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JuanDiego27JuanDiego27 Anónimo s.XI
editado noviembre 2013 en Romántica
¿Tienes algo más que decir?-me dijo antes de dejarme completamente petrificado, la veía ahí, parada frente a mí. Siempre había temido el eco de su silencio que se escapaba por esos hermosos ojos azabaches. Era imposible no ruborizarse ante tales joyas que se encontraban incrustadas al frente mío en ese rostro querubinezco. Pero fuera de ese contexto hermoso tal cual ocaso, se encontraba ella esperando una respuesta al igual que yo, en el mismo escenario, con los mismos actores pero con una trama totalmente incierta, después de todo habíamos estado separados por al menos veintisiete kilómetros.
¿Qué podría responder yo? Todo alrededor de ella se tornaba baladí, siempre la había querido, la distancia me hacía añorarla cada segundo más. Vivía con la extenuante idea de volver a ver y, sin embargo, ahora la tenía con los ojos puestos en mí, impaciente. Aunque ahora la amaba más que nunca, ahora que había sentido como se había ido; aprendí a sobrevivir sin su ausencia, jamás logré arrancar aquella página melancólica de mi ser, y es que durante esa Sodoma y Gomorra que se extendió más del tiempo que cualquiera de los dos, espero yo, hubiera querido; estuve tan cerca como para abrir aquella tan provocadora puerta de rubíes; sin embargo, fui un cobarde. Siempre lloré bajo la almohada aquellas hazañas que quedaron en fantasías y solo me causaban dolor cada vez que la avistaba, tan Atenea.
Saturno parecía disfrutar de ese momento de incertidumbre, el tiempo no se movió. Aquellos azabaches me encontraban perdidos, aquella puerta de rubí me encontraba contemplándola, aquellas mejillas se habían tornado escarlata. ¿De verdad esperaba que le respondiera semejante pregunta y malogrará aquel Edenezco momento? Quería yo solo rogarle a Saturno, que ese momento fuera inacabable; que la rotación y la traslación se paralice de una maldita vez. ¿Para qué vivir? Si sabré que ya tuve lo más hermoso y que lo perdí.
Empezó a esbozar una sonrisa, la cándida sonrisa que me había hecho perder la razón y, ¿Por qué no? Tantas lágrimas cada vez que el Sol se ocultaba. Parecía que el año me había castigado por siglos, un año totalmente draconiano; la soledad y el vacío habían reinado. Me habían negado el estrecho susurro de amor que era, dolorosamente, acallado por el frío que golpeaba sin cesar cada vez que estábamos cerca.
-No.-respondí ante la presión que hacían sus ojos en los míos, y justo en ese momento el naranja atardecer se tornó gris, y jamás volvió a recuperar la tonalidad que adquirió en esa primavera que fue un siglo y un segundo; se liberó un prisionero que solo estaba destinado a sufrir, y quedó vacía la celda. Jamás volveré a escribir, gritaba mi mente sin cesar; mientras, ella se acercaba a mi lentamente y me permitía soñar, por lo menos, una vez más.
Y aquel atardecer nostálgico que de suicidarse no aguardaba, era mi inocencia y murió en ese preciso momento cuando su hestiado beso penetró en mi ser, y es que no fue el típico roce de rostros que se efectúa al saludar o despedirse, yo sentí sus escarlatas labios encima de mí, dejándome la sensación de lo que pudo, pero jamás fue.

Hasta nunca, mi Sheccid.

Comentarios

  • DashaevDashaev Anónimo s.XI
    editado noviembre 2013
    es un bello escrito y me gusta mucho la redacción
  • SelyseSelyse Pedro Abad s.XII
    editado noviembre 2013
    Esta muy bien....., a mí me ha gustado :)
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