En esta obra intenté hacer algo un poco diferente.
Credo
Creo en un solo dios, Padre Todopoderoso,
Creador del cielo y de la Tierra,
de todo lo visible y lo invisible.
El viejo sacerdote se había permitido unos minutos en la sacristía mientras su ayudante, un joven cura, apenas recién salido de uno de los grandes seminarios, continuaba la liturgia.
Él estaba muy cansado, ochenta y seis años al servicio de su propia fe le pasaban factura. Se negaba a ir al médico "Dios proveería" al fin y al cabo, sólo Dios, sólo Jesucristo, su señor, eran los auténticos dueños de su destino.
Había entregado su vida a las creencias que defendía con fervor.
Creo en un solo Señor, Jesucristo,
Hijo único de Dios,
nacido del Padre antes de todos los siglos:
Dios de Dios, Luz de Luz.
Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no creado,
de la misma naturaleza del Padre,
por quien todo fue hecho;
que por nosotros los hombres
y por nuestra salvación, bajó del cielo;
y por obra del Espíritu Santo
se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre.
Sentado en una de las sillas tapizadas de terciopelo rojo de la sacristía, escuchaba la oración del credo. Dios de Dios, Luz de Luz, su razón de vivir. Él había construido su vida en torno al cristianismo, en torno a la Biblia, y a pesar de los grandes momentos de duda, había seguido adelante.
De forma repentina, un dolor en su corazón paralizó los músculos del lado izquierdo de su cuerpo, el aire se escapó de sus pulmones como si un enemigo invisible hubiese golpeado, con inusitada fuerza, su vientre. Boqueó como un pez fuera del agua, consiguiendo un leve suspiro de oxígeno. En su cabeza pasaban poco a poco las imágenes de su pasado. Porque el ser humano necesita algo en lo que creer, porque el ser humano se aferra a su fe. Él había dado un paso más.
Y por nuestra causa fue crucificado
en tiempos de Poncio Pilato;
padeció y fue sepultado,
y resucitó al tercer día, según las Escrituras,
y subió al cielo,
y está sentado a la derecha del Padre;
y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos,
y su reino no tendrá fin.
Recordó el primer día en el seminario, jóvenes de apenas quince años, púberes de hormonas revolucionadas, casi descontroladas, que atendían a las clases, hacían travesuras como todos los niños de su edad, y eran castigados por los severos sacerdotes encargados de su formación.
Porque la religión entraba mucho mejor a base de golpes. Las oraciones y el latín, con castigos sin comida. Y los mandamientos bajo las manos lujuriosas del rector del seminario.
Recordó a Amaia, una jovencita que solía vender claveles a la puerta del parque donde los sacaban a pasear. Era tan hermosa, con sus ojos de chocolate y su cabello del color de la noche, su piel pálida llena de pequitas y su cuerpo en el que apenas asomaban sus formas de mujer.
Siempre vestida con harapos, que a él se le antojaban más hermosos en su figura que los vestidos de una reina.
Siempre con una luna triste en la mirada, que se iluminaba cuando él, siempre le compraba un clavel.
Con Amaia conoció el amor puro, pero también el deseo carnal, pues según los años pasaban, él y Amaia crecían, y la inocencia infantil la dejaron olvidada, ella en los claveles y él, en el seminario.
Se besaban y tocaban cuando nadie miraba, pero nunca llegaron a nada más. La fe de él, su educación se lo impedía. Amaia buscó algo más en los brazos de otro joven. Él sintió por primera vez los celos. También fue la primera vez que dudó de su fe. La primera vez que se peleó con sus creencias.
Creo en el Espíritu Santo,
Señor y dador de vida,
que procede del Padre y del Hijo,
que con el Padre y el Hijo,
recibe una misma adoración y gloria,
y que habló por los profetas.
La liturgia seguía, y entre el dolor agónico, él seguía recordando su vida.
Rememoró el momento en el que dejó el seminario por primera vez para dar misa en una pequeña parroquia, en la que los asistentes eran pobres desamparados. Hombres, mujeres y niños para los que la suerte había desaparecido, pero que veían una luz entre el hambre y la enfermedad con sus misas.
Recordó haber repartido todo el pago que recibía de aquellas misas a aquellas gentes, recordó haber vendido tapices, copas de oro y miles de cosas más para poder ayudarlos.
Jesucristo no necesitaba ofrecer su cuerpo en un cáliz de oro. Aquellas gentes necesitaban comer. Era cuestión de prioridades.
Creo en la Iglesia,
que es una, santa, católica y apostólica.
Confieso que hay un solo bautismo
para el perdón de los pecados.
Él algún día había sido un joven humilde también, hijo de un pescador, que apenas sí tenía para llevar algo de comer a sus hijos. Tenía siete hermanos. No sabía qué habría sido de ellos.
Él había sentido envidia, celos, lujuria, pero nunca avaricia, gula o pereza. Había demasiado que hacer, había sido demasiado pobre para envidiar.
Dios nunca le había regalado nada, y ahora que estaba en su lecho de muerte, se daba cuenta de ello. No se arrepentía de haber seguido luchando por aquello en lo que creía. Aún tenía fe.
Espero la resurrección de los muertos
y la vida del mundo futuro.
Su corazón dio los últimos tumbos en su pecho, la vida se escapaba de sus manos.
Sus ojos captaron la imagen de la figura de un Jesucristo mártir sosteniendo la cruz.
Lo último que pudo ver fueron los ojos de Cristo llorando gotas de sangre. Lágrimas de sangre que nadie vería. Sólo él.
Amén.
Comentarios
Un abrazo.
¿A qué te refieres con "algo diferente"?
La técnica narrativa que utilizas es muy común (en cine se llama "flash-back"), y la has empleado con rigor y eficacia. También me ha gustado que "aprovecharas" el momento para introducir algún que otro concepto anticlerical...:rolleyes:
Muchas gracias por vuestras críticas ^^