Una semana después le va a pedir que lo mate, que por lo que más quiera, lo mate:
—Pablo, matame, por lo que más quieras boludo, matame—. Le va a decir.
Esteban todavía no lo sabe, por supuesto. Pablo mucho menos. Nadie lo sabe aún. Ahora está en el auto. Es jueves y ya avisó que mañana no va. Que se siente muy mal y que le dieron setenta y dos horas de reposo. El certificado se lo consiguió Mariano, el Tordo, su compañero de viaje.
Acaban de llegar. Dejan el auto bajo la sombra de un árbol, justo al lado de la moto de Pablo, que los saluda desde lejos. El Tordo baja la conservadora y la sombrilla.
Esteban termina de cambiarse en el interior del 504. Se calza las ojotas y tira las zapatillas y el pantalón en el asiento de atrás. Mariano lo apura:
—Dale, boludo, que el sol está picante.
Esteban enciende un cigarrillo, cierra de un portazo y lo alcanza igual de impaciente. Se acercan en silencio. Pablo los intercepta con una sonrisa infantil y los saluda con un beso:
—Qué viajecito; qué haces, Tordo—. Estira la mano y se hace cargo de la conservadora. Está pesada.
—La Patricia no llegó todavía—. Pregunta Esteban con tono afirmativo.
—No, avisó que salen mañana. Que están acá para el mediodía.
—Viene con amigas—. Pregunta El Tordo en el mismo tono.
—Viene con amigas—. Asegura Pablo.
Dejan las cosas en la parrilla que ya larga chispas y El Tordo reparte tres cervezas y vuelve a cerrar la conservadora. Ese es su asiento.
Pablo corta pan, y en seguida están comiendo. Comiendo y tomando.
Hace calor, pero a la sombra se aguanta bien. Hablan de trabajo, de los partidos del domingo, del estado de la ruta; conversan sin saber que una semana después Esteban le va a pedir a Pablo, que por favor lo mate. Que por lo que más quiera…
Planean el atraco, porque La Patricia es de Esteban, pero las otras dos…
—Picamos un poco y levantamos campamento—. Propone Esteban.
—El arrollo está siguiendo ese caminito—. Señala Pablo, con la mano que carga la cerveza. Conseguí un lugar bastante piola, ¿no?
El Tordo afirma sin dejar de masticar. Esteban está más callado que de costumbre, pero ya le brillan los ojos. En cualquier momento se suelta.
Empieza a llegar más gente. Guardan los cachivaches en la carpa de Pablo y bajan al vuelo por el caminito. El Tordo va en el medio, Pablo y esteban parecen sus custodios, los escoltas de la cerveza.
Se acomodan en la única sombra que quedó libre. A unos metros hay unos pibes jugando. Unos pasos más allá, unas señoras mayores sentadas sobre las piedras, se dejan mojar los tobillos.
—¿Cómo está el agua?—Murmura El tordo y se acerca tímidamente. Deja las ojotas a un lado y se mete hasta las rodillas:
—Hermosa—. Dice mojándose los brazos y los hombros.
Esteban se acomoda sobre una toalla y se enciende otro cigarrillo. Le convida uno a Pablo:
—Estoy intentado dejarlo, sabés—. Expulsa el humo con la esperanza de que ese, o tal vez el siguiente, será el último. No sabe que una semana después querrá morirse, que lo maten. No sabe, porque si supiera, se fumaría todos los cigarrillos posibles.
—¿Todo bien con La Patricia?—Pregunta Esteban.
—Sí, está enculada porque dice que hace rato que no paso por lo de la vieja, que ella tiene que hacer todo, que yo ya ni aporto, que pareciera que es hija única. Vos sabes cómo es.
—Es jodida La Patricia.
El Tordo ya está nadando en dirección al salto. El agua es transparente pero se ve opaca, negra.
—Debe ser profunda la olla.
—Seis metros y medio tiene, hay un cartel. Y el salto tiene como diez.
Un pibe se tira y recorre en un segundo los casi diez metros que hay desde lo alto de la cascada. En seguida está afuera otra vez. El Tordo lo sigue. Se trepa a la piedra como si la conociera de toda la vida. Como si en lugar de doctor fuera alpinista.
Desaparece de la vista por unos segundos y vuelve a aparecer atrás del pibe. Lleva un short blanco tan anacrónico como su peinado. Primero el pibe, que se ve que algo le dice, seguro le dice que es una pavada, que si él puede, que no sea cagón. Se tira con displicencia. Es pícaro el pibe.
El Tordo se asoma. El pibe le señala el lugar adonde le conviene caer. Acomoda las piernas y pega el salto. Se escucha el estallido al chocar contra el agua y cuando sale, escupe un grito eufórico. El pibe lo mira con cara de qué viejo pelotudo.
Se queda un rato haciendo la plancha en la olla y como ve que no lo siguen, vuelve y se sienta a un lado de Pablo:
—Está hermosa—. Abre una lata de cerveza negra y reparte otras dos.
—Te portaste con la heladera, Tordo.
—Faltaría hielo.
—Después compramos. Cruzando la entrada está la proveeduría. Ahí venden.
—Yo voy—. Apura Esteban. Se para y vacía la cerveza en un único sorbo.
—¿Querés plata?
—No, tengo en el auto.
Los dos saben que Esteban se fue a “tomar”. Porque cuando Esteban se borra es porque está “tomando” y ya saben que no le tienen que hablar por un largo rato. Pablo ya no “toma” y Esteban lo sabe. Por eso no lo invita. Esteban lo cuida como a un hermano.
El Tordo rompe el silencio. Le pregunta qué tal las minas, si son macanudas, que espera que no sean nariz parada como la que llevó al quince de la hija de La Mariela, que cuando estén ellas le diga Marcelo, que Tordo queda feo…
Lo mismo que vino repitiéndole a Esteban durante las ocho horas que les demandó el viaje.
Pablo le dice que no sabe, que hay que ver, que si vienen ya saben para qué, que no se van a hacer las boludas y que más vale mal acompañado que solo y que no le rompa las pelotas. que para todos es El Tordo; que se deje de boludeces.
Chocan las botellas en un brindis improvisado, sin saber muy bien el motivo, pero que abarca todo: las minas que llegan mañana, el día hermoso que hace, la cerveza que no se acaba.
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Pablo se acuesta. Viajó toda la noche y, ahora que puede, se va a tirar un rato.
Se despierta por los gritos. Son Esteban y El tordo que están discutiendo en el medio de la olla. Desde la orilla, son sólo dos cabezas que se putean desde lejos. Los ignora, cosa de borrachos, piensa. Siguen los gritos, pero se le cierran los ojos. Que se caguen, piensa.
Una hora más tarde vuelve a despertarse por el ardor de la frente y de los hombros. Es sol se movió y le quemó la piel.
El Tordo está durmiendo a un lado. Esteban no está. Otra vez tomando, piensa.
Destapa una rubia. Olvidó el bronceador en la carpa. Qué pelotudo.
Esteban está sentado al borde de la cascada. Se moja los pies con el agua que le pega con violencia y que, si no se agarra, lo tira más rápido de lo que tarda en darse cuenta, más rápido de lo que va a tardar cuando se tire. Todavía no lo decide, pero se va a tirar el muy idiota.
Es el momento donde algo podría haber cambiado. No paro de imaginar otro final. Me levanto, tiro el cigarrillo y le doy bola a Pablo que me grita que me baje por el otro lado, dando la vuelta; o tomo envión y salto bien lejos, al centro de la olla, adonde supo caer El Tordo. Y nada de fanfarronear con un clavado, El Tordo será lo que será, pero tiene razón. Las piedras estarán mojadas, pero te parten la cabeza igual, y después no te acordás de nada y terminás más duro que de costumbre, en la cama de algún hospital.
Ahora no me queda más que imaginar otros finales y esperar que venga Pablo. La Patricia mejor que ni venga, porque no se lo va a permitir y qué le queda al lado de un cuadripléjico que ya ni merca puede tomar, y para qué.
Me queda esperarlo a Pablo, y pedirle que me mate, que así no sigo. Que lo quiero como un hermano, que si no se lo pido a él a quién. Que se quede escondido en el baño, y que cuando no haya nadie, apriete algún botón o desconecte alguna manguera; o que simplemente me aplaste la cara con la almohada; que igual ya ni la siento.
Que venga y que me mate, por lo que más quiera.
Advierto la presencia de giros o licencias de vital importancia en el plano descriptivo, oportunamente aplicados e infundiendo el efecto de realidad al conjunto de lo narrado.
Una historia con armazón estable, solidez sintáctica y enunciados que ofrecen al lector una ilación lógica y atrayente. Me ha parecido una composición admirable.
Aunque jamás podría empañar la calidad del relato que nos acercas, reconozco la presencia de alguna falla ortográfica que se repite; según mi criterio debiera ser corregida.
Gracias, Palíndromo, por dejarnos ver lo que escribes.
gracias!
Lo voy a releer para ver los errores que dices, pero si me los dices y me evitas el trabajo...agradecido!
Gracias!
Un cordial saludo.
Gracias por la sutileza, ya lo corregí!
Gracias otra vez
Solo que si has amparo te dice que no se entiende ¿cómo es que no se entenderá nada de nada?
Sé más directa, solo así puedo mejorar...
ya nos conocemos...
Y que es un mezcla de estilos tan: ahora corto, ahora largo y directo e indirecto...
Vamos, que trates de escribir para alguien fuera de tu casa y que, por favor, trates de ser coherente.
Hay cosas que me gustan, por si te interesa, pero el conjunto, lo siento, es mediocre
Gracias, auxi.
Me subestimas y te sobrestimas.
Una evaluación errónea; según mi parecer el trabajo no es mediocre.
Observo cómo saltas de un texto al otro, Auxi, emitiendo sentencia; lo cierto es que la sintaxis defectuosa de tus escritos, la puntuación imprecisa y la angostura de tu lenguaje nunca podrían aspirar a la observación literaria calificada, quizá al borrador o a la declaración deficiente y ligera emitida sobre la marcha, siendo generosos. Observo que estás desorientada, derrapando en la panza de tus limitaciones.
Lee, lee mucho; ensancharás las proporciones de tu panorama.
Imagino que una persona como tú, acostumbrada a la franqueza, agradecerá mi sugerencia.
Un cordial saludo.
Saludos cordiales.
Saludos.