Epopeya del triste cuarentón .
Una barra de acero y un latido entre mis pantalones. Eso era ella las noches de aquel invierno pagano. Todos los tugurios de aquélla ciudad -como siempre sin nombre- me habían proporcionado el mismo placer que uno de esos modernos juguetes robotizados a un niño que jamás aprenderá a distinguir lo inerte de lo animado, de la languidez inmadura al cerebelo forzado.
Sin pasión, sin destino...guiado por una perezosa, e incluso golosa lujuria (ojalá pudiese unificar más pecados en mi triste actitud), me encaminaba a los carteles brillantes y rojizos de las calles más perdidas, que al fin, encontraban ellas mismas a los hombres desamparados. Y valga decir que no me sentía especialmente huérfano de esta sociedad vomitiva... Estaba más cercano a la total y más absoluta forma de desentendimiento, que caracteriza a aquéllos que no ven sentido al saludo cordial entre dos personas que estúpidamente se encuentran una vez al día en el ascensor, o a los ritos que derivan de una “tradición” carcomida, de la que la misma Historia debería avergonzarse. No me malentendáis, seguramente Jesucristo apoyaría de pleno la comercialización de horteras tarjetas navideñas con su imagen de bebé sagrado y estampado, que con cuatro rutinarias palabras hacían cumplir al que las timbra... Ya véis que algunos me consideran poco ortodoxo...
Hastiado, pues, ansiaba recorrer con mi lengua la piel aceitosa y salada de muchachas mucho más extraviadas que yo. Aunque en realidad, solía solo contemplarlas mientras bailaban, moviendo a sonidos demasiado ajetreados sus cuerpos mutilados por las nuevas costumbres, o las viejas -quién lo sabe en realidad. Ponía entre sus pechos un billete, y otro, esperando en el fondo de mi ser que a mí no se me pusiese esa cara agilipollada que suele adueñarse de los hombres que contemplan la carne de una mujer inaccesible por naturaleza. De hecho, intentaba evitar a toda costa cruzar mi mirada con esos tíos alicaídos que encontraban en estas diversiones nocturnas una vía de escape, o incluso un hobby sucio y recurrente. ¿Cuál era mi caso? Sentía, de todas formas, que no debía igualarme a aquéllos miserables que babeaban a los pies de una muchacha de diecinueve...dieciocho años.
Pero ella había echado por tierra, como es usanza entre las bellezas más codiciadas, todos los preceptos que había establecido alrededor de mis actividades noctámbulas. “No gastes jamás más de 200 dólares la misma noche. No permitas que ninguna te hable a no ser que se lo pidas. No vayas a ver a la misma chica dos días seguidos.” Qué estúpido y banal soy en el fondo, en la superficie y en el subsuelo de mi putrefacta alma -si es que Dios me la ha entregado con tanto esmero como cuentan.
“Yaguar” se llamaba aquel local, mi mente ha almacenado a tiempo indefinido las formas sinuosas pero vulgares de la propaganda fluorescente que había a las afueras. Una mujer con manchas por todo su cuerpo, una felina... Pero tampoco tendría sentido ironizar la imaginación de aquéllos diseñadores. Probablemente sean los mismos que hayan puesto el nombre de “Hoyo 18” al club cercano al campo de golf, donde la élite pseudoburguesa suele pasar agradables jornadas entre copas de champán y genitales, igual de rebosantes.
Al entrar, la luz era tan poca que la mirada solo podía fijarse en la barra, donde unos cuatro hombres tomaban sus penas traducidas en Whisky, y una camarera mulata y bastante bella aliviaba con su humor a aquéllos que solo necesitaban el consuelo de una voz amiga. La conocía bien, de hecho, hacía años había pagado por su cálido abrazo... Eran placeres caros, placeres que valían la pena solo un instante, pero la reflexión me llenaba de culpabilidad, de náusea. “He pagado a esa chica para que se deje penetrar. Convertido acto natural en un trato comercial sin bien ni materia.” Al final rehusé todo servicio semejante, y ya os dije... me satisfacía con los bailes de aquéllas que aún no habían llegado a ese nivel.
Le pedí una cerveza, el licor embriagaba demasiado mi juicio, y apenas podría recordar al día siguiente las curvas, las texturas o los vaivenes de su cuerpo. Pero al acercarme más a la plataforma habitual, no escuchaba rastro de música, focos o la funda carnal a la que tanto me había acostumbrado a mirar. Agitado, nervioso...mucho más de lo que quisiera admitir, pregunté a la camarera donde se encontraba Marion. Eran las 23:47.
-No ha venido esta noche, quizás se encuentre mal -iba a dejarme, seguir la charla insustancial con aquéllos bribones, pero debió darse cuenta de mi mirada demente. -Vuelva mañana, ya aparecerá.
En mi sien se torcía el mundo, el mismo universo quebraba dejando desangrar la Vía Láctea. ¿Dónde estaba aquélla diosa de rizos quebrados? Este sentimiento de necesidad recalcitrante me dejaba exhausto, angustiado. Era del todo indigno temer por ella, pero...¡ah, había sido la única, Dios mío!
Cien episodios vistos a medias de aquéllas sangrientas series policíacas me hacían pensar en su cuerpo abandonado en una fosa, cubierta de cemento, de fango, mutilada, extirpada, cortada en mil pedazos de Marion. Estaba enfermo, enfermando... Debía dormir, salir del coche, volver a casa. Aunque no por este orden. A las 2:20 decidí abandonar mi plaza asidua de aparcamiento, dejar de esperar una llegada tardía, y recorrí unas horas las calles de esta urbe contaminada.
Los barrios más oscuros tenían aún vida a aquéllas horas, alimentando como ratas de cloaca la suciedad y la miseria. Conocía a alguna gente...que se habían consumido por el vicio, dejando de sí solo espectros carcomidos que viven por la siguiente dosis, anhelando lo restante de su dignidad que fuera la última. Yo también había probado alguna de esas panaceas prodigiosas, que elevan hasta el mismísimo Reino de los Cielos, para pronto dejarte caer al último de los anillos del averno. Marion parecía saludable, jamás había contemplado en sus pálidos brazos una mancha que corrompiese su pureza. ¡Pureza! Como si estuviese hablando de una doncella virginal... Una bailarina de striptease con rostro angelical...Una joven que quiso sonreír a este rancio y maníaco cuarentón. Nada más, nada menos.
El trabajo de oficina me estaba perforando el cráneo, como latigazos sentía el tecleo incesante de la máquina de escribir de mi secretaria, solo una muchacha cuando la había contratado mi padre, aunque ahora se había convertido en una anciana que conservaba su puesto por una enclenque misericordia que se ahuyenta del trabajo provechoso.
La noche sin dormir me había pasado factura, mis amplias ojeras se reflejaban en la fotografía semi-inclinada de mis hijos, distracción cotidiana y melancólica. Mi mujer, recortada, yacía en el cajón del escritorio, junto a un anillo desgastado al que hacía mucho tiempo no tenía derecho. ¿Dónde estaba Marion? Su ausencia me hacía palpitar una ceja, de cuando en vez, como si mis nervios quisieran mostrarme nuevos tic's para mi propia distracción.
Así, como hombre improductivo donde los haya, recogí el maletín de cuero negro -señal universal de la clase oficinista- y me dirigí a un almuerzo desganado, aún esperado por el alejamiento que suponía de las cuentas amontonadas sobre la mesa. Mis piernas comenzaron a andar, pesadas y adormecidas por la postura encorvada que adoptaba al leer, revisar y sellar. Y también aquí la rutina hacía mella, pues siempre me dirigía a la misma cafetería.
“Mrs. Brownie” era un establecimiento cursi, de un rosa demasiado intenso por fuera, tanto que hería a la vista. Su letrero era blanco y aquélla muñeca de pastel con ojos, con gigantes pestañas, hacía honor a su nombre. Hacía cinco años me habían forzado a entrar, alabando un compañero de oficio aquéllas deliciosas tartitas de arándanos que servían todos los miércoles. Bien, hoy lo era, así que aumentaría una semana más mi gruesa tripa a base de café y tres de aquéllos jugosos pastelitos... Para meditar una vez más sobre qué haría si no encontraba esta noche a aquélla muchacha donde tanto la esperaba. Estaba dispuesto a recorrer todas las callejuelas de la ciudad, extorsionar a los proxenetas, pegar a los camellos...Y entonces dejaba guiar la mirada nuevamente sobre mi panza, y un suspiro triste salía de mis labios. “Pastelillos de arándanos, y quizás un poco de nata”.
Entré, como de costumbre, sentándome en una de las mesas laterales, hundiendo mi mirada profunda al exterior, contemplando a la gente joven en un parque cercano. Jugaban a ser amantes, a descubrir entre besos y roces furtivos lo que con su madurez, con probabilidad, marchitaría dejando paso a la amargura. Pero odiaba aplicar los preceptos de mi ordinaria vida a los demás.
Al acercarse la camarera, entoné como si de una máquina se tratara mi pedido, sin mirarla a la cara, sin entonar un triste agradecimiento. Comencé a divagar en la espera, dejando fluir aquéllos compulsivos pensamientos mientras daba a la servilleta forma de tulipán, como me había enseñado mi propia madre en la niñez. Así, pronto llegaban aquéllos deliciosos dulces, haciéndome salivar. Pero...algo era distinto esta vez.
Mi taza de café, llena hasta el tope de una suave espuma dorada, tenía sobre su superficie dos puntos y un logrado semicírculo pintado. Formaba una sonrisa...¡Una sonrisa! Al menos dos escalofríos consecutivos me dominaron hasta que me atreví a girar la cabeza. No sabría decir si comencé a reír en alto, si de mis ojos brotaron algunas vergonzosas lágrimas o si simplemente sonreí con timidez cuando la vi tras la barra. Llevaba un uniforme tan rosa y ridículo como la decoración del local, pero ella era mi emperatriz vestida , mi pequeña Marion... con un gorro triangular sobre la negra cabellera, y una sonrisa de paz en sus labios.
Comentarios
Hola Sandra
El texto transmite la tristeza que puede embargar a un cuarentón por tantas cosas. Lo siento así, soy un cuarentón y a veces siento lo que dice el texto.
Las “profundas disquisiciones filosóficas” no forman parte de mi vida, tampoco el que te comiste una coma o un firulete.
Gracias por recrear mi mente y llenar de melancolía el sétimo piso de mi oficina.
Me alegra y apena al mismo tiempo haber sugerido en ti tal melancolía, aunque puesto que me reconforta haber podido plasmar un pensamiento real, aunque su naturaleza no sea la más alegre.
Muchas gracias por leerme.
Pluralizando saludos...que diría Juancho.
Hasta pronto.
Ah! Entonces esperaré paciente tu opinión
Tienes un bagaje cultural, es evidente, pero no lo esgrimes, lo utilizas, por medio de ello das carácter a los personajes , te adentras en ellos, los describes por fuera, pero sobre todo por dentro, radiografias, por eso digo que Sandra es hondura.
A pesar de algunas frases exageradas ( como putrefacta alma…desangre de la vía láctea… último anillos del averno…) al emplear con certeza el léxico y el vocabulario, al ensartar con destreza las frases álgidas, no resulta la historia ni rebuscada, ni excesiva, sino con las dosis jutas de desgarre, y además has mezclado con acierto giros coloquiales consiguiendo cierto equilibrio.
Buen uso también del teclear de fondo e una máquina de escribir, que aunque pueda parecer anacrónico, de hecho lo es, lo has salvado al aclarar que la secretaria era una anciana, herencia del justiciero padre, y con esto logras un contraste entre una vida aparentemente familiar y reglada, y el consumo habitual de emociones nocturnas.
Te señalo pequeños despistes y algunos ligeros ajustes:
- Los guiones de diálogos, deberían ser largos
- Los puntos suspensivos en excesos, restan, no suman.
- Veis ( sin acento)
En especial me gusta el comienzo, y el final ( siempre cuidas ambos extremos), así que nos haces comenzar a leerte con ganas, nos mantienes alerta en todo el relato, y nos deja con buen sabor de ojos la visual frase final con el colofón del gorrito triangular y la sonrisa feliz.
Me alegra tu vuelta Sandra.
Oh Suina, me ha alegrado sobremanera conocer tu opinión, y más aún saber que consideras que mi literatura se caracteriza por su profundidad. Tienes toda la razón del mundo, me encanta escenificar sobre todo el interior de mis personajes, ya que me parece de lo más rico para el disfrute de la lectura.
En cuanto al vocabulario, sé que a veces me paso un poco de la ralla. Y que hay grandes exageraciones, como dices..pero la moderación nunca fue lo mío. También estoy de acuerdo en el abuso de puntos suspensivos, aunque me parecen una herramienta muy adecuada para describir el pensamiento y su curso.
En fin, Suina, me hace feliz que me hayas leído una vez más y espero poder seguir comentando y mejorando contigo.
Ah, sí...soy mujer de excesos xD Y la adjetivización es mi gran debilidad! Pero me parece un honor que te guste mi "tempo", y desde luego me anima a seguir escribiendo saber que se pueda apreciar mi obra. Gracias Bar Imperio.