01 ago 11
Alargo todo lo que puedo la hora de comienzo de la comida hasta hacerla coincidir con la hora española. La nostalgia me obliga a cosas de las que no puedo desprenderme. Una de ellas es la hora de la comida. A estas alturas ya debería haberme acostumbrado al horario de aquí, pero no me recompensa integrarme en este apartado, no me reporta nada a cambio. Comer mal y comer poco para salir antes y comer mucho antes de ir a la cama es reducir el día a la mitad, o sea, vivir el cincuenta por ciento del tiempo que me tocará vivir. Ni pensarlo.
Deseo comer tarde y deseo comer solo. Tontería de la que en España no caía en la cuenta, aquí en Nueva York, la comida se ha convertido en un rito importantísimo a medias entre un festín a mitad del día y comer tarde por morriña española, lo que me lleva a mirar el reloj compulsivamente a partir de las doce.
Voy en moto hasta Chinatown dos o tres veces por semana ahora que hace buen tiempo. Conozco casi toda la oferta de Murray Hill, Gramercy Park, East Village..., que es mucha, pero es en el barrio chino donde mejor me encuentro. La sencillez de los restaurantes chinos y su variedad de platos a buen precio me hacen sentir bien en estos sitios. Lo sencillo es agradable y atrae a gente que también lo es. La comida es buena, el ambiente turístico no me importa, todo lo contrario; el ir y venir constante, las quedadas en la puerta leyendo las cartas, cómo abren las bocas al contemplar por primera vez la decoración, las paredes, el colorido de los platos, me lleva a mí también a interesarme por todo ello como si acabara de aterrizar. La curiosidad del recién llegado es contagiosa.
Las dos cervezas que acompaño en las comidas es lo que confiere a este tiempo el rango de celebración. No sabría qué hacer con el día sin estas dos cervezas. Convierten la simple hora de la comida en el salvavidas imprescindible para soportar la jornada entera. La petaca de whisky que llevo encima hace del café un supercarajillo en toda regla que me concede una chispa que durará hasta las seis de la tarde. Y es muy excitante, como lo que pasó uno de estos días.
Esta semana en un chino de la zona una familia alemana hace su entrada con dos hijos, el niño debería tener siete u ocho años, la niña unos trece. Mamá y papá hace unos veranos pasaron de los cuarenta. Antes de tomar asiento miraron atentamente las cartas estudiando los componentes de todos y cada uno de los platos como sólo saben hacerlo los alemanes, número por número, línea a línea; señalaban con el dedo aquel plato, luego el otro, abajo los postres. Asentían tras leer los precios.
La niña, aburrida ante el exhaustivo repaso a los menús, comenzó a observar a los comensales de las mesas. Fue en ese momento, al despegarse del arco paternal y ocupar el centro del pasillo donde empieza la hilera de mesas a ambos lados de la sala, cuando clavé la vista en la belleza absoluta de la niña. Busqué complicidad en los hombres del restaurante y, efectivamente, la encontré. Uno cree siempre ser el primero en este tipo de hallazgos y resulta que no, que otros ojos llegan antes que tú por muy atento que estés a las entradas de las puertas de cualquier lugar donde haya puertas.
La niña se percata de que en una de las mesas próximas al pasillo hay una familia (ella no adivina que son italianos, pero yo sí) con un niño algo mayor que ella, moreno de piel, que lleva en el pelo un pañuelo muy llamativo de color rojo con cenefa veneciana en blanco y un pendiente a juego en su oreja derecha. De haber tenido otra edad, el niño pasaría por gay pues el pañuelito no dejaba lugar a dudas, pero se encontraba en esa edad donde todo queda bien, incluso un reclamo rojo como aquél. Desde mi posición veo perfectamente a los dos pimpollos y me dispongo al juego demoníaco de observar todos y cada uno de los movimientos, gestos e insinuaciones que se lanzan entre sí. Adivino las intenciones y me divierto enormemente. El niño italiano cambia la expresión del rostro, aviva los ojos, sube el volumen de la voz, exagera la musicalidad de su idioma hasta hacerse perceptible por ella y ríe todo el rato sin venir a cuento.
Ella, en un gesto único de esa edad y de ninguna otra edad que esa, y llevada por la facilidad que la espera le producía, simula un falso aburrimiento que le hace agarrarse el vestido por ambos lados y levantarlo ligeramente al tiempo que sus labios en forma de hociquitos intentan silbar sin emitir sonido alguno. Giraba en torno de sí con ese movimiento típico de las clases de aerobic para rebajar cintura. El vestido apretaba cada vez más sus muslos provocando con cada giro una leve ascensión.
De pronto, cuando parecía que la niña no era consciente de la polvareda que levantaba, los padres del niño italiano se vuelven a toda prisa para averiguar el motivo por el que el hijo había dejado de masticar. En ese preciso instante, justo en la milésima de segundo que tardaron los cuellos de los papás italianos en dar la vuelta, la niña se suelta el vestido y plancha con la palma de sus manos los lados que habían quedado arrugados tras la danza inconsciente, volviendo a la vera de sus padres y dejando ir un “Ich habe Hunger“ muy natural.
El camarero indica a la familia alemana dónde pueden sentarse y la niña se adelanta para elegir el sitio conveniente en la mesa, de forma que pueda quedar frente a su Romeo. Pero la repentina alteración de la niña y la evidente precipitación alertan a mamá alemana, que se percata de la jugada al comprobar el ataque frontal que a esas alturas ya le emprendía el corsario de pañuelo rojo. Mama grossen obliga a la niña a sentarse junto a su padre, de espaldas al peligro. Se complica el romance.
Los italianos piden la cuenta y el niño sube el volumen de su risa al máximo. Mamá alemana mira triunfante al moreno, sonríe ligeramente y se adjudica una nueva victoria en su defensa, orgullosa de haber conseguido una día más de pureza para su retoño. La niña ve alejarse al deseo y reconoce en la expresión de mamá el gozo de su triunfo. Llevada por la rabia se atreve a una última mirada descarada a la búsqueda del flechazo definitivo, gira del todo la cabeza y sus ojos piscina encuentran los ojos tierra de él. Y grita:
«Mama, warum gibt es keinen Pool im ¡¡HOTEL ROYALTON!!?» (¿Mamá, por qué no hay piscina en el ¡¡HOTEL ROYALTON!!?
uhpeNY
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Carl Buchon era cliente de nuestra asesoría legal. Uno de esos clientes que toda asesoría acaba perdiendo tarde o temprano. Cuando almuerza en el restaurante los fines de semana pide el ticket de caja con fecha de día laborable, piensa que así cuando el Departamento del Tesoro le inspeccione las cuentas será más benévolo con él si los gastos se consumieron de lunes a viernes.
Tiene un asistente de contabilidad que nos explica que Mr. Buchon se dedica a intercalarle entre la montaña de papeles de su mesa facturas y tickets que se va encontrando por ahí y que no se corresponden con las compras realizadas para la empresa, creído de que el contable pasará por alto el engaño y de esta forma aumentará el volumen de gastos de la sociedad. Cree que engañando a su propio contable engañará al estado.
Si paga un viaje de avión por cuenta de la empresa Donna Prann utiliza la Master Card de la empresa Ten Much, convencido de que el lío de cuentas y justificantes acabará por cansar a los inspectores del Tesoro y de ese modo renunciarán a las comprobaciones.
Cuando recibe alguna llamada telefónica directa a su mesa jamás se identifica a la primera como Carl Buchon, primero espera a reconocer la voz del otro lado de la línea y cuando se asegura de que no es nadie con quien deba emprender la retahíla habitual de mentiras y aplazamientos por tal o cual cantidad de dinero, entonces, cambia a su acento normal de voz.
Jamás mantiene saldo en las innumerables cuentas corrientes de las sociedades por mínima que sea la cantidad de dinero depositada en ellas. Si la agencia recibe un cobro de tres mil dólares por la venta de un pack, rápidamente hace una llamada a alguno de sus compinches para que éste envíe a toda prisa una factura inventada de dos mil novecientos noventa dólares por unos servicios también inventados que justifiquen la transferencia bancaria a nombre del compinche. Y la cuenta corriente vuelve a su saldo natural de diez dólares.
De tanto en tanto aparece por su oficina un agente de banco de no se sabe qué islas y le recoge cantidades de dinero en efectivo tan ridículas que hace pensar si habrán entendido bien el significado del fenómeno dinero negro. Ese mismo día, dice el contable, las risotadas de placer de Carl Buchon ante el ofrecimiento del banquero se pueden escuchar desde el vestíbulo de entrada al edificio. El colmo de la avaricia patológica. Declarar unos gastos inexistentes, pagar menos impuestos y el dinero sobrante recaudado en negro camino de una cuenta lejana. El sueño de los empresarios de medio pelo.
En una reunión convocada en nuestra oficina (antes de prescindir del tal Buchon como cliente) y mientras esperábamos la llegada del agente evasor de capital a otra galaxia, recibimos una llamada de consejería diciendo que un señor que se dirigía a nuestro despacho había tenido un tropezón en la puerta de entrada. El director general me ordenó bajar, imagino que por ser yo el más joven y, también, por desconocimiento de la gravedad del accidente.
El tipo se retorcía de dolor en el suelo. Un cambión en maniobra hacia atrás envistió al banquero, éste se golpeó en la cabeza contra los hierros del andamio próximo a la fachada y cayó en la zanja de las obras de la acera. Se rompió el tobillo. Lo tenía totalmente doblado y daba grima mirarlo. La cara blanca. Llegó incluso a vomitar sobre su traje a consecuencia del mareo. La ambulancia llegó enseguida. Llamé al jefe para decirle lo que pasaba y me dijo que le acompañase en la ambulancia hasta el Hospital Beth Israel.
Una vez allí lo pasaron a una camilla y se lo llevaron pasillo adentro. Al rato llegó mi jefe y su socio, luego lo hicieron dos compañeros del banco del agente. Preguntaron cómo le había pasado, quién había con él en ese momento. Les expliqué lo que sabía y me excusé largándome de allí a toda prisa.
Tomé un taxi en la misma puerta del Beth Israel y llamé a Clarice. Te invito al Pinocchio, le dije, con una condición: dormir en tu casa. Sí, me respondió.
Miré al taxista directamente.
Miré al taxista a través del retrovisor.
Introduje la mano en el bolsillo interior de mi chaqueta y palpé el sobre, metí el dedo índice por la solapa abierta por uno de los extremos del sobre. No pude resistir a la tentación y abrí la chaqueta para contemplar el enorme fajo de billetes. Sentí el baile de las mariposas en el estómago. Los contaré en el restaurante, pensé.
Y resultó que el lavabo del Pinocchio era el lugar idóneo para contar varias veces y con toda tranquilidad cinco mil ochocientos pavos.
uhpeNY
Trabaja de camarera porque es guapa y porque no sabe hacer nada más. Y como no sabe hacer nada más y es guapa, es camarera. Bien podría haber sido farmacéutica, botánica o enfermera, pero en estos puestos no la dejarían ejercer de mala puta a sus anchas como lo hace de camarera.
Se parece a Cindy Crawford, siempre se lo decía. Ella no tenía ni idea de quién era Cindy Crawford hasta que un día, imagino que cansada de oírmelo decir, la buscó en internet. “Hoy he visto a esa a la que tú dices que me parezco. Es de un pueblo cercano a Naperville, de donde yo soy”, dijo. Es guapa, dijo. Le sacó un pequeño defecto: “parece un poco dura”. No entendí qué quiso decir con eso de ser guapa pero dura. Me pareció una de esas expresiones que usan las mujeres menos guapas cuando se refieren a la belleza superior de otra mujer. Si Cindy Crawford es guapa pero dura se deberían quitar de en medio las guapas pero blandas, y ya no te digo las medio feas pero resistentes.
Nuestra amiga es una campeona olímpica en la práctica del “tiro a la zorra”. Las ve por todas partes. No contenta con identificarlas, además, se encarga de hacer público el hallazgo. Esto es. Si entran en el bar por primera vez dos parejas de novios perfectamente identificadas entre sí, o sea, de la mano cada una de ellas y con las inequívocas carantoñas de pareja, adivina al instante que la chica de una pareja está liada con el chico de la pareja contraria. Simplemente con echarles un vistazo. “Mira, mira aquella cómo se le cae la baba con el novio de la otra”, dice a grito pelao.
Si alguna clienta del bar ha tenido la ocurrencia de ser atractivamente llamativa (en Manhattan no hay más que criaturas llamativas, os lo aseguro) la picadura de la culebra se convierte en un martilleo de insultos, invenciones sobre su higiene personal, blasfemias acerca de la madre de la chica y burlas hacia el novio. ¿Pero cómo has podido pasar por debajo de la puerta con esos cuernos?, va y le suelta.
Ignora a un grupo de jóvenes que ocupan unas mesas en el otro lado del bar porque a simple vista no hay ninguna fémina que destaque especialmente. Ahora bien, si de pronto una de ellas inicia el camino a los aseos, una simple cabellera rubia que se balancee con gracia sobre la espalda basta para encender el demonio que lleva dentro. La codicia le impide seguir con la copa del cliente de la barra, se distrae con las cuentas y no atiende a reclamaciones. Paralizada se queda. La insidia la lleva a buscar entre la clientela alguna cara conocida que le sirva de auditorio y con quien quitarse la urticaria que la rubia melena le acaba de producir. Sin apartar la vista de los aseos, como el gladiador temiendo a la bestia que está por salir, calcula todo el daño que podrá hacer durante la pasarela que la chica realizará de regreso a su mesa. Y, en efecto, descarga sobre cualquiera que la escuche un perverso “Sí, sí, qué lástima que no ha ido tu amiga contigo al WC ¿verdad?”.
A primera hora de la tarde no hay nadie en el bar excepto yo, un cliente solitario de unos cuarenta, dos chicas de treinta y tantos cerca de éste, y Cindy. Una de las chicas se interesa notoriamente por el solitario. Él es un maduro atractivo. Se aproxima con simpatía a las dos mujeres, bromea con ellas, se le nota experiencia en las relaciones y las hace reír. La camarera no está por la labor de facilitar la conquista y se sitúa frente al trío poniéndose justo en frente de ellos a fregar vasos. A cada palabra que la más interesada le lanzaba al solitario, Cindy iba asintiendo con la cabeza. Hasta que los tres deciden sentarse en una mesa.
Sería impensable que un hombre sobreviviera más tres días organizando estos zarzales.
Hoy estoy en la barra tomando una cerveza y charlando con el camarero, Juan, un argentino. En la mesa redonda comen los dueños del bar, un matrimonio y su socio. Hablan de lo ocurrido en el día de ayer. Ayer echaron a mi Cindy. Un apretón con el marido de una amiga de la jefa tuvo la culpa. Apretones nunca le faltaron a Cindy, no sólo era hija de puta, también era guapa con ganas. Y caliente.
No volveré nunca más a contemplar cómo se ventilaba los pechos separándose la camiseta para airear sus pezones perfectos. No me lo puedo creer.
La jefa se encuentra precisamente en la mesa redonda de al lado. Se la ve eufórica y explicativa ante los motivos justificados que la llevaron a poner de patitas en la calle a la innombrable. Se siente satisfecha por haber hecho lo correcto. Ellas ya pueden respirar tranquilas, se quitaron de encima la amenaza.
Juan y yo nos miramos sin decirnos nada. No hay nada que decir, es el cuento de cada día. El cuento de toda la vida. La jefa se levanta de la mesa. Yo desvío la mirada y la pongo en mi vaso cerveza, pero veo de reojo su silueta caminar hacia los servicios. La jefa pone los ojos en Juan, pisa con fuerza en el suelo para hacerse ver y se lleva el dedo índice a una fosa nasal, luego a la otra. Juan la mira cansinamente.
A mi Cindy Crawford el detalle no le habría pasado por alto.
uhpeNY
Estan muy chéveres tus relatos, me entretienen:)
No quisieras contarnos algo de ti?
Sam es un pelín pijo y snob para mi gusto pero me agrada quedar con él de tanto en tanto porque es diferente al resto de gente que suelo frecuentar. Tenemos orígenes distintos, no sólo de país, también de educación, de maneras y de clase social. Nunca hubiéramos entablado amistad de no haber sido porque durante un brunch que la empresa celebró en el salón de un hotel ligamos con dos españolas allí mismo, delante de todo el mundo. El numerito tuvo su gracia y eso nos reportó una cierta fama de playboys que en absoluto se corresponde con la realidad y a partir de ahí hicimos buenas migas. Desde entonces siempre que salimos es para ir de caza.
Sam es de Stamford (Connecticut) y tiene toda la pinta de americano medio, rubio, rostro angulado y uno ochenta. Si no tuviera buenos modales y pinta de pijo no ligaría nada, pero el tío sabe sacarle partido a su físico. Con Sam es imprescindible acostumbrarse a su tema de conversación preferido: Francia y todo lo francés. Es monotemático: vino francés, moda francesa, cocina francesa…Como gran parte de los norteamericanos atribuye a Francia el mérito de los verdaderos lujos de la vida. Para Sam un buen peluquero ha de tener el acento al revés en el letrero, sino, no entra. Comer, beber, vestirse al estilo francés y hacer un viaje con su pareja a París es para un estadounidense la confirmación de que está triunfando en la vida. Ya les puedes explicar maravillas de la cocina española, de los zapatos italianos y de los vinos alemanes, para ellos divertirse a lo grande implica consumir productos franceses. Y punto.
Entramos en el Jadis, un lugar acogedor en el Lower East Side, a base de quesos y buenos vinos. El camarero trae las ensaladas, los surtidos de quesos (que no cabían en los platos) y la orden de los Cartujos en rebanadas de pan. Yo diría que a un queso le ha entrado la humedad, tenía una mancha enorme de color azul verdoso como esas que salen en el techo de los sobreáticos; le señalo a Sam la mancha claramente con el dedo pero Sam no la ve, no puede haber errores para él en algo que se pronuncia “Tomme de Savoie”. Si saliera de entre el queso un sapo no le importaría porque sería un sapo galo y Sam se lo comería tan contento.
Pero vayamos al motivo de la cena.
Sam me suelta: A las nueve tengo una cita con una chica. Aquí mismo. Ella vendrá con una amiga. Son francesas. Como ellas vendrán después de cenar con su familia del Balthazar, tomaremos una botella de champagne. ¿Qué te parece?
Lo dijo todo sin cambiar el aire de los pulmones, así que le pregunté desde qué día tenía la cita. Miércoles, me dijo. Teniendo en cuenta que era sábado y habíamos quedado el día anterior, o sea, viernes, y no me había dicho nada de cita alguna con dos francesas, la pregunta era obvia, pero se adelantó y me dijo: es que cuando te llamé ayer no estaba seguro de querer salir con ella, aunque ya tenía la cita. ¿Te importa que vengan?
No cuadra lo que has dicho –le dije-, porque si hoy hubieras pensado que no tenías ganas de verla no creo que la hubieras llamado para decirle “no puedo quedar contigo porque ya había quedado con un amigo desde antes del miércoles”. No tiene lógica –le dije-, así que esfuérzate un poco más y cuéntame otra historia.
Y me dice: de acuerdo. La que viene con ella es lesbiana.
Me cogió a medio trago y me derramé el vino por los pantalones. No es que me sorprenda yo ahora de una lesbiana, ni que le tenga aversión a salir de fiesta por ahí con una lesbiana, solo faltaría, pero me extrañó aún más que, siendo lesbiana, no me lo dijera antes. Se me hacía difícil entender tanta reserva por su parte. No insistí más y le dije que me daba igual, al fin y al cabo, el problema es tuyo –le dije-, puesto que si salimos cuatro personas, de las cuales dos son hombres y otras dos son mujeres, y resulta que de las dos mujeres una es lesbiana y la otra no, el problema colega es todo tuyo, porque eres tú el que quieres trabajarte a la que no es lesbiana. Y si durante la noche resulta que la que no es lesbiana, es decir la que ha quedado contigo, acaba poniéndose tierna con la que sí es lesbiana, ya te adelanto ahora que nosotros dos no acabaremos como ellas. It’s Ok? Pues ya pueden venir cuando quieran las froggy de los cojones.
A partir de aquí ocurrió todo muy rápido. El restaurante tiene una sala para cenas privadas, cada tanto se escuchaba el griterío típico de grupo con mayoría de mujeres. Dos de ellas entran en el salón donde nos encontrábamos nosotros justo en el instante que las dos francesas aparecen en el restaurante. Una de ellas conoce a una de las mujeres de la cena del salón privado y se ponen a hablar. Le dije a Sam: ¿a que adivino quién es la lesbiana”. Efectivamente.
La chica francesa que había quedado con Sam era guapísima y no tenía el menor aspecto de lesbiana, aparentemente. Se acercó a nuestra mesa mientras noté en el estómago el efecto de aquella mancha azul verdosa que me había comido y que ahora pretendía salir por donde fuera. Sam hizo las presentaciones. Camille se llamaba ella. Veo a las otras tres chicas camino del salón interior. Al pasar por delante de nuestra mesa la lesbi sonríe a Camille. Pasa de nosotros igual que Enrique IV pasaba de Voltaire. Apenas se había sentado Camille (no pasaron ni tres minutos) vinieron a buscarla cuatro o cinco tías del Private, mezcla de lesbis y heteros buenorras, para entendernos. Se llevan a Camille. Pasan de nosotros como Voltaire pasaba del pueblo judío.
No vuelve. Tarda en volver más de lo aconsejable, teniendo en cuenta que la chica se encontraba allí porque tenía una cita. Una cita con un hombre. Una cita con un hombre norteamericano, de buena posición y futuro prometedor. Yo empiezo a descojonarme y mi estómago me recordó que la próxima vez debería comer la parte más cremosa del queso y dejar para los puristas el moho y las bacterias.
Transcurre más tiempo de lo soportable y a Sam la situación le incomoda visiblemente. Decido ir al salón a ver qué pasa. Asomo la cabeza y veo un enorme grupo de mujeres. Sólo había mujeres. Bien arregladitas todas como para ir de fiesta. Seis o siete de ellas tenían rodeada a la francesita de Sam y se mostraban entusiasmadas y muy atentas con ella, la cita de Sam era claramente el centro de la cofradía. Me resultó tan familiar la escena: carne fresca recién llegada a la manada. Pensé que hacían muy bien, si yo pudiera haría lo mismo.
Volví al comedor y encontré a Sam junto al mostrador pagando la cena. Tenía la expresión de rostro aquella que se te queda cuando vas a buscar el coche y en su lugar hay un triangulito amarillo en el suelo. Le pregunté: ¿Sam…? Pero no pude continuar, empecé a reírme de tal manera que no podía pronunciar palabra alguna. ¿Quién de los…? le dije, y la risa iba en aumento, no podía acabar de preguntarle. Sam se contagió y nos vino el ataque aquel de carcajeo tonto que a cada palabra que quieres decir es aún peor porque te ríes más. ¿Qué dices? me preguntó Sam a duras penas. Yo no podía decir nada, me sujetaba el estómago para intentar detener el mejunje de quesos que bailaban en el intestino. Por fin pude decir: ¿Quién propuso el restaurante, tú o ella? Cuando Sam oyó la pregunta se dobló todo hacia adelante señalándose a sí mismo con el dedo, no podía ni decir “yo”.
Y fue entonces cuando se me escapó un cuesco enorme allí en medio.
uhpeNY
La veo todas las mañanas en el Starbucks de la 3th avenida. Sobre las once. Casi siempre va con una compañera de trabajo, las escucho hablar sobre la acumulación de trabajo a final de mes, de las quejas de los clientes y de la dichosa rutina del día a día en las empresas, que en definitiva es lo que acaba enterrando nuestra ilusión por vivir. Y la suya también, se lo veo en su hermoso rostro.
Aún no sé con seguridad de qué color tiene los ojos. Por momentos diría que verdes, pero a veces me parecen demasiados oscuros para ser verdes. Pelo liso por debajo de los hombros. Se mueve nerviosa, habla nerviosa. Es nerviosa. Por eso toma el capuchino descafeinado. Sé también que es muy golosa porque come a diario un raspberry scone (una especie de bollito relleno de frambuesa) y otros días pide un brownie con doble de chocolate, o sea que la sacarina no cumple función alguna.
Tiene preferencia por una mesa alta con dos taburetes que hay junto a la cristalera. Si los taburetes están ocupados toma asiento en cualquier lugar, pero si en el transcurso del desayuno queda libre la mesita se levanta a toda prisa “¡Alice! ¡Alice! coge el café y el dulce y corre para hacerse con uno de los taburetes. Alice la sigue con aquella paciencia que tienen las amigas cuando ya se han aceptado las manías. A menudo, cuando ocupa la mesa deseada ya ha finalizado el desayuno, entonces, se ríe de sí misma como una tonta y se levanta. ¡Alice, ya hemos acabado! Y Alice asiente a su compañera nerviosa.
Es hermosísima cuando sonríe. Luce unos dientes dentro de una boca que me emboba enteramente. No puedo resistirme a mirarla todo el tiempo. Cuando coincidimos uno frente al otro (más o menos) maldigo la jodida silla que me ha tocado porque entonces estoy obligado a hacer verdaderas filigranas para que ella no se dé cuenta de mi babeo. No hay nada que me moleste más que mirar a una chica que me guste y que me sorprenda embobado con aquella cara que se te queda cuando te embobas. Pero estoy seguro de que ella no se ha dado cuenta porque he puesto mucho cuidado. No quisiera molestarla, prefiero seguir mirándola en secreto sin que ella sepa nada a que me pille admirándola y que se moleste por ello.
A las mujeres no les gusta que nadie se quede mirándolas todo el tiempo, y menos en una cafetería a las once de la mañana, eso sí, a excepción de si tú les gustas a ellas, entonces la jugada cambia de color, pero ¿cómo saber eso? Ah.
El otro día estaban las dos (aún no sé su nombre porque su compañera Alice nunca la llama a gritos como hace ella) y entró alguien de su empresa, se pusieron a hablar y escuché el nombre de la empresa para la que trabajan. Ahora sé qué empresa es. La miré en internet y, efectivamente, está junto al Starbucks de la 3th avenida. O sea que no hay duda. Bueno ¿y qué? he pensado en mil maneras de contactar pero ninguna funciona. A ver: La asesoría donde trabajo me permite ofrecer los servicios a cualquier empresa, pero no voy a presentarme allí por las buenas “Hola, soy el del Starbucks de cada mañana ¿necesitas un Contable?”. ¡Hombre, qué casualidad!
Otra forma sería por teléfono, aunque las posibilidades de que una empresa, hoy día, acepte una oferta de unos asesores es tan improbable como que “ella” entrase mañana por la puerta de mi despacho. Tiene que ser un acercamiento casual, pero no sé cómo.
Ya lo tengo.
Tiene que ser alguien que no sea yo. Exacto. Bien pensado. Porque si su empresa dice que no, yo puedo seguir yendo al Starbucks cada día sin miedo a ser descubierto. Y si la empresa dice que sí, entonces iría yo en la segunda visita y quedaría como un rey, porque a las primas visitas van los más pringaos, para entendernos, los que se cascan los nudillos abriendo puertas a palo seco. ¡Sam! Eso es, mi compañero Sam, el de la oficina sur de Manhattan. No, un momento ¿y si se la liga él? ¡Maldita sea! no había pensado en ello. Me arriesgaré porque la idea es cojonuda.
Llamaré a Sam, además me debe una después de lo de las lesbianas en el Jadis. Y Sam tiene más categoría y recursos que yo en la consultoría, los suficientes como para montar una demostración de aquellas con videoconferencia con la central y dejarlos alucinados. No creo que le guste la compañera “Alice” pero eso ahora no cuenta. El objetivo es el objetivo, si empiezo a ponerle palos a la rueda al final cogeré azúcar en la sangre de la cantidad de pastelitos que como en el Starbucks esperando a que llegue mi Julieta.
El viernes cenaré con Sam. Queso que te crió.
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Y por que dices que no me pase?, acaso estoy diciendo alguna palabra que no la diga él en su escrito?
Pedro Abad s.XII
Fecha de Ingreso: 26-April-2011
Mensajes: 26
Verán, hace algún tiempo escribí un artículo sobre Dracúla y en él dije que Bram Stoker fue el inventor de los vampiros y, en conclusión, del género vampírico, tan saturado hoy día.
El caso es que, indagando sobre Le Fanu, encontré que Carmila, una de sus novelas, trata sobre una mujer vampiro; y dicha novela fue escrita en 1872, 26 años antes que Drácula. ¿Significa esto que Stoker no fue el primero, y por ello el creador, que escribió sobre la figura del vampiro?
Creo tener que hacer una rectificación; aun así, me gustaría que álguíen me lo aclarara del todo.
Un saludo atento al foro, del que soy nuevo.
Salud y libros.
Kitz interrumpe para decir cualquier memez la única reunión de la empresa a la que vale la pena acudir, la reunión semanal de Marie Albright. Si algo bueno tienen los lunes es escuchar a Marie Albright. Marie es nuestra delegada y una de las más brillantes asesoras fiscales que hemos visto nunca, además, está especialmente dotada para las charlas, gracias al atractivo tono de su voz que al final de cada frase le provoca una ligera afonía quebrándosele la voz y esto le da un aire de lo más sensual. Me pasaría el día escuchándola, aunque hablara sólo de impuestos, si bien, le agradecería hiciera algún halago sobre lo bien que me queda la corbata azul con mi traje gris.
Kitz es el único en no sentirse atraído por la persuasión de Marie Albright. La interrumpe para decir: “Sí, como el día aquel que ninguno de vosotros se acordaba y ¡buah! tuve que explicarlo yo”.
Siempre alardea de memoria. Y el caso es que no se entera de nada pese a tener memoria. Esto me hace pensar en qué vericuetos anda metido el cerebro para dotar a alguien de buena memoria y en cambio no poder evitar que sea un fantasma.
Veamos.
El pequeño fantasma ya empieza a muy temprana edad a practicar la carrera que le llevará en el futuro a ejercer de fantasma el resto de su vida. Empieza en el colegio siendo un pringao. Al aprendiz de fantasma se le conoce de pequeño como pringao. El pringao no sabe jugar a nada, pero recita de carrerilla la plantilla de Los Angeles Lakers; tampoco sabe ir en moto pero repite la parrilla de salida de tres semanas atrás. El pringao necesita memorizar para ser alguien.
En la adolescencia pretende hacerse pasar por aventurero de la vida porque ha leído Los Tres Mosqueteros, El Capitán Alatriste y Sherlock Holmes, y además en diferentes ediciones, recordando incluso los detalles que distinguen una edición de otra, o sea, un pringao superior. Camino del instituto jamás se desvió por la calle de abajo, sin embargo, presume de los bares peligrosos del barrio porque ha memorizado sus nombres y recuerda lo que otros han contado.
La jovencita fantasma cacarea ante sus compañeras todos los nombres de los chicos que la miran al pasar, sin caer en la cuenta que es la única virgen que queda en la facultad.
Este ejercicio de memorización que tanto les preocupa para poder presumir dota a los fantasmas de una “memoria prodigiosa” que resulta muy válida para los estudios y, en consecuencia, para la vida de adulto. Es un incomparable ejercicio de gimnástica cerebral: para molar tienes que empollar.
Puedo afirmar sin miedo a equivocarme que el que tuvo valor para realizar la experiencia física no necesitó de memoria puesto que la retuvo en su retina y en sus músculos, en cambio, el pringao precisa de memorizar lo que otro le narró sobre la misma vivencia para poder relatarla más tarde en público y seguir ejerciendo de fantasma.
Los que se atreven a la acción no precisan de una memoria extra.
uhpeNY
Llevo un rato sentado mirándola como un bobo y no puedo evitar la impresión de haberme olvidado algo en algún sitio. Me toco los bolsillos. Todo en orden… el móvil, las llaves, la cartera. Bien. Los dos empleados del mostrador no paran de mirarme y entonces la sensación de despiste aumenta. Me repaso la camisa, los pantalones, zapatos. Voy normal. Miro sobre la mesa ¡El desayuno!. Llevo diez minutos sentado en la cafetería y aún no he pedido nada. El sobreesfuerzo que me supone tener que contener la baba para que no se me escurra por los labios, sumado a la concentración que necesito en disimular a cada momento para que no me coja espiándola in fraganti, me hace olvidar el desayuno. A esto se le llama controlar las emociones. Sí, señor.
Qué pereza me da organizar toda una estrategia de acercamiento a mi Brownie. ¿No podría ser como en las películas por una sola vez en mi vida? Ella ahora debería de tropezar en la acera y quedarse en el suelo desmayada. Yo saldría a socorrerla, la tomaría por la cintura, le secaría el sudor de su frente con mi pañuelo bordado con mis iniciales y ella despertaría viendo mis ojos como única cosa en el mundo. Me preguntaría que dónde está, le respondería que en brazos de su ángel de la guarda. Entonces yo desaparecería misteriosamente. Al día siguiente ella encontraría mi pañuelo con las iniciales y empezaría una alocada búsqueda que la llevaría al Starbucks, donde todos le dirían “Sí, conocemos al valiente caballero que la salvó a usted de las fieras que habitan en la acera”. Beso en los labios.
Porque eso es lo que deseo en definitiva. Besarla. Me conformaría sólo con besarla.
Cuando la realidad es que tengo que montar un plan con logística incluida sólo para dirigirme a ella unos pocos minutos, porque no nos engañemos, serán unos pocos minutos y nada más. Con suerte sabré cómo se llama y para de contar. Luego ya no volveré a desayunar en Starbucks, porque el rubor me impedirá compartir local con quien me ha rechazado. He leído todos los guiones del mundo y la mitad de las novelas que se han publicado y no se me ocurre otra forma de acercarme a ella que no sea “ofertar unos servicios de asesoría a su empresa”. No se puede ser más patético. En plena era de la comunicación digital y allí estaré yo, en su empresa, hablando de contabilidad, y a lo mejor no puedo ni hablar con ella porque puede estar en un departamento que no le corresponda atender a gente que venga de fuera.
Tendría que enterarme del puesto que ocupa. ¿Cómo podría hacerlo? A ver. Alguien que la conociera aquí en el Starbucks y luego que se presentase en su empresa a ver si la ve por algún sitio. ¡Uff! cada vez me doy más pena. A medida que voy escribiendo esto me va subiendo la vergüenza al cerebro. ¿Cerebro? Una persona con un centímetro cúbico de cerebro no pensaría en esta repugnancia tétrica.
Pero hay que seguir. El objetivo es el objetivo. No jodamos ahora con mariconadas. Tampoco hay que matar a nadie. Simplemente quiero saber en qué puesto está en su empresa. Nada más. Es fundamental para seguir con el plan. El plan no incluye robar en la Reserva Federal, ni tomar a unos niños prisioneros para que la policía me entregue un helicóptero con el que huir a México. No se trata de eso. Sólo necesito saber si mi Brownie está de cara al público, si es telefonista, si está en contabilidad o en el departamento fiscal. Seguidamente irá la visita de mi compañero Sam para ofrecerse como asesor. ¡Todo es legal, joder! no me puedo cagar ahora. Venga.
―¿Michael? ¿Cómo va? ¿Todavía estás en la empresa de material de oficina? ¿Sí? Bien, me alegro. En la oficina de Manhattan. Ok. Perfecto. Te invito a unas hamburguesas en el sitio aquel que te gusta tanto. El… eso es, el Ruby’s. Hoy no puedes. El martes. Bueno. A las siete y media. Ciao.
Ellas acaban de desayunar y a Alice, compañera de trabajo de mi Brownie, se le cae una especie de llavero, de esos que tienen una larga cremallera para colgar del cuello (o algo parecido), y cuando ya se marchaban un señor les avisó del despiste. ¡Vaya! Un buen ciudadano en el planeta y me toca a mí en la misma ciudad y en el mismo local.
uhpeNY
Le pregunto.
―Billy ¿en la editorial saben que el libro lo has escrito tú?
―Depende. La editorial puede haber encargado a un escritor que haga de negro para la novela de otro colega. Se da también la circunstancia de que un negro ha escrito gran parte de la historia, se la entrega al escritor, éste la “retoca” con su estilo personal, pero no sabe acabarla. Este hecho de no saber redondear una novela se da con mucha frecuencia en escritores de buenos finales. Su público espera un desenlace espectacular, pero el espectáculo no llega. Es entonces cuando el autor llama a gente como yo, especialistas en finales y resoluciones de tramas. En ese caso, la editorial no sabe nada. Yo trabajo directamente para unos pocos escritores.
―¿Se da con mucha frecuencia? ¿Lo de usar negros para que te hagan la novela?
―Ni te lo imaginarías. Resulta más sencillo corregir que inventar.
―Tiene más mérito si la escribe uno –le digo.
―¿Mérito? Los autores de hoy en día se han convertido en agentes publicitarios y financieros de su “obra”. En privado sólo hablan de dinero y de entrevistas. Si les escuchases te daría repelús. ¿Cómo un tío que te deja en estado de shock al final de una magnífica historia es capaz de vivir sólo pendiente de la tele y de la pasta? Es grotesco.
―¿Has escuchado a algún escritor charlar sobre una idea de su novela que resultó ser tuya?
―Siempre. Y te diré por qué. Lo mío es el detalle único, esa pincelada por la que acaban preguntando al autor en todas las entrevistas que le harán porque ha dejado huella en el lector. Escenas de shock.
―Explica, explica.
―La pareja protagonista tiene una escena de sexo. Por ejemplo.
―Sí.
―Y el autor quiere un detalle único en ese escenario. Algo que no se haya escrito nunca, que sea poco usual, a la vez creíble y propio de ese momento y no de otro. Ha de ser consecuente con la pareja protagonista, consecuente con la trama y con la novela en general.
―¿Y?
―Pero no sabe qué escribir. Se ha quedado en blanco. Todo lo que ha leído hasta ese momento se le antoja muy manido. Recurre a guionistas pero descubre que son chicos jóvenes con una limitada experiencia en la vida y por consiguiente una limitada imaginación; las secuencias propuestas por los jóvenes suelen ser muy bestias o muy lights. No cuajan. Narrar sexo y narrar chistes en una novela es lo más difícil que existe. La línea que divide lo pornográfico de lo erótico es muy delgada, así como también los es la distancia entre lo cómico y lo ridículo. Se trata de escenificar un episodio sexual donde el lector pudiera verse a sí mismo, sin llegar a la depravación repulsiva pero yendo un poco más allá de la simpleza.
―¿La fantasía por sí sola no es suficiente?
―No. Rotundamente. Y lo entenderás en seguida. Llevamos casi un siglo de persecuciones policiales tras los malos, en literatura y en cine. Bien. En todas las películas que se han rodado, antes y ahora, los actores de renombre han pasado unas semanas con las brigadas especiales de estupefacientes, homicidios, robos, seguridad personal, etc. ¿Por qué? ¡Si hay un millón de pelis sobre esto! ¿Leonardo DiCaprio necesita ser el compañero de paquete de una patrulla de la policía secreta? ¿Para poder interpretar a un infiltrado en el cine? La respuesta es sí. La respuesta es “el punto de vista”. Hay “algo” que escapa a la narración y a la imagen de otro. Es la individualidad. El enfoque. Cuando Casanova narró aquellos maravillosos párrafos con las sirvientas de los internados, todos nosotros mantenemos en nuestra memoria idénticas imágenes, aunque seamos personas diferentes con cerebros diferentes. Si queremos narrar una orgía de forma distinta a como lo hizo Casanova y, por otro lado, jamás hemos tomado parte en ninguna, no nos queda otra, amigo mío, que montar una orgía. De lo contrario siempre narrarás la historia de otro y eso no tiene nada de auténtico porque falta el detalle único.
―Entonces ¿no sirve de nada leer y ver pelis? –digo desconfiado.
―No digo eso. Digo que puedes pasarte meses, o incluso años, documentándote con películas, novelas, ensayos, historiadores, documentales, conversaciones con expertos, etc. sobre “el frío que hace en Finlandia”, cuando tomando un avión lo puedes experimentar por ti mismo ¿me explico?
―Sigue, Billy, con la escena de sexo.
―Vale. Una pareja de espías se encuentran en la habitación de un hotel de montaña. Hay pocos clientes. Pasarán la noche juntos y al día siguiente se despedirán. Jamás se encontrarán después porque ella pertenece a la policía secreta de Alemania Democrática de la posguerra, y él, a los servicios secretos británicos. Cada uno vuelve a su país mañana. Les queda apenas ocho horas que estar juntos y deciden hacer el amor. Es su primera vez y la última. El autor escribió hasta aquí que la escena alcanza un alto grado de calentura por parte de ambos al tomar conciencia de que no volverán a verse nunca más y, este hecho, les exime de complejos y vergüenzas. A partir de aquí, sigue mi aportación:
“Entonces ella se levantó de la cama, abrió la puerta de la habitación, se puso a cuatro patas con la mitad de su cuerpo en el pasillo del hotel y la otra mitad dentro de la habitación. Los brazos de ella apoyados en la madera del pasillo, la cabeza y el medio tronco estaban a disposición de quien quisiera asomarse para verla. La otra mitad del cuerpo de ella y el cuerpo entero de él estaban sobre la moqueta de la habitación”.
―Sigue, sigue.
―No escribí nada más. Esperé a que el autor añadiese a la escena algún movimiento de la pareja, como los típicos jadeos del momento, los gemidos habituales, miradas, etc. No me respondió. Quedamos en que yo daría un vistazo a los arreglos que él hiciera respecto de este capítulo. No dijo nada. Pensé que la escena no le gustó y me olvidé del asunto. A los seis meses recibí por correo un ejemplar de la novela. Debajo de la dedicatoria que el autor hizo en honor a una amiga suya, escribió a mano: “como el silencio”. Busqué rápidamente el capítulo de la escena de sexo. No cambió ni una palabra. No añadió absolutamente nada. La dejó tal como yo la escribí. Cuando leí la novela varias veces pude comprobar que era la mejor escena de sexo que había leído jamás. Pero no por mérito mío. El mérito fue de él. Desgraciadamente yo sólo aporté aquella insignificante escena. Lo que hizo el escritor fue sencillamente magnífico. Una verdadera obra maestra alrededor de una escena sencilla. Escucha.
«Para dar más autenticidad y consecuencia a la escena de la habitación, que la pareja protagonista realiza en silencio absoluto, suprimió los diálogos del encuentro de la pareja en la calle. Quitó los diálogos de la pareja en la mesa del restaurante, reduciéndolos al mínimo, a lo imprescindible. Escribió el silencio. Convirtió la relación de la pareja de espías en lo que son los espías: sigilosos, discretos, silenciosos. Fue el silencio lo que el autor supo “detectar” en la escena que yo le narré. Y ese silencio lo trasladó al momento en que ella estaba con la cabeza en el pasillo mientras él la penetraba. El silencio necesario para que el resto de huéspedes no los oyera y ellos pudieran seguir a lo suyo. El silencio, o sea, la discreción, es la mejor arma de un espía. Sobreviven gracias al silencio de ellos mismos. Cuando ambos hacían el amor sentían que “aquella forma” de hacerlo era su forma. Sabían que nadie en el hotel podría saber lo que estaban haciendo porque ellos “controlaban” totalmente la situación, pese a ello, el morbo estaba muy presente. Su trabajo les había enseñado a vivir así, vigilantes, y sacaron todo el provecho posible de su forma de vida. Un buen espía se mueve con tanto sigilo que puede follar con otra espía con la puerta de la habitación abierta. La situación es consecuente».
―Huau, Billy, me has dejado de piedra.
―Yo no habría sido capaz de escribir una novela así. Él tampoco habría introducido el detalle de la puerta abierta. Es el tesoro que todo autor busca. La espoleta de la bomba.
uhpeNY
―¿Ves aquellas dos que acaban de entrar? Pues la más delgada.
Ya le expliqué el día de la cena en el Ruby’s todo el plan. La cosa es que Michael debe de fijarse bien en ella y recordarla para que el día que se presente en su empresa con la excusa de vender la porquería de productos de papelería que vende, ir directamente a ella en caso de verla por los pasillos o saliendo del ascensor. A continuación deberá entregarle una tarjeta, averiguar su nombre y también en qué puesto está dentro de la empresa. Este es el asunto. Un tío osado como Michael no debería de tener problemas en cumplir con la misión. El botín es pobre: quiero saber cómo se llama y qué puesto ocupa para visitarla posteriormente y poder conocerla.
Ya sé que doy pena. Pero yo no tengo la culpa de la naturaleza humana, como tampoco soy culpable de los alquileres altos ni del hambre en el mundo ¿vale?
―¿Puedo decir algo? –pregunta Michael. La cara que pone es para responderle que no. Mejor que no diga nada porque tiene toda la expresión de hundirme con alguna sentencia.
―¿Qué?
―Siento decirte que no tienes nada que hacer, tío. Es demasiado para ti.
―Gracias, Michael. Como no vayas a su empresa y vuelvas diciéndome cómo se llama y en qué departamento está, colgaré en Youtube el video aquel del travesti contigo en el coche y luego lo enviaré a tus ex compañeros del equipo de rugby.
Michael me pone la mano en el hombro.
―¡Maldita sea si no te traigo las bragas de esa tía con un tubo de lubricante y el número de telé...!
―Michael, no te embales. Te ha oído todo el mundo. Hasta ellas nos han mirado. Tranquilo. Sólo quiero que hagas lo que hablamos. Tampoco es tan difícil. Me gusta mucho, joder.
―De acuerdo. Siempre hay una posibilidad por increíble que parezca. Sí, señor. Estaba pensando que quizá no la vea por ningún lado el día que vaya a su empresa. Luego otra cosa. Oye ¿no es ilegal perseguir a los demás?
―No estamos siguiendo a nadie. Hay que hacerlo con finura.
―Sí, señor. Un trabajo elegante. Eso es. Ahora vengo.
Y todo el plan se fue a tomar por el culo. Michael se encamina hacia la mesa de la brownie y su compañera. ―¡Hey! ¿Dónde vas?, le digo. Se me acelera el corazón. Lo llamo repetidamente ¡Michael! Pero ni caso. Ya está hablando con ellas, oigo su voz. ¡Dios mío! Veo que se dirige a Alice. Alice responde. Alice sonríe. Michael le dice no sé qué y le estrecha la mano. Alice dice que no. Ahora dice que sí. Michael dibuja un contorno en el aire y Alice vuelve a sonreír. Michael no ha mirado a la brownie de chocolate en ningún momento, sin duda, sabe lo que hace. Ha decidido atacar a la compañera de la guapa, que suele ser más accesible. Si tu belleza no está a la altura de ella las estrategias de acercamiento a las guapas no suelen dar resultado. Esta ley sigue en vigor desde hace siglos, hay más posibilidades acercándose a través de la amiga, sobre todo, si desayuna con ella todos los días.
La brownie lo observa sorprendida. Michael no para de hablar. Ahora la brownie me mira. Me mira fijamente. Creo que me recuerda. Me tiene que recordar, voy todos los días al Starbucks de la 3th Avenida. Nos vemos a diario. Sonrío. Sonrío como un idiota. Seguro que se está preguntando “¿Aquel es el amigo del espantapájaros que habla con mi amiga Alice como si fuera el que hace las señales al avión cuando va a despegar?
Michael me pide que me acerque. ¡Dios! Me levanto con cuidado de no tirar nada. En realidad no sé lo que hago. Repaso con atención lo que hay en la mesa como si los vasos de café tuvieran repentinamente algún interés.
Michael dice:
―Te presento a Alice. Es una clienta de mi empresa.
Es mentira. La noche del Ruby’s le dije el nombre de la empresa en la que trabajan las dos compañeras y comprobó que no eran clientes.
―Encantado, Alice –le dije. Noté que mi tono fue demasiado serio y es que llegué muy nervioso a la mesa.
Alice dijo:
―Os presento a mi compañera Sally.
Se detuvo el tiempo. La vida en el planeta tampoco es para despreciarla porque los alquileres estén altos o porque haya hambre en el mundo. Aquella “cosa” que tenía delante valía la pena contemplarla y para ello era necesario haber venido al mundo. «Sally». Era diferente de cerca. Era mejor. Llevaba tanto tiempo observándola de lejos que en la proximidad me pareció una persona distinta. Increíblemente hermosa y fresca. ¡Tiene pecas! De lejos no se le ven las pecas. ¡Joder qué bien le quedan! Los ojos son verdes oscuros-oscuros cuando mira hacia arriba y marrones cuando los baja. Me vienen a la memoria las palabras de Michael “No tienes nada que hacer, es demasiado para ti”.
―Encantado, Sally –la miré por primera vez sin sentirme un espía. Qué gozada poder mirarla con su consentimiento. Si supiera la cantidad de minutos que he pasado mirándole el pelo, mirándole el perfil.
―Yo también –dijo.
Me sonrió. A mí. Seguro que fue a mí porque no había nadie más en la misma trayectoria. Me habría quedado allí un buen rato estrechándole la mano: encantando, Sally; encantado, Sally; y así hasta las seis de la tarde, pero las costumbres sociales sólo permiten un saludo por persona y tuve que conformarme.
Disfrutaba de aquel momento regalado por Michael cuando, de su misma bocaza, comenzaron a salir estas palabras, todas pronunciadas de corrido, como ensayadas de hacía largo tiempo:
―Mi amigo es español. Español de España. España de Europa ¿eh? Es productor de cine. Trabaja para Sony Pictures Studios. Lleva unos meses en Manhattan en la preproducción de una película y me va a meter a mí de actor de reparto. ¡Voy a salir en el cine!
Me quedé sin habla. El shock me bloqueó la carcajada que en otro momento habría soltado. Me quedé tan patitieso que no pude hacer ninguna mueca y eso mismo me ayudó a aparentar una frialdad que se supone tiene un productor de películas acostumbrado a diario a este tipo de presentaciones con chicas jóvenes y guapas como las que rodean al mundo del cine. Sí, sí, el patatús me fue de mucha ayuda. Debía de responder alguna cosa, no era el momento de hacerse el tímido. Busqué superar la situación y la superé.
―No, soy ayudante. Sigo el desarrollo de un guión con un grupo de guionistas aquí en Manhattan.
―¿Sale algún famoso en la peli? –me preguntó la futura abuela de mis nietos. Le faltó tiempo para hacerme la misma pregunta que, me imagino, le hacen a los productores toda la gente que se acaba de enterar que están hablando con alguien que hace películas.
―De momento, no hay nada seguro –le respondí mirándola nuevamente, ahora ya sin miedo en mi expresión. La farsa causó un efecto tranquilizante en mí. Hasta llegué a creerme yo mismo la respuesta. Me propuse disfrutar del momento, a lo sumo me tocaría dejar de acudir a desayunar al Starbucks. Bueno. El farol es perfectamente asumible si ello supone estar con ella un tiempo. Luego a lo mejor me toca pasar vergüenza. Ya lo sé. Una trola de este tipo no puede durar muchos días. Estas noticias corren como la pólvora. Es muy fácil comprobar si alguien es productor de, nada más y nada menos, una compañía como Sony.
Ella se ha sorprendido gratamente. Me siento tan feliz ahora. Pienso seguir mintiendo unos días más, ya lo creo. Hasta donde pueda. Qué bonita es.
uhpeNY
Hemos eliminado del repertorio nuestro tema favorito “ojete prieto” porque a Gabe le trae malos recuerdos. Cuando entra por la puerta una chica buenorra el grupo de colegas nos callamos, y se nos ocurren muchas cosas que decir, pero no lo hacemos. Voy a explicar por qué.
Hace un año Gabe recibe en su oficina una llamada de teléfono de una mujer asegurándole de que su esposa, la esposa de Gabe, mantenía desde hacía tiempo relaciones sexuales con Tom, un compañero de su oficina. «Se ven todos los viernes a la hora de la comida», le dijo, y «aquí lo sabe todo el mundo».
Después, colgó. Gabe no supo qué decir y aún le dio las gracias. Intentó quitarle importancia mirando desde su mesa al resto de compañeros y pensó por un momento que si nadie lo sabía la noticia desaparecería, como suele ocurrir con esos objetos que al quitarlos de la vista se desintegra el objeto y deja de existir. Pero no. El intento era inútil, las palabras seguían ahí rebotando en su cabeza por más deseos que tuviera Gabe de olvidarlas. Disimular consigo mismo tampoco resolvería el problema. La cosa había ocurrido y nada podía hacer, ya formaba parte de su vida. De su vida pública. Gabe miró el reloj «Se ven todos los viernes a la hora de la comida», recordó lo que dijo la señora que llamó. Eran las 14:15 horas del viernes, o sea, en ese preciso instante su esposa estaba…
Supo que sus compañeros, a los que contemplaba ahora, conocerían de inmediato la noticia pues la telefonista solía pregonar que estaba autorizada por los jefes para escuchar cualquier conversación que entrase por centralita, cosa que hacía con sumo gusto, convencida de que su escaso sueldo le da derecho a entretenerse con la vida de los demás. Gabe se sintió ridículo. El trato de enfermo mental que sus compañeros le dispensaron a partir de ese día confirmó que la putada telefónica se expandió con igual rapidez que la fibra óptica transportó aquella voz de mujer desde la oficina de su esposa (o de donde fuera) hasta su propia mesa.
El asunto olía indudablemente a mujer cornuda. Estaba claro. Bien podía ser la mujer de Tom (el compañero amante), que le habría sorprendido a éste con unos calzoncillos manchados más de la cuenta; o quizá el mismo Tom se lo dijo a su novia, como suelen hacer algunas parejas con el ánimo de arruinar emocionalmente la vida del otro en el menor tiempo posible y con toda la mala leche a su alcance.
Los que urdieron la putada (son más de uno o una, estoy convencidísimo, digan lo que digan mis colegas, y entre ellos habrá una compañera de trabajo de la mujer de Gabe, tiene toda la pinta) no consiguieron el objetivo deseado ya que el daño recayó únicamente sobre el bueno de Gabe. Y no lo consiguieron, sencillamente, porque Gabe no dijo nada a nadie. Se entiende, a nadie de su empresa, a nadie de la empresa de su mujer. Ni siquiera a su mujer.
«La quiero mucho y, además, yo no puedo vivir solo», consiguió explicarnos Gabe entre sollozos. Era el mismo viernes de la llamada telefónica, por la tarde, en un bar viendo un partido. No podía vivir solo. Y ya está. «Todo el mundo sufre una infidelidad tarde o temprano» decía Gabe. Encima la justificaba. Tierra trágame, ahora el que se quería evaporar era yo.
―Nadie se muere por vivir solo, Gabe –le dije.
―Yo, sí.
Me costó un tiempo asumir que yo era el amigo de alguien que duerme en la misma cama de la pareja que te está engañando. Imaginaba los movimientos de Gabe en la habitación con su mujer antes de acostarse. Pijama. Cepillado de dientes. ¿Cómo ha ido hoy, cariño? Yo, bien ¿y tú? Bien, mi amor. Buenas noches. Buenas noches.
¿Follarían? me preguntaba. ¿Uno se besa con la pareja cuando sabes que se lo hace con otro? Si no la besas sospechará de algo. Sospechará suponiendo que antes de lo sucedido la besaras, porque si no la besabas antes entonces no sospechará nada. Aunque si no la besabas no me extrañaría que se buscase otra boca para besar.
Es tan complicado lo de las parejas. Desde fuera parece sencillo, cuando alguien te explica un problema (gordo, gordo, como este) todo el mundo se pone a opinar. Todos saben lo que deberían hacer llegado el caso. Luego ocurre el caso y nos coge de sopetón. Las cosas de pareja siempre nos pillan de sorpresa. ¡Y mira que las pensamos veces! Malditos sentimientos que pueden con nosotros.
uhpeNY
Mi amigo Michael me metió en este lío haciéndome pasar por falso productor de películas para darme importancia ante una chica –y su compañera de empresa- que cada día desayuna un capuchino y un Browne de chocolate. Ahora, estoy obligado a seguir con la bola. Fue verle la cara de cerca y supe que seguiría con la bola hasta el final.
Dos días empapándome en la página de IMDB, llevo. Todas las películas que la productora japonesa ha rodado en estos años: títulos, directores, guionistas… He aprendido a distinguir entre un productor, un productor-ejecutivo y un productor-asociado. Hay productores por todos lados, casi más que operarios. Todos quieren ver su nombre en los títulos. Hasta el que elabora el catering sale. Camareros, peluqueras, transportistas, porteros. Parece mentira que entre tanto personal no haya quien se interese mínimamente en hacer bien lo que escribió el guionista.
Cuando vuelva a ver a mi Brownie habré memorizado intensivamente la historia del cine. Lo que no sepa, lo inventaré. Espero acordarme de las mentiras. Soy muy malo con las trolas porque no le doy importancia a memorizarlas. Se me olvidan las trolas y luego paso vergüenza. A estas alturas ya debería de tener aprendida la lección.
Me metí tanto en el papel, que el domingo por la tarde ya me creía yo productor de cine. Empecé a fantasear –es lo que mejor hago- con la Brownie. Mi imaginación me hizo cogerle de la mano. Ella me miraba tiernamente. Luego nos besamos. Noté en mi fantasía que ella me deseaba, pero yo la amaba demasiado para que, en aquel amor, cupieran las guarrerías. Y seguí mirándola, enamorado. Como productor de cine independiente, pero forrao, ordené a los mejores guionistas que escribieran para ella los más bellos diálogos, las historias más tiernas, las más hermosas escenas.
Llevábamos un buen rato haciendo de tortolitos y me cansé de tanta fantasía romanticona, así que empecé a vigorizar la relación. Ya hacía media hora que salíamos. Y se me fue un poco la cabeza:
La Brownie entró en mi lujoso despacho con vistas al paseo de la playa de hermosas palmeras en el mismo centro de Manhattan, dispuesta a suplicarme que le concediera un pequeño papel en la próxima película que voy a producirle al mentecato de Kevin Costner. La noté muy entusiasmada. No podía atenderla en condiciones porque mi charla telefónica con Michael Douglas me lo impedía. Andaba en juego un buen montón de dólares, así que le extendí la mano invitándola a tomar asiento en mi fastuoso sofá de bambú grueso estilo Caribbean junto a la mini piscina con loros tropicales que tengo justo en el centro del despacho para entretener a las visitas. En el mismo centro de Manhattan.
Michael Douglas seguía el teléfono:
-El fotógrafo que has contratado es muy joven, no tiene experiencia en rostros maduros y atractivos.
Escuchaba la lata de Douglees cuando observé que la Brownie buscaba algo entre las juntas del solfá. Y sin venir a cuento se abrió de piernas y me enseñó sus bragas blancas.
-¿El encendedor? –murmulló ella levantando los almohadones sin cerrar las piernas.
-Estoy muy ocupado, nena, no me entretengas -le dije con firmeza. Al fin y al cabo ella no era más que una niña mona, muy mona, dispuesta a llegar a donde fuera conmigo con tal de conseguir un papel.
Me pasaron una llamado de De Niro, la estrella se sentía preocupado por una secuencia de la peli que rodaba donde tenía que quitarse la camisa ante una azafata.
-Espero que sepáis disimular mis tetillas, yo tengo un prestigio que no quisiera perder. You know?
El encendedor debió de perderse mucho porque la Brownie hincó las rodillas en el parquet empujando el sofá con la cabeza a ras de suelo, mostrando un tatuaje japonés en la nalga izquierda.
-No estoy seguro de que sirvas para el trabajo, chica, hay muchas aspirantes al papel –le dije tapando el teléfono para que no se escuchase la nueva charla. Era Nicholson:
-Verá, Sr. Productor, hay unas chicas rusas en el reparto que aprovechan todas las pausas del rodaje para hacérselo en la caravana del equipo. ¡Y con la puerta abierta! –se quejaba Nicky, acomplejado por no poder responder ante las rusitas como siempre había hecho.
Brownie buscaba ahora entre los rieles de las cortinas, empinándose de puntillas para llegar hasta arriba. La falda se le encogió prácticamente hasta la cintura y la camiseta ascendió hasta enseñarme unos sujetadores también de color blanco. Ella emitió un leve resoplido mirándome con impaciencia, me imagino que por no encontrar tampoco el encendedor entre los palos de las cortinas, más que nada porque éstos son todos redondos y sin escondrijos. Me preocupó que cayera por la terraza hasta el jardín del edén medieval que tengo montado en los bajos del edificio. En pleno Manhattan. Yo seguía ocupado.
-No me hagas perder el tiempo, muñeca, no puedo estar por ti –le advertí a ella.
Ahora era Di Caprio, me pedía más dinero. Así no podía concentrarme en mi trabajo.
Harta de buscar por todo el despacho, y viendo que yo seguía sin prestarle atención pues el futuro del cine estaba en mis manos, ella se subió encima de mi mesa. No tenía bragas. Separándose las mollejas me preguntó de espaldas:
-¿El encendedor está ahí, señor productor?
Y entonces el ojo rosado-amarronado me retornó a la diminuta ventana de mi apartamento, que ofrece como vistas el desgastado color marrón de la fachada del edificio de enfrente. En el mismo centro de Manhattan.
uhpeNY
El niño está pasmado con el coche. Lleva media hora con el brazo levantado, señalándolo sin parar. Es muy listo, pone carita de tierno mientras sonríe a la madre con una expresión que intenta convencer. A mí, al menos, me convence. No conozco al niño pero aseguro que aquella es su mejor sonrisa. Me viene a la memoria el gato protagonista de una película de animación, cuya voz interpretó Antonio Banderas en el inglés original, donde cada vez que el gatito malicioso necesitaba salirse con la suya, agrandaba los ojos, hacía morritos con la boca y movía la cabeza inocentemente a un lado: los humanos no se resistían a la ternura. Bien, pues el niño hace lo mismo para sonsacarle a mamá. Sólo que mamá no está por la tarea de creerse la artimaña sensiblera y tira del brazo del chico para seguir avanzando en el espacio de la tienda que Lego tiene en Rockefeller Center, que, dicho sea de paso, es una demostración de cómo hay que diseñar y exponer en un almacén de juguetes.
La madre se gira y coge al niño con los dos brazos, necesita toda su fuerza si quiere despegarlo de allí; y al quedar frente a mí es cuando la reconozco. Conozco a la madre. Es la exmujer de un cliente de la empresa. Estoy totalmente seguro. La atendimos durante varios días en las visitas que ella y su exmarido nos hicieron en la asesoría. No puedo equivocarme. Nos miramos durante unos segundos; se acuerda de mí. No dice nada.
Su hijo, de unos cuatro-cinco años, con su dedo de Colón, comienza a hacerse fuerte en el sitio y me hace pensar que a mamá le va a costar arrancarlo de allí sin juguete. El chaval suelta el sonsonete gruñón que precede al lloriqueo y, efectivamente, comienza la serenata. Me alejo del espacio próximo a ellos, no hay nada que me haga salir por patas tan rápido como un niño que berrea.
Ir a comprar los dichosos regalos se hace más cuesta arriba cada año. Y, si encima, no tienes ni la más pajolera idea de qué comprar, es para cabrearse desde el mismo día que encienden las lucecitas de la navidad. Qué compro y a quién. Es un dilema. Regalar es un acto social difícil. Fuera de los más allegados, o sea, aquellos regalos que compras todos juntos el mismo día y en los mismos almacenes, para el resto de amistades es un engorro importante ¿Le gustará? ¿Lo encontrará muy barato? ¿Se notará mucho que lo he elegido a toda prisa? ¿Se notará mucho que mientras lo elegía me sudaba la polla todo?
El hijo de Albert y Monique (vecinos de mi cooperativa) se llama Biffi, de una edad similar al niño que acabo de ver, sólo que Biffi tiene la cualidad de ser el monstruo más repelente que camina a dos patas. El nombre le va que ni pintado. Ha estado enfermito unas semanas, y aunque personalmente no lo he tratado largo tiempo, el hecho de que el padre me esté dando continuamente la brasa con el niño, consigue que parezca que conozco al niño desde que nació. Y te ves obligado al regalito. Estoy harto de los papás que se pasan el día hablando de sus niños y cuando llega, por ejemplo, su cumpleaños, ya te ves forzado al detalle con él porque te han integrado como parte de la familia sin saber cómo coño se llama el crío. Te enseñan las fotos de una manera que cuando la niña pilla una diarrea les tienes que preguntar siempre que te los encuentras por la escalera, con aquella cara de preocupación que has de poner para demostrarles de que sí, de que te importa un pepino la niña. Sería deseable que nadie enfermara jamás, sobre todo los niños, estamos de acuerdo, pero ir por la comunidad evangelizando a los vecinos para enganchar nuevos adeptos a la familia y así juntar más regalos en Navidad, eso es de Testigos de Jehová.
Me toca el turno en la tienda. Digo que el chiquillo tiene unos cinco o seis años de edad y me llevan al mismo lugar donde encontré a la mamá que conocía. Entre el surtido de juguetes veo el cochecito rojo. Destaca por encima del resto. Siento una atracción especial por ese mismo juguete. Hay algo de macabro en llevarme el coche que no pudo conseguir el chaval. Lloró por él. Aún lo veo señalando con el dedo la caja. Al mismo tiempo, adquiriéndolo, satisfago el deseo del niño: poseerlo. Y me lo llevo. Es el más bonito de todos, el niño tuvo buen gusto ¿qué pasa?
Hacía frío en la calle, ese frío que place de soportar porque refresca la cara y el alma. Me sentía contento con mi gran bolsa de la mano, presumiendo ante la gente que me cruzaba de tener un hijo al que iba a hacer inmensamente feliz con aquel paquete. Hijos. Pobre de mí. ¿Cuántas cosas he de arreglar en mi vida antes de tener un hijo? Tan pequeñitos y sensibles. Tan indefensos y necesitados siempre de cosas. Dios. No sé yo si sería capaz de… con mi mala cabeza. Incapaz de ahorrar nunca nada. Todo lo gasto. Miro a las mujeres como animales follables, y una madre es más que eso. Es mucho más. Es todo lo demás.
El coche lo había comprado para mí. Para el hijo que nunca tendré. Los sentimientos me jugaron una mala pasada. Otra vez. Una situación fortuita, un simple encuentro con apenas una desconocida, desenterró lo más hondo. Toqué la caja de nuevo, de un suave tacto satinado que incitaba a abrirla y sacar el contenido. Daban ganas de comerse el cochecito. Se me pasó el hambre cuando imaginé al sapo de Biffi, el hijo de los vecinos, abriendo el paquete.
-¡Embargo! –dije en voz alta- ¡al final los embargaron! Sí. De pronto recordé el expediente abierto por el Estado de Nueva York contra el matrimonio Benson, la mujer que acababa de ver en la tienda y su marido, asunto que más tarde les provocaría el divorcio. Y por lo visto, el niño acabó con la madre.
Averigüé el nuevo domicilio y les hice llegar el regalo. Como remitente puse “El Rey Gaspar”. En Estados Unidos los niños reciben los regalos en Navidad, no acaban de creerse lo de los reyes magos. Yo tampoco. Fue una manera de hacerle ver a la señora Benson la procedencia “hispana” del envío.
No lo volveré a ver nunca más. Quiero imaginar que, en la tienda, su dedito me señalaba a mí.
uhpeNY
La ilusión de la cena se desvanece muy pronto, como un enamoramiento roto antes del flechazo, un abandono cruel antes del primer encuentro. El sueño dura muy poco en la gente. Semanas de menús y vinos, de zapatos y blusas, de peinados y bronceados, se vienen abajo antes de los postres. Hasta el tono de la voz les baja. Les vuelve la mirada de trabajo de la oficina. Se acuerdan de repente que es la empresa la que manda allí y el miedo se hace con ellos. Por la experiencia de otros años saben que las bromas, las ironías y las verdades confesadas bajo el manto de una fiesta se perpetuarán más tarde en la empresa. Y entonces con malicia. Los jefes insisten en “esta noche todo vale”. Es mentira. Toman buena nota de todo y las reprimendas no tardan en hacerse notar.
Me siento en la mesa del restaurante junto a Sam y contemplamos el panorama de todos los años. De haber algún nuevo compañero con un poco de atractivo, por invisible que sea, monopoliza todas las hablillas y deseos durante la cena de navidad, en una especie de adulterio empresarial. Los que llevan más de un año en la oficina ya tuvieron su cena de gloria. Ahora entregan el relevo a los recién llegados, que se sienten agasajados de atenciones y miradas que sólo duran hasta el bajón del alcohol de la cena. Como más tardar, alguno sostendrá el acoso hasta la discoteca, luego se derrumbará y los chismes volverán a ser los protagonistas del grupo de empleados. Como siempre ha sido. La más guapa será puesta a parir. El más guapo, también. Acabarán ganando los feos porque son más. Los feos siempre son más, como los tontos y los cobardes, como los mentirosos y los pelotas. Son regimiento. Da asco la empresa. Todas las empresas dan asco. Cantas en la ducha por el gozo de un día más de sol y llegas a la empresa para que se te caigan los colgajos al suelo. Todos los holas y todos los adioses son falsos. Cuanto más cuentistas más insisten en guardar el protocolo. Saludan y preguntan boberías a cada rato. ¿No les da vergüenza? Pero si todo el mundo los conoce. Es repugnante.
Annie es nueva. Su belleza no pega en la oficina. Sus compañeras no la han aceptado. No creo que dure mucho tiempo entre nosotros, antes del verano ya se habrá ido. Seguro. Ellos la acosaron las primeras semanas. Ahora ya no, ya no la acosan porque se sienten intimidados ante la clase de la nueva fémina. Les suele ocurrir a los hombres, la llamarada permanece encendida a lo largo de cuatro semanas, después, rechazados ante la hembra, vuelven a su taberna de piratas malheridos a darse codazos entre sí mientras se consuelan al coro de “zorras, zorras”. A partir de ahí, y como no hay nada que rascar, el trato se hace obligadamente respetuoso, educado. Todo mentira. ¿A quién quieren engañar?
En la discoteca hay una pequeña orquesta que toca un bolero. El cantante tiene buena planta. La guapa de Annie se fija en él, todas lo hacen. Al acabar la actuación el del bolero se acerca a la barra donde estamos. Se fija en Annie. La verdad es que Annie es para fijarse en ella, le dé la luz que le dé. Se sostienen la mirada más allá de lo generalmente aceptado. Algo queda. Annie no va hacia él por miedo a las compañeras de empresa. Seguro. El cantante de boleros nota la comprometida situación de ella y se queda en su esquina. Tierra de nadie, lugar común de los guapos. Pienso cuántas veces se habrán visto inmersos en situación similar, marginados por su belleza. No por su estupidez, no, no, tampoco por su maldad, no, por su belleza. Por eso que los guapos se juntan entre sí, al menos, no tienen belleza que reprocharse.
Se repite lo del año anterior, y lo del otro: acaban divirtiéndose más los peor vestidos, los menos populares y los que no esperan el milagro de la gran noche.
Hablo con Annie no sé de que asunto, ella está conmigo por hablar con alguien, no me presta la menor atención. Bien que hace. Sé con certeza que yo no podría quitarle una chica como Annie al tipo de los boleros ni aunque la chica fuera ciega y lesbiana. Decido intervenir. El ambiente en la disco entre los compañeros de empresa me resulta inaguantable. No puedo fingir más. Me voy, y de paso le quitaré a la empresa el placer de disfrutar con el vacío que le hacen todos y todas a Annie. Me acerco a la esquina de la barra y les pregunto a los de la orquesta si conocen algún local cercano que esté bien. La pregunta la hago mirando al cantante. Se le encienden los ojos.
―Annie, toma en taxi hasta Las Américas con la calle 3th –le digo.
―¿Dónde vamos?
―Al Blue Note –le digo con desgana.
―¿No te gusta? –me pregunta.
―Es un rollazo de jazz insoportable.
―¿Jazz? ¡Great! –grita Annie, loca de contenta.
―Great, sí, ya.
Al salir veo a Annie esperándome en la esquina. Imagino que no se atreve a ir sola. Me tocará hacer el papel de celestino hijoputa, que es lo que mejor se me da. Me coge de la mano y pierde su mirada a través de la ventanilla por las calles de Manhattan. La noche es preciosa. Aun más preciosa para acabarla con Annie. Cantante de los cojones.
―”Por donde quiera que tú vayas” –le digo a ella en español.
―¿Qué?
―El bolero decía “whereever you go”.
―¿Ah, sí? –y vuelve a perder los ojos en el vacío de la calle. Ahora con una preciosa sonrisa de placer. Me aprieta la mano en señal de agradecimiento. Me los imagino a los dos en la habitación, nada más entrar se apoyan sobre la pared, no pueden llegar ni a la cama. Él le quita el cinturón. Se me hace una pelota en el estómago. Cantante de los cojones.
Pero al recordar la cena y el baile recobro el ánimo. Quizá encuentre una chica en el Blue Note a quien poder cantarle «Earth angel, will you be mine?», y olvidarme del rostro de Annie por esta noche.
Una sonrisa así debía de volar hacia otros parajes, y no dormitar entre las hienas y los cuervos de la planicie.
Uhpe NY
El escritor tiene algo que contar cuando adquiere estilo. Es el aprendizaje de la escritura lo que le descubre “cómo ir escribiendo”.
Historia y trama viajan cosidas entre la prosa, y a mayor dominio de ésta, mayor valor ante cualquier texto, transformando el tortuoso comienzo en una satisfacción que te llena la vida. La prosa rica no es más que el hábito de escribir, que no es otra cosa que “sobre lo que escribir”.
Deedo Parish
En la misma época, las mujeres atractivas que aún no habían llegado a cortesanas, y que eran invitadas por algún banquero o militar a los bailes que ofrecía la corte, se cuidaban mucho de demostrar su elegancia ante las cortesanas. Estaban muertas. Cualquiera de ellas con influencia y mala fe podía acudir, y acudía, a pedir favores a un noble hijoputa como ella para que arruinara la vida de la hermosa y pobre chica convirtiéndola en prostituta. En ocasiones, la vida de la plebeya mejoraba y, si demostraba astucia suficiente, podía ascender en la escala social de la mano de un ilustre carcamal, pero en cuanto éste moría, si no se había procurado una situación solvente, se le echaban encima.
Nada de esto está en los libros de historia, que se limitan a un chorro de fechas y nombres que explican muy poco de por sí. Belleza y envidia han ido siempre de la mano desde el principio de los tiempos a lo largo de los siglos, y tenemos que enterarnos de las providencias básicas de la vida a través de las novelas y las biografías.
Deedo Parish