gente le gusta mucho. De muy jovencito aprendí a jugar al billar y no me agrada para nada el pool, un engendro de bolas colorinches y agujeros insoportables. Luego me voy caminando hacia la estación. Un ejército de dealers, de travestis y de faloperos me va rodeando mientras camino. Algunos beben cerveza en la vereda, otros se drogan en los zaguanes. Yo trato de ignorarlos.
En una esquina una muchacha me pregunta si deseo compañía. La miro y es muy bella. “¿Qué estás haciendo acá?”, le digo. “A ti no te importa”, me responde con un tono agresivo. Yo sigo caminando sin contestarle nada. Igual pienso que es muy bella para ese lugar.
Al llegar a la esquina de la calle Pavón me aborda un vendedor de celulares robados. Me ofrece uno baratísimo. Dice que tiene Android. Creo que sobrestima lo que sé de celulares. Lo aparto y sigo caminando. Y entonces llego a la estación.
Lo primero que busco es una cara. Necesito una cara en la ventanilla. Necesito un interlocutor. Alguien a quien pedirle y pagarle un pasaje, pero la verdad es que no encuentro a nadie. Hay diez, hay cien, hay mil máquinas expendedoras en fila en el hall central. Uno pone una tarjeta en cada una de ellas y de milagro, sale un pasaje por la ranura.
Yo no tengo tarjeta, yo necesito una cara dentro de una ventanilla a quien comprárselo. Finalmente alguien me salva, pasa su tarjeta y me franquea el acceso a los andenes. Luego me entero de que no era necesario. Soy pensionado y puedo viajar gratis en cualquier tren.
Así que subo al primer vagón que tengo a mano y busco un asiento vacío.
Afuera amenaza llover, pero no demasiado.
El sol despierta el milagro de la mañana argentina. Hay mucha gente circulando por el lugar y la multitud camina de un lado a otro. Parece que las cosas van a ser venturosas para todo el mundo. Parece que no fuera cruel el Universo. Parece.
Estoy pensando en sentarme en un asiento del lado izquierdo. Los ingleses construyeron estos ramales hace más de cien años. Y los hicieron circular como en la Gran Bretaña, por la izquierda. Recuerdo que de joven, a mí me gustaba sentarme del lado derecho, mirando hacia adelante y apoyando mi hombro en la ventanilla. En estos vagones no lo puedo hacer, si quiero viajar mirando hacia adelante debo hacerlo por la izquierda.
Me siento y comienzan a llegar los vendedores.
Me asombra un inmigrante que vende chipá. Un riquísimo pan hecho con queso y harina de mandioca. Lleva una gran canasta apoyada en su cabeza y la mantiene en un equilibrio perfecto sin tocarla. Creo nunca se le llegará a caer. Luego llegan otros vendedores ofreciendo las cosas más absurdas. Uno deja en mis rodillas una lupa de cartón y de plástico y dice que es “indispensable” para la buena lectura.
Luego el tren arranca. Resuena la poderosa bocina de la locomotora anunciando la partida. Y yo que siempre he amado al tren me siento muy feliz en ese instante. Hoy en gran parte del mundo los trenes son eléctricos. Aquí mismo hay varios ramales. Y éste en el que viajo tiene ya los días contados. En un par de años van a electrificarlo. Pero es imposible no admirar a la locomotora. Verla allí, en todo su esplendor y en toda su potencia regocija el alma humana.
Luego se suceden las estaciones del sur, esas mismas que son centenarias. Algunas conservan la vieja estructura de madera y el techo de chapas. Y nada las doblega, allí siguen enhiestas, con sus columnas pintadas de verde y con su horario pegado en las paredes oscuras.
Cuarenta y cinco minutos después llego con puntualidad a la estación de Hudson. Salgo de la estación y cruzo la pueblerina plaza con la intención de llevar algún presente a la casa de mi hija. Compro un postre con chocolate y dulce de leche y después me tomo un taxi. Hay algunos caminos cortados pero de todos modos llego en unos cinco minutos. El breve tiempo nos alcanza tanto al chofer como a mí para una breve charla acerca de la deshonestidad de los políticos del país. Luego me deja en la entrada del predio.
Allí me anuncio, con el postre en la mano y en entonces me franquean la entrada del barrio cerrado. Luego la veo llegar a mi pequeña nieta que corre hacia mí y me abraza. Tiene en su cabeza un gorro de Santa de color colorado.
La subo y la cargo en mis brazos.
El viaje, finalmente, ha terminado.
Comentarios
Se equivocaron los yanquis... ¡otra vez! :-D
Ese tema de la necesidad de alguien con quien hablar, en lugar de las máquinas, merece en mi opinión un texto per se. En este texto parece muy bien encarrilado ya, yo aprovecharía.
Un saludo!
Quino
Un viaje, enel que a pesar de los términos locales se me hace cercano, familiar, como sipaseara contigo de la mano, y eso es porque has sabido contarlo, y sobre todo porquetienes ojos de escritor (para escribir hay que saber mirar lo que nos rodea).Además te acompaña en tu viaje esa nostalgia algo caduca tan desvencijada comolos tranvías ya casi jubilados. Me siento a la izquierda, a tu lado, y miro contigo los que nos haces ver.
Por ponerteuna pega es evidente que el gorro de Santa es colorado, que rima con el finalde tu cuento de se ha terminado.