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"la mujer que miraba el mar" víctor virgós

BLADERUNNERBLADERUNNER Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
editado abril 2013 en Narrativa
Aquella tórrida tarde de Junio el océano rugía con un bramido de anunciación furiosa y revelación de secretos inconfesables. Los heraldos de las espumosas olas blancas, que buscaban asilo entre los riscos pavorosos de la boca del infierno, portaban en su zurrón de sal una epístola de Stefan.

Medea lo buscaba desde hacía dos largos años, acaso cabalgando entre las olas de plata con su tabla de surf, saludando con la mano derecha desde la lontananza, con su cabello corto y dorado encharcado, adherido a las apolíneas facciones de su rostro escandinavo.

La mujer que miraba el mar se removió inquieta en su eterno trono de piedra frente al océano ferviente de Cascais.

Allá, entre los pliegues cambiantes de las olas, donde dos años atrás Stefan había desaparecido como el espejismo de una bruma ladina, se adivinaba un fulgor encarnado que flotaba como un delfín acostado sobre el lecho del mar.

Había gente aglomerada junto a la orilla, con sus manos trémulas indicando un punto indefinible en la distancia. Medea, la eterna observadora y comparsa del mar, abandonó su puesto de vigilancia en dirección al cataclismo emocional de sus recuerdos, mientras su mente negaba el milagro y sus pasos le conducían lejos del mirador marítimo.

Voces alarmadas resonaban en sus oídos como lejanos tambores de una batalla perdida. No se giraba, no quería mirar más. Prefería la desnudez de la playa, tal y como la había observado durante los dos últimos años, a la lectura de una profecía imposible.

La mujer que miraba el mar se sentó junto a los riscos de la boca del infierno, conmovida con el tronido de dragón de las monumentales olas que rompían contra los farallones enhiestos.

La gruta, de despejada techumbre, con vistas panorámicas del firmamento, parecía un caldero hirviente donde se entreveraban las congojas y aflicciones de los penitentes.

Muchas veces había pensado cuán fácil sería dejarse caer para abrazar el mar y la sal; dejarse mecer por la corriente, ahogada en un sueño repetitivo donde Stefan la saludaba desde su tabla de surf encarnada.

La tentación llamaba a su puerta con garras afiladas y grotesca sonrisa mendaz.

Quisieron sus ojos melosos devolverle la mirada al mar. La joven muchacha, esbelta, curvilínea, de rasgos netamente mediterráneos, se atusó distraídamente la larga cabellera lacia y negra.

Observó con sus ojos de muerta viviente cómo un grupo abultado de gente extraía de las codiciosas fauces del mar a un hombre barbudo y raquítico. Tenía largas cabelleras doradas y sucias. Sus brazos magros se aferraban con desespero a una descuartizada tabla de madera roja.

Medea escuchó un sonido en el interior de su pecho; el sonido de apertura de un reloj detenido. Era su corazón. Después, un latido acompasado. Reconoció los balbuceos de su corazón dormido, sugiriendo que espabilara y acudiera al encuentro del hombre moribundo tendido sobre la playa de Cascais.

Era mucho más sencillo otear la lejanía sin esperar que los espejismos rompieran la corteza de la esperanza que la retenía, día tras día, hermanada con el mar.

Se había acostumbrado a la mirada inclemente del océano que ofrendaba promesas estériles. Saltar ahora hacia el abismo lóbrego de ese hombre tendido sobre la arena de la playa era como ceder a los ruegos sibilinos de la demencia.

Podría entregarse como una esposa fiel a los caprichos de las olas y buscar a Stefan entre la espuma. La boca del infierno profería alharacas de ultramundo con sus embates bestiales. Stefan podía estar ahí abajo, buceando invidente, como un náufrago desnudo de memoria que no recordara el camino de regreso a casa.

Sus ojos, hastiados de observar ensenadas de sueños raídos, se posaron nuevamente en el famélico y enteco príncipe de las profundidades vomitado por el mar.

Varios rostros se volvieron en su dirección y apuntaban con sus manos trémulas. El recién llegado se levantó como un espantapájaros azotado por un vendaval. Medea pudo verle con claridad. Ese hombre no era Stefan, aunque tuviera rasgos análogos, ese hombre no era Stefan.

Pero buscaba su mirada, con un anhelo apremiante…

Varios hombres le ayudaron a incorporarse, pero él se desasió de los socorristas con desabrida ingratitud y clavó sus ojos en la muchacha que miraba el mar.

Dirigió las manos a un colgante que llevaba prendido al cuello. Entonces se desplomó.

Aquellos que le ayudaron a abandonar el mar acudieron a auxiliarle, pero el náufrago les renegó por segunda vez. Había cruzado el océano para hablar con Medea, pero ella permanecía estática como una efigie de sal, acaso convencida de que Stefan brotaría de entre las aguas de la boca del infierno y que aquel trasunto de surfista sólo pretendía distraerla de su vocación.

Caminaba hacia ella, no se rendía, el espejismo avanzaba pertinaz. Con sus manos, aferrando el colgante, se aproximaba como un viajero peregrino. Medea temblaba, no podía moverse. Clavó su mirada en el mar y deseó con todas sus fuerzas que Stefan emergiera entre las olas, convertido en dios del trueno; que con su rugido furibundo roturara las paredes del espejismo que se aproximaba íntimo, asediando la privacidad de su soledad.

El náufrago pronunció un nombre: ¡Medea!

Volvió a caer, exánime, exhausto. La mujer que miraba el mar se arrodilló junto a él. Reconoció el colgante. Era una pequeña urna de cristal de Murano que le había regalado Stefan en aquella isla hacía más de 7 años.

Su voz, gastada de tanto proclamar el nombre de su amado, imploró ayuda. Un tropel de rostros curiosos y preocupados se “amotinó” en torno al convaleciente. Medea descubrió un pequeño pliego en el interior de la urna. Lo extrajo con manos temblorosas, a toda prisa, sin prestar atención a los murmullos ni al hombre que había cruzado el océano para hacerle llegar un mensaje.

En ese instante lloró a manantiales cuando el pequeño papiro doblado mostró una sucinta epístola de Stefan y un punto geográfico indicado en un mapa.

"LA MUJER QUE MIRABA EL MAR" VÍCTOR VIRGÓS, AUTOR DE "LA CASA DE LAS 1000 PUERTAS", DISPONIBLE EN FORMATO ELECTRÓNICO EN WWW.AMAZON.ES

Comentarios

  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado abril 2013
    Y entonces, vamos en busca de Stefan?:)
  • BLADERUNNERBLADERUNNER Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado abril 2013
    amparo bonilla escribió : »
    Y entonces, vamos en busca de Stefan?:)

    ¡Hola Amparo!

    Mucho me temo que no hay segunda parte, así que Stefan tendrá que quedarse donde está... Gracias por tu visita

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