Pedro Pelele era un chico raro. Nunca consiguió vender su cara de pardillo por más que sus compañeros le invitaran a comprarse otra. Su falta de visión se iba agravando con el tiempo, por lo que sus gafas de culo de vaso se iban convirtiendo con el tiempo en culo de botella y después, en culo de garrafa de aceite de cinco litros. Mirarle a la cara era un espanto. Era inevitable reírse de él y no es por justificar a aquellos crueles niños que fueron muriendo uno a uno por entre las páginas del cuaderno rústico del señor Puppet.
Al poco de nacer, se volcó el aceite hirviendo sobre una mano y no la perdió de milagro. En el centro hospitalario del pueblo norteño, el médico con menos luces de todos se ocupó de curarle. Le vendó la mano entera con la única venda que le quedaba, en vez de hacerlo dedo a dedo por ahorrar. Así, el pobre Pedro Pelele tuvo que vivir para siempre con una masa de carne en la que se dejaban intuir la existencia de unos dedos olvidados. Una maestra, despedida hacía años, preocupada por la frustración futura del niño, le cosió preciosos guantes de colores con los que poder ocultar su pequeña imperfección. Desde entonces, su mano izquierda más parece la de un muñeco de guiñol que la de un humano. Pedro Pelele escondió en una caja todas las manoplas con algún emblema femenino, como son las flores, las fresitas con ojitos y boquita, los muñequitos amarillos, las galletas y las magdalenas o los lapiceros de colores. Se quedó únicamente con las de colores lisos y taciturnos.
De Pedro Pelele también destacaba su extrema delgadez. Su madre, siempre preocupada porque comía menos que un pajarillo frito, lo llevaba al médico una y otra vez. Pero al pequeño Pedrito no le pasaba nada malo. «Tantos pájaros tiene este niño en la cabeza que se comen todo lo que le entra por la boca.» Le decía el médico con guasa y despeinándole la cabeza, pero el médico aquel era un hombre sabio y lo sabía bien. Pedro Pelele siempre tuvo multitud de pájaros revoloteándole en la cabeza.
Fijándose en cada una de las pelotillas que crecían de su manopla gris acentuada recordó que aún quedaba un último testigo sin declarar. Días atrás, antes de que el podre señor Krupp fuera terriblemente asesinado por su esposa, cosa que aun no se podía verificar puesto que existe la presunción de inocencia, Gregorio Cansa le metió con Pedro Pelele y con su mano de guiñol.
Pedro Pelele nunca había contestado a las burlas de los otros niños. De hecho siempre supo que la indiferencia era el mejor castigo. Pero en aquel preciso instante, Peter Puppet estaba tratando de averiguar quién había matado a Gregorio Cansa escalabrándole con un almendruco pelado. El señor Puppet llevaba varios días recopilando datos en busca de aquel criminal que acabó con la vida de un pobre, rubio y pecoso niños hijo de padres con problemas adictivos. Primero pensó que fue su padre quien, harto del niño, le lanzó el artefacto a la cabeza. Después descartó esa hipótesis porque el grado de embriaguez le impediría acertar. Luego, pensó que quizá hubiese sido la madre de Gregorio Cansa quien, arrepentida de haber tenido un hijo tan insoportable y malcriado, desperdició su último almendruco y se lo tiró a la cabeza.
Esta era la teoría que el señor Puppet ya relataba en su cuaderno rústico cuando comenzó el altercado. Gregorio Cansa vio que Pedro Pelele escribía tranquilo en uno de los rincones del patio. Recordó el tiempo que hacía que nadie lo molestaba y felizmente decidió ser él quien lo hiciera de nuevo. «¡Eh tú, Pelele! ¿Quieres que hagamos un teatro de marionetas y yo me ocupo de manejar tu mano?»
Pedro Pelele no contestó. « ¡Eh Pelele! ¡Que te estoy hablando a ti!» Gregorio Cansa empezó a pegarle patadas creyendo que su chirriante voz no había causando el suficiente daño a sus oídos. Pedro Pelele decidió dejar su cuaderno rústico en el suelo y se levantó a defender su honra. « ¿Qué dices “Cansa-o”?» Le dijo al tiempo que elevaba la cabeza por encima de sus posibilidades. « ¿Qué si montamos un teatro de marionetas?» Gregorio Cansa, que era más alto que Pedro Pelele, quiso alzar más la cabeza, pero descubrió que sólo veía el cielo y las nubes así que la bajó para encontrarse con los ojos de su contrincante. «Pues llama a tu madre y le dices que te limpie el culito bonito y así todos nos divertimos un poquito…» La respiración de Gregorio Cansa empezó a acelerarse a una velocidad de vértigo. Su tez blanca y pecosa comenzó a adquirir el color del chorizo y algunos liquidillos amarillentos se le escaparon de los orificios nasales. «¡Mi madre está muerta atorrante!» y dejó herido de muerte a Pedro Pelele en el suelo del patio.
Antes de desvanecerse, Pedro Pelele sacó de su bolsillo un almendruco pelado y se lo tiró con ira a su adversario. Pero no le dio.
Entonces, Peter Puppet tachó de su cuaderno rústico la antigua hipótesis sobre la asesina de Gregorio Cansa y averiguó que fue Pedro Pelele quién mató a su compañero tras una trifulca. Acabó su atestado asegurando que todo fue un homicidio y que el asesino solo intentó defenderse de las garras de un criminal.
Alertado por los gritos de júbilo de los muchachos del centro, el señor y la señora Krupp corrieron a conocer lo que ocurría en el patio. Cuando llegaron, varios pajarillos discutían por el almendruco del suelo y el pobre Pedro Pelele sangraba tirado en la gravilla del patio. El señor Krupp se llevó a su despacho a Gregorio Cansa, mientras que la señora Krupp cogió a Pedro Pelele y lo entró en la insalubre enfermería para curar sus heridas.
En estos casos, el señor Krupp suele azotar al individuo revolucionario el culo con sus monstruosas manos. Después, encierra al reo durante días a pan y agua congelada. Y fue entonces cuando Peter Puppet recordó que Gregorio Cansa había sido completamente olvidado en la celda de castigo debido a los últimos acontecimientos.
Las marcas del señor Krupp no podían borrarse tan fácilmente, así que el señor Puppet cogió una regla de ositos peludos del estuche de Pedro Pelele y fue en busca de la prueba decisiva para su investigación.
Después de horas de averiguación minuciosa en aquellas huellas que aún pervivían en el trasero de Gregorio Cansa, el señor Puppet determinó que eran del mismo tamaño que las de la señora Krupp. Estas últimas no había podido verificar su tamaño debido a su ubicación, pero era un excelente detective y tenía muy buen ojo.
Sacó Peter Puppet su libreta rústica de tapas duras negras y relató los acontecimientos tal y como él pensó que sucedieron. Posiblemente, el señor y la señora Krupp no llegaron a un acuerdo sobre el menú de la semana siguiente. Uno pensaría que sería mejor que los internos comieran pollo con patatas y el otro se obcecó con la idea de que mejor comieran el pollo con pimientos. Ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo, el señor y la señora Krupp decidieron llegar a un acuerdo por la fuerza. Quien ganara la batalla, decidiría el menú. Las reglas eran sencillas. Las voces de ambos retumbaban por todo el edificio viejo y deformado. Parecía que la señora Krupp había sido más fuerte y poderosa y su opción de las patatas fritas con el pollo había salido agraciada.
Pedro Pelele estaba terriblemente agotado esperando en la puerta del señor Krupp a que finalizara la discusión con su esposa. La insignificancia del motivo de la riña le había dado para escribir más de veinte páginas de crimen. Por fin, la señora Krupp salió del despacho de su esposo despeinada y sin un pendiente. Miró a Pedro de una manera muy desagradable al tiempo que estiraba su camiseta de propaganda por debajo de la enorme panza grasienta. Pedro Pelele entró en el despacho del señor krupper para despedirse de él. Su despacho mostraba muy mal aspecto. Multitud de desperdicios revoloteaban por entre las baldosas del suelo, el ventilador del techo emitía un olor a rancio podrido, los papeles de la mesa se acumulaban entre envoltorio de bombones y el señor Krupp masticaba indigesto un donut de chocolate. «Vengo a despedirme» suspiró el pequeño Pedro. «¿Y eso? ¿Es que te vas?» El señor Krupp hacía caso omiso a sus internos y nunca recordaba cuando uno de ellos tenía que salir de allí. «Si, hoy es mi cumpleaños. Dieciocho, señor.» El señor Krupp se metió el último donut de la bolsa en la boca en la cual le hubiesen cabido dos más. Y con la boca llena y sin contemplaciones le dijo: «No olvides cerrar la puerta al salir.» El muchacho le dijo que no con la cabeza baja y salió de allí.
amacrema
Comentarios
Parece que el desgraciado pelele está rodeado de ineptos por todos lados, su mamá que no supo cuidarlo del aceite hirviendo, el incompetente médico, la maestra que, a pesar de sus buenasintenciones, lo inundó de manoplas coloristas.
Aunque suelo huir de los diminutivos como si fuera la peste, en este relato tuyo van que ni pintado, pues al minimizarlo en boquitas, fresitas, corazoncitos…ridiculizas al personaje, nos da la clavede su desgracia, el desgraciado prefiere colores lisos y taciturnos.
Algunos acentos sobran, otros faltan, y la palabra correcta es descalabrar por escalabrar.
También decirte que el relato tiene una velocidad vertiginosa, saltas de un acontecimiento a otro, cada cual más desgraciado, sin darnos un respiro. Ora un crimen, ora una sospecha, ora un descalabro.
Has frases impagables, como la de levantarla cabeza por encima de sus posibilidades, y otras de crueldad elevada a su máximo exponente, como la de manejar la mano en el teatrillo de marionetas…la de tirarle un almendruco seco al atorrante y encima, para colmo de la mala suerte, no atinar ( no darle),esperaba y ansiaba que le diera, pero no le dio ( y eso sorprende, y hace que esté más atenta aún a la lectura, porque es inesperado este cuento negro de Pedro Pelele, donde los pájarillos se pelean por un trozo de pan seco que no sirvió de venganza).
Todo es un delirio, no me cansaría de mencionar cada frase a cada cual más loca que hilas con aparente incordura. Me recuerdas mucho la manera de contar de otro compañero forero. ( Moisés se llama el autor y su serie "El bávaro", en la mísma línea que el tuyo)
Eres más que bueno Totty, eres Genial, que lo sepas, y el humor lo bordas.
Yo (totty spain) tan solo soy un colaborador de su blog en lo que al diseño se refiere.
Me alegra que te gusten sus relatos y que los disfrutes.
Un saludo y pronto estará por aquí amacrema para responder a todas vuestras opiniones.
Un saludo!
Espero que paseéis a menudo por mi blog, leyendo las entradas nuevas, pero también os invito a leer las pasadas, porque en http://amacrema.blogspot.com.es/ hay muchas historias por descubrir, muchos relatos y poemas firmados por mí, África Crespo. Pero también hay recomendaciones literarias y cinematográficas, artículos de opinión y muchas cosas más.