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El Bar (I): Lo que So quiere

Jesus ssdJesus ssd Pedro Abad s.XII
editado junio 2014 en Narrativa
Los lunes son mis domingos. El sol se exhibe ante mí a través de la pequeña ventana sobre la cama, invitándome a abrir los ojos. Nunca lo hago, volteo al segundo maldiciendo olvidar cerrar las cortinas cuando llegué. Entonces busco la imagen exacta acercándome a la habitación, el preciso momento hacia el cual dirigirme sin pulcritud: no encontrarlo es casi un alivio. Estar ebrio es más que una excusa, un inexorable. El alcohol es lo que me da de comer, mi mejor socio. La semana acaba el domingo a la medianoche y no hay nada mejor que una reunión de directorio luego de unos días productivos.

- Adam... ¡Adam!

Mariana en mis oídos. Su voz es música para mí este tipo de días. El chirriar de sus gritos connotan en su significación un concepto con interes: el alivio. No hay nada mejor luego de una amnesia etílica que la confirmación que no fue nada brutal y que la mujer que te ama aun puede levantarte para almorzar.

Abro los ojos. Camino levemente por la pieza, escuchando el ruido de mis niños jugar vehementes y como preparándose para el duro camino que dejaré en sus venas. Mi celular no para de sonar, está en algún lugar de la sala timbrando incesantemente. Mariana me dijo hace un par de semanas que nunca más volverá a contestarlo luego de recibir gratuitamente el regaño de un proveedor. No es como yo, no tiene el descaro de recibir insultos ni el orgullo para contestarlos: tal vez por eso me enamoré de ella y ella se enamoró de mí.

- ¡Tu puta madre Adam! Ese teléfono no ha parado de sonar toda la mañana
- Bien por mí. Si es movistar le dices que finalmente no perdí el aparato.

A Mariana nunca le gustaron mis chistes: es del tipo de mujer que no le sonríe a las palabras. Ha salido de la cocina con un gesto visiblemente inconforme, intentando no mirarme y gesticular con el pequeño don de darme acidez en un solo intento.

- ¿Tienes que tomar todos los domingos? – me dice, mientras sus sonidos se aproximan espacialmente a la melodía ya insoportable del solo de Richards en Symphathy for the Devil .

- La banda de Aldo hizo una performance alucinante. El tipo de actuación que nos permite llevar a los chicos a ese puto colegio francés impronunciable.
- ¡Denfert-Rochereau! – gritan en coro
- ¿Y no pueden celebrar de otra manera?
- Sin caer en contradicciones imposible

Se acerca casi solemne el gran Richards. Está de nuevo, pero, con un preciso descanso ( veinte minutos y presunta digestión adecuada de la res medianamente cocida y acebollada) Mariana lo lleva en su mano, destellando sin compas tras el sonido de sus tacones.

- Es Andres

Andres es el administrador de la tienda y hasta hace unos años fue mi hermano. Cuando cumplió la mayoría mi padre no tuvo mejor idea que celebrar su independencia independizándolo de su mayor secreto. Entonces entendió que no corría la misma sangre que ninguno de nosotros y que posiblemente fue su principal remedio a la locura, eso y algo de voluntad. De lo contrario es muy posible que hubiese terminado como el pequeño Brando: tan pobre y complejo que aún no asimila el hecho de ser un perro y padece crónicamente una profunda cinofobia sin mayor remordimiento; tirado sobre el sofá y esperando el momento en el que un humano se acerque para moverle la cola con algo de desgano, volviendo a imaginar entender un conjunto de figuras moviéndose en el televisor.

- Adam ¡ayer fue una pasada de verdad! Tengo el cuerpo molido y la gripe no se ha ido.
- No me importa
- Pues debería... en dos horas la barman de “Last Blue” irá al local a darnos la última oportunidad de contar con ella.

Con el auto en marcha y walk with me in the hell probando la acústica del nuevo amplificador, acordé con mi pasado que la mejor manera de morir sería en la autopista, sobrepasando los cien y sin recordar más que un fuerte sonido entrampándose con la batería de Chris Adler. Como un retumbo del bombo pero con mayor bass. El resto se lo dejó a la historia. Supongo que luego de la muerte no seré en esencia el cuerpo inerte ensangrentado o calcinado en la ruta veinticuatro, ni el padre casado que comparte su mayor cara de idiota en el registro de identidad. Sin mayor etiqueta debería importarme, en ese potencial entonces, más la posibilidad de no ser posibilidad o la aquiescencia del misticismo metafísico: tan poco atractivo como las nuevas tendencias del indie rock.

Llamativa, interesante manera de empezar. Verla fumar cerca del bar, con el resaltador rojo cubriéndole el cabello y el blanco pálido de quienes odiamos el sol fue una sutil manera de invitarme a su barra. Ropa ceñida con flecos, pechos hermosos. Mirada castaña, labios humo. Todo tan precioso como su cadera desnuda.

- Mi familia dice que vivo en la intrascendencia de la muerte lenta de la noche y la música amateur. Lo recuerdo cada vez que abro los ojos en la tarde y me incentiva a ir al trabajo. Si me dan eso acá empezamos bien.

Difícilmente es casi una adulta, a lo mucho una adolescente buscando limites. A sus veintiuno, se le oye de veintiséis y escucha de diecisiete. Me gusta cuando sonríe y suelta una ligera carcajada porque es tan imprevista que suelta lo niña en dos segundos, volviendo a actuar al instante y buscando el salvavidas en un estuche de cigarrillos. Entonces fuma mirándome, dice algo sobre cine danés o metal progresivo y cree remediarlo... ingenuamente.

- ¿Y ya sabes dónde me has visto antes?
- Te lo iba a preguntar un poco después que me comentes sobre tu salario
- Alcoholicos anónimos hace un par de años. Yo tenía algo de 19 y tú acostumbrabas llegar con tu esposa. Lo que me encantó de ti fue que siempre dejaste en claro que te importaba una mierda estar allá y siempre preguntabas si debías explicarte en términos condescendientes o identificativos. Me traías loca esos días pero... ¿por qué dejaste de ir? ¿se cansó tu esposa de tus actos fingidos?
- Mis actos fingidos se cansaron de mi esposa
- ¿Ya no estás casado?
- Nunca me he cansado de ella

Un pequeño silencio, de los incómodos, mientras So mira hacia el cielo con algo de sorpresa. Se enciende otro cigarrillo y entonces empieza a tararear la triste melodía que predeterminó minutos antes en la rockola.

- ¿Entonces cuando tendremos sexo?
- Poco despúes de preguntarte si ochocientos a la semana está bien

Comentarios

  • Nae SirudNae Sirud Juan Boscán s.XVI
    editado abril 2014
    Bien, Jesús. Bien.

    Es lo primero que leo tuyo y ya pasas a mi lista de relatores interesantes. Es sobresaliente tu manera de describir, todo lo contrario a las aburridas descripciones clásicas. Cuanta gente se cree que basta con enumerar una serie de características perceptibles.

    Y qué, ¿La chica aceptó por ochocientos?
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado abril 2014
    Seria bueno saber, a veces ganamos menos , trabajando màs:)
  • Jesus ssdJesus ssd Pedro Abad s.XII
    editado abril 2014
    Gracias, Nae, me siento halagado por pertenecer a ese grupo. Es verdad, la descripción es a veces tomada a la ligera y curiosamente es uno de los principales recursos que un texto tiene para la continuidad de su lectura. Siempre intenté además darle un estilo, hace unos años avancé mucho en ese sentido pero al escribir poco fui perdiéndole el ritmo; espero recuperarlo muy pronto.

    En cuanto a si aceptó o no... desde su concepción tengo la intención de armar un conjunto de relatos alrededor de Adam y su bar... no se preocupen que muy pronto publicaré otro relato y de seguro ahí se enterarán. Espero que cuente con su participación entonces ;)


    Gracias Nae y Amparo. Muchos saludos
  • TyristorTyristor Anónimo s.XI
    editado mayo 2014
    Jesus ssd escribió : »
    A Mariana nunca le gustaron mis chistes: es del tipo de mujer que no le sonríe a las palabras. Ha salido de la cocina con un gesto visiblemente inconforme, intentando no mirarme y gesticular con el pequeño don de darme acidez en un solo intento.




    Destaco este párrafo porque me trae a la memoria frases célebres, en su elocuencia e inteligencia, de cierto humorista que cometió el error de nacer antes... que su madre: Groucho Marx. Quizá fuera esa sinrazón la que hizo que pocos le entendieran en su tiempo.


    Con una economía genial de palabras, has conseguido más, y mucho mejor, que la mayoría de los políticos. Y encima con gracia.

    Seguiré tus pasos, amigo.
  • Jesus ssdJesus ssd Pedro Abad s.XII
    editado junio 2014
    El Bar (II)


    “ The woman I'm thinking of, she loved me all up
    But I'm so down today
    She's so fine, she's in my mind
    I hear her callin'

    See the lonely boy, out on the weekend
    Trying to make it pay
    Can't relate to joy, he tries to speak and
    Can't begin to say”


    Neil Young- Out on the weekend




    Hace un buen rato que So intenta despegarse de la cama. Su vista, alerta, recorre zigzagueante la habitación, aun su cuerpo escapa de intenciones y reposa a voluntad de Adam. El brazo pesado descansa sobre su desnudo cuerpo y no la dejan siquiera moverse y ponerse la sabana encima. Los sudores se han unido infinidad de veces, ha sentido resbalosa la piel en más de una ocasión y eso le ha dado un impresión principalmente repulsiva.

    - Adam, ya, levántate que tenemos que trabajar
    - Y dónde quedó tu promedio de hora y media de tardanza
    - Ahogado en tu sudor sobre mi cara

    Adam ha sonreído levemente y se ha dado vuelta. So ha sentido como vuelve a ella el disfrute erótico de la habitación de hotel. El mejor disco de Richards en el reproductor del móvil de Adam, la pequeña ventisca en los pies y el sol de frente: perdiéndose en su piel. Las sombras debajo de sus pequeños senos, su descubierta entrepierna. Sonríe una vez más y busca un cigarrillo. No se quiere despegar más de la cama.


    “Ooh, and I love, I love it.
    It's a hard game you play. ”



    Camino al bar, la canción aún no se va de su mente. Se ha quedado como tantas otras cosas en el día y posiblemente no se despegue de ella un buen tiempo más. La ha buscado inútilmente en el reproductor del auto. Sabe que últimamente èl solo escucha música ambiental mientras maneja: siguiendo el consejo de su psiquiatra frente a sus impulsos agresivos en la carretera. Nunca lo ha visto furioso, le aterra la idea que algún día se ponga enfrente de ella y la amenace con un cuchillo como su último novio. Lo ha soñado un par de veces y los ha justificado en otros dos.


    - Ayer la banda estuvo una mierda... ¿lo sabes no?
    - ...
    - Ahora es cuando puedes callarme la boca, jefaso
    - Aldo no estuvo coordinado, es todo. Lo único que me preocupa de él es que ha desaparecido del mapa. Hoy lo mandé a buscar con Simone.
    - Sé que es tu amigo pero debería coordinarse más seguido si no queremos perder clientes

    A Adam no le gusta que hablen mal de Aldo sin saber la multitud de variables que surgen en su cabeza cada minuto. Cree que lo entiende y eso le da suficiente base para justificarlo sin límite. Sabe que junto a malas noches vienen espléndidas y que la batalla emocional de cada día lo hacen más artista.

    - Así es él, es parte de su chiste. Si no se descoordina seguido estaría jodiendote la vida con hipotecas y tarjetas visa.


    Ahora que todos saben que experimenta una especie de intercambio sexual con So no le molesta estacionar su auto y darle un prolongado beso frente a la puerta de servicio. Le gusta sentirle la suave piel friccionar con sus bigotes desaliñados, entramándose en la inalcanzable saciedad de esa reinvención llamada juventud. Se preguntaba entonces cuándo fue el momento exacto en que esa niña había aprendido a morderle la boca a su amante. ¿Cuántos labios habrá quebrado para entregar ese perfecto intermedio de dolor y placer? ¿Qué era él para ella? ¿Cómo se concebía ella misma en ese mismo momento, frente a todos?


    Andrés está al otro lado del todo, sentado en el banquillo de la batería e intentando sentirle la textura a los platillos mientras desliza levemente la yema de su mano derecha sobre ellos. Algo le pasa, todos lo saben. Se le conoce perfectamente y, aún no lo hiciesen, siempre ha sido demasiado transparente para siquiera intentar ocultar una emoción con mediana trascendencia. A él le gusta el apelativo de honesto aún Adam, con algo de alcohol en la cabeza, siempre lo ha calificado de engreído. Dentro de sus premisas el mundo es un conjunto de piedras lanzadas desde todos los horizontes y cuyo único sentido que pueden proporcionar es el de hacerte más veloz y resistente: si lo honesto conlleva debilidad no se está preparado para serlo.

    So también está algo alterada. Soporta con menos condescendencia los piropos de los clientes y ya ha mandado a la mierda a un par de ellos. El último tal vez fue el más doloroso para oír. Pobre hombre, no tenía el deber de escuchar todos sus defectos en un concreto de dos oraciones. Tal vez lo que más le dolió fue que lo hiciera en tan corto tiempo, como dejándole en claro que además es una pérdida de tiempo hacerlo: poesía pura.

    ¿Será que todo se va directamente al diablo y su sentido común no tuvo el descaro de decírselo? Adam no sabe exactamente qué puede estar fallando en la convivencia grupal, como si un solo elemento fuese capaz de quebrar en un solo momento la cercana convivencia que habían experimentado días antes. ¿Tendrá So algo que ver? No era la primera vez que todos se enteraban una infidelidad suya pero sí con alguien de ellos. ¿Será que todo esto se reduce a la tatuada mujer que insulta cuando quiere y que hace un segundo le levantaba el vaso de whisky importado en ambiguo interés de atención?


    Tu puta madre, se dice. Intenta recordarlo con la entonación de su esposa, pero, no puede. Nunca se atreve a pensar en ella en este tipo de momentos. Hacerlo lo hunde en la verdad y debe soportar frente a él el insoportable espejo de su conciencia. Prefiere dejarlo en casa, sobre su cama, sirviendo de imagen familiar. Tomarlo al regresar y enmascararse con él mientras le hace el amor a su mujer con delirio.

    Suena el celular, no le importa. Le gusta cuando una canción finalmente lo sorprende y su acústica se confunde con el humo de tabaco barato, las carcajadas de un par de adolescentes enamoradizos cerca de la rocola, el descontento de Andres y la irritación de So; con el todo que lo involucran en mixes de sensaciones cada semana. Entonces todo es digno de un trago, un tarareo bohemio y las oportunas condescendencias amicales. Celebrar junto a ellos la posibilidad asombrosa de ser humano, de sentir como todo se va al diablo o viene mutando hacia lo inesperado. ¿Entonces porqué ya no puede hacer eso tantas veces los días se lo imploren? ¿porqué empieza a sentir que todo ahora es un trabajo? El celular sigue sonando


    - Sí ¿qué pasó?

    Allí, a lo lejos, donde el bass empieza su sonoración y el humo de tabaco se difumina en el aire creando pequeñas figuras abstractas, perdiéndose en el azulino color de su blazer y desdibujándose al empezar su recorrido zigzagueante :como buscándose rumbo, parece una típica llamada de negocios. Si le preguntaran a So (desde la barra del local y con un vaso de whisky a medio llenar abrazado en sus dedos) que describa lo que sucede allá arriba, en la segunda base del local diseñado a modo de balcón sobre el escenario, diría con toda seguridad que es solo Adám bromeando sobre dólares, amores o familia con ese extraño humor que la cautivó en un principio pero que a medida que se estandariza le parece hasta algo tonto o burdo.

    Tal vez eso es lo que distingue a So de Mariana. Que cuando se es esposa, y el tiempo ha hecho que la relación se base en una constante interacción de detalles, la ubicación de la mano izquierda o la flexión de extremidades mientras caminas en dirección a la luz son letreros que se van leyendo a través de imágenes referenciales.

    No hace falta, entonces, que vea como gotas de sudor y lagrimas empiezan a intercalar caminos en el rostro de Adam. Eso sería, para ella, solo una triste redundancia.
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