EL LABERINTO DEL AMOR
Tengo treinta y ocho años y puedo decir que no he tenido una novia oficial, digamos. He tenido amigas, sobre todo una llamada Mari Carmen; me atrevo a asegurar que tuve con ella una relación, yo diría que seria, de un par de años. Luego he tenido otras chicas que han sido casos menores, aunque también nos hemos querido, eso sí, durante menos tiempo. La sensación que me ha quedado con el tiempo es que no he tenido novia.
El tiempo pasa y te terminas preguntando si es que no vas a encontrar a la persona que estás esperando toda la vida.
En un momento dado, hace poco tiempo, apareció una chica, quince años menor que yo. No tenía ni idea si yo le gustaba. Trabajaba en el gimnasio al que iba cuando yo permanecía en la casa de Galicia, que heredamos de un pariente lejano. La casa está en medio del campo entre Vilaragunte y Barán, en Lugo. La verdad es que en mi casa tenía un gimnasio, pero prefería ir a la civilización de vez en cuando, para ver gente, hablar…y además estaba Tatiana. Es la encargada de los aparatos de gimnasia. Siempre la estoy preguntando lo que sea y ella debo decir, que me trata mejor que a otros clientes.
Pero tengo planteado un de dilema en mi cabeza. Existe otra chica que no es que pueda decir que me gusta, pero con ella estoy muy cómodo. No sé si debo pensar en ella como mujer debido a que tenemos un parentesco familiar algo lejano. Es hija de mi primo. Se llama Paloma y tiene veinticinco años (casi la misma edad que Tatiana que tiene veintitrés, ¿seré un viejo verde?).
En esa casa estaba muy a gusto. Era la casa preferida de mi madre. Iba cuando no podía aguantar a mi padre, que desde que murió ella está un poco insoportable. En esta casa pensaba mucho, aclaraba ideas y ordenaba mi cabeza. En aquella ocasión que ahora recuerdo, el tema es la elección de una de las dos como pareja. Estaba solo en el salón, era de noche, estaba frente a la chimenea, las luces apagadas; el jardinero se había ido a dormir a su casa y el mayordomo está en su habitación, supongo que ya acostado. El silencio era absoluto, tan solo roto por el crepitar del fuego, parte del salón estaba a oscuras y por la puerta, que sale a una pequeña sala que desemboca en un largo pasillo, se puede ver a la oscuridad mirándote directamente a los ojos. Apuré el vaso que tenía en la mano y me interné en esa oscuridad camino de mi cama, que me estaba esperando en el piso de arriba.
Al día siguiente decidí ir al gimnasio.
-Hola, Antonio –que es como me llamo, era Tatiana con una amplia sonrisa.
-Hola. Vamos a ver quién aguanta más hoy. -Señalé hacia el aparato de abdominales.
Tenemos un cierto pique, siempre amistoso.
La verdad es que nos cruzábamos muchas miradas, me animaba con pequeños abrazos, palmadas en el hombro…me encantaba cuando hacía eso. En una ocasión la mirada fue tan intensa que resultó evidente que la situación requería una explicación. Tatiana, que aparentaba más edad, no sólo en su físico, que es muy atlética ya que ha sido deportista profesional, también por su cabeza, me dijo que teníamos que hablar. Quedamos en mi casa esa tarde. Me contó que yo le gustaba pero que no sabía hasta qué punto para llegar a ser pareja. Le dije que lo meditásemos los dos. No le dije que había otra chica. Necesitaba tiempo para saber cuál era mi situación con Paloma.
Regresé a Madrid y lo primero que hice fue quedar con Paloma. Mi intención era hablar de forma clara sobre mis sentimientos hacia ella. Fui a su casa. Nadie nos iba a molestar porque su padre estaba de viaje y su madre con unas amigas. Ella permanecía casi recluida en su casa debido a que estaba preparando unas oposiciones.
-Hola, primo. –Me llamaba siempre por mi nombre, pero de forma cariñosa me llamaba primo a veces.
-Hola preciosa. –Nos damos un par de besos, era costumbre familiar.
-¿Qué tal por Galicia, te has aburrido mucho? –Me dio una palmadita en la cara.
-Necesitaba pasar tres semanas solo, tengo muchas cosas en la cabeza. –Asintió.
-Tienes suerte de poder tomarte los días que quieres.
-Mi jefe me debe mucho y no se puede negar a nada de lo que le pida.
-Pareces rico, claro como tienes mayordomo… -Lo dijo de forma burlona.
-Pues sí, la verdad es que hace raro en estos tiempos tener mayordomo. –Soltamos los dos una carcajada.
La conversación siguió en un tono muy ameno y no veía el momento de decirle que quería hablar con ella. Mi oportunidad vino cuando vi su correo encima de la mesa. Antes de partir hacia Madrid escribí una carta dirigida a Paloma. No pensaba enviarla pero al final lo hice. Le pregunté que si no veía su correo, me dice que como está estudiando ni se acuerda de él. Le ojea y le noté en sus ojos la sorpresa de ver una carta dirigida a ella con mi nombre en el remite. Me miró y sin decir una palabra la abrió y la empezó a leer.
Venía a decir que sentía algo muy especial por ella, pero que respetaba su decisión. Era una declaración en toda regla. La palabra escrita siempre se me dio mejor.
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Cuando terminó de leerla se quedó inmóvil mirando muy fija a la carta, soltó un suspiro, cogió aire y me miró a los ojos. Me sonrió, pero no parecía que fuera a decirme que ella sentía lo mismo por mí:
-Yo sospechaba algo así desde hace un tiempo.-Me colocó su mano en mi hombro.
-No lo he buscado, tan solo ha surgido así, sin más…-Mi voz se entrecorta.
-No entiendo una cosa, ¿Por qué no me lo has dicho antes? –La seriedad acudió a su rostro.
-No sé. Nuestro parentesco, no tengo claro lo que siento...
-Venga…estás enamorado de mí y punto. –Parece enfadada.
-No lo veo tan simple.
Me sigue diciendo que ella nunca me ha visto un chico como los demás y que estas cosas no se pueden forzar. Pero que debo saber que ella me ha querido y me querrá siempre. Bueno eso es una negativa.
Pasados dos meses volví a Galicia. Quería averiguar qué pasaba con Tatiana. Volvía a estar sumido en mis pensamientos en el gran salón, a oscuras y con la chimenea encendida. Las tardes y noches, hasta que me iba a dormir, no hacía otra cosa que pensar en Tatiana; no tengo televisión y casi nunca tenía cobertura en el móvil. Cuando el jardinero y el mayordomo se iban a dormir, no se oía ninguna voz humana. Por el día, no es que tuviera más cosas que hacer, pero hacía cosas en el jardín, paseaba a los tres perros que tenía allí, hablaba, poca cosa, con el jardinero e iba de vez en cuando al gimnasio. Tatiana seguía siendo muy amable conmigo, seguía acompañándome en mis ejercicios; parecía que todo seguía igual pero quería saber cuáles eran sus sentimientos en ese momento hacia mí. No sabía cómo preguntárselo.
Una de esas noches estaba pensando en cómo podía averiguar si Tatiana se había enamorado de mí, pero no llegué a ninguna conclusión y me quedé dormido. De pronto me sobresaltó un ruido. Era un ruido sordo y que hizo retumbar las paredes. Me quedé quieto y escuché pasos en la parte de arriba. Justo encima está la habitación de mis padres, bueno ya solo de mi padre. Se volvió a escuchar otro ruido, más fuerte que el anterior. A continuación pasos que salían de la habitación. No tenía miedo, porque pensaba que era Venancio, el mayordomo. Pero me puse nervioso cuando vi por la ventana a Venancio cerrando la puerta del cobertizo donde estaban los perros porque estaba empezando a llover. No supe qué pensar. Empezaban a surgir relámpagos del cielo, la tormenta todavía estaba lejos, pero los rayos iluminaban el salón. Venancio se dirigió rápido a la entrada y subió directamente a su habitación. Yo pensé en que tenía que atravesar el pasillo con su espesa oscuridad. Ahora sí tenía miedo. Aumentó cuando un relámpago recortó una figura humana en la ventana, o eso me pareció, al mismo tiempo el ruido del trueno inundó todo, fue un ruido aterrador. Lo único que se me ocurrió fue salir corriendo, prácticamente no tocaba el suelo, salí del pasillo y subí las escaleras de cuatro en cuatro, entré en mi habitación, me quité los zapatos sin parar de correr y me metí en la cama sin desvestirme. Quedé debajo de las sábanas, cabeza incluida. Se podía oír la violencia de la tormenta, viento muy fuerte con abundante lluvia. Al final me dormí.
A la mañana siguiente todo había pasado y lucía un espléndido sol en el azul del cielo. Estaba solo ya que era el día libre de Venancio y Pablo, el jardinero, se había ido al médico con su esposa. A media mañana oí que se abría una puerta, yo diría que era la del sótano. Sentí que se acercaba alguien por el pasillo, estaba expectante y me tranquilicé, a la vez que me sorprendí, cuando Paloma apareció por la puerta del salón.
Me quería convencer de que Tatiana debía ser mi novia. Como sabía que no estaba comunicado quiso venir en persona. No sé cómo se enteraría de lo de Tatiana porque no se lo dije a nadie, pero no lo di importancia. Pasé el día con Paloma. Me dijo que estaba segura de que mi madre estaría encantada con Tatiana. Al final quedé completamente convencido que debía ir a por Tatiana, estaba seguro que estábamos enamorados el uno del otro.
Ya entrada la tarde, antes de que volviera Venancio, Paloma decidió marcharse y no la pude convencer de lo contrario.
Al día siguiente me desperté con la peor de las noticias. Sonó mi móvil y era mi padre. No había tenido cobertura los dos últimos días. Me comunicó que Paloma había tenido un accidente de tráfico. Pregunté que si había sido a la vuelta. Se extrañó y me dijo que no, que iba a visitarme pero apenas había salido de Madrid ocurrió el desastre, murió en el acto. No entendía nada, pero lo entendí menos cuando me dijo que ocurrió hacía tres días… y estuve con ella el día anterior.