Bueno ya que nadie se atreve a enviar algo para que lo leamos, empezaré a aportar algo de mi cosecha, pero por esta vez y sin que sirva de precedente, traeré aqui un escrito que por las cirucunstancias que podeis imaginaros al leerlo, cada vez que lo hago, se me saltan las lagrimas, y mira que han pasado años de lo que cuento.
Hay va:
CIPRESES MORIBUNDOS.
Hacia viento, como casi siempre. Y ese viento llevaba de un lado para otro un polvo, una tierra milenaria que habían pisado Celtas. Romanos. Árabes. Judíos, Portugueses y ahora las ráfagas de ese viento sonaba con palabras españolas. En la reja de la entrada, lo esperaba la “Pepi”. A el le habían quitado la bata y le hicieron vestirse con las ropas de cuando entró, y si antes le venían grandes, ahora el pantalón le quedaba corto y las mangas de la camisa le apretaban por encima de las muñecas. El día anterior por la tarde, después de comer, el barbero de las monjas le habían rapado la cabeza al dos, y las cicatrices blancas de las pedradas en la cabeza, se le veían desde lejos, y por eso la “Pepi”, se sonrió al verlo llegar. Le cogió de la mano y eso lo intimidó, pues su vecina de la calle la”Pepi” había cambiado, ahora estaba mas alta, con el pelo largo y hasta tenia tetas. Subieron para arriba, para su calle, y al bajar por la ladera, desde lejos, vio la carroza fúnebre, soberbia majestuosa. Aquellos caballos, y la imponente carroza valían más que una de aquellas míseras casas, si acaso más que la calle entera. No había muchos vecinos en la puerta, solo algunos niños que no le reconocieron, solo “El Pincho” se le quedó mirando desde la esquina. Aún no le había devuelto la canica de acero que le quito antes de que se lo llevaran a las monjas. La niña se metió en la casa y él se sentó en el escalón de piedra de la vivienda del al lado. Los caballos cansados de tanta espera, nerviosos se removían pateando las lastras de piedra de la calle de tierra.
-Se te ha muerto la madre-
Le dijo el primer niño que se acercó. Miguel se calló, no sabia que decir, en realidad no sabia nada. El niño le mostró un dado y estuvieron jugando con el un buen rato, los demás tres o cuatro, miraban en silencio. Al niño del dado lo llamó a gritos su madre, y Miguel le dijo.
-Me lo dejas, luego te lo doy.-
- No es lo mismo, quédatelo.-
Miguel se alegró ¡que regalo un dado de hueso todo para él. Se quedó solo en el escalón de piedra, pero el dado se le metió en un agujero y no pudo sacarlo. Su amigo Pedro el que vivía arriba en la montaña, y que hablaba como silbando porque le faltaban dientes, llegó, y él se alegró de verlo.
-Ya no vas a las monjas –
-No, es que se ha muerto mi madre.-
-¿Te vienes a cazar pájaros?
-No puedo tengo que ir al cementerio.-
Pedro no dijo nada, se quedó allí junto a él, mirando con un poco de miedo para los caballos. Sacaron la caja unos hombres con uniforme, como de gala, y detrás iba su abuela llorando, algunas vecinas lloraban también, y hasta alguna pegó un grito que sobresalto a las bestias. Miguel se puso al lado de su abuela y con él.
Pedro siguiéndole desde la acera. Bajaron por el otro lado de la calle. La carroza, por los grandes baches de la tierra se ladeaba, daba grandes bandazos, como un barco en una tormenta. Los acompañaban pocos vecinos, algunas mujeres, tres o cuatro hombres y el cura delante con el monaguillo hablando en voz altas palabras en un idioma raro. Miguel miraba a su amigo Pedro que caminaba un poco alejado distraído dándole patadas a las piedras o siguiendo con la vista a los pájaros que pasaban volando.
Subiendo cuesta arriba llegaron pronto a las puertas del cementerio. El tío Roque, como siempre estaba sentado en la puerta comiendo algo. Al pasar el cortejo se quitó la gorra, se inclinó ceremoniosamente escondiéndose el bocadillo de la otra mano en la espalda. Entonces se acercó Pedro.
-Oye ¿Sabes porque Roque siempre está comiendo ?-
-Es que tiene una solitaria, y si no come el bicho ese se lo comerá a él.-
-Tengo “Oros vivos” con los que caen los Alcaudones.-
-¿Te vienes luego a cazar a los pinos?-
- ¿Vendrá tu hermano?.-
- No. ha ido a vender los pájaros de la mañana a los bares.-
-Ayer se cansó de coger Tordos.-
-No se puede, el Tordo no cae en las trampas y si cae se las lleva.-
- No el sordomudo tiene redes.-
Los golpes de los pedruscos mezclados con la tierra negruzca, cayendo en la fosa y pegando en la madera del ataúd les sobresaltaron, y los dejó callados. Era un ruido sordo feo, macabro que sonaban en aquel silencio y su eco en las paredes cercanas de los nichos se repetían. Detrás de la tapia del minúsculo cementerio estaba el Mar, y el rompiente de las rocas de la costa, era el lugar por donde tiraban las basuras y los animales muertos.
Las Gaviotas en ese punto eran miles, y hasta allí llegaba lejano, su escandaloso graznar. Los cipreses estaban como tristes, doblados sobre si mismo, blanquecinas sus ramas de polvo blanco -
¿Y la tumba de tu padre donde está?
-no lo sé.-
-¿La buscamos?-
-Bueno-
Poco a poco mirando y leyendo los nombre de las tumbas, se fueron separando del grupo. Pedro se inclinó para enderezar una cruz de madera casi caída en la tierra
-¿Te acuerdas de tu madre?-
-Si.-
Miguel pensaba que se acordaba poco. Era muy pequeño cuando lo metieron en las monjas, y la última vez que lo llevaron para verla estaba muy enferma y no lo reconoció. Entre todos los niños de la calle que se acercaron a la cama, no lo pudo distinguir. Aquella misma noche murió. Había parido la perra “Chispas” y el practicante que le había puesto a la última inyección a su madre se llevó un cachorrillo. Cuando empezaron a subir la pendiente, desde arriba, se veía mucho mejor el cementerio, las rocas con la espuma blanca de las olas chocando, el cúmulo de gaviotas peleándose en el aire, y las tumbas cada vez más pequeñas y lejanas. Ya no quedaba nadie allí. Solo la silueta de negro de su abuela se distinguía del blanco de cal de las paredes.
Rocinante_________________"
Comentarios
Con esto no quiero decir que no esté bien, ni nada por el estilo, pero que parece que estoy viendo al pobre crío.
Un saludo
Habrá más.
saludos cordiales.
Rocinante
pobre niño aquel...
me gusto mucho la historia.. me mantuvo imaginando y viendo las cosas muy claras..
me encantaron las descripciones que usas, de los sonidos, de los lugares.
no tengo nada mas que decir..
felicitaciones..
un gusto leer tan buena historia
Escribes muy bien Roci, cada vez me sorprendes mas.., tienes un estilo que nos haces vivir tus relatos.
un abrazo,