La última gota
Me levanté un poco más temprano de lo que acostumbraba. Miré por la ventana y vi la lluvia gris plata caer copiosa sobre el horizonte recortado por edificios rojos, blancos y grises. Una paloma voló buscando refugio y se metió en un hueco debajo de un aire acondicionado. Los árboles sostenían las gotas que caían con fuerza y se balanceaban saltando de una hoja a otra.
Abrí la ventana y la brisa fresca de la mañana entró y se llevó el calor de la noche. Intenté mirar la lluvia, queriendo enfocar con la vista las gotas individualmente, pero no pude. Luego, miré al cielo y traté de imaginarme qué pasaba del otro lado de las nubes, si el cielo era celeste o si el techo gris interminable cubriría mi visión por completo. Continué mirando. Me sentí triste. Los días así me predisponen a deprimirme. Traté de observar en el silencio del repiqueteo de las gotas en los techos.
Recordé lluvias pasadas y un rayo interrumpió mis pensamientos con un estruendo no poco ruidoso. Miré el cielo una vez más, anhelante. Como esperando que algo viniese con la lluvia y se llevase mi tristeza. Sin darme cuenta, de a poco, comencé a sentir que algo lo llenaba todo. En cada gota, en cada centímetro cúbico de nubes grises, había alegría y esperanza. La lluvia, transparente y cristalina, renovaba mi esperanza, como si cayera sobre un terreno seco y árido, resquebrajado por la sequía. En cada gota, la lluvia, mostraba los dedos de un artesano escondido en las nubes, que para mí, dibujaba y moldeaba la más hermosa lluvia que había visto..
En cada gota, podía ver mis alegrías, mi vida y una gota por cada año que sufrí la soledad abrasadora de hablar conmigo mismo.
Una gota por cada vez que di la espalda al artesano que hoy corría las cortinas y dejaba entrar el aire, cuya ausencia me estaba asfixiando.
Una gota por cada minuto de incredulidad.
Una gota por cada minuto de desesperanza.
Una gota por cada minuto de la febril noche que no terminaba.
Una gota por cada lágrima.
Una gota por cada segundo que pasé deseando cosas que no durarían más que unos minutos.
Una gota por cada segundo que pasé lejos de mi casa.
Algo llamó mi atención en el medio del cielo. Una gota caía más lenta que el resto. Era roja, brillante, espesa y que no podía pasar desapercibida en el cielo gris. Caía lentamente, cerrando la lluvia, formando un piso de agua y gotas. El piso de gotas llegó al suelo, y la gota roja cayó en último lugar. Un rayo iluminó el cielo, partiéndolo a la mitad y luego se escuchó el estruendo a lo lejos.
Una gota roja. La última gota de mi tristeza.
Autor: Diego Cervera
Comentarios
¿Qué sensación te dio la (última) gota roja?