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Claustro

AneurismaAneurisma Pedro Abad s.XII
editado agosto 2012 en Narrativa
La muerte no le había trastornado tanto todavía, aún podía pensarle y recordarle de vez en cuando, no aferrarse a su matrimonio extinguido y olvidarse un poco de su amor que seguía vivo. Estaba viuda. Pronto las mujeres del pueblo se enterarían y correrían la voz, “a su edad pobrecita, tan joven y ya se le murió”, ella escucharía los rumores desde lejos, las miradas le hablarían de una critica comunitaria y el saludo incómodo le señalaría quien la señala. Lo malo de vivir en un pueblo, pensaba. Pero finalmente tenían sentido todas las cosas que se decían sobre Lucila Sanchez, la viuda que vivía en la Rivadavía 340; era joven, y había perdido a su marido, pobrecita.

La noche inmediata al velorio, ya empezaba a delatarle los cambios que tendría que enfrentar aunque fuera poco a poco, las luz en las bombillas se encendía y apagaba según su paso por los interruptores en la casa, los sonidos eran todos suyos y el silencio también. El televisor había muerto junto con él y el calor de su cama moría con ella, porque su vida de viuda comenzaba y ella sentía que se le terminaba la vida misma. Durmió sola y soñó poco, o menos que eso porque no pudo recordar nada a la mañana siguiente. Miró por instinto a su lado derecho y encontró una almohada intacta, descubrió a la costumbre como su primer gran enemigo. Desayunó sola pero en la mesa estaban colocados dos platos, preguntó si la canción del radio estaba bien, y pidió ayuda para levantar unas cajas con pertenencias innecesarias, lavó la ropa de los dos, planchó y guardo todo en su lugar; para el atardecer ya no había labores en casa pendientes, más que el que le esperaría al final de cada día durante los próximos dos meses, llorar como todo lo demás, sola.

No abrió la puerta a la visitas y se desentendió de falsas condolencias, los chismes corrían más rápido que la gripe y Lucila no permitiría que le arrancaran de su noticia lo poco que le quedaba de él. Casi no salió de casa, más que para lo necesario y en cuestión de semana se convirtió en una ermitaña civilizada. Poco le importó que dijeran que ella también moriría pronto, por su soledad, o que se suicidaría tarde o temprano. Los pronósticos eran pesimistas, y aunque fueran muchos en realidad trataban de ocultar una curiosidad por saber que ocurría en esa casa, cuyo ocupante ya no salía y comenzaba a contagiar al vecindario. Los niños desaparecían de las calles y se internaban en su claustro como si fuera mandato, y poco a poco las calles morían avivando los hogares, en donde quien sabe que cosas ocurrían.

La calle Rivadavia se convirtió en una atracción para el pueblo, intrigados por la ausencia casi completa de peatones se especulaba que la zona se tornaba peligrosa, sin embargo era una falta literal de personas en la calle. No había a quien asaltar o persona a la que le pudiera ocurrir algo porque poco a poco todos desaparecieron. El vecindario se convirtió en una serie de bunkers enumerados donde las puertas seguro estaban aseguradas. Lucila seguía velando a su muerto desde su alcoba sin saber que la calle entera se unía a su luto, solo porque algo debía andar mal en la calle. Las apariencias se contagian y la agorafobia crecía rápido en los que le rodeaban.

En realidad Lucila nunca fue muy influyente en las personas ni su carisma llegaba a los niveles necesarios de convivencia social “normal”, y precisamente por ello los demás le observaban, porque no era como todos y seguro que sabía cosas que no debería. Quizá ella había matado a su marido, o lo sabía con antelación con brujería; fuera lo que fuera, su apariencia de mujer casada y relativamente joven se transformó con todas las noticias corriendo a viva voz; cuando se supo que la Rivadavia moría poco a poco por falta de actividad, otras calles se unieron al movimiento. Dentro de su hogar, Lucila planeaba dejarse morir poco a poco hasta que la amargura la acabase, pero descubrió en la soledad de sus días otros brillos que la mantenían ocupada. Cartas que jamás fueron entregadas, fotografías y recuerdos en forma de boletos varios; su vida no recuperaba un cause, pero le daba motivos para seguir viva, jamás para salir de casa.

Los candados se vendían como pan caliente, o al menos lo hicieron durante un tiempo, cuando la gente todavía salía a la calle. El comercio de la comunidad se vio afectado y hubo que transformarse a la par de las nuevas costumbres, casi todos los negocios de consumibles entregaban a domicilio y otros negocios se unían a la tendencia. Así mismo, las vidas se transformaban dentro de sus jaulas de concreto y ladrillo, las persianas se mantenían cerradas y las cuentas eléctricas eran más grandes. Algunos descubrían su encierro insoportable y terminaban por salir a casa por unos minutos, hasta que las calles vacías les aterraba lo suficiente como para volver a entrar; a medida que crecía el radio de hogares convertidos en madrigueras la curiosidad pasó a ser parte del pánico, nadie quería que la plaga que fuera llegara a la colonia, o que los vecindarios se vieran invadidos por la misma especie de muerte conjuntiva que no parecía tener un beneficio claro. La Rivadavia se extendió hasta la calle Alcántar, Esquirlas y Soláceo que le rodeaban, luego creció a toda la colonia y como enfermedad incurable se propagó hasta llenar los límites totales del pueblo.

El viento corría por los empedrados sin automóviles, los perros sin hogar se preguntaban donde habían quedado las sobras de comida y algunos alcanzaron a mudarse, mientras sus compañeros morían de hambre. El encierro general estaba basado en muchas razones distintas, la gran mayoría se había olvidado ya de Lucila y generaban sus motivos para estar en casa, permanentemente. Los rumores disminuían su crecimiento y se convertían en noticias solo para compañeros de edificio, o cohabitantes de la misma casa; las noticias perdían toda veracidad ya que casi nadie se atrevía a confirmar cualquier cosa. Nació el mercado negro de noticias y víveres para los encerrados (ahora llamados refugiados), algunos infortunados sin hogar no tenían refugio donde ocultarse y descubrieron en el pánico una fuente de ingresos jamás explorada. La pequeña población se transformaba completamente.

Lucila había vivido de comida para dos racionada para una mujer que ya no quería comer, la comida enlatada se extendió hasta donde ya no se puede sacar comida del borde de la lata y se terminaron las galletas que parecían infinitas. Todo con tal de no salir de casa. Los ánimos por la vida no habían vuelto a ella en plena forma aún, pero ya no deseaba la muerte, quería vivir eternamente en esa casa que le vio vivir el amor que le duró apenas dos meses y sentirse casada con su difunto todavía, para que su duelo no doliera tanto y la vida durara lo que debiera durarle. Salió a su jardín trasero y cultivó unas cuantas legumbres, poco a poco creció su huerto casero y la casa se volvió autosuficiente y Lucila vegetariana.

Las lluvias dificultaban el comercio secreto, y algunos dueños de tiendas sospechaban de robos. Los vendedores clandestinos iban de puerta en puerta ofreciendo sus servicios a cambio de dinero que ya no servía de nada, se ponían de acuerdo a gritos con los inquilinos permanentes y cumplían misiones particulares varias. Se formaron gremios de vendedores de puerta en puerta y se organizaron por distritos, el número de personas interesadas crecía y algunos extranjeros se unían al negocio del pueblo fantasma. Entre delincuentes y comerciantes de verdad se formó una rivalidad de muerte, también con los locales y los extranjeros, se reclamaban derechos sobre la tierra y zonas de gran provecho que pagaban bien por tareas menores, como ir a preguntar como se encontraba el 329 del Río Nilo a dos cuadras y verificar que los familiares estuvieran bien. Las disputas territoriales desbocaron en pocas muertes que expulsaron a los invasores en pocos días.

Al cabo de un mes, los recursos comenzaron a escasear y los precios en el mercado negro subían exponencialmente; los que menos tenían desesperaban en hambre pero se rehusaban a salir a la calle y encontrar el peligro de estar fuera de casa, ya ni siquiera se veía a los vendedores ya no tan clandestinos andar tranquilos frente a las ventanas. Algo andaba mal y estaba a punto de ponerse peor. Las consecuencias de enjaularse a voluntad comenzaron con la basura acumulada, la falta de nuevos productos básicos para la vida conocida y alguno que otro retraso menstrual. Se especulaba de manera personal o en grupos pequeños, sobre algún inquilino que había salido de casa definitivamente y que había encontrado la muerte, el mundo de afuera tenía algo que no debía ser atestiguado por nadie que se sintiera digno de estar vivo. Ya nadie veía el sol y saber si era de día o de noche era una cosa complicada. Nacieron músicos, escritores y lectores asiduos en los hogares de una persona, en los de dos o más había amantes, familias y amigos nuevos que por condiciones de la velocidad con que se corrió el cerrar de puertas se vieron forzados a convivir.

Hasta que la pestilencia delató al primer muerto.


(continúa en comentario)

Comentarios

  • AneurismaAneurisma Pedro Abad s.XII
    editado agosto 2012
    Era sabido que la casa verde de la calle Orión estaba habitada por un hombre enfermo, pero nadie pensó que permanecer dentro de casa lo mantenía vulnerables, el terror estaba en salir y no tendría porqué serlo el quedarse en casa. La noticia se corrió tan rápido como el silencio de la calle pudo hacerlo, nadie había ido a recoger el cuerpo y los vendedores de puerta en puerta aprovecharon para saquear completamente la casa, aunque no hubiera nada. Las especulaciones recomenzaron y las muertes se multiplicaban, los enfermos no eran los únicos, también se moría de hambre y los suicidios se hacían cada vez más comunes. La soledad volvía locas a las personas y saber que el refugio asesinaba los hizo debatir entre la vida y la muerte una vez más. Si quedarse significaba la muerte, era señal de que probablemente el mal se revertía y quedarse era de mal augurio y salir era benéfico, era lo más lógico, además los vendedores nunca parecieron sufrir por el mundo exterior. Secretamente se anhelaba salir, pero nadie lo haría hasta que uno fuera el pionero de la muerte. Un hombre en la calle Tapia abrió la puerta bruscamente, corrió al centro de la calle y con un estruendo húmedo se voló los sesos. Lo mató la bala decían, no salir. Entonces la gente salió de sus casas en un frenesí que se extendía como el primer mal, y como nadie tenía la certeza de sobrevivir a esta nueva ola de muerte, el libertinaje se apoderó de las calles.

    Al cabo de tres días el pueblo estaba lleno de basura y desechos de todo tipo en lugares varios, los parques se encontraban totalmente destruidos y los almacenes habían sido saqueados. Hubo muchas muerto a causa del pandemónium general, los sobrevivientes ya no buscaban la vida, querían acabar con todo lo que podían, incluso sus vidas. La gente que se decía decente fornicaba en público, y los honestos robaban sin mirar a quien, hogares eran saqueados con miedo pero ya nada tenía valor, y la moral pre-encierro era mal vista. El cuarto día hubo un desfile de liberación post-apocaliptica que deambuló por todo el pueblo, destruyeron las casas de campaña de las personas que pretendían mantenerse decentes y ocasionaron riñas en cada colonia que pasaba. A la entrada de la comunidad llegaron los primeros tanques de guerra, para erradicar a toda la población.

    Lucila vislumbró humo en vez de nubes, y gritos en vez de silencio, algo andaba mal y no le pertenecía a ella. Se metió al armario de su cuarto y no salió en un tiempo que no pudo definir. Cuando finalmente se sintió segura, salió al patio de nuevo y miró el cielo estrellado en paz, Lucila optó por renunciar a sus votos de luto indeterminado y salió a la calle para ver lo que sucedía. Por más que caminó por las calles que ya conocía, los caminos ya no conducían a los sitios que ella recordaba, los colores de piedra incendiada a juego con la piel quemada de hombres y mujeres desnudos le causaron asco y horror; buscó hasta que no puedo más y no pudo haber encontrado menos. Volvió a casa y en vez de llorar se encerró en casa para no volver a salir jamás. Al amanecer ya no había un solo recuerdo de lo que ahí había sucedido.
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado agosto 2012
    Este pueblo fantasma de que parte serà, como para no pasar cerca:eek::eek:
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