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De la vida de Román en Angelina
Con sólo catorce años, Román decidió irse a trabajar para Angelina. Un amigo de su difunto padre, le informó que allí había muchas oportunidades para los muchachos trabajadores como él. Que si un mayordomo lo veía trabajando así; arrancando las yerbas hasta con las manos, sin parar ni siquiera para matarse un
Maye, nunca lo dejaría sin trabajo.
Y así fue. Desde que llegó lo contrataron y empezó a hacer su vida por allá. Las hermanas ya lo daban por perdido. Ni siquiera se preocupaba por mandar un recado. Se quedaba con una muchacha que le había robado el corazón. Sí, porque Román valoraba mucho a las mujeres que amaban desinteresadamente. Era mucho más joven que él, pero se lo llevó para la casa de los padres. Román gastaba todo con esa familia, pero valía la pena, porque lo atendían con el amor de madre que nunca tuvo, porque su madre murió cuando él era pequeño y las hermanas no son madres. Te pueden atender, pero nunca es igual. Los padres de la muchacha lo querían muchísimo. Siempre trataban de aconsejarlo y hacerle ver que le habían dado buena formación a la muchacha, pero que todavía ella no estaba preparada para llevar un matrimonio.
El tiempo en Angelina iba pasando rápido y en Los Botados su familia se llenaba de nostalgia, Parece que fue ayer cuando lo vimos salir con su saquito de ropa, pero ya van más de seis años y no sabemos rumbo de él. Que Santa Clara le ilumine el camino y San Antonio bendito nos lo devuelva, se escuchaba siempre decir a las hermanas. Pero tal vez los santos sabían que Román estaba bien, que aún no era tiempo de regresar. Tenía que cumplir el cometido para el cual había sido llevado allí. Que ya tenía lo que buscaba y cada día se sentía más satisfecho de su nueva vida en Angelina y le agradecía a Dios y al alma de su difunto padre, porque quizá había sido él quien le envió a su amigo como mensajero y ablandó el corazón del mayordomo.
La forma en que conoció a Crisanta, así se llamaba la esposa de Román, también parecía haber sido planificada por una fuerza superior: una fuerza divina. Porque nunca se había dejado de trabajar por causa de la lluvia y, ese día lo despacharon temprano y se la encontró en el camino. Ella no le quería hablar y cuando se dio cuenta de que había venido de otro pueblo lo empezó a tratar diferente. Le dijo que podía ir a su casa esa misma noche para presentárselo a sus padres.
Los padres de Crisanta eran muy serios. Todos los moradores del lugar les guardaban mucho respeto. Era una familia extremadamente pobre, pero tenía buena reputación. La vieja se levantaba de madrugada a prepararle el café y el desayuno, Tengo que taparle el hueco a mi hija. Los trapos sucios se lavan en la casa, decía ella mientras le preparaba la comida y la ropa. Crisanta sabía hacer de todo eso, la vieja le había enseñado, pero no se confiaba mucho, Porque después es de uno que hablan. Esa muchachita mía sale muy buena, pero todavía no tiene experiencia, acostumbraba a decir. Una coincidencia tremenda. Si Vicenta se hubiese dado cuenta de esto, podría pensar que los santos estaban escuchando sus plegarias. Que no se lo habían devuelto porque estaba bien. No tenía necesidad de volver a Los Botados, porque estaba haciendo su vida por allá.
Los matrimonios nunca son perfectos. Siempre hay algo que arreglar; algo que discutir, como si se tratase de una empresa cualquiera. Crisanta era muy sumisa. Hacía todo lo posible para que su marido se sintiera bien, Ese hombre no descansa y me da todo lo que consigue. A veces me siento mal, porque no se come ni siquiera una empanada sin mí. Compra una por la mañana y en la noche llega con mi pedazo envuelto en una hoja de plátano mareada, comentaba con las amigas del lavandero.
Román vivía pensando en ella mientras trabajaba y, comentaba con sus compañeros de carreta, las virtudes de esta mujer; de esa familia maravillosa que Dios le había dado. Cuando hablaba de su familia, no dejaba de mencionar a los viejos. Siempre estaba pendiente de ellos y también les llevaba su empanada los días de pago.
Román y Crisanta habían procreado un niño, Un muchachito que va creciendo como espuma y tiene el mismo porte del pai. Ese va a salir gente, decía el abuelo, contemplándolo mientras lo veía salir para el río con Crisanta. A Román no le gustaba que Crisanta llevara el niño para el lavandero. Ahí se le había ahogado un hijo al mayordomo. La madre de Crisanta siempre estaba pendiente del niño cuando estaban lavando. Porque sabía que su hija se podía distraer en cualquier momento y los muchachos inventan demasiado. Le peleaba mucho por eso y se lo decía a Román.
Crisanta había desarrollado un cuerpo extraordinario. Siempre bajaba para el río con un vestido corto, pero con el respeto que los hombres les tenían a sus padres, además del respecto, que con sus acciones responsables, se había ganado Román, nadie se atrevía a enamorarla. La veían subir y bajar con el niño descalzo y ella resbalando en sus propias chancletas rosadas, Ese muchacho salió
cagao a ese pai, le voceó una señora que vivía debajo del árbol grande de aguacate donde dormían las gallinas. Pero parece que ya tiene la
jembrita en el vientre, siguió diciendo la anciana mientras caminaba hacia ella. Ay, sí, usted está cogida de nuevo comadre, le dijo luego de acariciarle el vientre y Crisanta se quedó tranquila sonriendo. Crisanta siguió caminando. Junto a la puerta, recostada de la pared frontal de su casa de madera, Doña Prieta seguía mirando al niño con pena y moviendo los labios, como si estuviese rezando en silencio. Doña Prieta se daba cuenta de todo. Algunos vecinos decían que era bruja y las religiosas pensaban que Dios le revelaba las cosas antes de suceder.
Después de su encuentro con Doña Prieta, la señora que vivía debajo del árbol grande de aguacate donde dormían las gallinas, Crisanta empezó a recordar que tenía atrasada la menstruación, lo comentó con su madre y ella respondió rápidamente, Qué bueno. Usted tiene un buen macho, así que para sus muchachos ahora que está joven, los hijos son los que ayudan a una después de vieja. Cundo llegó Román, también le fue dada la noticia, la cual recibió con alegría, Ahora tienes que cuidarte bajando por esas piedras y ten cuidado con el varoncito, que yo me doy cuenta de que lo sigues llevando para el río, le dijo Román y ella asintió con la cabeza y lo miró casi avergonzada, mientras le servía la comida.
El canto de los gallos, el aroma del café y el correr de las gallinas por todo el patio, anunciaron la mañana siguiente. Román se unió a la tarea diaria con más fuerza, porque sabía que el próximo niño venía pronto, Porque nueve meses pasan como agua, dijo la madre de Crisanta y a él se le había quedado esta frase en la memoria, Nueve meses pasan como agua. Por todo el trayecto que llevaba al cañaveral Román iba pensando en Crisanta. Tenía un mal presentimiento y había soñado cosas desastrosas durante la noche anterior. El último sueño, con el que despertó en la madrugada, no lo dejaba trabajar tranquilo. Soñó que en el río La Leonora se habían ahogado dos niñas y las subían en dos
petaquitas, seguidas por otro grupo de hombres, mujeres llorando y algunas desmayadas. Justo antes de despertar, vio a Crisanta en el grupo de mujeres desmayadas.
CONTINUARÁ...
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Nueve días después de la pérdida de su familia, Román decidió volver a su tierra natal. Cabizbajo, triste, decaído, abatido, derrotado, agonizante, descorazonado, herido, adolorido, trastornado, desconcertado… Por más que se busque, no existe un adjetivo para explicar la forma en que Román regresó a Los Botados. Le pidió al chofer de un camión que se dirigía rumbo a Antoncil que le hiciera el favor de llevarlo hasta allí. Después de haber recorrido más de cinco kilómetros, el camionero miró por el retrovisor, Qué le pasa, preguntó el conductor, He perdido mi familia, respondió Román.
Cuando salimos de una pesadilla nos quedan en la memoria imágenes gastadas. En este caso Román es una imagen borrosa que aspira convertirse en pesadilla. Estaría demás decir que se les enredaban las palabras en la garganta, formando un nudo que no le permitía al camionero escuchar claramente. Junto a la imagen visualizada por el retrovisor, ese “Perdí mi familia”, en un tono leve y entrecortado, aparentemente salida de la pesadilla cayó como una flecha oxidada al oído del camionero. Este frenó casi de golpe, He olvidado algo. Tenemos que volver a casa, dijo mirando fijamente la momia de ojos claros, en que se había convertido Román y que ahora afirmaba con un lento movimiento de cabeza. Entonces el camionero dio la vuelta y volvió a su casa. Las voces de cuatro niños acercándose al camino, incitados por el sonido del camión, cambiaron el rostro de Román.
El conductor se estacionó y bajó rápidamente del camión. Cargó a dos niñas, una en cada brazo. Los varones corrieron tras él. Su esposa abrió la puerta sorprendida, No vas para Antoncil, preguntó, Vine a buscar algo respondió el camionero abrazándola junto a los niños.
Salió al patio y le hizo una señal a Román para que bajase del camión, Ese es uno de los carreteros de Angelina, ha perdido la familia se va para su pueblo, le dijo a su esposa, mientras ambos miraban a Román bajando del camión. Los niños también lo miraban sorprendidos, como si fuese un ser de otro planeta, Debe de ser muy fuerte. Casi no puede caminar el pobre, respondió la mujer ya con lágrimas en los ojos. Román les sonrió a la mujer y a los niños. Aquí tiene usted una familia, le dijo el camionero tratando de consolarlo. La mujer preparó la cena y Román sólo pudo tomar un vaso de jugo. Después de la cena retomaron el viaje. La mujer y los niños fueron con ellos hasta el camión.
Román durmió casi durante todo el trayecto. Cuando despertó empezó a explicarle al camionero lo grande que era tener una familia y lo miserable que se siente una persona que acaba de perderla. Llegaron a Antoncil, donde le tocaba trabajar al camionero. Román se despidió muy agradecido y quedaron de coordinar para volverse a encontrar, Usted sabe dónde vivo, dijo el camionero, No creo que pueda volver allá. Sería muy difícil para mí, volver a pisar esa tierra. Entonces se pusieron de acuerdo para encontrarse en Los Botados. Román empezó a atravesar cañaverales y cacaotales para llegar a la casa de Juliana, que se alegró mucho de recibirlo aunque triste y con las manos vacías. Le buscó agua y ropa limpia. A pesar de que sintió la pérdida de la familia de Román, la alegría de verlo de nuevo en casa, fue mayor que la tristeza que podría provocar en ella la tragedia de una familia que nunca conoció.
A Román casi no le dejaron tierra. Una ladera, cerca de Jobo Corcovado. Cuando por fin decidió formar una nueva familia, Juliana le dijo que podía trabajar en la lomita que estaba del otro lado del camino, pero que no les dijera a los demás hermanos que eso era de él. A Román le gustaba estar correteando. Vivía de batey en batey, aprovechando la zafra. En los tiempos muertos sembraba yuca, por eso a veces viajaba de Antoncil a Los Morones. En Los Morones se daba buena la yuca, cualquier matita llenaba un cajón. Pero en Antoncil daba gusto ver cómo crecía la caña. Además, pagaban mejor que en Guanuma.
Una vez Román hizo un conuco de arroz en Los Botados, por ahí por Jobo Corcovado. Ese arroz se dio como yerba salvaje. De una vez empezaron los de La Yautía a envidiar ese pedacito. Arrancaban las espigas y las tiraban en la puerta de la casa, como tratando de hacer enojar a Román, Porque a él no le gustaba ver los vagos jugando con su sudor, decía Juliana. Si alguien necesitaba un fruto de su conuco, tenía que decírselo, pero no desperdiciarlo o cogerlo sin permiso.
En La Yautía había gente mala, el viejo no guardaba rencor, pero yo no soy como él, todavía recuerdo las cosas malas que le hacían. Tengo muy en cuenta quienes eran sus enemigos, y me dan deseos de desaparecerlos. Esa gente se enojaba por envidia, querían comprarle el último pedacito. Salían a beber su romo a la Javilla y luego le tiraban piedras a su casa. De madrugada nos asustaban tirando piedras al techo de zinc y eso a él lo sofocaba. Tenían una rabia interior y la manifestaban con Román. Creían que él era culpable de que ellos salieran a disfrutar, para luego tener que amasar más de seis kilómetros de lodo. Metiéndose en los charcos porque en esos cacaotales, la oscuridad congelaba el aire. No toda la gente de La Yautía era mala, también había mucha gente buena, pero el alcohol no perdona. Todos los que salían a tomar, de alguna manera molestaban. Unos le lanzaban piedras al techo y otros lo llamaban. A esa hora cualquiera de las dos acciones eran incomodas. Porque el que necesita dormir de noche para levantarse a trabajar temprano no quiere que lo despierten. En esta condición pasó Román los últimos años de su vida. Aferrado totalmente a la nueva familia que había creado. Tanto así que se levantaba a ver si los mosquitos o cualquier insecto o plaga había subido a la cama de los niños. Pero nunca dejó de proteger a Juliana.
CONTINUARÁ...
Abrazos!