… y se vio a sus ojos que lo miraban.
Acostado se encontraba en sus últimos suspiros, una increíble pena lo acosaba; lo había acosado en los años finales de su vida. Harto tiempo llevaba sin sentir, las últimas partículas de humanidad, que en escasa medida aún le quedaban, se desvanecían con el paso de sus momentos finales. Alrededor de su lecho de muerte estaban las cosas que en su juventud (años de precoz felicidad) había guardado con pulcro cuidado. Le hacían recordar lo que fue. Vio junto a él la carta leída y releída innumerables veces, desgastada y vieja, carta que le recordaba que alguna vez pudo amar. En la cómoda a su lado, junto a la lámpara de la débil luz, posaba una fotografía escasamente iluminada. Allí se podía ver un joven sonriente en un parque de una ciudad, recuerdo de años atrás cuando la edad no era pretexto para sentir alegría, cuando ilusamente seguía teniendo la idea de que su vida era perfecta y feliz. (La felicidad no es algo que se aparece y se toma de la nada, carece de espontaneidad, uno la debe crear. Cada quien crea su felicidad. La felicidad, por ende, es relativa.)
Era evidente que el lugar creaba un sentimiento de soledad y olvido (pecado de quien ha vivido), pero más triste era aun la imagen de un hombre en su lecho de muerte, no por el hecho de que iba a perecer, sino la forma en que se encontraba. Le dio al observador un fuerte sentimiento de compasión que un hombre mayor con un físico imponente para su edad, con una mirada inteligente, sabia y penetrante, con un aire de pasada grandeza, y con ningún signo evidente de alguna enfermedad severa, reflejase en sus ojos una tristeza y amargura tan pesada que le quitasen las ganas de vivir.
No sin antes analizar un número limitado de objetos con algo de valor sentimental para el observado, que le mostraban recuerdos olvidados (triste ironía), la visión del observador se enfocó en un cuadro sin terminar, único objeto que adornaba las paredes del cuarto sin ventanas. Lo vio y analizó detalladamente, y como quien ve a una madre ignorada o una amante abandonada, recordó al momento el origen de aquella obra inconclusa. La mujer allí plasmada, solamente visible su rostro, de una belleza simple y pura, sola, y como si estuviese en luto, miró al observador con sus ojos negros y penetrantes. No era una mirada feliz, ni tampoco triste, simplemente creaba en la mente de quien la viese una evidente e insoportable desdicha, misma que la mujer cargaba, cansada, y como el cuadro, sin aparente término. Su faz sin expresión de pronto se desvaneció, el vacio sin fin de sus grandes ojos envolvió el espacio.
Comentarios
(La felicidad no es algo que se aparece y se toma de la nada, carece de espontaneidad, uno la debe crear. Cada quien crea su felicidad. La felicidad, por ende, es relativa.)
Me ha encantado, sobre todo esta frase. De verdad la felicidad la crea cada uno de nosotros y no puedes pasarte toda la vida buscándola.
La felicidad es relativa; solo hay momentos felices, como destellos, en la vida de cada uno.