Era un Madrid-Barça de Copa de Europa, y la cafetería estaba abarrotada de gente: todo era jaleo, voces y gritos. Mis tres amigos y yo estábamos sentados en la mesa más alejada de la pantalla de televisión, apretujados contra la pared.
A poco de iniciarse el partido, dejé de prestarle atención. En la barra, y acompañada de una chica rubia que miraba atentamente el partido, había una chico delgado de ojos marrones que no dejaba de mirarme. Al principio eran miradas furtivas, pero después empezó a mirarme fijamente. Los dos empecemos a mirarnos fijamente. Llegó un momento en que ninguno de los dos podíamos apartar la mirada el uno del otro: es como si nos hubiésemos reconocido…
Terminó la primera parte del Madrid-Barça. La gente se levantó de sus asientos para estiras las piernas, para ir al cuarto de baño o para salir fuera a fumarse un cigarrillo; yo permanecí sentado.
Un poco antes de comenzar la segunda parte del partido, la chica rubia entró en el local y se colocó de nuevo junto a la barra; supuse que el chico de ojos marrones no tardaría en aparecer; pero pasó más de un cuarto de hora y el chico de los ojos marrones seguía sin aparecer. Entonces sentí el impulso de salir fuera. Así que me levanté, crucé el local abriéndome paso entre la gente y salí a la puerta de la cafetería, con la esperanza de que el chico de los ojos marrones estuviese allí, esperándome. Pero en la puerta de la cafetería no había nadie esperándome. Esperé unos diez minutos más, y entonces volví dentro del local y me volví a sentar junto a mis amigos y me puse a mirar el Madrid-Barça.
—¿Dónde habías ido, Abel? —me preguntó mi amigo Daniel, que era el único que había echado en falta mi ausencia.
—Nada, ahí afuera —le contesté—. Oye, ¿ha hecho el Madrid algún cambio?
Entonces mi amigo Daniel me comentó algo sobre los cambios, pero yo ya no le prestaba atención, y tampoco presté atención a la segunda parte del partido: a cada instante volvía la mirada en dirección a la barra, para comprobar si había vuelto el chico de los ojos marrones.
Comentarios
Un saludo. Y hasta pronto.
Eneas lo ha sabido contar muy bien.
Un saludo. Y hasta pronto.