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Milagros.

Llegaste una tarde de enero, traías un bolso y un paraguas. Daba placer mirarte, tu figura tenía algo de magia, porque al caminar parecía que no pisabas el suelo.
Eras linda.
Las semanas pasaron y tu albor nos fue cubriendo.
Con tu presencia el pueblo cambió. Los jardines se llenaron de flores, los árboles secos comenzaron a brotar. Tu sortilegio inundo todas las cosas.
Al atardecer solías ir al río. Te sentabas en la orilla de arena y tierra, apoyabas los pies en el agua y cantabas. La tarde escuchaba, los pájaros detenían tu vuelo para oír mejor y yo te espiaba, enamorado.

A partir de tu presencia la gente del pueblo fue diferente. Comenzaron a ser amables. Copiaban tu dulzura al hablar, al sonreír. Se fue creando un clima nuevo, se respiraba un aire aquieto.

Comenzaron los enamoramientos.
Doña Clara con sus setenta años se enamoró de el viejo farmacéutico don Luís. La viuda de Aguirre y el mozo del café, “La serenata” se casaron.
Las niñas casaderas comenzaron a ponerse de novio, un aire de romance imperaba en todas las cosas. Yo sabía que tu encantamiento las provocaba.
Le pregunté a tu tío Raúl:
-¿Qué vino a hacer su sobrina en nuestro pueblo?
-No sé. Apareció y me dijo, que era mi sobrina, la hija de mi hermana Martina. Que venia a cuidar a mi esposa en su convalecencia y se quedó.
-¿Y su hermana que dijo? –pregunté curioso.
-Nada, no la llamé.
La gente de mi pueblo era así, súper tranquila. La esposa de Raúl, doña Carla, estaba muy enferma, no podía o no quería caminar. A partir de la presencia de Milagros, así se llamaba mi hermosa maga, doña Carla fue trocando su enojo con el mundo por una sonrisa. Comenzó a caminar, primero lentamente, y luego de manera normal.

Así sucedía todo a tu lado, de manera natural. A veces me preguntaba; ¿por qué los demás no se daban cuenta que eras un ser especial?
Pasaron los meses y cuando la gente de mi pueblo había cambiado, te fuiste.
Con el mismo bolso, el paraguas y tus pies en el aire.

Una tarde le dije a tu tío Raúl;
-Consígame la dirección de Milagros que le quiero escribir una carta.

Cuando pasé por el negocio en busca de tu dirección, Raúl me dijo algo que nunca me hubiera imaginado:
-Mi hermana me dijo si estoy loco o borracho. Ella no tiene hijas mujeres.
-¿Y Milagros? -pregunté como un tonto.
-No sé –fue su única respuesta.

Mis trece años se quedaron con un motón de preguntas y le primera desilusión de hombre enamorado.

Comentarios

  • mariaelenamariaelena Francisco de Quevedo s. XVII
    editado mayo 2008
    No es dificil enamorarse de los milagros, sera que tanto, aveces nos hacen falta, creer o no creer...esperamos que venga a visitarnos.

    un abrazo, y te felicito...el cuento es muy tierno.
  • cehicehi Miguel de Cervantes s.XVII
    Hola

    Repasando... repasando... ¡qué bonita es esta historia!

    Aunque tarde, enhorabuena.

    Saludos
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