Hola a todos,
por favor, disculpad si este no es el apartado apropiado para este mensaje, pero ¡hay miles! y no he conseguido encontrar otro lugar mejor donde hacer esta propuesta.
Desde que reanudé mi vocación hace un año, he terminado dos novelas, "Escrita en tu nombre" y "La pintora de estrellas". Con ambas sigo enfrascada en el proceso largo y desesperante que muchos conocéis de sobra de buscar editorial o agente pero, mientras sigo esperando, se me ha ocurrido que la opinión de lectores experimentados como somos los aspirantes a escritor podría enseñarme mucho sobre mi literatura y sobre cómo mejorarla y eso me interesa siempre.
Así que, si a alguien le apetece, en mi blog podéis descargar un par de capítulos de mi primera novela. Colgaré aproximadamente la mitad hasta que reciba todas las respuestas de las editoriales y los agentes. Si entonces no he tenido suerte, la colgaré completa allí, en Bubok.com o en lulu.com. La verdad es que escribir tiene dos facetas inseparables para mí e igualmente fascinantes: la propia escritura y la comunicación con los lectores. Ya me ha pasado que un lector que se estaba terminando mi novela en el autobús camino de casa me haya ido enviando mensajes al ir leyendo algunas escenas que le habían flipado y ¡es tan maravilloso!
En fin, este es el principio de mi novela. Todos los comentarios serán bien recibidos y prometo corresponder.
Capítulo I
POR FIN CONSEGUÍ TOCARLE. Qué duro, hacía tiempo que no tocaba nada tan duro; tal y como me lo había imaginado la primera vez que le vi aparecer con sus pantalones negros, deliciosamente ajustados; y su sudadera gris, ceñida de necesidad, por la destartalada puerta del gimnasio. Duro como una piedra, pero con probabilidad homosexual, como parecía ser la moda últimamente. Eso pensé, aunque esa opinión no fuera propia de mí, Malena para quienes más me quieren, Magda para algunos durante demasiado tiempo, Magdalena según mi partida de nacimiento y solo yo para mí misma. Y es que hacía mucho que yo no era yo misma. Gracias por haberte encontrado aun después de tanto tiempo. Sí, gracias, por permitirte sentir, al fin. Debe de ser la laxitud que me invade después de haberme acostado con él. Tiene que ser eso, la pasividad postcoito, la felicidad inmoral que transpira cada célula tras haber follado, como diría sin vacilar mi querida Laura. Sigo sin acostumbrarme a la palabreja, siempre he preferido hacer el amor; aunque ya no se lleva, hasta escritoras con premios Planeta la emplean en entrevistas para dominicales y, sin embargo, yo no me siento a gusto cuando la digo. Y es que creo que nunca me he sentido así. Como en una nube. Con él a mi lado.
Duro como una piedra, no logré sonrojarme cuando me dijo que quería pasar la noche conmigo, porque lo había deseado tantas veces como las que me había preguntado a mí misma ―y esta vez sí soy yo, y qué feliz me hace eso― que cómo un hombre como ese iba ni siquiera a fijarse en mí. No estoy acostumbrada a tener que competir con mi físico: durante demasiado tiempo tuve amor o, mejor dicho, compañía segura. Y todo venía rodado. Pero tal vez su culo me haga olvidar aquello. Qué maravilla. Y está en mis manos. Si Laura pudiera verme ahora, seguro que diría algo así como ¡Ay que ver, Malena, qué puta te has vuelto!
Pero no era marica. Cuando ves a un hombre así, con ese cuerpo y esa cara y esos ojos y ese pelo y ese culo y ese culo, y treinta y tantos, o es marica o está casado. Y no piensen que empleo el término despectivamente. Siempre he respetado, a secas, a los homosexuales; a todos, hasta a los que me han hecho volver a la lectura porque, a fuerza de repetirse en la televisión, la han convertido en algo aún menos soportable. Incluso digo “a secas” porque considero que no tenemos ningún derecho a usar otra expresión. Solo precisan nuestro respeto y no nuestra comprensión, ni mucho menos nuestra tolerancia. Creo que deben de pensar que toleremos a nuestra madre. Pero en ese momento estaba convencida de que algunas cosas no cambian. Con ese culo y esos hombros, o se es marica o se está casado. No existen más posibilidades. Así que cuando le veía llegar a las clases de yoga, el único hombre entre tanta fémina a esas horas de la tarde, observaba cada uno de sus movimientos ―perfectos, sinuosos, increíblemente acompasados― siempre con mucho disimulo, para que no se me notara demasiado, pero sin perderme ni uno y esta situación de abstracción solía llevarme a abandonar mi estado normal de equilibrio y a torcerme un tobillo, que ni era ni sigue siendo una de las partes con mayor estabilidad ni gracia de mi anatomía. O bien, si por el contrario resultaba ilesa, me iba a casa con una sensación libidinosa parecida a la que alguna vez disfruté con quince años, mucho antes de estar casada durante toda mi adolescencia y parte de mi madurez. [...]"
http://plateroyellos.blogspot.com/
En el blog también he ido recopilando bibliografía que me ha resultado de mucha utilidad a la hora de escribir. Quizás os resulte también interesante.
Disfrutad del domingo,
Amelia
Comentarios
Recocha aparte, me gustó el inicio, seguiré leyendo lo que coloques;):)
Si fuera mi texto, me tomaría mi tiempo e intentaría deshacer subordinadas y coordinadas. Algunas frases las haría más cortas y a otras las daría vuelta del revés. Saludos cordiales.
"El aire de la noche aún no se ha enfriado, las cortinas se mueven titubeando mientras una brizna se cuela por el hueco que a regañadientes le dejan los árboles, altos y puntiagudos; tanto, que invaden casi mi minúscula terraza. Mario siempre los odió, como se puede odiar a un árbol. Decía que eran los responsables de que apenas circulara corriente cuando las calurosas noches de agosto asediaban nuestro cuarto. Sus palabras vuelven de forma irremisible a mis recuerdos, Magda le trae aprovechando la menor ocasión. En mi imaginación se cuela su mirada pícara de niño mimado, su voz profunda, su altivez. También su sonrisa, amable de vez en cuando, esbozada por unos labios finos y, ahora me lo parecen, demasiado sonrosados. Pero Malena consigue expulsarle del rincón de la memoria en el que se nos hace visible y enseguida recobra el mando. No sé desde cuándo es ella quien nos dirige pero, al observar a Omid, agradezco que sea así. Nunca antes había sentido esta contradicción. Por primera vez, a Magda y a Malena las oigo con nitidez como si no fuéramos solo una o tres partes muy íntimas de mí que, aunque dispares, se complementan.
La exigua brisa parece buscarme, se deleita conmigo, o al menos así lo siento, tal vez porque mi piel continúa en estado de excitación y percibo mil veces magnificado el roce más vaporoso. El calor tímido que la impregna y me envuelve provoca que se me erice el cabello. Aprovecho para volver a mirar al hombre que está a mi lado. Me resulta muy hermoso, aunque tal vez no lo sea tanto. Su pecho sube y baja en un vaivén acompasado que, para mi deleite, sigue el mismo ritmo de mi respiración. Sus pulmones y los míos se hinchan y vacían en sincronía; poco importa si es así o no en realidad. Puede que esa impresión se deba a la insensatez generalizada que me desborda en esta noche mágica y que todo lo que experimento no sea en verdad lo que parece. Pero de repente él se mueve y sus ojos se abren. En mi mente iluminan la noche. Como en el amor renacentista, que Garcilaso me perdone, se fijan en los míos, las partículas de amor entran por mis pupilas, mi alma se inflama. Y ahora Garcilaso sí que debe perdonarme porque hasta aquí dura la semejanza en nuestro sentimiento. Y es que yo pretendo amar carnalmente a mi Isabel, si él se deja.
―¿Qué hora es? ¿Qué haces despierta? ―pregunta mi amado. No piensen mal, es puramente metafórico, para seguirle la broma al gran poeta, cuyos geniales versos releí hace muy poco; pero no soy tan ñoña, apenas le conozco y las flechas de Cupido solo han servido aún para meterle en mi cama. Mil gracias te doy por ello, dios de los enamorados.
―No lo sé, pero debe de ser temprano, aún no ha amanecido. Solo estaba mirándote. Perdona si te he despertado.
El techo parece mucho más bajo cuando la sombra de los árboles, los odiados, se cimbrea contra él. Omid apoya el codo sobre la almohada, sostiene su cabeza con una mano, se reclina sobre mí y con la otra comienza a revisar mi oreja. Parece que le gusta lo que encuentra porque sonríe y, muy despacio, acerca su boca a la mía. Magda se resiste, no quiere que nadie la toque, como si aún fuera de Mario, no puede soportar ni tan siquiera el olor de otro, no puede evitar sentir que le traiciona. Me aparto un poco, pero Malena vence y al fin me relajo y consigo responder al beso que se infiltra en mí y ocupa uno a uno todos mis nombres.
―No importa. Así podemos aprovechar un poco más el tiempo ―continúa al separar de mí sus labios. Creo que pocas veces antes he sentido esta atracción que me hace desearle tanto. Deseo abrazar su espalda inmensa, su torso abultado. La piel de Mario quizás era más suave, pero me sabía a poco. Omid sabe en cambio a arroz con leche, a vainilla y limón, a dulce de membrillo. Será que llevo años hambrienta y su cuerpo calma ese apetito. Sin duda, prefiero el amor carnal al del poeta. Y él me demuestra que también. "
El problema no está, en mi opinión, en el largo de las frases, sino en su estructura. Soy demasiado perezoso para recordar de memoria nombre y significado de palabras como "anfibología" (gracias Wikipedia) y esas cosas, pero creo que el primer párrafo presenta problemas de ese tipo. En él se notan las decisiones del autor en lo que respecta a la elección de una palabra en vez de otra para evitar que ésta choque con una de más allá o más acá, etcétera, y eso lleva a que algunas de las frases no sean del todo fluidas, como sí lo es el resto del texto. Realmente no creo que el problema esté en el tamaño de las frases. Máxime, cuando manejás el ritmo con la eficiencia que se ve que lo manejás. Saludos.
En algunos pasajes, la lectura se hace pesada:
"lo había deseado tantas veces como las que me había preguntado a mí misma ―y esta vez sí soy yo, y qué feliz me hace eso― que cómo un hombre como ese iba ni siquiera a fijarse en mí.."
"Así que cuando le veía llegar a las clases de yoga, el único hombre entre tanta fémina a esas horas de la tarde, observaba cada uno de sus movimientos ―perfectos, sinuosos, increíblemente acompasados― siempre con mucho disimulo, para que no se me notara demasiado, pero sin perderme ni uno y esta situación de abstracción solía llevarme a abandonar mi estado normal de equilibrio y a torcerme un tobillo, que ni era ni sigue siendo una de las partes con mayor estabilidad ni gracia de mi anatomía. O bien, si por el contrario resultaba ilesa, me iba a casa con una sensación libidinosa parecida a la que alguna vez disfruté con quince años, mucho antes de estar casada durante toda mi adolescencia y parte de mi madurez..."
Pero dejando a un lado este aspecto, que también se puede considerar meramente de estilo (el comentario de Ferbr aporta gran valor a tu trabajo), el "tema" tratado, me resulta estirado hasta el aburrimiento: la cuarentona/cincuentona divorciada se prende del "cachas" de turno del gimnasio para apagar su hambre de sexo mientras el fanstasma de su marido alea por su conciencia...
Había olvidado añadir (más bien el editor de mensajes no me lo permitió después): En mi opinión, tu relato sería más interesante si utilizaras el humor como recurso narrativo. Tienes buena herramienta y sabrías cómo hacerlo. Así a todas las cuarentonas/cincuentonas que aquí nos encontramos nos divertiría comprobar que no somos las únicas...
Estás revelando uno de los principales problemas que tiene esta novela: el principio. Fue la primera y muchos trucos narrativos los desconocía. Ahora no hubiera comenzado así, pero le tengo una especie de lealtad tonta y me resisto a tocar ese tipo de cosas. Un principio debería atraer en su primera página y este parece lo que tú has comentado y no una historia mucho más compleja como es.
En una novela publicada, la sinopsis de la contraportada también proporciona un contexto inapreciable al lector, pero así, a palo seco, el principio es tal y como tú indicas.
POR FIN CONSEGUÍ TOCARLE. Qué duro, hacía tiempo que no tocaba nada tan duro; tal y como me lo había imaginado la primera vez que le vi aparecer con sus pantalones negros, deliciosamente ajustados; y su sudadera gris, ceñida de necesidad, por la destartalada puerta del gimnasio. Duro como una piedra, pero con probabilidad homosexual, como parecía ser la moda últimamente. Eso pensé, aunque esa opinión no fuera propia de mí, Malena para quienes más me quieren, Magda para algunos durante demasiado tiempo, Magdalena según mi partida de nacimiento y solo yo para mí misma. Y es que hacía mucho que yo no era yo misma. Gracias por haberte encontrado aun después de tanto tiempo. Sí, gracias, por permitirte sentir, al fin. Debe de ser la laxitud que me invade después de haberme acostado con él. Tiene que ser eso, la pasividad postcoito, la felicidad inmoral que transpira cada célula tras haber follado, como diría sin vacilar mi querida Laura. Sigo sin acostumbrarme a la palabreja, siempre he preferido hacer el amor; aunque ya no se lleva, hasta escritoras con premios Planeta la emplean en entrevistas para dominicales y, sin embargo, yo no me siento a gusto cuando la digo. Y es que creo que nunca me he sentido así. Como en una nube. Con él a mi lado.
Correcciones propuestas:
POR FIN CONSEGUÍ TOCARLE. Qué duro: hacía tiempo que no tocaba nada tan duro. Era tal y como me lo había imaginado la primera vez que le vi aparecer con sus pantalones negros, deliciosamente ajustados, por la destartalada puerta del gimnasio. Y su sudadera gris, ceñida de necesidad... Duro como una piedra. Pero seguramente homosexual, como parecía ser la última moda.
Todo esto pensé, aunque esas opiniones no fueran propias de mí -Malena para quienes más me quieren; Magda para algunos durante demasiado tiempo; Magdalena según mi partida de nacimiento y solo yo para mí misma-. Y es que hacía mucho que yo no era yo misma. Gracias por haberte encontrado aun después de tanto tiempo. Sí, gracias, por permitirme sentir al fin. Debe de ser la laxitud que me invade después de haberme acostado con él. Tiene que ser eso, la pasividad postcoito, esa felicidad inmoral que transpira cada célula después de haber follado, como diría mi querida Laura. Sigo sin acostumbrarme a la palabreja: siempre he preferido hacer el amor. Pero ya no se lleva, incluso a pesar de que escritoras con premios Planeta la emplean en entrevistas para dominicales. Sin embargo, yo no me siento a gusto cuando la digo. Y es que creo que nunca me he sentido así. Como en una nube. Con él a mi lado.
No sé, creo que así quedaría mejor.
Ciao,