Primero, sentados en la “Zona jardín” del centro comercial, montábamos en nuestro chalet, que sólo existía en nuestra mente, un jardín con la hierba siempre recortada, mesas y sillas de hierro forjado que le daban un toque de distinción a la parcela, flores coloridas en cualquier época del año y una inmensa pérgola de madera de la que colgaba una preciosa lámpara. Satisfechos, nos movíamos a la “Zona infantil”, donde nuestro hijo, que aún no habíamos ni intentado crear, lo pensábamos odiando el fútbol y jugando a leer cuentos desde nada más nacer, para finalmente licenciarlo en derecho y sacarle la oposición de juez. Conseguido esto, nos gustaba dejarnos caer por la “Zona de cosmética”, y pensar lo bien que oleríamos en la graduación de nuestra segunda hija, en el aula magna de la facultad de medicina. Ella, con su perfecta sonrisa y nosotros cogidos de la mano, mientras los profesores nos felicitaban y le ofrecían trabajos de responsabilidad. Nos gustaba terminar en la “Zona de alimentación”, con nuestro chalet, el del jardín y las flores bellas, y nuestros dos hijos cuasi perfectos —la perfección absoluta crea envidias, por lo que no queremos pensarlos así— discutían sobre algún tema de actualidad —con probabilidad de política—, mientras se deleitaban comiendo jamón de cuatrocientos euros la pieza y vino de importación. Quizá mi hijo, entre copa y copa, tendría el detalle de podar una rosa del jardín y regalármela.
Así nos gustaba pasar las tardes en el centro comercial, imaginando y pensando qué podríamos ser y en qué podríamos convertir a nuestros hijos para que fueran felices —pos supuesto, sin preguntarles si el futuro que habíamos pensado para ellos les haría dichosos—.
Y digo “nos gustaba”, porque ya no estamos juntos. Me ha dejado por “miedo a comprometerse y no poder cumplir con mis expectativas”. Yo creo que es una escusa, pero ahora soy yo la que viene sola y recorro las diferentes zonas del centro comercial, imaginando el futuro, pensando qué será lo mejor para mí y mi chalet (ahora no descarto pensar en amueblarme un ático imaginario). He dejado de elucubrar qué puede ser lo mejor para mis hijos, porque ya no sé si tendré ni cuántos serán. Ahora que soy madre soltera, la cosa está complicada. Y aunque podría hacerme una inseminación-artificial-imaginaria (o algo similar), creo que prefiero el método natural. Además, dudo que mi futura pareja acepte hijos —aunque sean imaginarios— que no sean suyos. Los hombres son celosos para estas cosas, qué se le va a hacer.
Me planteo también la posibilidad de iniciar una relación con un hombre ficticio (no me gusta cerrarme puertas, y menos mentales) los cuales abundan en mi mente —altos, rubios, ojos claros, espaldas anchas, con sentido del humor aunque no chistosos— pero no le veo futuro a este amorío porque, como pasaría con mis hijos mentales si fueran perfectos, tengo amigas imaginarias —y reales— que son celosas hasta la extenuación y serían capaces de tratar de seducirlos. Y es que, a veces, ni en mi mente soy libre ni puedo dejar de ser buena persona, porque cualquier otra lo primero que haría sería expulsarlas de ese reino personal y, si esto no funcionara, las mataría y arreglado. ¿Quién investigaría un crimen que nunca ha existido? Pero no me atrevo por miedo a que se enfaden conmigo o me arreste mi propia policía mental, me declaren culpable y termine encerrada en una cárcel ficticia, con gruesos barrotes invisibles, de la que no podría salir hasta cumplir condena (suponiendo que el juez que yo me impusiera no me condenara a muerte, y a ver cómo narices iba a resucitar. ¿Y qué sería de mi mente sin mí?).
Total, que aquí ando, a medio camino entre lo real y lo ficticio, que en mi caso es como estar anclada entre dos zonas, como la de “Jardín” y la de “Alimentación”. Y pese a que todavía estoy deprimida y confusa por mi ruptura, una cosa tengo clara: mi futuro novio será real, de los que se pueden tocar, porque soy una mujer tradicional y nunca me ha gustado el sexo a distancia (o ciber sexo, podríamos llamarlo hoy en día).
Comentarios
Muchas gracias!! Tienes toda la razón! Voy a ver si lo aumento
Así nos gustaba pasar las tardes en el centro comercial, imaginando y pensando qué podríamos ser y en qué podríamos convertir a nuestros hijos para que fueran felices —pos supuesto, sin preguntarles si el futuro que habíamos pensado para ellos les haría dichosos—.
Y digo “nos gustaba”, porque ya no estamos juntos. Me ha dejado por “miedo a comprometerse y no poder cumplir con mis expectativas”. Yo creo que es una escusa, pero ahora soy yo la que viene sola y recorro las diferentes zonas del centro comercial, imaginando el futuro, pensando qué será lo mejor para mí y mi chalet (ahora no descarto pensar en amueblarme un ático imaginario). He dejado de elucubrar qué puede ser lo mejor para mis hijos, porque ya no sé si tendré ni cuántos serán. Ahora que soy madre soltera, la cosa está complicada. Y aunque podría hacerme una inseminación-artificial-imaginaria (o algo similar), creo que prefiero el método natural. Además, dudo que mi futura pareja acepte hijos —aunque sean imaginarios— que no sean suyos. Los hombres son celosos para estas cosas, qué se le va a hacer.
Me planteo también la posibilidad de iniciar una relación con un hombre ficticio (no me gusta cerrarme puertas, y menos mentales) los cuales abundan en mi mente —altos, rubios, ojos claros, espaldas anchas, con sentido del humor aunque no chistosos— pero no le veo futuro a este amorío porque, como pasaría con mis hijos mentales si fueran perfectos, tengo amigas imaginarias —y reales— que son celosas hasta la extenuación y serían capaces de tratar de seducirlos. Y es que, a veces, ni en mi mente soy libre ni puedo dejar de ser buena persona, porque cualquier otra lo primero que haría sería expulsarlas de ese reino personal y, si esto no funcionara, las mataría y arreglado. ¿Quién investigaría un crimen que nunca ha existido? Pero no me atrevo por miedo a que se enfaden conmigo o me arreste mi propia policía mental, me declaren culpable y termine encerrada en una cárcel ficticia, con gruesos barrotes invisibles, de la que no podría salir hasta cumplir condena (suponiendo que el juez que yo me impusiera no me condenara a muerte, y a ver cómo narices iba a resucitar. ¿Y qué sería de mi mente sin mí?).
Total, que aquí ando, a medio camino entre lo real y lo ficticio, que en mi caso es como estar anclada entre dos zonas, como la de “Jardín” y la de “Alimentación”. Y pese a que todavía estoy deprimida y confusa por mi ruptura, una cosa tengo clara: mi futuro novio será real, de los que se pueden tocar, porque soy una mujer tradicional y nunca me ha gustado el sexo a distancia (o ciber sexo, podríamos llamarlo hoy en día).