RECETA CASERA
Don José Guanco pasa al alba por frente a casa todos los sábados, desde la época en que mi abuela Trini era chiquita, arreando cantidad de gallinas, pavos y patos; lanza un grito agudo que se cuela fresquito por la persiana de nuestro dormitorio:
-¡Pajariiiiiitos! ¡pajariiiiiitos...!
Como Félix quería escabeche de pavo, salté de la cama para comprar uno. Los más grandes ya los había vendido y tuve que conformarme con uno tan flacucho y enclenque, que decidimos cebarlo con avena y pan mojado en leche por un par de meses, antes de escabecharlo.
El problema empezó porque Félix le daba de comer bien temprano, antes de irse al trabajo, y el animal se encariñó. El pavo lo recibía al mediodía en la reja, puros aspavientos, esponjándole las plumas y restregándole el cogote verrugoso en los pantalones. El bueno de Félix se había acostumbrado a guardar golosinas en los bolsillos para no ser menos, y el idilio quedó sellado.
En dos meses el pavo se puso gordo y pretencioso. Intenté darle de comer el maíz que les doy a los demás bichitos, pero él ni lo miraba. El muy itiento entraba a la cocina y me seguía por entero, escorchándome hasta que le daba su avena y su pan lechoso.
Le dije a Félix que era hora del escabeche y que tenía que sacrificarlo. Se hizo el tonto y empezó a postergar la faena con cualquier pretexto, hasta que me colmó la paciencia y le advertí que lo mataba él, o lo haría yo a escopetazos, y que él se comería todo el escabeche con perdigones incluidos.
Para matar un pavo, primero hay que emborracharlo, y después cortarle la cabeza de un solo tajo, así la carne queda tierna y sabrosa. De modo que mi esposo matarife sacó del bargueño la botella de cognac, puso un poco en una marmita para la víctima, y un poco más en un copón para él mismo, con la excusa de que necesitaba darse coraje.
Media hora después, seguía sentado en el banco del patio, con el pavo al lado, los dos en una borrachera de padre y señor. El animalito ladeaba la cabeza con los ojitos bizcos y lanzaba un lírico y melancólico "gologologolo". Mi marido lo miraba con infinita tristeza y ojos rojos, hasta que no pudo más. Se arrodilló, lo abrazó y le pidió perdón a gritos, hipando y llamándolo “hermano querido”. Ambos moqueaban que daban pena. Del escabeche no se habló más.
Al pavo lo llamamos Isaac, porque fue salvado de la daga paterna en el último instante.
Comentarios
Una vez le pones nombre a lo que vas a comer, no hay nada que hacer... y se acabó imaginarlo en escabeche. Isaac.
Muy bueno, Lily, es una invitación a la sonrisa constante.