Al día siguiente me encontraba realmente de muy mal humor. «Humor de perros» como se dice... Para empezar hacía un frío terrible que, a pesar de la calefacción del hospital, entraba en mis huesos con toda su crueldad. Se acercaban las Navidades y eso tampoco ayudaba precisamente a mi estado de ánimo. Me hacía recordar que estaba sola y que, por primera vez en mis 17 años de vida, iba a pasar esas fechas sola. El doctor me había visitado esa misma mañana y me informó que debía seguir en observación unas semanas más. Al principio me enfadé un poco; pero cuando me explicó que corría el riesgo de perder a mi bebé comprendí que lo mejor era dejarme cuidar por ellos, por los profesionales. Al menos de momento. No quería poner en riesgo a mi futura hija, a la cual amaba ya con todo mi corazón. Ella era lo único por lo que yo quería seguir viviendo... Por lo tanto me resigné a seguir allá el tiempo que fuese necesario, deseando que no se me hiciera tan largo...
Esa misma tarde me encontraba acostada tratando de dormirme. No lo lograba debido a que pasaba la mayor parte del día ( y de la noche), dormida. La puerta se abrió. Pensé que sería la enfermera para traerme la cena. Pues ya faltaba poco para las 20:00. Allí se cenaba demasiado pronto... Me hice la dormida, pues no tenía ninguna gana de probar esas verduras que me ponían. Pero una voz masculina y que me resultaba conocida llegó a mis oídos.
- Buenas noches, chica « sin nombre». Te he traído algo. Espero que te guste.
¡ No me lo podía creer! ¡ Se había atrevido a entrar en mi habitación sin mi permiso! Seguí en silencio con los ojos cerrados, con la esperanza que, de esa manera, se marchara y me dejara tranquila. Sentí su piel cerca de la mía y me llegó un olor raro... aunque bastante bueno y que hizo que mi tripa se revolviera aún más.
- Huele... Es tortilla de patata con jamón y queso. Pensé que te gustaría comer algo bueno de verdad, pero como veo que no tienes ganas de despertarte mejor me lo llevo...
Oí cómo sus pasos se alejaban y me incorporé de un salto, quedándome sentada en la cama.
- Espera. Espera un momento. La verdad es que no tengo tanto sueño...
Se dio la vuelta y me miró, sonriendo.
- ¿Cómo has conseguido saber cuál es el número de mi habitación?
Su sonrisa se hizo más grande todavía.
- Tengo mis contactos.
Puse un gesto de desconfianza y él rió a carcajadas.
- Es broma. Ayer te seguí hasta aquí. Hoy cociné tortilla en mi casa y pensé que te gustaría comer un poco. Por eso te traje este bocadillo... Se me da genial... Prueba un poco si no me crees.
Sus palabras me sorprendieron bastante. No entendía por qué motivo se había tomado la molestia de preparar tortilla para mí. En mi interior se lo agradecí, pero había algo que no me dejaba fiarme del todo...
- No tenías por qué haberlo echo. La comida que tienen aquí tampoco es tan mala...
- Mmmm... Eres dura de roer, ¿eh? Pero no pasa nada. Te lo dejaré de todos modos.
Dejó el bocadillo en la mesita que había al lado de la cama y permaneció quieto, observándome.
- De acuerdo. Déjalo ahí. Y ahora, por favor, ¿puedes marcharte y cerrar la puerta?
- Por supuesto, pero, ¿ no quieres que me quede un rato a hacerte compañía?
Negué con la cabeza.
- No. No quiero comer delante tuyo. Me da verguenza...
Eso último lo dije susurrando y él comenzó a reír.
- Vale, vale. Me iré para que así puedas tirarlo a la basura sin que te vea.
Sin querer, se me escapó una carcajada.
- ¿Cómo crees? No soy tan mala...
Ya se iba a ir, así que me apresuré:
- Oye, gracias.
Abrió la puerta y, antes de salir, dijo estas palabras:
- No hay de qué. Antes que las gracias prefiero mil veces esa bonita risa que me has dedicado. Hasta otra, chica « sin nombre». Y que aproveche.
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