El ser humano y la violencia parecieran ser dos componentes ligados por un indestructible cordón umbilical ya desde los remotos tiempos de la Prehistoria. No en vano, aquellos primeros especímenes homínidos del planeta, precursores de nuestro linaje, impelidos por la crudeza de los elementos, por los rigores de una tierra ardua y severa y por el instintivo afán de supervivencia al precio que fuera menester pagar, no dudaron ni por un instante en ir paulatinamente perfeccionando las técnicas de aniquilamiento y destrucción con que despojar al que les resultaba, ya bestia o ya semejante, invariablemente ajeno, de todo aquello que pudiera ser fructífero a sus particulares intereses.
La violencia caquéctica y desnuda, que como la peste arrasa cuanto posee el infortunio de anidar en su camino, ha sido sin embargo ataviada a lo largo de las eras de vestimentas con que aromatizarla y ennoblecerla: el sometimiento, la esclavitud, la subyugación, el desprecio y el impedimento al desarrollo de cualquier comunidad, cultura, filosofía o metodología entendida como nociva o heterodoxa son tendencias inherentes a nuestra condición, que rigen con mano de hierro el recorrido vital de nuestra especie desde el original albor del recuerdo. Podríamos afirmar, de hecho, que el relato escrito por el hombre a partir del momento en que se irguió sobre dos piernas en vez de andar a cuatro patas no es otro sino el de la continua lucha por sujetar al bárbaro y díscolo, enclaustrándolo en el sistema de valores y pautas de comportamiento de quien a la sazón ha manejado los privilegios del poder. Con la aparición del veneno de la religión, de sus verdades reveladas, de su cuerpo de dogmatismos, asertos y delirios de eternidad y de su reducción de la explicación de la realidad a los conceptos de bondad y maldad, personajes variopintos arropados por una inmensa masa de fanatismos cohonestaron las más abominables hazañas con motivos de piedad y mandamientos divinos y con la ciega confianza en la irrebatibilidad de sus ideas. Así, tras el derrumbe del Imperio Romano de Occidente a causa de la descentralización de la autoridad y de la abundancia de grandes extensiones de territorio en manos de hombres deslindados de la urbe, pero de boquilla dependientes de ella, somos partícipes de una etapa medieval jalonada de tumultos, conflagraciones y masacres de rostro sanguinario con el objetivo principal de exterminar al que abraza otra mentalidad si no puede hacérsele reconvertirse a la sabia y verdadera, de un Renacimiento en donde la obsesión por las conspiraciones del infiel, del hereje, apóstata y renegado imbuye a monarcas sedientos de fama a arrogarse la potestad de sembrar el caos en el continente, en donde se emprende la megalómana empresa de anudar la virgen e ignota América con el brazo sagrado de Jesucristo mientras se depreda y destruye todo cimiento de un mundo adjetivado de impío, brutal, oscuro y salvaje, y de un inicio de la modernidad donde el confalón de la igualdad, la libertad y la fraternidad deja a la postre ver su íntima esencia de odio, de explotación y de despotismo: es, ahondando más, en lo que refiere a Occidente y sus luengas influencias, el siglo XIX un tablero de ejércitos encontrados, de posiciones radicales, de piezas blancas y piezas negras sin ninguna distinción de matices o intermedios, que engendró con una crianza lenta pero extremadamente sólida la criatura de la hincha, el encono y la pasión por borrar del mapa todo lo que contradijera unos criterios predefinidos. Si la Primera Guerra Mundial, iniciada en el polvorín centroeuropeo por grupos revolucionarios e inmediatamente hecha incendio por decretos de emperadores despiadadamente limitados de miras, golpeó con una intensidad aterradora la creencia en la capacidad del hombre para progresar por los senderos de la paz y la armonía con la Naturaleza, demostrando a fuerza de metralla y de gases mostaza la hilaridad de aquellos postulados ilustrados según los cuales este hallábase destinado a encumbrarse en el altar del bienestar merced al don de la razón y sumiendo a un tanto por ciento indescifrable de población en la mayor ruina física y espiritual imaginable, los tratados que pretendieron cerrarla no solamente estuvieron inspirados por el recelo y la indefinición, mas agredieron con rudeza tal a los países derrotados, imponiéndoles insostenibles gravámenes, que dos decenios más tarde hubieron de facilitar la explosión de una nueva carnicería mundial. El león nacionalsocialista, hambriento y dispuesto a fecundar la tierra con su simiente, no aspiraba sólo a la conquista de una geografía que, de acuerdo con su aparato demagógico, le pertenecía: codiciaba la obliteración sin excepción de todo aquel ser viviente desposeído de sus rasgos genéticos característicos. Los científicos al servicio del régimen, movidos por la necesidad de dar justificante al inminente genocidio, se afanaron en la corroboración empírica, echando mano de cualquier resorte disponible, de que la así llamada raza aria reunía los dones virtuosos de fiereza, belicosidad, inteligencia, sabiduría y perfección física que le hacían digna merecedora de sobrevivir y de decidir los designios de géneros inferiores, tal que eran el eslavo y el judío. Este último, convertido en chivo expiatorio de los males pretéritos y hecho culpable de la coyuntura descendente sufrida por la nación alemana como causa de su excesiva acumulación de bienes y riquezas hereditarias, fue, a partir de cierto punto de inflexión en el conflicto y una vez el súbito detenimiento en el avance de la campaña oriental irritara a los mandos nazis, sistemáticamente exterminado sin otra defensa, amparo o derecho a expresión que el que se pudiese conceder a un perro rabioso. La tecnología, que escasos años atrás era mirada como la pastora que guiaría los ganados humanos por la esfera del progreso, segó en la vorágine de la locura tantas vidas en la isla central del Japón en un segundo como meses y meses de combate directo no hubieran alcanzado, abriendo el interrogante sobre el verdadero ceño de la civilización, la real dimensión del alma del hombre, y descubriendo con su poder finalizador la perturbadora contradicción de que, a raíz de la desolación y la pérdida irrecuperable de tantos engranajes materiales en Europa, pudiera existir igual número de nuevos millonarios y de adinerados capitalistas beneficiados por la guerra en el opuesto rincón del globo. Celebrada por lo alto fue la rendición incondicional de las potencias del Eje, y besos encarnizadamente amorosos, no menos violentos, cubrieron las calles de la ciudad de Nueva York en un alarde de regocijo y festividad. Como si clausurar el cumpleaños de la Muerte y la marcha momentánea del Diablo del edén descrito por la Biblia fuera, bien pensado, excusa para el triunfalismo y el ensordecedor griterío de las gentes. Solamente las más reflexivas y cautas mentes percibieron la profundidad de la catástrofe, lo cerca que la inercia del odio hubo de estar de provocar el suicidio colectivo del hombre. Aterrada, pues, de sí misma, la sociedad contemporánea vino a crear la Organización de las Naciones Unidas en un intento por volver globales los problemas particulares, por congregar los sentimientos de la mayoría de gobiernos, o, mejor dicho, de los de los estados más influyentes y dotados militar y económicamente en una sola voz que dictaminara qué hacer y cómo hacerlo llegado el caso y el deber. No fue, sin embargo, esta institución la responsable de que la competitividad entre la antigua Unión Soviética y Norteamérica, entre dos formas de entender la convivencia diametralmente antagónicas, no desembocara en incontrolable bombardeo nuclear, sino la certeza previamente atisbada de que tal encadenamiento supondría el acabamiento, en una guerra de imposible victoria, de todo el legado humano transmitido a lo largo de los siglos. Ni sus maravillosas sobre el papel sanciones, redactadas al calor del idealismo, del romanticismo ingenuo, de la fe en la gentileza de las palabras como sustitutas de las balas, de la exquisita frase de Abraham Lincoln que reza, solemnemente, <<Ningún hombre es lo bastante bueno para gobernar a otro sin su consentimiento>>, evitaron ni evitan las desigualdades en las que se avergüenza nuestro mundo, las hambrunas que asolan la mitad del globo mientras las mesas de la restante rebosan de manjares y selectas especias, o los brotes clasistas, xenófobos y egocéntricos que dilapidan el valor de cualquier producto de ingenio apartado de la preceptiva reinante y comúnmente aceptada: en el mejor de los escenarios, sólo otorgaron y otorgan una tarjeta de legalidad, de condonación, a los mismos desafueros en que la encantadora sensación de fulminar al prójimo por encima del hombro hace incurrir incansablemente a las generaciones. Ahí están, para diario disfrute, las idénticas invasiones, disputas y altercados que otrora por el oro y la plata, ahora por el petróleo y los recursos naturales, acompañaron y acompañan cada reaparición del astro solar. No es necesario sino encender ese invento que tanto ha colaborado al empequeñecimiento del cerebro (la bendita televisión) para nutrirse los sentidos de una colección de abusos, atropellos a la dignidad, infamias de ámbito individual o grupal y monstruosidades auspiciadas por el desconcierto, la incertidumbre y la inseguridad en que millones de personas existen como difícilmente el más morboso fantaseador podría imaginar.
Comentarios
Abarcas muchas temáticas. El texto fluye desbordado, a fatiga puedo seguir el hilo conductor. ¿Poner orden entre tanta confusión?
Sobre el arte moderno y contemporáneo, no concuerdo con tu comentario final, no todo es deneznable y pienso sea un error privativo llegar a esa conclusión.
Para futuras prosas, retornaré a mi natural concubinato con la ficción. Debido a mi falta de tablas académicas y continuas incursiones en el caos sintáctico, creo que habrá de ser allí donde estos defectos mejor se perdonen.
Un fuerte abrazo.
"todo tiempo pasado fue mejor"
Un argumento muy conservador y también muy simple.
En lo demás no opino, porque en mucho tengo yo mas para aprender de ti que tu de mi.
Un abrazo
Ante todo mi saludo cordial
Ha sido para mí muy grato e interesante leer tu obra, estoy recién llegada al foro
voy dando los primeros pasitos.
Muchas gracias por compartir
un abracito
Mariluz
Necesitaría de su excepcional talento para ponderarlo con justicia; creo que usted y el grueso de sus lectores no son conscientes de la auténtica e hiperbólica calidad del texto.
Recuerdo haber leído en un prólogo académico a un discurso de Cicerón, hablando sobre la diferencias entre aticismo y asianismo, que un ciceroniano puro, como Pietro Bembo, era inconcebible en la actualidad, casi ilegible para el lector común moderno: o mucho desbarro o usted es un ciceroniano del Siglo XXI.
La prosa moderna (me refiero al ensayo y aledaños) ha seguido el estilo seco, conciso, de un Séneca, de un Montaigne, hasta depurarse (¿degenerarse?) en la glacial y telegráfica escritura de un Spinoza o un Kant.
Usted es la antítesis de todo ello: y por eso me es tan grato; yo mismo soy un ejemplo (muy mediocre pero creo que correcto) de prosa aticista y racionalista: y por ello siento atracción por lo más excelso del otro polo estilístico.
Así que nada de fidelidad monógama a la ficción: no se lo toleraré, usted se lo ha buscado.;)
Saludos (debería poner mejor “Devotísimamente suyo”).
Espero leerte mas a menudo, has conseguido otro lector, que aunque sea casual, no dejaria de serlo. Un abrazo!
Me parece demasiado denso para analizar y comentar, ya que abordas muchos conceptos interesantes.Pero, en líneas generales, el poso que me queda es la degradación de nuestro mundo, en todos los terrenos.
El arte sigue esa deriva, salvo contados casos.Me ocurre que nada encuentro comparable con la narrativa, la poesía y la música del Barroco y la pintura de siglos pasados.En este sentido aceptaría que "el tiempo pasado fue mejor", pero no es aplicable al progreso científico y al bienestar social que disfrutamos.
Creo que en la sociedad actual se ha impuesto lo sucedáneo; pocas cosas son auténticas; todo se ha generalizado y banalizado.
Buen trabajo, Littera. Siento no haberlo leído en su momento.
Saludos.