Una cerveza de algas sintética. Qué delicia. El momento insuperable de la programación sistemática a través de los cristales de la creación. ¡Mozo! ¡Deme otra, bien fría!
Salí del bar a las pocas horas, bien entrada la madrugada, hecho un completo desastre. Traté de buscar un taxi. O algo que me llevara. En ese instante apareció ella manejando un coche de lujo. Es la hora, me dijo, vamos a hacer el trabajo. Ah… Estela, que perversa sensación me daba, que bajaba por el estómago. La imaginaba desnuda a todo momento, la imaginaba haciéndole el amor, desnudándola, dándole frenéticamente hasta morir… pero era una asesina despiadada y mi compañera de trabajo. Nada más. Yo… yo trataba de sobrellevar las muertes con cerveza de algas. Lo años empezaban a golpearme fuerte en el cerebro preprogramado. La compañía en la que trabajábamos nos informó que los sentimientos y el software de comprensión del chip injertado que en alguna oportunidad podrían presentarse fallas e inclusive colapsos en el sistema nervioso. Con los años a lo mejor... ¿Y después qué? me dije. No podría continuar con mi vida así porque sí. O sea, uno no puede ser asesino a sueldo de una multinacional y posteriormente ponerse un negocio de revistas con el dinero recaudado y como jubilación. No, todo queda impregnado en el chip, en la conciencia, en el cuerpo… en la carne.
El auto ronroneaba a pesar de su intensa velocidad. Las rutas y los campos con avisos pasaban unos tras otros. Los carteles con publicidad de la compañía eran despreciables, a pesar de lo gracioso del mensaje. “Compra La nueva Máquina Rog 2150… o morirás”. Si bien lo parecía… si supieran que la competencia era “realmente” una matanza. Un nuevo dictamen del sistema empresarial en el que nosotros nos convertíamos en meros eslabones. Unos simples peones en la cadena por el acopio de ganancias. Si el dinero tiene el poder de reproducirse es capitalista. ¡Jajajajaja! Malditos imbéciles, dónde terminaron sus libritos de mierda… Mi borrachera me impidió ver más y me quedé dormido en el asiento trasero.
Desperté de un sobresalto. Habían pasado dos horas. “Llegamos”, me dijo seca (como siempre) Estela. El edificio era pequeño, en las afueras de la ciudad. El trabajo sería rápido. El fin era, lógicamente, no hacer perder dinero a la compañía. Entramos lenta pero decididamente. Estela sacó su arma. Yo me senté en la silla. Aguardé el disparo en la sien con solemnidad.
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