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Amor Esquizofrénico Ii

edgar89edgar89 Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
editado marzo 2011 en Narrativa
A pesar de todo, aquella noche etílica, tras haber decidido tornar el tono inofensivo y algo travieso de las historietas que solía contar sobre Piedracruda por las violaciones paterno-filiales que soportaba, ella insistió en que le gustaba el mar y que también influyó en la decisión de marcharse de casa, era buena conocedora de los gustos de Billy, algunas veces como aquella, incluso a él le resultaba patética. Billy aunque no era gran cosa estaba muy por encima de ella y lo sabía, tenía cierta clase, sabía comportarse, siempre iba bien vestido y tenía buena reputación social entre sus conocidos. Billy era un tipo callado y serio, lo cual le hacía parecer más inteligente, y aunque no era ni muy guapo ni muy feo, tenía buen porte y parecía tener el don de la razón al hablar con ese tono calmo y reflexivo que utilizaba aunque no fuera la ocasión. Con ella era divertido, contaba incluso malos chistes y no controlaba su tono de voz cuando lo hacía. Con ella se volvió más pasional, la amaba, le atraía sexualmente, le hacía gracia su inocencia y le gustaba tener siempre cerca a alguien que le recordara que no está solo en todo esto, además Estela era una chica que no requería mucho tiempo entretener y sentía profunda admiración por su figura a pesar de que, realmente, desconocía gran parte de él, sobretodo su faceta homicida. Creo que si la hubiera conocido seguiría sonriendo de la misma forma, y venga, otra vez a enterrar la porquería bajo una alfombra que si ahora está a la altura de sus hombros, no quiero imaginar si se enterará de que su chico se entretiene cazando a gente por las tardes (y algunas noches en fin de semana), creo que llegaría a tocar el techo y esos enervantes huevos azulados y grapados a su sonrisa estarían tranquilamente clavados en cualquier esquina o haciendo de preámbulo de algún cometario tonto y a destiempo. Pero él era feliz a su lado. Billy entró en casa de Estela con una mano sudada en el bolsillo donde traía el anillo de compromiso sin envoltura. Estela nunca ponía la campana cuando cocinaba y el humo de la cocina cobijaba el leve olor a mar y homicidio que arrastraba Billy de la calle. Había chuletón con patatas fritas, las patatas estaban cortadas en pequeños cuadraditos y se habían quedado perfectamente doradas, el chuletón estaba muy hecho. Ese olor, la comida y esos ojos de Estela que parecían estar barnizados con el aceite sobrante de la freidora habían intimidado aún más a Billy. Billy tenía previsto colocarle el anillo durante el postre para a posteriori pedirle su mano. Cenaron, hablaron de los estantes del super, de una amigo de Estela, se contaron chistes, se rieron juntos, bebieron algo y antes de llegar al postre Billy se ofreció por cortesía a traerlo de la cocina para echar el último vistazo de soledad a algo cotidiano, platos sucios, el armario nuevo, la nevera medio llena, el postre... eran un par de helados de bola con sabor a horchata dentro de un cuenco. Estela aprovechó para ir al baño. Desde el salón Billy escucho como Estela carraspeaba y tosía entrecortadamente, Billy le recriminó de un grito y medio en broma, que tenía que dejar de fumar, que algún día iban a reventar sus pulmones. Billy esperaba sentado a que su futura mujer saliera del baño, pensó en lo que tardan algunas mujeres en acicalarse un poco, en el matrimonio, en lo feliz que iba a ser, había pasado de timorato a impaciente por pedírselo, se había soltado mucho. Billy permanecía sentado ahí creyendo que tenía alguna sorpresa preparada para él. Habían pasado cinco minutos ya y se levantó para subir al cuarto de baño. -¿Estela, estás ahí?, venga sal ya que me estoy cansando, tengo algo que decirte, algo importante…- ¡ Cataplúm ! Se oyó como había caído algo pesado dentro de la habitación. Billy derribó la puerta con un par de patadas en la cerradura y vio a Estela con una soga al cuello tendida en el suelo con parte de la espalda apoyada en la taza del bater. Le caía sangre de una pequeña herida en el brazo derecho. Tenía esos enormes ojos disparando a la puerta por donde había entrado Billy y la boca abierta, con la lengua tapando los dientes de abajo. No dejo ninguna nota ni nada lo cual demuestra que murió la con ella la única virtud que cualquier desconocido pudiera apreciar, sus modales. Estela había guardado una cuerda fuerte en el baño antes de que Billy llegara a su casa. Estela se ahorcó atando la cuerda a la lámpara, hasta que ésta cedió con el peso de su diminuto cuerpo a escasos cinco segundos de morir sin aire. Billy estaba confuso, le caían las lágrimas por su petrificado rostro, sabía que estaba muerta, sabía de esas cosas. Tras unos minutos de transición a una reflexión y de dolor, Billy pensó en colocarle el anillo, pero era demasiado peliculero y no tenía sentido hacerlo pues eso sólo le podría acarrear problemas, además le había costado mucha pasta. Billy se lo dejo en el bolsillo, miraba las paredes. Salió del cuarto y observó con detenimiento desde lejos, el cuadro del pasillo, inmóvil y con poco que objetar... era un cuadro feísimo de un jarrón flotando en el cielo con dos melocotones del tamaño de las nubes. Bajó las escales despacio, se sujeto a la barandilla y palpó las grietas de la madera marcadas en la textura de sus dedos, pesaba sin saber porqué, en la acción de agarrarse a la barandilla, y continuo bajando las escaleras. Caminó hasta la puerta sin mirar al salón ni a la cocina y salió al jardín de la entrada. Se oía discutir a unos vecinos por el resultado de un partido de fútbol. Billy caminó llorando y aún perplejo hasta un par de calles más abajo y pidió un taxi. Le dijo la dirección de su casa con una implacable serenidad que yacía en las vidrieras de sus ojos hichados. Durante el camino se tocaba la pierna derecha y empapaba la alfombrilla de lágrimas silenciosas, en la radio sonaba Wannaba de las Spice Girls. Al llegar a casa le dio al taxista el dinero justo, deteniéndose incluso a contar las monedas pequeñas que guardaba en el segundo bolsillo de la cartera. Cuando Billy llegó a su casa se tumbo en la cama sin deshacerla, no pegó ojo en esa noche, no entendía nada, fue una noche dura para Billy.

Comentarios

  • JNMJNM Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado junio 2010
    En general me gustó, pero me confudió lo siguiente:

    Hay momentos en que la prosa es rápida, contundente y ácida. Estupenda para este relato, con el tono adecuado. Sin embargo, hay pasajes un poco embrollados, en los que esta prosa se difumina y alargas las frases llegando a resultar confusas (lo noté sobre todo por la mitad del relato más o menos).

    Me hubiese gustado una mayor justificación para el suicidio, es decir, que el acto del personaje femenino sea consecuencia de algo anterior que sienta o le suceda. El lector descubre por sorpresa que se ha ahorcado y me dio la sensación de que lo hizo porque tú, escritor, se lo mandaste, no porque el personaje necesitara hacerlo. Para que el lector sienta esa necesidad del personaje femenino deberías introducirte más en las razones que la llevan al suicidio.

    Independientemente de eso, en las frases que te digo algo embrolladas vi discordancias entre los tiempos verbales, pasas de un "pasado" a un "presente" sin razón lógica y eso confunde al lector.

    Me gustó mucho el personaje masculino, creo que es un tipo ganster de novela negra bien logrado. También muy acertadas las pinceladas de costumbrismo tras descubrir la muerte de la chica. Él se va a lo cotidiano, su mente le pone en primer plano un cuadro feo. Eso está bien, le da crudeza y realidad a la escena y la aleja de dramas innecesarios (a los que la escena se prestaría si hubieses tomado el camino fácil).

    En general, retocandolo un poco, creo que tienes un buen texto, enhorabuena.
  • edgar89edgar89 Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado junio 2010
    Tienes toda la razón JNM, cambio el tono y quizá divago demasiado en algunas cuestiones, aunque a veces está hecho a posta como la pequeña historia del padre. Lo de los verbos no me había dado cuenta, pero trataré de corregirlo.
    En cuanto a lo del suicidio, quería sorprender al lector con algo ruidoso, algo crudo y real, sin respuesta, sucede y ya está, los motivos solo los sabe Estela, quizá éstos ni siquiera existan. Quería que el lector perteneciera a ese aire de confusión y bochorno que respiraba Billy. El personaje de la chica es una loca al fin y al cabo, me sirve para dejar a un inteligente Billy noctambulo, paseante, roto, mareado en medio de una muerte que le toca muy de cerca y no entiende.
    El final trágico se va palpando desde el principio pienso yo, pero relacionado con el tipo que empieza tirando a un hombre al mar, el hombre que guarda una pipa en su lancha motora, pero no, pasa desapercibido en ese sentido, ni siquiera se termina suicidando, solo llora y aguanta como suele suceder. Billy es un tipo extraño y seco.
    Te agradezco la crítica JNM y me satisface que te haya gustado. Un saludo!
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado diciembre 2010
    Pues sí que sorprendió con la muerte de Estela, que lástima del anillo que no llegó a ver, y Bill muy impertérrito, se lo tomó con mucha calma, todo debería ser asi en la vida, no hay que llorar sobre la leche derramada.
  • antipodaantipoda Pedro Abad s.XII
    editado marzo 2011
    Totalmente de acuerdo con JNM, falta un ritmo, una consecuencia con el hilo conductor. Esperaré la corrección de este cuento. saludos y buenos escritos
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