Sahila es una mujer con carácter.
Nació en Burundi, en una villa de casas de barro, a la vera del río N’komo, un surco plagado de meandros que luego desemboca en el gran lago Tanganyca. Burundi es uno de los países más pobres del mundo. Se halla estragado por la corrupción, las guerras civiles y el casi nulo acceso a la educación. Tiene un alto porcentaje de VIH/Sida en su población y como es densamente poblado, sus habitantes suelen emigrar ni bien tienen la oportunidad de hacerlo.
Sahila tuvo una vida muy dura y en el 2008 tras huir y vagar por toda el África, entró en Marruecos junto a sus hijos y con una sola idea en su mente: huir a Europa. Ella fue de las pocas que consiguió el estatuto de refugiada en Marruecos, pero no logró ninguna asistencia de parte de la oficina de la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados del Mundo. Conocida también como ACNUR.
Y así fue como empezó a salir con hombres. Necesitaba dinero para alimentar a sus hijos y pagar el alquiler de la casa. Pero se quedó embarazada de su tercer hijo y las cosas se pusieron más difíciles que de costumbre.
Los hombres ya no querían salir con ella y se acabó su sustento.
Así que decidió mudarse a los bosques porque al vivir en la intemperie se ahorraba el alquiler, pero ¿Cómo alimentar a los tres niños? Algo muy difícil por cierto. Y así retomó su viejo juego de salir con hombres en condiciones infrahumanas. Se quedó embarazada de nuevo y tuvo a su cuarto hijo, otro varón. Y durante casi dos años vivió en los bosques con sus cuatro hijos, pasando frio y hambre, sufriendo violencia y extorsión, y buscando dinero para alimentar todas esas bocas que estaban a su cargo.
En ese tiempo Sahila recordaba siempre a su padre. Un hombre muy esbelto. Un
tutsi, que le había enseñado la presencia del Magara en todas las cosas de este mundo.
El hombre era un animista que pensaba que
todo está vivo, que todo es consciente y que todo tiene un alma. Él fue quien le habló de esa fuerza vital universal que conecta a los seres animados del planeta. Ella era tan solo una niña muy pequeña y lo escuchaba con devoción.
Sahila aprendió desde chica que todos en Burundi estaban al tanto de una estrecha relación entre las almas de los vivos y de los muertos.
Aunque en Marruecos no le aceptaban esas cosas.
Allí pensaban de otro modo respecto del mundo y ella no se animaba a contradecirlos porque a la gente no le gustaba mucho las cosas que decía y se enojaban y hasta la amenazaban con matarla si continuaba hablando de eso.
De todos modos, a Sahila le alcanzaba con las palabras que recordaba de su padre. Ella sólo pensaba que Dios estaba en su corazón y con eso le alcanzaba.
Finalmente planeó su definitiva llegada a España.
Salió en una patera desde las afueras de Ceuta, en una noche muy fría del mes de Diciembre. Iba con sus cuatro hijos. Los dos mayores aferrados al borde de la barcaza y los más chicos cercanos a ella y el menor de todos en su regazo.
Otra patera salió junto con la de Sahila pero esa nunca llegó a destino.
Allí viajaba una querida amiga que había conocido en Marruecos en los tiempos en que vivía refugiada en el bosque. La embarcación nunca fue ubicada, se perdió para siempre en el mar y nadie volvió a tener noticias de ella.
Una vez en la costa, en las afueras de una localidad llamada Tarifa fue recogida por la ayuda humanitaria y llevada a un centro de auxilio. Allí Sahila les exhibió el estatuto de refugiada otorgado por la ACNUR y eso impidió que fuera deportada de España. Su éxito de entrar a ese país fue celebrado por mucha gente que la había visto sufrir durante los 3 años que había pasado en Marruecos. Ni bien llegó los llamó por teléfono para avisarles que ya estaba definitivamente en España.
Y allí pasó aquel frío Diciembre, tratando de aprender un poco más el idioma y cuidando como siempre de sus hijos. Vivía en un centro de refugiados, austero pero cálido y hasta se daba el increíble lujo de poder hacer planes para el futuro.
Una noche menos fría que de costumbre varios vecinos llegaron al refugio y la invitaron a concurrir a la iglesia.
Era Nochebuena y Sahila estaba invitada a la Misa de Gallo.
–No gracias. – les dijo– porque no sabía muy bien de lo que le estaban hablando.
Los vecinos insistieron y le comentaron de la existencia de un niño, pobre como ella, que había nacido hace miles de años en un establo. Le dijeron que era el hijo de Dios y no solo eso, sino que también era Dios mismo en persona. Y que su presencia había sido tan importante en la historia de la humanidad que el tiempo se contaba desde el mismo día en que el niño nació.
–Yo a Dios lo tengo en mi corazón. –contestó Sahila.
Pero luego cedió ante la insistencia de esa gente noble que la ayudaba. Ella estaba desorientada ante la actitud muy diferente de otras personas que le pedían que se fuera de España y que le arrojaban piedras o la insultaban.
Lo cierto es que en aquella víspera de Navidad, Sahila estuvo con sus cuatro hijos en la iglesia del pueblo. Era una mujer de carácter y nada podía doblegarla.
Esto sucedió en el pasado, en Diciembre de 2011.
La historia me la refirió un amigo que vive en Tarifa, en el extremo sur de España. El lugar donde Sahila llegó cuando su barca se internó y encalló en la arena de la playa.
Hoy mi amigo me ha dicho que no ha vuelto a tener noticias de ella.
Es probable que Sahila siga luchando por sus hijos, allí donde se encuentre. Viviendo el día a día, y ocupándose para que no les falte nada. De seguro que no tendrá tiempo de pensar en otras cosas, como, por ejemplo, en el paso del tiempo, que le irá dejando su cabellera gris y llena de canas. Esto lo afirmo hoy, pero no sé si lo afirmaré mañana.
La realidad (o al menos lo que consideramos realidad) es sumamente lábil y a veces nos deja sin argumentos y también sin esperanza alguna.
La historia de Sahila, la de la Navidad y la de su llegada a España es parte de una historia mayor. Algo muy próximo a lo que llamamos Universo y que determina como suceden las cosas en este mundo incierto. Y es muy poco probable que la voluntad de las personas, o la de cualquier ser humano pueda torcer el destino que nos ha sido impuesto.
Feliz Navidad Sahila.
Allí donde ahora te encuentres.
Que todos tus sueños se vuelvan ciertos.
Comentarios
Bonita la historia de Sahila, aunque hubiera sido preferible no tener tanto chino, pero bueno, es lo que le toco.:rolleyes:
Y Amparo, lo de tener chino, ¿es una expresión de Colombia?
Un nombre precioso y la historia es de lo más interesante. Retrospectiva étnica, racial, de poblados y pobreza, la otra cara del mundo boyante y fastuoso.
Está bien narrado, con buen criterio al introducirnos rápidamente en la biografía de este personaje. Separa por favor los renglones, para facilitar la lectura, y el tamaño de letra es liliputiense... me ha costado leerlo...
El vocabulario también es uno de los puntos fuertes. Es bueno encontrar escritores que se atreven a indagar entre las páginas de los diccionarios y hacer uso del pródigo léxico castellano, con numerosas acepciones ya "desahuciadas".
Un único "pero"... trata de adornar más las frases con el léxico que parece que abundas. Es una historia profunda y creo que a este tipo de ingrediente le va muy bien un ornato de frases más elaboradas, no tan sencillas y coloquiales.
Se puede contar lo mismo profundizando más en detalles, buscando palabras y frases que le den mucha mayor fuerza a lo que tratas de contar.
Un saludo
¡Hola! Las tardes que entro por este lugar suele leer varios relatos. Con este de Sahila me ganó la sencillez con la que cuentas una dura situación, sin manotazos de apologías dasdo desde la “misericordia oficializada y occidentalizada”.
No me tomes por insensible, pero cuando se habla de estadísticas, de números, de millones de personas en estado precario, …se tiende a diluir el sentimiento fraternal ( somos así de egoístas), sin embargo, al personalizar el dolor en Sahila, al contarnos la historia desde la boca de Sahila, su lugar de nacimiento, su casa de barro, la orilla del río donde nació, el surco plagado de meandros, sus miserias y sueños….ya nos haces caminar con ella, ser Sahila.
Conozco el monte del Gurugú, veía su silueta desde las ventanas de mi casa de Melilla, en cabreriza Alta, sé de como acampan en condiciones infrahumanas los que pretenden pasar la frontera de Melilla. Tengo escritos tres relatos sobre esto, en tonos diversos, y algunso cuantos artículos, ya los compartiré algún día.
Sahila me ha ganado, y tu afirmación de que este, verdaderamente, es un mundo incierto.
Un abrazo.