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El Retrato

Bar ImperioBar Imperio Gonzalo de Berceo s.XIII
editado enero 2014 en Narrativa

EL RETRATO


Así suelen ser las cosas.
Hace pocas semanas he cumplido 34 años. Soy ya una mujer bastante grande pero de ningún modo una anciana. He nacido en Florencia, eso casi todos lo saben. Y aún no he podido tener hijos. Mis padres tienen una finca en las afueras, en la zona de Campi Bisenzio, bastante lejos del Arno y del Ponte Vecchio. Allí disponen de una casa de nueve habitaciones, un monte de olivares y una pequeña plantación de nueces que se ha ido agotando a lo largo de los años.
Las dificultades de dinero son muy grandes para ellos y hace mucho tiempo que han dejado de ser ricos.
Unos años atrás me ofrecieron en dote a un comerciante del lugar y terminé por casarme con él en la Iglesia de Santa Genoveva de Trieste.
Es un hombre que suele comerciar con extrañas regiones alejadas de Florencia, como Anatolia, Beirut o Alejandría y que está muy ocupado en sus negocios de compra de telas y pieles que luego vende por toda Europa.
La cuestión es que jamás me tocó.
Nunca tuvimos relaciones.
Yo he sido una especie de figura que decora su actividad social y que da realce a sus reuniones y negocios pero nada más que eso. A veces pasa meses enteros en Venecia y cada tanto (si las guerras lo permiten) viaja con sus mercancías a Turín y a la ciudad de Génova.
Hace poco decidió encargar dos retratos.
Uno para él, con el fondo de una galera veneciana y otro para mí en la sala de estar o en la recámara. Para eso contrató a un pintor del lugar que tiene su estudio a orillas del Arno y me pidió que colaborara en todo lo que fuera necesario.
Entonces comencé a concurrir a su taller, junto a mi dama de compañía, todas las mañanas.
El hombre me sentaba junto a la ventana, en una silla bastante dura y se dedicaba a observarme casi con obsesión. En especial me miraba los labios y los ojos y a veces estaba más de una hora simplemente mirando mi rostro.
Aquellas actitudes me desconcertaban un poco y eran demasiado extrañas para mí.
Con el tiempo llegamos a entendernos de una manera casi íntima. El apoyaba su pulgar en mi mentón y luego dirigía mi rostro hacia el ángulo de luz que deseaba. Por momentos hasta pensé que estaba enamorado de mí pero pronto me di cuenta que era una opinión equivocada
Lo obsesionaban los reflejos de la luz y a veces hacía afirmaciones que yo no comprendía del todo.
Estaba todo el día posando para él.
Se fijaba mucho en mis ojos, pero también anhelaba (según decía) poder lograr un cierto efecto luminoso para que mi sonrisa desapareciera al ser mirada de manera directa por cualquier observador.
–Sólo trato que lleguen a verla –me dijo un día - cuando la vista de la gente se fije en otras partes del cuadro.
Y yo por momentos pensaba que estaba un poco loco.
A veces, por las mañanas, solía beber junto a él un te negro de Ceilán que le gustaba mucho. Era un hombre zurdo, sumamente austero, que solo comía vegetales y que utilizaba su mano izquierda al pintar de una manera inigualable.
Pronto le confesé de mi matrimonio no consumado y el comenzó a llamarme (con dulce ironía) “Madonna”
Al año de estar posando me dijo que ya no era necesaria mi presencia en su estudio y entonces dejé de concurrir a visitarlo.
Hoy me acabo de enterar que ha muerto.
Gente allegada me ha informado que hace tiempo que ha terminado su trabajo pero que por razones que desconozco jamás se lo entregó a mi esposo.
Hoy simplemente recuerdo esos tiempos en que posaba para él.
Los tiempos en que me recibía en su taller, con esa especie de aura de luz que lo rodeaba, mientras sonreía y pintaba mi retrato junto a la ventana.
Los tiempos en que me esperaba en la entrada diciendo
–¿Cómo está Madonna Lisa?
Y luego me invitaba a una taza de te negro de Ceilán por las mañanas.

Comentarios

  • SuinaSuina Garcilaso de la Vega XVI
    editado enero 2014
    Así suelen ser las cosas Nestor, nos ha dado por ser “artistas” italianinis a los dos últimamente.
    Una recreación libre de la señora modelo. La imaginación al poder, me encanta eso. Con un puñado de datos te has montado una historia ¡Bravo!. Así me gusta, inventado.
    Una de tus características, es que cuando nos cuentas una historia, parece real ,sea del tipo que sea, no iba a ser menos con esta florentina de dicen misteriosa sonrisa ¡Quién sabe lo que pensaríamientras posaba! ¡Quién sabe si solo se limitaba a escuchar a los músicos que el maestro pondría a su disposición para suavizar el rictus de aburrimiento de sus modelos! Igual estaba repasando la lista de la compra, o …enamorada del hombre observador, el que cuida los detalles, y también el entorno de los detalles, el de la doble mirada. ¡Ay que me pierdo en conjeturas!
    Lo mismo que tú has hecho, conjeturar,crear una situación, y eso es de escritor, que lo sepas.
  • Bar ImperioBar Imperio Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado enero 2014
    Gracias Suina. Viniendo de ti, es una opinión incomparable.
  • DonCalacaDonCalaca Pedro Abad s.XII
    editado enero 2014
    Me gusto bastante, sentí pena por la pobre mujer, ¿que tanta será la diferencia entre el casto decorado social y cierta obsesión artística? no se si tu intención fuera esa y si no lo era...muchísimo mejor, creo que las diferentes interpretaciones hace al arte ARTE.
  • anderosuanderosu Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado enero 2014
    Tus relatos suelen tener siempre una nostalgia, una añoranza del pasado. No particularmente este (aunque aún la tiene), pero lo comento igual. Es de esas nostalgias que solo llegan tras cierta edad, una nostalgia que yo solo puedo comprender de forma oblicua o racionalista, si se permite la palabra, con los 17 años que llevo en el mundo. Precisamente, que puedas transmitirme efectivamente sentimientos que no poseo empíricamente (palabra que cierra aquel círculo), me parece algo admirable.

    Me recordó tu pintor un poco a Egon Schiele, no sé por qué.

    Cálidos saludos.
  • Bar ImperioBar Imperio Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado enero 2014
    Gracias anderosu. 17 años no es una edad, es una alevosía!
  • anderosuanderosu Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado enero 2014
    Alevosía, alevosía. Seguro recuerdas que usé esa palabra en mi último cuento.

    Muy bonita frase, la que acabas de escribir.
    Sí, macanuda (es lo mejor que puedo aproximarme al porteño).
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