Agustina miraba la blancura del paisaje que la rodeaba. Hacía días que la nevada continuaba incesante, sin mostrar señales de cambio. El frío le subía por la espalda y hacía que sus dientes castañearan con el temblor de su cuerpo. Afuera el viento formaba remolino, inclinaba los pinos y una masa blanca caía alrededor de ellos, formando montañas de nieve.
Los leños encendidos de la chimenea no lograban que el ambiente resultara agradable.
Cerca del medio día un sol increíble de algodón dorado, se abrió paso entre las nubes. Agustina acercó el sillón a la ventana. Se sentó, se cubrió con una manta y disfrutó ese poquito de calor que le regalaba la luz. No retuvo el tiempo que quedó en ese placer, se le cerraban los parpados. Se durmió.
Varias veces intentó abrir los ojos, imposible, volvía a quedarse dormida. Sus manos estaban heladas.
Despertó. La oscuridad era total, dentro y fuera. Se levantó. El hogar se había apagado, no quedaba ni un leño, sólo cenizas. Pero extrañamente no sentía frío. Pensó en ir a prepararse un café. Dio vueltas por la habitación, le costaba caminar, algo raro sucedía a sus miembros, al regresar a la ventana se vio en el sillón, tan blanca y quieta, que se estremeció.
Afuera seguía nevando.
Comentarios
Saludos.
Y gracias Fabrizzio. Tenés razón en lo que decís. A veces basta que nos digan algo para comprender los errores.
Lo volví a leer y me dí cuenta, siempre es buena la corrección, cuando se hace con altura.
Besiños.
tequendama