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La magdalena de Proust

Amelia NogueraAmelia Noguera Pedro Abad s.XII
editado agosto 2011 en Narrativa
Espero que fuera de Proust.
Releyendo algunas entradas del blog en el que me desahogo habitualmente en mis idas y venidas en el proceso de llegar a publicar mis novelas, me he reencontrado con este relatillo. No hace mucho que lo escribí, pero últimamente escribo todos los días y olvido pronto. Espero que les guste.

La magdalena de Proust

Nunca supe bien cuándo terminé desacostumbrándome de viajar en tren. Solo sé que llegó un momento en que, al imaginarme bajando a Madrid, lo hacía siempre conduciendo mi coche, con el aire frío o caliente, según tocara, dándome en las mejillas y en los antebrazos; una guitarra española o varias rasgándose en sonidos brujos y quejumbrosos a través de los altavoces de las puertas delanteras; las ventanillas subidas; y los seguros echados. Supongo que debió de suceder a la vez que me desacostumbré de otras tantas acciones que poco a poco fueron relegándose en mi quehacer y, sin tomar conciencia de ello, desaparecieron de mi cotidianeidad como se diluye un hielo entre las ondas líquidas de un Martini rojo, haciendo eses. Haciendo muchas eses. Todas de un color rosáceo desvaído.

Pero lo cierto es que, el día antes de tener que volver a usar el transporte público para ir a trabajar, no había podido dejar de experimentar una desazón estúpida que me había obligado a comprobar en Internet cada paso que tenía que dar: qué billetes debía comprar, las estaciones donde debía bajarme, cuáles eran las líneas y en qué sentidos tenía que tomarlas y hasta trayectos alternativos por si a algún pirado terrorista le daba por volar el trecho que yo tenía que recorrer. Y ni siquiera ante la hipotética proximidad de la muerte, en el caso de que se le ocurriera hacerlo a la vez que yo pasara por allí, la maldije. Para qué. El divorcio había sido demasiado rápido y demasiado fácil como para odiarla. Tan solo se marchó con el otro y había oscuridades que yo siempre había preferido no dilucidar. Hacía muy pocos días de eso, pero fueron los suficientes como para asimilar ya que, por ejemplo, tendría que volver a habituarme a llegar a la oficina como casi todo el mundo; porque el coche era suyo, como casi todo lo demás, y se lo llevó junto con quince años de mi vida, que me habían servido para desacostumbrarme también de casi todo, aunque no de ella.

Así que, cuando llegó el caso, entré con media hora de adelanto en la estación y conseguí sentarme enseguida junto a una ventana. Pero antes hice suficientemente el ridículo explicándole al hombre que en algún momento de mi desvencijado pasado había sido quien me vendía los billetes que, dado que aún no me había sacado el abono después de más de diez años de desintoxicación de las colas en el estanco el primer día de mes, esa maldita máquina me había pedido la tarjeta para cobrarme el importe de un ida y vuelta y se había quedado con mi billete. Aunque resultó que no, que es que ahora salía por debajo. "Tenga usted. Estas malditas máquinas no suelen fallar, sabe", me había dicho con una entonación escuálida el sufrido renfero de camisa blanca y logotipo de rayas azules, mientras debía de blasfemar en bajo por haber quedado tan solo para eso. Y yo, con la vista fija en la nada vertiginosa que acorralaba el vagón desde hacía un rato, iba pensando en ello, en cómo hasta acciones tan infames como comprar un sencillo conseguían descontrolarnos cuando perdíamos la rutina. Y también pensaba en que, si quería sobrevivir, debía volver a encontrarla lo antes posible. A pesar de ella. Siempre a pesar de ella. Aunque me costara reconocerlo.

Y entonces la vi. Sé que no tenía más de cuatro o cinco años; aunque nunca he sido capaz de acertar la malévola pregunta de cuántos cumplía cualquiera de mis sobrinos, aquella niña aún no había perdido la inocencia de los que miran a los demás sin plantearse si son algo diferente de lo que parecen. Su pelo era oscuro y liso como solo son capaces las hebras capilares de las personas de razas asiáticas y creo que me sonreía, pero sus ojos alargados me miraban como si quisieran traspasarme. Y por un momento pensé que lo harían, que esa pequeña conseguiría verme por dentro. Cerré entonces los míos con fuerza, para protegerme de ella, para protegerme de su mirada lista y de sus pupilas oscuras y auscultadoras, pero ya era tarde. Aunque no podía imaginarme cuánto. Apreté los párpados y mis puños se cerraron a la par. Intenté respirar despacio. Escuché recitar la siguiente estación con una resonancia metálica y monótona. Me sorprendió conocerla y saber que aún faltaban otras seis para llegar a mi destino y me extrañó aún más verla en mi mente herméticamente cerrada ante la insistente mirada de mi pequeña espía del asiento de enfrente. La recordé como era cuando Ana y yo hacía muy poco que nos habíamos conocido y recorríamos las noches madrileñas embriagados de líquidos y de deseos de bebérnoslos, cuando ella era mía y yo solo quería que siguiera siéndolo. Y quise quedarme allí, entre esas calles que la traían de nuevo a mis brazos y a mis besos, pero un chirrido de ejes de tren me retornó a mi asiento y volví a sentir sobre mí los penetrantes ojos rasgados de la cría. Quise abrir los míos; sabía que aún tenía tiempo de huir de lo que fuera que ella iba a revelarme, pero mis párpados no se movieron y mis piernas se quedaron encajadas por encima y por debajo de las rodillas, como aprisionadas por las correas de cuero tensas entre sus hebillas de metal de una silla eléctrica invisible y eficaz.

Entonces supe que tenía que decidirme, que esa era mi última oportunidad para escapar y quise aflojar las tiras y levantarme y avanzar por el vagón hasta dejar de ver y de pensar en aquellos ojos, pero fue inútil. Ella había comenzado a hablar. Le estaba diciendo algo a su acompañante, su madre quizás, y ese sonido monótono de idioma ajeno hizo que se volviera a soldar en mi mente alguna conexión que hacía mucho que se había desenganchado. Lo vi. Dejé de oír palabras en mandarín y ruidos de puertas deslizándose y toses broncas. Dejé de oler el sudor y la colonia alcohólica. Dejé de sentir las piernas rígidas y solo vi. Lo vi todo. Vi todo lo que había dejado de ver desde que era un crío un poco mayor que la pequeña que seguiría contando algo frente a mí, cuando mi mente había extraviado los recuerdos en recovecos oscuros e intrincados que ahora de repente se habían alumbrado.

(continúa en el mensaje siguiente)

Comentarios

  • Amelia NogueraAmelia Noguera Pedro Abad s.XII
    editado agosto 2011
    (pues eso)
    Ella era igual que mi vecina china del cuarto, cuya existencia acababa de recordar, en un edificio de siete alturas de una ciudad-dormitorio a las afueras. También acababa de recordar que yo había habitado alguna vez allí. Kumiko, María para los niños del barrio, vivía un piso por encima de mí junto con sus cinco hermanas, sus padres, sus abuelos y otros seres más de identidad incógnita que unos días parecían parientes cercanos dispuestos a quedarse y otros tan solo huéspedes de paso, a los que aprendí a diferenciar por la forma en que se peinaban tras reiteradas observaciones al verlos salir del portal, porque mis padres me habían prohibido hablar a ninguno de ellos pero no mirarlos. Y a mí me gustaba hacerlo. Las niñas a veces bajaban a la calle y las mayores nunca jugaban con nosotros, pero Kumiko sí. Kumiko era capaz de conseguir siempre que un alma bonachona le cediera unos minutos su muñeca y se enredaba en sus mismas fantasías y se inmiscuía en sus mismos pucheros de sus mismas cocinitas.

    Oí cantar el nombre de otra estación y la niña rió junto a mí. Y esa risa fresca pero sutilmente reprimida de chiquilla que pide poco pero es feliz, igual que la de mi vecina, fue la que consiguió romper del todo mi coraza. Me vi con claridad, con mis malqueridos pantalones cortos y mi bienamado pelo liso cortado a tazón, jugando a las canicas en el patio de detrás de mi casa, el que daba a los minúsculos balcones del salón, y vi a Kumiko mirándome desde el suyo. Era la niña más dulce que había conocido, su piel parecía tan suave como la de mi madre y su voz era melosa como la de los dibujos de la tele. Pero no podía acercarme a ella porque, si alguno de mis hermanos me veía, enseguida alguien bajaba a buscarme y se me acababa la libertad de la calle al menos por ese día. Ahora la miraba con disimulo mientras intentaba meter las bolas de cristal en el hoyo arrastrándome sobre la tierra. Al principio, ella jugaba también, pero estaba sola y se cansó pronto. Entonces empezó a hablarme desde allá arriba, con palabras que solo ella pronunciaba de un modo que me hacía sonreír. El aire cuchicheaba entre las hojas de los árboles a mi espalda y los cacharros de las cenas traqueteaban sobre los fogones. Y la oía lejos pero podía escuchar su voz con claridad, como si no se estuviera escapando del eco de un pasado apenas recuperado.

    Los otros niños habían ido abandonando el juego y se habían subido a sus casas y yo me había quedado solo como ella. Pensé que debía irme también, pero entonces la oí llorar. Estaba anocheciendo y me di cuenta de que estaba encerrada allí y de que podía tener miedo. Yo lo habría tenido. Pronto oscurecería del todo y su familia no llegaba nunca antes de que yo me acostara, aunque no sabía a qué hora porque jamás hacían ruido. Por eso mi hermano mayor decía que eran como fantasmas amarillos. Sentado aún en el vagón, sentí vergüenza de mí mismo, por no haberle respondido nunca lo que pensaba, que no eran fantasmas, ni tampoco amarillos. Tan solo eran otras personas. Recogí mis canicas dispuesto a ir en busca de mi madre, pero vi cómo Kumiko se subía a la barandilla y la escuché gritarme que la cogiera, que iba a bajar. No me dio tiempo a gritarle también que no lo hiciera. Era una niña muy valiente. Ya había saltado. Tampoco la vi caer. Supongo que cerré los ojos. Pero ahora veía con nitidez su cuerpo menudo roto contra el suelo, cerca de mí, con una sonrisa en los labios y un hilo de sangre que le salía de la cabeza y que poco a poco empapó su rostro inmóvil y su vestido pálido, comenzando por el cuello en forma de flor. Le cogí la mano y se la acaricié. Sí que era suave. Y luego le cerré los ojos, esos ojos rasgados que siempre me habían parecido hermosos sin saber exactamente lo que eso significaba, mientras otras personas gritaban al lado e iban formando un corro alrededor. No derramé ni una lágrima. No podía dejar de pensar en que tenía que haberla rescatado. Pero ni las amenazas ni los ruegos consiguieron que me apartara de su lado hasta que la ambulancia la enguyó para siempre.
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