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Calensa

cantalahierbacantalahierba Pedro Abad s.XII
editado agosto 2008 en Narrativa
Este pueblo no lo conozco porque simplemente no existe, como ninguno de sus habitantes. Espero que os guste.

Cuando el indio Zacarias llegó al pueblo por primera vez, un vientecillo fresco y como burlón, anduvo por las calles arriba y abajo, durante toda una semana.
En seguida llamó la atención por su presencia patibularia y sus ojos de perro apaleado que los chiquillos rapidamente identificaron como de un congénere.
Recorrió el pueblo de norte a sur y de este a oeste, de tal manera que parecía querer grabarse en la memoria cada esquina y cada piedra, con aquél aire de corazón solitario que daba la impresión de empujarle de un sitio a otro sin tregua. Los vecinos le observaban pasar de reojo,mostrándole sus perfiles cazurros y desconfiados de seres aislados y montunos.
Nadie le vio comer o dormir en los tres días que paseó su soledad calle arriba, calle abajo y al cuarto día de su llegada alguién dijo en voz alta, lo que todos ya sabían pero nadie se había tomado la molestia de expresar. El indio se había ido. Las gentes pronto olvidaron el incidente y la vida continuó su transcurso lento y pesado como de lava deslizante.
Cuando al cabo de seis meses, el indio Zacarias regresó, el polvo había empañado los recuerdos y los primero que dieron la voz de alarma fue la chiquillería, que a última hora de la tarde solía desperdigarse por el pequeño cerro junto a la entrada del pueblo.
Renqueante y tembloroso un viejo autobús de linea se aferraba al escarpado camino y al volante el indio Zacarías contenía el aliento. Los chiquillos le observaban boquiabiertos, en cada curva el autobús se bamboleaba peligrosamente y las ruedas a duras penas encontraban suelo sobre el que rodar. Jamás antes un vehículo había subido por ese camino, solamente las caballerías lo recorrían de cuando en cuando.
Calensa era un pueblo dormido y endogámico, las montañas que allí se muntiplicaban en sierras, los ríos y las lagunas que lo rodeaban le mantenían en un perpetuo estado de aislamiento. Tan sólo Calixto el buhonero y el padre Argimiro lo visitaban regularmente. Calixto para la primavera, cuando las muchachas le esperaban ansiosas para renovar sus lazos y adornos del pelo y Don Argimiro para la Pascua Florida, de modo que sus visitas se solapaban casi sin transición y establecían sin lugar a dudas la época en que se vivía.
Al fin el autobús, en una subida agónica llegó al último repecho y los chiquillos se abalanzaron cerro abajo, rodeándolo y casi empujándolo. El indio Zacarías sonreía tristemente tras el gran cristal del parabrisas como poniendo distancia entre su persona y el motivo de tanta algarabía. De esta guisa entraron en Calensa como si de un circo se tratase en el gran desfile de presentación. El pueblo alertado por las voces de los niños se vertía en las calles asombrado por el acontecimiento, maravillado por el espectacúlo del viejo autobús multicolor, llevado casi en volandas por una marea humana que se regocijaba sin saber muy bien por qué.
Al pasar el cortejo por delante del portón verde, aquél que da acceso a la casona de los Rodriguez Sierra, el indio Zacarias levantó la mirada distraidamente y llegó a ver de refión una silueta perfilada tras los visillos de la gran balconada.
Gaspas Rodriguez Sierra observó la mirada del indio Zacarías y sus pupilas se agrandaron como si quisiera tragarselo allí mismo. Él no iba a participar del gran acontecimiento y hubiese deseado poder borrarlo de la faz de la tierra en ese mismo instante. Cuando se es un Rodriguez Sierra los cambios nunca son para mejor, lo máximo que se puede esperar del futuro es que se parezca lo más posible al presente para que todo ocurra como debe y el destino de cada cual se cumpla sin concesiones. Sobre todo el suyo que hasta aquel momento había sido nítido y evidente como una moneda de plata.
Su abuelo, Reyes Rodriguez Sierra, llegó a Calenso con los albores del siglo a lomos de mula, con una gastada maleta de cartón marrón y alpargatas de pastor. Tenía veinte años y la ferocidad de los machos adultos buscando su territorio. Trabajó como animal durante quince años y sin que nadie pudiese decir cómo, se hizo el amo del pueblo. Fue entonces cuando decidió casarse con la hija de uno de sus aparceros, una muchacha fea y callada llamada Fermina. Tuvieron tres hijos que en honor a su padre recibieron el nombre de Melchor, Baltasar y Gaspar y cuando ya nadie esperaba más descendencia vino al mundo Casandra, una criatura débil y enfermiza que se moría a cada momento pero que consiguió sobrevivir.
Era una niña extraña que nunca lloraba y cuya mirada espantaba a todo ser humano, sin embargo, Reyes, su padre, sintió desde el primer momento un apego y un amor por ella que ninguno de sus hermanos logró despertar jamás.
Fermina, la crió y la educó del mismo modo que hacía todo en la vida, tenazmente, pero nunca pudo sentir un atisbo de amor por su hija. De los tres varones se ocupó afanosamente hasta donde pudo pero ella sólo tuvo un hijo, Gaspar. Fue el único que prendió en su corazón una llama de amor que solamente la muerte extinguió. Para con el resto de las personas, incluido su marido, reservaba un trato frío y distante.
Reyes Rodriguez Sierra alcanzó los cincuenta y dos años, sintiendo que había logrado todas sus metas y durante un breve periodo de tiempo disfrutó de una paz que antes no había conocído. Pero los hijos fueron creciendo y los hechos, con la terquedad de lo inevitable , le demostraron que sus descendientes no eran lo que él hubiera esperado de un Rodriguez Sierra.
Melchor era un muchacho franco y jovial que bebía la vida a grandes sorbos y que no tenía medida para nada. Su padre desconfiaba de él por su caracter extrovertido y su poca moderación, pero se le acabaron las preocupaciones una madrugada de enero en que apareció muerto frente al portalón de su casa. Reyes recogió su cadaver y concluyó que había muerto como debía, pronto y borracho y no volvió a nombrarlo más.
Baltasar, el segundo, daba la impresión de haberse perdido en algún recodo de su niñez y no hubiese conseguido regresar. Era tímido, apocado y vengativo, el mundo era su enemigo y este comenzaba en su propia casa, entre un padre que jamás estaba satisfecho y una madre que era como una sombra que le ignoraba. Engendró y cultivo un odio hacia su padre que cristalizó en un desatinado plan para asesinarle y hacerse con el patrimonio familiar. Cuando su golpe de mano fracasó, Reyes a duras penas pudo sofocar una rabia que le impulsó a decretar el destierro de su segundo hijo, así que Baltasar abandonó Calensa una tarde de septiembre a la hora en que aparceres y pastores regresaban al pueblo con el sol pegado a la espalda. Nadie supo más de él.
Gaspar, el pequeño, el muy amado hijo de su madre, poseía la tranquilidad y la confianza del que se siente amado desde la cuna. Era inteligente, curioso, de buen caracter y de una ironía fina que su padre no comprendía y por tanto detestaba.
Desde el día en que Baltasar abandonó el pueblo, quedó claro que Gaspar sería el heredero de todo, por lo que Reyes decidió emplear todo su tiempo en asesorar a su hijo sobre la tarea que no tendría más remedio que afrontar. Sin embargo, Gaspar escuchaba a su padre con un solapado desprecio que pronto fue meridiano para todos incluso para Reyes. Este descubrimiento le hizo retroceder por primera vez en si vida y poco a poco fue abandonando tareas y responsabilidades en manos de Gaspar, mientras que él se refugiaba en la compañía de su hija Casandra.
Para entonces la niña tenía ya once años y conservaba aquella mirada vacía que espantaba desde que nació. Nunca había llorado pero tampoco tenía una risa fácil, cuando su padre se sentaba con ella se dejaba querer sin complacencia pero también sin desagrado. Se acostumbraron el uno al otro, compartiendo hora tras hora, en un denso silencio que ellos parecían no percibir.
Mientras tanto, Fermina, aquella Fermina que durnte años vivió sin apenas existir, cobró de pronto una corporeidad que lo fue llenando todo y la casona familiar se fue convirtiendo lentamente en su santuario particular en donde cada objeto y cada sombra la nombraban sin hablar. Aquella mujer fea y seca, avejentada y de mirada rencoroso, comenzó a florecer a una segunda juventud bastante más generoso que la primera. Su pelo recobró el brillo de la niñez y sus mejillas y ojos nunca antes habían sido tan hermosos. El lazo que unía a la madre y al hijo era la fuente de su energía, cuando Gaspar entraba en la salita donde Fermina hacía punto de cruz después de la merienda, toda su persona se iluminaba y transfiguraba ante la presencia del muy amado hijo. Había arrobo y admiración en su mirada y ella aparecía imbuida de una autoridad y una confianza que nunca antes conoció.
Gaspar, por su parte, vivía de un modo fácil y risueño, se sabía amado, adorado y estos sentimientos que Fermina había ido tejiendo al rededor de su hijo, eran como un colchón sobre el que Gaspar se movía sin miedo a las caidas. Todo en él era grácil y encantador y si bien no era excesivamente hermoso, se puede decir que habiendo heredado lo mejor de su padre y de su madre, resultaba un hombre de aspecto agradable. Miraba al futuro con tranquilidad y disfrutaba el presente en cada pequeña cosa que el día le deparaba. Madre e hijo vivían el uno para el otro fortaleciéndose mutuamente en su unión, de tal modo que Reyes y Casandra se fueron desvanecindo a su lado. Era como si cada día que pasaba fuese borrando sus contornos, desdibujando sus personas, convirtiéndolos en dos fantasmas pacíficos que Fermina y Gaspar toleraban a las horas de las comidas.
Reyes observaba a su mujer y no la reconocía. En los últimos tiempos de su vida, cuando la cordura le empezó a jugar malas pasadas, se sorprendía preguntándose quién era esa mujer que se había adueñado de su casa.
A Gaspar sin embargo, le juzgaba sin emoción, no le reconocía como sangre de su sangre y no se identificaba en lo más mínimo en aquel fatuo y tontiloco, qie se vestía con afectación y que se sentaba a su mesa de despacho.
Casandra por su parte, no daba muestras de percibir siquiera a su madre y hermano, las pocas ocasions en que sus espantadas pupilas se fijaban en algún ser humano resultaba ser siempre en su padre, al resto del mundo lo traspasaba con su mirada vacía como si esta no chocara con objeto alguno, perdiéndose en el infinito. Apenas hablaba con su familia y hubo una época en que Reyes hizo venir a un conocido médico de la capital porque le atormentaba la sospecha de que su hija sufría de sordera. El especialista realizó un cuidadoso estudio de la paciente para acabar dictaminando que la niña no tenía ningún problema de esa índole. Aquello tranquilizó al padre y a partir de ese momento se acomodaron en una relación hecha de silencios y de tiempos desgranados al unísono, que la lejana presencia de Fermina y Gaspar tornaba etérea y transparente como una copa de cristal.
Casandra pasaba los días leyendo todo cuanto caía en sus manos y mirando por la ventana de su salita. Esta estaba situada en el último piso y la ventana que dejaba entrar el rectángulo de mundo que constituía la vida de Casandra, daba a la fachada posterior de la casa, sobre los corrales y el establo. Desde allí se perfila la sierra que escolta Calensa por el norte y Casandra no parecía cansarse nunca de mirar hacia sus crestas azuladas. El padre mientras tanto acunaba sus días en la mecedora que hizo subir a la salita.
Al cumplir los treinta años Gaspar contrajo matrimonio. Fue una decisión repentina que sorprendió a todo el mundo, consecuencia de una pasión que se desató un atardecer que regrasaba a su casa. Al doblar la esquina de la iglesia, se le vino encima una joven que caminaba apresuradamente y fue como un puñetazo que le cortó la respiración, al sujetarla para que recuperase el equilibrio, algo le prendió en el corazón y ya nada fue igual.
Desde ese momento dedicó todos sus esfuerzos a averiguar de quién se trataba y como podía acercarse a ella. Resultó ser la hija mediana de un pequeño terrateniente, Leoncio Arpiles, que en otros tiempos tuvo negocios con su padre y que en la actualidad tenía un buen pasar, se llamaba Alejandra y a penas había cumplido los diecisiete años.
Gaspar juzgaba increíble no haber visto a Alejandra hasta ese momento pero tras muchas meditaciones y no pocas ensoñaciones, concluyó que aquel encontronazo que la había arrojado en sus brazos, era una señal del destino que tenía reservada para él.
Todos los días al atardecer emprendía el camino de la casa de Alejandra en donde se tomaba una copita de coñac con Leoncio Artiles, mientras conversaban forzadamente de esto y de aquello, sin lograr encontrar un tema de interés mutuo. A su alrededor, revoloteaba Alejandra realizando tareas inútiles que sólo servían para que Gaspar tuviera donde posar la mirada y cuando ya la copa se había vaciado, Alejandra era autorizada a sentarse media hora junto a su novio, mientras su padre pretextaba tareas de última hora que le obligaban a dejar su compañía.
Durante el mes y medio que duró el cortejo, la muchcacha se mostró tímida y dulce, aunque parecía aceptar de buen grado las pretensiones de Gaspar y cuando este le urgió a casarse en el plazo de una semana, ni se sorprendió ni se agitó, simplemente dijo, "sí".
Fermina fue la primera victima de esta pasión desesperada de Gaspar. El vínculo que la había rescatado de su miseria anterior se empezaba a debilitar y a ella comenzó a faltarle el aire, lo que le producía un asma compulsiva que la obligaba a dormir casi sentada, rodeada de almohadas y cojines. Sin embargo nada dijo a su hijo que la indispusiera con él y aparentemente le alentaba y felicitaba.
El día de la boda amaneció azul y limpio pero según se acercaba la hora de la ceremonia, un calor denso y húmedo fue posándose sobre el pueblo. En el interior de la iglesia, los novios y los invitados se apretujaban sofocados e incómodos en sus trajes de fiesta grande. Fermina tuvo que ser sacada en volandas para recuperarse de una crisis asmática que la obligaba a levantarse de su asiento, buscando un aire que no hallaba. Cuando la comitiva regresó a la casona verde todo el mundo respiró aliviado el frescor atrapado entre los gruesos muros.
Durante la comida los novios brindaron y se besaron, los nuevos consuegros se felicitaron y se cumplió cada rito y cada tradición.
Por fin, cuando el último invitado se marchó, Gaspar condujo a su mujer al segundo piso y le mostró el dormitorio que le había encarga a un famoso artesano del otro lado de la sierra. Eran unos hermosos muebles tallados en maderas exóticas que brillaban a la luz de las lamparas.
Aquella noche, Alejandra se le entregó sin reservas, su manera de amar era ingenua e inexperta pero no mostró miedo ni pudor, gustaba del cuerpo de su marido y a cada momento le buscaba como si nunca tuviese bastante.
A lo largo de seis meses se comportaron como perros en celo, llenando la casa de una sexualidad exacerbada que se escapaba por puertas y ventanas, impregnando a todo el que pasaba por la calle de una pasión rabiosa que enloqueció a Calensa. No había horas ni sitios para satisfacer sus ansias y se perseguían el uno al otro encendiendo el aire a su al rededor, asustando a criados y sirvientes que huían despavoridos ante aquel torbellino que arrasaba la casa de arriba a abajo.
Fermina, encerrada en su cuarto se ahogaba sufriendo una crisis tras otra, percibía el estallido de sexualidad que inundaba cada habitación, cada aposento de la gran casa y no se atrevía a abandonar su dormitorio por miedo a ver con sus propios ojos lo que criados y visitas no cesaban de repetir, que Gaspar y Alejandra habían enloquecido y que su locura era contagiosa, todo Calensa era victima de este contagio.
De pronto a los seis meses de la boda, una mañana Alejandra se despertó temprano y por primera vez desde que había penetrado en esa casa fue capaz de mirarla. La recorrió detenidamente, observando cada objeto y cada mueble hasta que sus ojos descubrieron en un rincón del salón un pequeño clavicornio que Gaspar había hecho traer años atrás.
Aquella mañana Alejandra no se peinó ni se vistió, pasó las horas intentando extraer alguna melodía de aquel objeto mágico qua la atraía con una intensidad casi física. Gaspar la observó, primero expectante y después impaciente pero cuando a aquel día siguió otro y otro y otro más se dio por vencido. La veía a todas horas empeñada, inclinada sobre el instrumento y acabó trayendo un profesor de música que guíase a su mujer por aquel laberinto de teclas en que se había perdido.
Fue el final de su matrimonio, Alejandra quedó prendida siempre entre partituras, claves y solfas.
Un estruendoso silencio volvió a adueñarse de la casa y Fermina consideró que era el momento de volver a la vida de antes. Su asma se fue disolviendo en el olvido y Gaspar regresó a sus costumbres de soltero. Fue entonces cuando cayeron en la cuenta de que hacía muchos días que Reyes y Casandra no se habían dejado ver, un criado fue enviado a la salita de atrás pero nada halló, la habitación estaba vacía y la ventana tercamente abierta como a Casandra le gustaba, la mecedora seguía meciendo la nada.
Fermina y Gaspar se sintieron avergonzados de su abandono pero tras el primer estupor vino el silencio y después el olvido.
A los pocos meses de que el nuevo ordén regresase a la cason, Alejandra quedó embarazada y aunque ella no perecía darse cuenta de su estado Gaspar estaba entusiasmado, por fin, en la primavera nació el pequeño Gaspar. Fue un parto largo y dificil del que Alejandra no se acabó de recuperar en mucho tiempo, por lo que Fermina que estaba esperando su oportunidad, se hizo cargo del niño criándolo con un empeño que rescató de tiempos anteriores.
Los años se precipitaron en una rutina que era un volver al pasado y el niño fue creciendo a la sombre de su abuela y de su padre y la música de su madre.
Gaspar hijo se convirtió en un hombre y como si Reyes hubiese querido vengarse desde aquel retiro insustanciado al que había huido, fueron confirmándose en el nieto las peores condiciones del abuelo.
Como él se fue fraguando en un hombre duro, autoritario y despegado y cuando dejó atrás la adolescencia, aquella paz tutelada en la que había crecido, estalló en mil pedazos al impulso de su rudeza. Su padre y su abuela le irritaban sobremanera con lo que él consideraba sensiblería y debilidad de carácter. Sentía una pasión desmedida por el poder y disfrutaba sintiendo el latido del pueblo bajo su puño de hierro, Calensa era su predio y lo recorría como a tal, rebosante de orgullo y fiereza. Ni en tiempos del abuelo aparceros y labradores habían sido tan explotados. Gaspar Rodriguez Sierra no admitía excusas ni demoras, aquello que se le debía era requerido sin miramientos de ningún tipo.
Por este motivo, cuando vio al indio Zacarias al volante del autobús, sintió un escalofrío que le hizo temer por su futuro de pequeño dictador. No se equivocaba, aquel miserable montón de latas despintadas cambiaron su destino como Gaspar no hubiese podido ni imaginar.
En cuanto el autobús instauró una linea regular, fue como si alguién hubiese abierto las ventanas y una bocanada de aire fresco recorriese el pueblo. Las muchachas ya no se conformaban con los lazos y adornos que el hijo de Calixto el buhonero seguía trayendo, ahora deseaban ser ellas mismas las que elegiesen los rasos, los terciopelos y las plumas. Otros mercados esperaban las patatas, coles y frutas que aquella tierra ingrata a duras penas concedía pero lo que se ganaba con la venta de estas, iba a parar a tiendas cuyos propietarios no se llamaban Rodriguez Sierra.
Las cosas fueron cambiando y Gaspar ya no podía sentir el latido del pueblo en su puño porque su puño ya no abarcaba lo suficiente y el pueblo se le escapaba por entre los dedos. se había hecho demasiado grande. Los domingos se llenaba de gentes desconocidas, forasteros que no sabían quién era Gaspar Rodriguez Sierra y que confundían la casona verde con un burdel de lujo por la música que sonaba sin cesar tras sus ventans cerradas.
No volvió a ser el mismo, a penas salía de la casona por no verse en las miradas de los otros y pasaba los días languidamente echado en una mecedora desvencijada que quién sabe por qué, estaba en la sala de arriba.
La tarde se desliza desde las oscuras cumbres de la sierra hacia el pueblo y las sombras van lamiendo tejados y callejones, un perro husmea desperdicios frente al portalón de los Rodriguez Sierra que ya no es verde, un mortecino gris cubre toda la fachada y un clavicornio desafinado suena insistente.

Comentarios

  • editado agosto 2008
    CALIDAD.
    Sorprendeme canta ¿que parte autobiografica puedo encontrar aqui de ti?
  • cantalahierbacantalahierba Pedro Abad s.XII
    editado agosto 2008
    No creo que te sorprenda porque estoy segura de que ya lo sabes pero ahí va. En esa historia yo soy el pueblo y todos los personajes han nacido de alguién que constituye o ha constituido mi entorno. Cuando digo que sólo podemos escribir de nosotros mismos no se puede entender de manera literal. Nosotros somos también nuestra familia, nuestros amigos, la gente que compone nuestro panorama vital y muchas más cosas que nos rodean, que están ahí, aunque muchas veces pensemos que no nos aportan nada.
    De cualquier manera, no me has dicho nada de lo que te parecía la narración. Si no te ha gustado puedes decirmelo tranquilamente, yo no voy a entrar en la polémica que se agita en nuestro foro, sobre crítica o no crítica. Yo escribo para que lo lean y todos tenemos derecho a nuestras opiniones.
  • editado agosto 2008
    Hola Canta.
    Bueno intuia que ibas a pillar...jajajaj (al menos un poco)
    y creo que despues de ver tu comentario, me doy empiezo a dar cuenta de la gente tan inteligente que hay por aqui.
    creo que tu escrito es menos evidente de lo que parece, y has resuelto magistralmente algunos aspectos "autobiograficos" que estan en tu corazon, plasmandolos con mucha delicadeza en este texto.
    De estructura me parece correcto, se hace un poco larga quizas la descripcion de los hermanos, por poner algun pero, (me pesa un poco), y a zacarias tambien le echo de menos en algunos momentos, (un poco mas de profundidad), pero me ha sorprendido el ritmo, lo mueves y varias como te da la gana, y creo que eso es un don muy curioso.
    Ahora voy a leer otra vez mas despacio la descripcion del pueblo para intentar conocerte un poco mas. Mi primera sugerencia: si alguien se da cuenta de tu intencion "biografica" y te llega a admirar, ¿no crees que se quedara con ganas de mas detalles del pueblo? ¿con mas ganas de ti? (yo quizas añadiria por ejemplo un rincon con un piano, una biblioteca...donde te puedes extender si lo crees conveniente en asuntos relacionados con los romantico del lugar, la soledad de los libros, la pasion de la musica,...con lo romantico de tu corazon, con tus momentos de soledad, por ejemplo).
    ¿puedo hacerte otra pregunta? ¿que parte ocupa en tu vida ese pequeño dictador, gaspar, que tiene tanto miedo a esa pequeña evolucion, progreso o intromision? ¿de donde nace eso?. Curiosidad nada morbosa.
    Hay una frase con una gran carga emocional canta: "su casa se convirtio en un burdel de lujo". Frases con mucho estilo y pasion cuando describes a casandra, esa parte me encanta.
    A veces me recuerdas a valle inclan
    Te emplazo en unos dias a la polemica sobre la parte que empleamos de nosotros en los textos, es un tema con el que he discutido (debatido) mucho, y necesitamos un post a drede para el tema, seguro que es divertido
    aprovecho para darte mi enhorabuena por este texto, y pedirte mil perdones por mis faltas de ortografia (mi pequeño portatil se me resiste, creo que es un acto de rebeldia de mis dedos por tener que utilizar estas teclas tan feas, comparada con mi pluma, y el olor de mi viejo escritorio) y sobre todo para decirte que no soy mas que uno del monton en mis criticas, y que no te debes fiar ni de ellas ni de mis "alabanzas". Ambas, conociendome, seguro que no son mas que "un monton" de palabras.
    p.d.: perdon por insusltar vuestra inteligencia, no volvere a colger dos chistes tan malos en el foro, prometo esforzarme de corazon. Lo hice a posta para ver por donde venian las criticas, y como se cojeaba, pero veo que tendre que dar todo si quiero que alguien me critique.
    Lo dicho canta, hablamos sobre biografia. TE SIGO SIGUIENDO
  • cantalahierbacantalahierba Pedro Abad s.XII
    editado agosto 2008
    Bueno, me alegro de que te hayas divertido con tus bromas, al fin y al cabo ya sabes lo que dicen, un día sin risa es un día perdido, así que, adelante, no pierdas el sentido del humor.
    Respecto de tus preguntas, vayamos por partes. No creo que nadie se quede con ganas de nada, la verdad, sólo es una pequeña historia que empezó y terminó y darle más vueltas me suena a esas críticas literarias en las que se explican tantas cosas de la obra como si ese caballero o señora hubiesen estado dentro de la cabeza del escritor durante todo el proceso de creación. ¿Qué sabrán ellos?
    Me preguntas quién es Gaspar en mi vida pero eso no te lo voy a decir, aunque te puedo dar una "respuesta automática" que hoy se lleva mucho. Gaspar es el miedo que todos llevamos dentro. ¿Te convence?
    En fin, seguimos hablando. Gracias.
  • editado agosto 2008
    Buenos dias canta.
    ¿ahora serias capaz de escribir un par de parrafos donde nada, absolutamente nada, de lo que dices tenga que ver con un solo aspecto de tu vida y seguir siendo tan buena?. Si se mete un solo sentimiento, un solo pensar, un solo pelo de tu vida...no sirve.
    Es casi tan complicado como no acertar ninguno en la quiniela. Pero si lo consigues...si me convences...
  • cantalahierbacantalahierba Pedro Abad s.XII
    editado agosto 2008
    Perdona si te resulto un poco brusca pero tu propuesta no la acabo de entender. ¿Quién va a juzgar si he conseguido el objetivo de la prueba? ¿Tú, que no me conoces o simplemente te vas a fiar de mi palabra?
    Lo siento hoy no tengo el ánimo apropiado para jueguecitos, no tengo ganas de hacer lo que me propones porque no creo que sirva de nada.
    Hablamos.
  • Caronte el barqueroCaronte el barquero Fernando de Rojas s.XV
    editado agosto 2008
    Bueno, me introduzco aqui dentro de la charla. Creo que a lo mejor Uno del Montón se ha pasado un poquillo diciendo que si incluyes ápices de tu vida no sirve (aunque no sé en realidad a qué se refiere con que no sirve, porque la vida de las personas es una buena fuente de inspiración para muchas cosas). Sin embargo, sí que entiendo que te anima, Cantalahierba, te anima a que si escribes algo como lo haces guiándote por un patrón como es el de tu vida, que pruebes a hacerlo algún día partiendo de cero, de una vida que no es tuya. Que recrees personajes, sentimientos y situaciones. Que tu mente te lleve allí donde a lo mejor has estado pero aún no has sido capaz de relatar nada sobre ese sitio. ¿Crees que lo podrás hacer? Uno del Montón parece que ya confía en tí en ese tema, y yo me uno a esa confianza ;)
    Por cierto, aprovecho la ocasión para decirte que me encanta que la gente siga incluyendo instrumentos musicales dentro de sus relatos para darles, además de forma y color, un sonido a lo que se recrea. Cada instrumento aporta su "mood", su carácter a la escena, y supongo que tu clavicornio desafinado es el mejor sonido de fondo para un final como el que expones. Buen relato, te felicito ;) Y recuerda que si necesitas ánimos, para eso estamos aquí, sólo dame un silbidito. Obviamente si quieres confiar, pero al menos el ofrecimiento no me cuesta nada.
    Un saludo, y muchos ánimos.
  • editado agosto 2008
    canta, no eres brusca, te entiendo perfectamente, tienes toda la razon
    pero te equivocas en que si que me iba a creer lo que me contaras, ¿por que dudarlo?.
    caronte, bienvenido al interesante debate sobre "la parte de nuestras vidas que se llevan nuestros escritos". sinceramente creo que no me he pasado ese "poquillo" (tu lo juzgaras mejor que yo) porque lo que le proponia a canta, como tu has explicado muy bien, es casi un imposible (no es que no sirva lo contrario. no sirve en este "juego"). Siempre exponemos algo, siempre sale algo de nosotros, nuestras vivencias, ilusiones, nuestros miedos. Incluso nuestro estado de animo ¿no crees?. Algun personaje al final se queda con algo nuestro.
    me decian mis "maestros" literarios que muy pocos tienen la virtud de la "frialdad literaria".
    canta, te sigo leyendo.
  • febadefebade Fernando de Rojas s.XV
    editado agosto 2008
    Me ha gustado mucho.
  • Alois BoergesAlois Boerges Fernando de Rojas s.XV
    editado agosto 2008
    Me ha sorprendido gratamente encontrar un texto de tan excelsa calidad en el Foro, aquí hay muy buenos textos, pero este se lleva por lo menos una hoja de laurel... Te felicito Cantalahierba, pero qué otra cosa podíamos esperar de alguien que tiene un nick tan original y hermoso. A propósito, no nos hemos presentado, soy Alois. Exitos para ti.
  • cantalahierbacantalahierba Pedro Abad s.XII
    editado agosto 2008
    Hola Alois, no sabes cuanto me alegro que te haya gustado el texto, eres muy amable. Yo también quiero aprovechar para saludarte porque creo que te conocía. Espero que sigamos en contacto. Un saludo.
  • JorguJorgu Anónimo s.XI
    editado agosto 2008
    Hola Canta, bueno...he alucinado en colores!! Está claro que mi opinión es la de alguien que apenas ha leído, pero sinceramente te digo que cuando lo vi tan largo no me imaginé que me lo iba a leer del tirón y saboreando las palabras ...vaya nivel!! En serio, me ha parecido estar leyendo algo de cualquier clásico consagrado.
    Por un lado me desmoraliza leer las cosas, no yá tan bien expresadas, sino de manera tan bella y literaria pero por otro pienso: Dios! Si esta persona precisamente me ha dado ánimos, será por algo! Entonces me recupero, jeje.
    Besos y Felicitaciones :)
  • JorguJorgu Anónimo s.XI
    editado agosto 2008
    cantalahierba escribió : »
    Este pueblo no lo conozco porque simplemente no existe, como ninguno de sus habitantes. Espero que os guste.

    Cuando el indio Zacarias llegó al pueblo por primera vez, un vientecillo fresco y como burlón, anduvo por las calles arriba y abajo, durante toda una semana.
    En seguida llamó la atención por su presencia patibularia y sus ojos de perro apaleado que los chiquillos rapidamente identificaron como de un congénere.
    Recorrió el pueblo de norte a sur y de este a oeste, de tal manera que parecía querer grabarse en la memoria cada esquina y cada piedra, con aquél aire de corazón solitario que daba la impresión de empujarle de un sitio a otro sin tregua. Los vecinos le observaban pasar de reojo,mostrándole sus perfiles cazurros y desconfiados de seres aislados y montunos.
    Nadie le vio comer o dormir en los tres días que paseó su soledad calle arriba, calle abajo y al cuarto día de su llegada alguién dijo en voz alta, lo que todos ya sabían pero nadie se había tomado la molestia de expresar. El indio se había ido. Las gentes pronto olvidaron el incidente y la vida continuó su transcurso lento y pesado como de lava deslizante.
    Cuando al cabo de seis meses, el indio Zacarias regresó, el polvo había empañado los recuerdos y los primero que dieron la voz de alarma fue la chiquillería, que a última hora de la tarde solía desperdigarse por el pequeño cerro junto a la entrada del pueblo.
    Renqueante y tembloroso un viejo autobús de linea se aferraba al escarpado camino y al volante el indio Zacarías contenía el aliento. Los chiquillos le observaban boquiabiertos, en cada curva el autobús se bamboleaba peligrosamente y las ruedas a duras penas encontraban suelo sobre el que rodar. Jamás antes un vehículo había subido por ese camino, solamente las caballerías lo recorrían de cuando en cuando.
    Calensa era un pueblo dormido y endogámico, las montañas que allí se muntiplicaban en sierras, los ríos y las lagunas que lo rodeaban le mantenían en un perpetuo estado de aislamiento. Tan sólo Calixto el buhonero y el padre Argimiro lo visitaban regularmente. Calixto para la primavera, cuando las muchachas le esperaban ansiosas para renovar sus lazos y adornos del pelo y Don Argimiro para la Pascua Florida, de modo que sus visitas se solapaban casi sin transición y establecían sin lugar a dudas la época en que se vivía.
    Al fin el autobús, en una subida agónica llegó al último repecho y los chiquillos se abalanzaron cerro abajo, rodeándolo y casi empujándolo. El indio Zacarías sonreía tristemente tras el gran cristal del parabrisas como poniendo distancia entre su persona y el motivo de tanta algarabía. De esta guisa entraron en Calensa como si de un circo se tratase en el gran desfile de presentación. El pueblo alertado por las voces de los niños se vertía en las calles asombrado por el acontecimiento, maravillado por el espectacúlo del viejo autobús multicolor, llevado casi en volandas por una marea humana que se regocijaba sin saber muy bien por qué.
    Al pasar el cortejo por delante del portón verde, aquél que da acceso a la casona de los Rodriguez Sierra, el indio Zacarias levantó la mirada distraidamente y llegó a ver de refión una silueta perfilada tras los visillos de la gran balconada.
    Gaspas Rodriguez Sierra observó la mirada del indio Zacarías y sus pupilas se agrandaron como si quisiera tragarselo allí mismo. Él no iba a participar del gran acontecimiento y hubiese deseado poder borrarlo de la faz de la tierra en ese mismo instante. Cuando se es un Rodriguez Sierra los cambios nunca son para mejor, lo máximo que se puede esperar del futuro es que se parezca lo más posible al presente para que todo ocurra como debe y el destino de cada cual se cumpla sin concesiones. Sobre todo el suyo que hasta aquel momento había sido nítido y evidente como una moneda de plata.
    Su abuelo, Reyes Rodriguez Sierra, llegó a Calenso con los albores del siglo a lomos de mula, con una gastada maleta de cartón marrón y alpargatas de pastor. Tenía veinte años y la ferocidad de los machos adultos buscando su territorio. Trabajó como animal durante quince años y sin que nadie pudiese decir cómo, se hizo el amo del pueblo. Fue entonces cuando decidió casarse con la hija de uno de sus aparceros, una muchacha fea y callada llamada Fermina. Tuvieron tres hijos que en honor a su padre recibieron el nombre de Melchor, Baltasar y Gaspar y cuando ya nadie esperaba más descendencia vino al mundo Casandra, una criatura débil y enfermiza que se moría a cada momento pero que consiguió sobrevivir.
    Era una niña extraña que nunca lloraba y cuya mirada espantaba a todo ser humano, sin embargo, Reyes, su padre, sintió desde el primer momento un apego y un amor por ella que ninguno de sus hermanos logró despertar jamás.
    Fermina, la crió y la educó del mismo modo que hacía todo en la vida, tenazmente, pero nunca pudo sentir un atisbo de amor por su hija. De los tres varones se ocupó afanosamente hasta donde pudo pero ella sólo tuvo un hijo, Gaspar. Fue el único que prendió en su corazón una llama de amor que solamente la muerte extinguió. Para con el resto de las personas, incluido su marido, reservaba un trato frío y distante.
    Reyes Rodriguez Sierra alcanzó los cincuenta y dos años, sintiendo que había logrado todas sus metas y durante un breve periodo de tiempo disfrutó de una paz que antes no había conocído. Pero los hijos fueron creciendo y los hechos, con la terquedad de lo inevitable , le demostraron que sus descendientes no eran lo que él hubiera esperado de un Rodriguez Sierra.
    Melchor era un muchacho franco y jovial que bebía la vida a grandes sorbos y que no tenía medida para nada. Su padre desconfiaba de él por su caracter extrovertido y su poca moderación, pero se le acabaron las preocupaciones una madrugada de enero en que apareció muerto frente al portalón de su casa. Reyes recogió su cadaver y concluyó que había muerto como debía, pronto y borracho y no volvió a nombrarlo más.
    Baltasar, el segundo, daba la impresión de haberse perdido en algún recodo de su niñez y no hubiese conseguido regresar. Era tímido, apocado y vengativo, el mundo era su enemigo y este comenzaba en su propia casa, entre un padre que jamás estaba satisfecho y una madre que era como una sombra que le ignoraba. Engendró y cultivo un odio hacia su padre que cristalizó en un desatinado plan para asesinarle y hacerse con el patrimonio familiar. Cuando su golpe de mano fracasó, Reyes a duras penas pudo sofocar una rabia que le impulsó a decretar el destierro de su segundo hijo, así que Baltasar abandonó Calensa una tarde de septiembre a la hora en que aparceres y pastores regresaban al pueblo con el sol pegado a la espalda. Nadie supo más de él.
    Gaspar, el pequeño, el muy amado hijo de su madre, poseía la tranquilidad y la confianza del que se siente amado desde la cuna. Era inteligente, curioso, de buen caracter y de una ironía fina que su padre no comprendía y por tanto detestaba.
    Desde el día en que Baltasar abandonó el pueblo, quedó claro que Gaspar sería el heredero de todo, por lo que Reyes decidió emplear todo su tiempo en asesorar a su hijo sobre la tarea que no tendría más remedio que afrontar. Sin embargo, Gaspar escuchaba a su padre con un solapado desprecio que pronto fue meridiano para todos incluso para Reyes. Este descubrimiento le hizo retroceder por primera vez en si vida y poco a poco fue abandonando tareas y responsabilidades en manos de Gaspar, mientras que él se refugiaba en la compañía de su hija Casandra.
    Para entonces la niña tenía ya once años y conservaba aquella mirada vacía que espantaba desde que nació. Nunca había llorado pero tampoco tenía una risa fácil, cuando su padre se sentaba con ella se dejaba querer sin complacencia pero también sin desagrado. Se acostumbraron el uno al otro, compartiendo hora tras hora, en un denso silencio que ellos parecían no percibir.
    Mientras tanto, Fermina, aquella Fermina que durnte años vivió sin apenas existir, cobró de pronto una corporeidad que lo fue llenando todo y la casona familiar se fue convirtiendo lentamente en su santuario particular en donde cada objeto y cada sombra la nombraban sin hablar. Aquella mujer fea y seca, avejentada y de mirada rencoroso, comenzó a florecer a una segunda juventud bastante más generoso que la primera. Su pelo recobró el brillo de la niñez y sus mejillas y ojos nunca antes habían sido tan hermosos. El lazo que unía a la madre y al hijo era la fuente de su energía, cuando Gaspar entraba en la salita donde Fermina hacía punto de cruz después de la merienda, toda su persona se iluminaba y transfiguraba ante la presencia del muy amado hijo. Había arrobo y admiración en su mirada y ella aparecía imbuida de una autoridad y una confianza que nunca antes conoció.
    Gaspar, por su parte, vivía de un modo fácil y risueño, se sabía amado, adorado y estos sentimientos que Fermina había ido tejiendo al rededor de su hijo, eran como un colchón sobre el que Gaspar se movía sin miedo a las caidas. Todo en él era grácil y encantador y si bien no era excesivamente hermoso, se puede decir que habiendo heredado lo mejor de su padre y de su madre, resultaba un hombre de aspecto agradable. Miraba al futuro con tranquilidad y disfrutaba el presente en cada pequeña cosa que el día le deparaba. Madre e hijo vivían el uno para el otro fortaleciéndose mutuamente en su unión, de tal modo que Reyes y Casandra se fueron desvanecindo a su lado. Era como si cada día que pasaba fuese borrando sus contornos, desdibujando sus personas, convirtiéndolos en dos fantasmas pacíficos que Fermina y Gaspar toleraban a las horas de las comidas.
    Reyes observaba a su mujer y no la reconocía. En los últimos tiempos de su vida, cuando la cordura le empezó a jugar malas pasadas, se sorprendía preguntándose quién era esa mujer que se había adueñado de su casa.
    A Gaspar sin embargo, le juzgaba sin emoción, no le reconocía como sangre de su sangre y no se identificaba en lo más mínimo en aquel fatuo y tontiloco, qie se vestía con afectación y que se sentaba a su mesa de despacho.
    Casandra por su parte, no daba muestras de percibir siquiera a su madre y hermano, las pocas ocasions en que sus espantadas pupilas se fijaban en algún ser humano resultaba ser siempre en su padre, al resto del mundo lo traspasaba con su mirada vacía como si esta no chocara con objeto alguno, perdiéndose en el infinito. Apenas hablaba con su familia y hubo una época en que Reyes hizo venir a un conocido médico de la capital porque le atormentaba la sospecha de que su hija sufría de sordera. El especialista realizó un cuidadoso estudio de la paciente para acabar dictaminando que la niña no tenía ningún problema de esa índole. Aquello tranquilizó al padre y a partir de ese momento se acomodaron en una relación hecha de silencios y de tiempos desgranados al unísono, que la lejana presencia de Fermina y Gaspar tornaba etérea y transparente como una copa de cristal.
    Casandra pasaba los días leyendo todo cuanto caía en sus manos y mirando por la ventana de su salita. Esta estaba situada en el último piso y la ventana que dejaba entrar el rectángulo de mundo que constituía la vida de Casandra, daba a la fachada posterior de la casa, sobre los corrales y el establo. Desde allí se perfila la sierra que escolta Calensa por el norte y Casandra no parecía cansarse nunca de mirar hacia sus crestas azuladas. El padre mientras tanto acunaba sus días en la mecedora que hizo subir a la salita.
    Al cumplir los treinta años Gaspar contrajo matrimonio. Fue una decisión repentina que sorprendió a todo el mundo, consecuencia de una pasión que se desató un atardecer que regrasaba a su casa. Al doblar la esquina de la iglesia, se le vino encima una joven que caminaba apresuradamente y fue como un puñetazo que le cortó la respiración, al sujetarla para que recuperase el equilibrio, algo le prendió en el corazón y ya nada fue igual.
    Desde ese momento dedicó todos sus esfuerzos a averiguar de quién se trataba y como podía acercarse a ella. Resultó ser la hija mediana de un pequeño terrateniente, Leoncio Arpiles, que en otros tiempos tuvo negocios con su padre y que en la actualidad tenía un buen pasar, se llamaba Alejandra y a penas había cumplido los diecisiete años.
    Gaspar juzgaba increíble no haber visto a Alejandra hasta ese momento pero tras muchas meditaciones y no pocas ensoñaciones, concluyó que aquel encontronazo que la había arrojado en sus brazos, era una señal del destino que tenía reservada para él.
    Todos los días al atardecer emprendía el camino de la casa de Alejandra en donde se tomaba una copita de coñac con Leoncio Artiles, mientras conversaban forzadamente de esto y de aquello, sin lograr encontrar un tema de interés mutuo. A su alrededor, revoloteaba Alejandra realizando tareas inútiles que sólo servían para que Gaspar tuviera donde posar la mirada y cuando ya la copa se había vaciado, Alejandra era autorizada a sentarse media hora junto a su novio, mientras su padre pretextaba tareas de última hora que le obligaban a dejar su compañía.
    Durante el mes y medio que duró el cortejo, la muchcacha se mostró tímida y dulce, aunque parecía aceptar de buen grado las pretensiones de Gaspar y cuando este le urgió a casarse en el plazo de una semana, ni se sorprendió ni se agitó, simplemente dijo, "sí".
    Fermina fue la primera victima de esta pasión desesperada de Gaspar. El vínculo que la había rescatado de su miseria anterior se empezaba a debilitar y a ella comenzó a faltarle el aire, lo que le producía un asma compulsiva que la obligaba a dormir casi sentada, rodeada de almohadas y cojines. Sin embargo nada dijo a su hijo que la indispusiera con él y aparentemente le alentaba y felicitaba.
    El día de la boda amaneció azul y limpio pero según se acercaba la hora de la ceremonia, un calor denso y húmedo fue posándose sobre el pueblo. En el interior de la iglesia, los novios y los invitados se apretujaban sofocados e incómodos en sus trajes de fiesta grande. Fermina tuvo que ser sacada en volandas para recuperarse de una crisis asmática que la obligaba a levantarse de su asiento, buscando un aire que no hallaba. Cuando la comitiva regresó a la casona verde todo el mundo respiró aliviado el frescor atrapado entre los gruesos muros.
    Durante la comida los novios brindaron y se besaron, los nuevos consuegros se felicitaron y se cumplió cada rito y cada tradición.
    Por fin, cuando el último invitado se marchó, Gaspar condujo a su mujer al segundo piso y le mostró el dormitorio que le había encarga a un famoso artesano del otro lado de la sierra. Eran unos hermosos muebles tallados en maderas exóticas que brillaban a la luz de las lamparas.
    Aquella noche, Alejandra se le entregó sin reservas, su manera de amar era ingenua e inexperta pero no mostró miedo ni pudor, gustaba del cuerpo de su marido y a cada momento le buscaba como si nunca tuviese bastante.
    A lo largo de seis meses se comportaron como perros en celo, llenando la casa de una sexualidad exacerbada que se escapaba por puertas y ventanas, impregnando a todo el que pasaba por la calle de una pasión rabiosa que enloqueció a Calensa. No había horas ni sitios para satisfacer sus ansias y se perseguían el uno al otro encendiendo el aire a su al rededor, asustando a criados y sirvientes que huían despavoridos ante aquel torbellino que arrasaba la casa de arriba a abajo.
    Fermina, encerrada en su cuarto se ahogaba sufriendo una crisis tras otra, percibía el estallido de sexualidad que inundaba cada habitación, cada aposento de la gran casa y no se atrevía a abandonar su dormitorio por miedo a ver con sus propios ojos lo que criados y visitas no cesaban de repetir, que Gaspar y Alejandra habían enloquecido y que su locura era contagiosa, todo Calensa era victima de este contagio.
    De pronto a los seis meses de la boda, una mañana Alejandra se despertó temprano y por primera vez desde que había penetrado en esa casa fue capaz de mirarla. La recorrió detenidamente, observando cada objeto y cada mueble hasta que sus ojos descubrieron en un rincón del salón un pequeño clavicornio que Gaspar había hecho traer años atrás.
    Aquella mañana Alejandra no se peinó ni se vistió, pasó las horas intentando extraer alguna melodía de aquel objeto mágico qua la atraía con una intensidad casi física. Gaspar la observó, primero expectante y después impaciente pero cuando a aquel día siguió otro y otro y otro más se dio por vencido. La veía a todas horas empeñada, inclinada sobre el instrumento y acabó trayendo un profesor de música que guíase a su mujer por aquel laberinto de teclas en que se había perdido.
    Fue el final de su matrimonio, Alejandra quedó prendida siempre entre partituras, claves y solfas.
    Un estruendoso silencio volvió a adueñarse de la casa y Fermina consideró que era el momento de volver a la vida de antes. Su asma se fue disolviendo en el olvido y Gaspar regresó a sus costumbres de soltero. Fue entonces cuando cayeron en la cuenta de que hacía muchos días que Reyes y Casandra no se habían dejado ver, un criado fue enviado a la salita de atrás pero nada halló, la habitación estaba vacía y la ventana tercamente abierta como a Casandra le gustaba, la mecedora seguía meciendo la nada.
    Fermina y Gaspar se sintieron avergonzados de su abandono pero tras el primer estupor vino el silencio y después el olvido.
    A los pocos meses de que el nuevo ordén regresase a la cason, Alejandra quedó embarazada y aunque ella no perecía darse cuenta de su estado Gaspar estaba entusiasmado, por fin, en la primavera nació el pequeño Gaspar. Fue un parto largo y dificil del que Alejandra no se acabó de recuperar en mucho tiempo, por lo que Fermina que estaba esperando su oportunidad, se hizo cargo del niño criándolo con un empeño que rescató de tiempos anteriores.
    Los años se precipitaron en una rutina que era un volver al pasado y el niño fue creciendo a la sombre de su abuela y de su padre y la música de su madre.
    Gaspar hijo se convirtió en un hombre y como si Reyes hubiese querido vengarse desde aquel retiro insustanciado al que había huido, fueron confirmándose en el nieto las peores condiciones del abuelo.
    Como él se fue fraguando en un hombre duro, autoritario y despegado y cuando dejó atrás la adolescencia, aquella paz tutelada en la que había crecido, estalló en mil pedazos al impulso de su rudeza. Su padre y su abuela le irritaban sobremanera con lo que él consideraba sensiblería y debilidad de carácter. Sentía una pasión desmedida por el poder y disfrutaba sintiendo el latido del pueblo bajo su puño de hierro, Calensa era su predio y lo recorría como a tal, rebosante de orgullo y fiereza. Ni en tiempos del abuelo aparceros y labradores habían sido tan explotados. Gaspar Rodriguez Sierra no admitía excusas ni demoras, aquello que se le debía era requerido sin miramientos de ningún tipo.
    Por este motivo, cuando vio al indio Zacarias al volante del autobús, sintió un escalofrío que le hizo temer por su futuro de pequeño dictador. No se equivocaba, aquel miserable montón de latas despintadas cambiaron su destino como Gaspar no hubiese podido ni imaginar.
    En cuanto el autobús instauró una linea regular, fue como si alguién hubiese abierto las ventanas y una bocanada de aire fresco recorriese el pueblo. Las muchachas ya no se conformaban con los lazos y adornos que el hijo de Calixto el buhonero seguía trayendo, ahora deseaban ser ellas mismas las que elegiesen los rasos, los terciopelos y las plumas. Otros mercados esperaban las patatas, coles y frutas que aquella tierra ingrata a duras penas concedía pero lo que se ganaba con la venta de estas, iba a parar a tiendas cuyos propietarios no se llamaban Rodriguez Sierra.
    Las cosas fueron cambiando y Gaspar ya no podía sentir el latido del pueblo en su puño porque su puño ya no abarcaba lo suficiente y el pueblo se le escapaba por entre los dedos. se había hecho demasiado grande. Los domingos se llenaba de gentes desconocidas, forasteros que no sabían quién era Gaspar Rodriguez Sierra y que confundían la casona verde con un burdel de lujo por la música que sonaba sin cesar tras sus ventans cerradas.
    No volvió a ser el mismo, a penas salía de la casona por no verse en las miradas de los otros y pasaba los días languidamente echado en una mecedora desvencijada que quién sabe por qué, estaba en la sala de arriba.
    La tarde se desliza desde las oscuras cumbres de la sierra hacia el pueblo y las sombras van lamiendo tejados y callejones, un perro husmea desperdicios frente al portalón de los Rodriguez Sierra que ya no es verde, un mortecino gris cubre toda la fachada y un clavicornio desafinado suena insistente.

    Hola Canta, este si que me ha encantado! He alucinado. Te envié otro correo antes pero me debi equivocar de tecla, creo que le di a respuestas.
    El caso es que, créeme, me lo he comido despacito. Me ha parecido interesante y con un lenguaje muy bello y rico, si puede decir esto alguien que no ha leido mucho, jeje. Sobre todo, y en mi humilde opinión, tiene duende, que es lo que nadie sabe qué es, pero lo que engancha. Un abrazo y felicidades :)
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