Después de un atasco exasperante, los aparcamientos del supermercado, a la caza de un hueco escaso. Era sábado por la mañana y muchos habían pensado ir de compras. La estrecha calzada que configuraba los cuadros de aquel inmenso aparcamiento estaba repeleta de turismos. No obstante, estaba convencido de que iba a encontrar aparcamiento. Y así fue. Hacía calor, lo cual se tradujo en una bofetada cuando entró y se topó con el ambiente de aire acondicionado, murmullos de cuerpos que empujaban carritos de compra y una melodía constante y suave, rosa. Por un momento sintió que las fuerzas le fallaban, aunque se repuso rápidamente. En las cajas registradoras había largas colas, lo cual le hizo proferir un quejido. Tenía prisa. Tenía en su cabeza tres cosas: pañales para bebé, pizza congelada y agua mineral. No era mucho y lo podía conseguir rápido, pero las colas para pagar hacían de su prisa un hecho frustrado. Se resignó y se adentró en los pasillos marcados por las estanterías rebosantes de productos. Se sintió desorientado hasta que encontró la zona de bollería y su aroma a pan recién hecho. Entonces supo cómo llegar a las estanterías que guardaban los pañales, no sin antes tropezar con una mujer mayor, después con un niño de unos seis años que correteaba y finalmente con un carrito de compra empujado por una mujer coloreada que le pidió dispculpas. El carrito le hizo daño, pero no tardó en olvidarlo cuando, frente a una ristra de paquetes de pañales de diferentes colores y marcas, se dio cuenta de que no recordaba que marca utilizaban. Su mujer había insistido en que debía comprar algo así como Angelitos. Pero tras mirar un rato advirtió que allí no había ningún Angelito ni nada que se le pareciera. Cogió el móvil y llamó a su mujer. Nadie contestó. Todos los pañales ofrecían culitos sanos y todos parecían perfectos para el culito de su bebé. Intentó otra llamada. Esta vez su mujer descolgó. Nada de Angelitos sino Principitos. Colgó y se sintió ambrumado y mareado cuando vio que los Principitos se distinguían por empaquetados rosas, blancos, lilas y celestes. Cada color correspondía con un tipo de piel de bebé. Llamó de nuevo. Nunca hubiera dicho que el culito de su bebé fuera sensible y fácilmente irritable; de modo que se quedó con un Principito rosa. Con el agua tuvo menos problemas. La más barata. En la zona de los congelados tuvo un mareo más fuerte. Tardó unos segundos en reponerse. Empezaba a sentirse inqueito. En el brazo izquierdo se inició una serie de pinchazos que le acompañó cuando, tras mirar un rato la variada oferta, dudaba sobre si quedarse con la pizza RISTORANTTE CAMPESTRE o con la pizza BRAVA FIESTA DE LA CARNE o con la pizza DELICIA FRUTOS DEL MEDITERRANEO o con la pizza TRADIZIONE 4 QUESOS. Se dijo que podía pagar las cuatro y que ya encontraría la ocasión para cada una. Dirigiendose hacía las cajas registradoras las piernas flojearon. Cuando se repuso recordó la prisa y buscó una caja con poca cola. Sudaba pese al ambiente fresco. Identificó una en la que tan solo le precedían tres personas. Sin embargo, se lamentó en silencio cuando comprobó que los respectivos carros de compra estaban repletos de articulos. Entonces tuvo un intenso y largo pinchazo en el brazo izquierdo, excesivamente doloroso. Después cayó al suelo, fulminado.
- ¡Llamen a una ambulancia!
- ¡Un médico!
- Que más da, uno menos.
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