Notó que sus pulsaciones aumentaron, mientras su cuerpo se recargaba de una energía que hacía mucho no sentía, pero que conocía muy bien.
Esa sensación de libertad y poder que le invadía, parecía convencerlo de que podría alcanzar cualquier meta que se propusiera.
Desde un cielo despejado de nubes, el sol daba vida a su sombra, que moviéndose a buen ritmo, se deslizaba sobre la hierba amarillenta que flanquea la angosta carretera zigzagueante, que termina perdiéndose entre el monte que anuncian los primeros eucaliptos, que ahora le ven pasar.
¿Cuánto hacía que no salía a correr? ¿Dos años? ¿Tres quizá? Eso ya no interesaba. Lo importante era que marchaba, consumiendo metros, quemando calorías, oxigenando la sangre, reactivando los músculos de sus piernas y las células de su cerebro.
El airecito tibio de la tarde acariciaba su cuerpo perlado de transpiración.
¿Por qué motivo había dejado sus aeróbicos a un lado? ¿Falta de tiempo? ¿Cansancio? ¿Ausencia de motivaciones? ¿O por aquella lesión que nunca curó bien y que ahora le hacía pegar un grito y rodar por el asfalto?
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