MUERTE EN CÓRDOBA
Aquella soleada y calurosa tarde de un día cualquiera del año 1890, la bella ciudad de Córdoba se cubriría de sangre y luto por un terrible suceso que pasaría a los anales de la historia, como uno de los más aterradores crímenes cometidos jamás en suelo español.
Eran aproximadamente las 2 de la tarde, cuando se dejó caer por el cortijo José, un inspector de policía de la ciudad que no era la primera vez que acudía por allí cuando la gula por las sabrosas viandas que Antonia, la dueña de la casa, solía preparar, apretaba su, a menudo, desconsolado estómago. Su único mérito para acceder a la casa de aquella honrada familia, era ser funcionario del reino.
Pero aquella tarde José, hombre tosco y desaliñado, poseedor de una prominente nariz aguileña y una escalofriante mirada que, bajo aquel sombrero negro de ala ancha, asustaba a niños y mayores, albergaba otras intenciones distintas a las de satisfacer su apetito; se había quedado sin dinero en una partida de naipes. Además de policía, era un conocido pendenciero de la ciudad de la famosa rábida.
-Pase usted, señor inspector-le instó Joaquín, el dueño del cortijo y esposo de Antonia-y siéntese con nosotros. Ha llegado a tiempo.
En la rectangular mesa procedente del viejo mobiliario de sus abuelos, apoyaban sus codos Joaquín, su hermano Pedro, compañero de fatigas de menesteres labriegos, Antonia y sus tres hijas de ocho, cinco y dos años que, cuchara en alza, esperaban la mirada del padre para que, con un sutil asentimiento, les indicara su aprobación para iniciar la ingesta de los calientes pucheros de mediodía.
El inspector solo hizo un ligero ademán con la cabeza y permaneció de pié con inmóvil insolencia, hasta que todos movieron armoniosamente sus sillas para hacerle un hueco en la mesa. Éste, persona grosera y de escasa formación, se sentó sin agradecer la cortesía de aquella hospitalaria gente y púsose a engullir el suculento guiso servido por Antonia.
A mitad de la comida, el inspector pidió ausentarse unos minutos, ya que una imperiosa necesidad-dijo-le apremiaba.
-¡Vaya…vaya, no se preocupe! Le persuadió Joaquín, señalándole con el dedo índice de su mano izquierda las escaleras por donde habría de consolar su inquieto vientre.
Pero la única necesidad imperiosa de aquel siniestro individuo, era el dinero. Aquella tarde toreaba Lagartijo-su ídolo-en la coqueta plaza de toros de Los Tejares y no estaba dispuesto a perderse el vespertino festejo ni por todo el oro del mundo. Oro del que, por cierto, carecía.
Dispúsose a entrar sigilosamente en la alcoba del matrimonio en busca del parné necesario para asistir al evento, y afanado en el registro de cajones y bolsillos, aparecieron por sorpresa Joaquín y su hermano Pedro que, seguramente, habrían intuido las nefastas intenciones del malvado inspector.
No tuvieron tiempo de reaccionar. El depravado, avezado en el manejo de la navaja y en la lucha cuerpo a cuerpo, se abalanzó sobre ellos y, sin mediar palabra, pasó su angosto cuchillo por la garganta de ambos con la velocidad propia de un lobo salvaje. Una vez comprobó que los cuerpos de aquellos dos desdichados yacían sin vida, bajó las escaleras con la pausa de un felino y sin apenas hacer ruido, embistió contra la pobre Antonia y sus desdichadas hijas, pasándolas a cuchillo una a una, hasta que advirtió que la niña mediana había desaparecido. Pero era tan bruto que, mirándose el reloj que pendía de uno de los bolsillos de su chaleco y palpando en otro las monedas robadas, diose cuenta de que la hora de la corrida estaba próxima y su ídolo Lagartijo, de cuajar una faena memorable que no podía perderse después de tantos años de espera; salió corriendo como si su propia vida le fuera en ello. Pero la torpeza de aquel pérfido inspector, le estaría conduciendo a un inexorable fracaso.
Media hora más tarde llegó a la hacienda un vecino de tierras y amigo íntimo desde hacía años que, montado en su rubia acémila, decidió parar para saludar a aquella agradable y bondadosa familia. De pronto vio como Antonia, la dueña del cortijo, yacía en el suelo del porche de la blanca y ajada casona, empapada en un gran charco de sangre, entre horribles espasmos silenciosos. Despavorido, desmontó al salto, corrió hacia ella y con su brazo izquierdo tomó su cabeza. Ella abrió levemente los ojos y cogiéndole la mano con la poca fuerza que aún le quedaba, balbuceó: cin…cin… Cerró los ojos y murió en los brazos de aquel buen amigo. Acto seguido, Antonio-así se llamaba el visitante labrador-, entró en la casa aterido por el miedo. Al ver el dantesco espectáculo de sangre y muerte, salió de la hacienda, espantado entre torpes tropezones, a la ciudad en busca de la policía.
Al poco rato, las fuerzas de seguridad llegaron raudas a la casa. Al frente de la unidad estaba el comisario Morales, un veterano policía norteño de nacimiento, pero cordobés de adopción, bien conocido por su intuición y audacia a la hora de resolver crímenes. Éste, con la tranquilidad que atesoraba por sus muchos años de experiencia, observó con gravedad el cadáver de Antonia, levantó la mirada y oteó los alrededores girando su cabeza de derecha a izquierda y viceversa. De pronto, desde la cocina, se oyó un tímido lloriqueo de niño; el comisario corrió hacia la misma y, guiado por los sollozos, destapó la tapadera de madera de una tinaja y…allí estaba, temblando, la pobre desvalida que no paraba de decir: ¡¡cintas verdes…cintas verdes!! Era la hija mediana del infortunado matrimonio, que supo esconderse allí en un arrebato instintivo por salvar su vida.
El comisario, una vez extrajo a la niña de su providencial refugio, comenzó a mesarse el cabello y a pasarse la mano una y otra vez por la papada. Absorto, pensaba: ¿Qué diablos significará eso de cintas verdes? De pronto se le encendieron los ojos y espetó: -¡¡Dios mío…!! Salió disparado de la casa. Sus hombres, atónitos, se miraron unos a otros y decidieron seguirle. Él ya sabía hacia donde tenía que dirigirse: a la plaza de toros de Los Tejares.
Morales llegó presuroso al coso de Córdoba. Colocó a dos policías en cada uno de los vomitorios de la plaza y con todo el coraje del mundo, suspendió la corrida. Fue un picador de una de las cuadrillas, antiguo compañero de correrías del inspector homicida, quien reconoció al siniestro personaje, le delató y propició su detención casi inmediata cuando este intentaba zafarse del contingente policial.
El canalla, fue conducido a los calabozos de la comisaría. Al poco rato, el comisario Morales bajó a interrogarle, y poniéndose frente a él, con las manos entrelazadas por detrás de su espalda y con gesto de satisfacción por el deber cumplido, le dijo con voz tenue y tranquila: -José Cintabelde. Maldito asesino hijo de puta. ¿Por qué lo has hecho?
El miserable ya ex agente, contestó sin inmutarse: -Necesitaba dinero.
-¿Y tenías que matar también a los niños? Le espetó con repugnancia el Comisario Morales, mirándole de arriba a abajo.
El asesino, hipócrita empedernido, le contestó: -“Ellos también tienen lengua”.
José Cintabelde fue condenado a muerte, y tan solo dos meses después de su terrible crimen, murió pasado por el garrote vil, cerrando así uno de los más trágicos episodios que hayan ocurrido jamás en la bella capital cordobesa.
FIN
Esta historia está basada en hechos reales, aunque cualquier parecido con la realidad, es pura coincidencia.
Comentarios
De todas formas, bien hecho, espero leer mucho más.