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Idea de crear un grupo de Lectura

JavincyJavincy Fernando de Rojas s.XV
editado agosto 2016 en Grupos de Lectura
Hola a todos y bienvenidos a nuestros grupos de lectura.

Fijaremos una votación, incluiremos algunos títulos dando prioridad a los que propongais en el subforo.

Cuando se decida el libro que vamos a leer, el hilo de la votación se abrirá a todos los comentarios durante un periodo de tiempo por determinar.

Una vez cumplida la fecha fijada el hilo dejará de estar fijo en los primeros puestos. A continuación permitiremos que vaya bajando de posiciones. Lo mantendremos siempre abierto para que podamos seguir introduciendo comentarios.

Abriremos seguidamente otra nueva votación.

Comentarios

  • JavincyJavincy Fernando de Rojas s.XV
    editado marzo 2008
    Hola a todos.

    Para los foreros que no puedan permitirse un libro tan a menudo, no tengan acceso a una biblioteca pública o simplemente prefieran leer en sus pdas y dispositivos electrónicos, nuestro compañero efezo tubo la brillante idea de crear un grupo donde podamos leer todos el mismo libro electrónico.

    Inaguro así el segundo grupo de lectura dedicado a libros electrónicos.

    Puesto que el volumen de libros colgados en la red es menor, en este grupo no tendremos votaciones, para los que tengáis en mente algún título seguir acudiendo al subforo "Propón un libro".

    Escojeremos siempre libros que podamos colgar sin quebrantar ninguna ley establecida.

    Un saludo.


    mesopohf2.jpg "Asesinato en Mesopotamia", de Agatha Christie. "Amy Leatheran es enfermera y como tal es contra*tada para cuidar a Mrs. Leidner, esposa de un famoso arqueólogo. Mrs. Leidner padece una manía persecutoria que le produce alucinaciones y teme ser asesinada. La enfermera se traslada a Mesopotamia y se hace cargo de su paciente en un campamento, en medio del desierto iraquí, donde el marido dirige a un equipo de arqueólogos que trabaja en unas excavaciones. Las fantasías de la enferma aumentan, pero nadie las toma en serio hasta que un día aparece muerta en su habitación."
  • Mao20Mao20 Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado enero 2008
    me lo estoy leyendo.
    Pero de una u otra manera esta forma de narrar se me hace muy parecida con la Colmena de Camilo Jose Cela, es demasiada charla y muy poco al detalle.
    Pero sigue siendo interesante :)

    Ahi voy, prometo terminarla.

    Nota al texto: Por favor no manden mas libros electronicos, dejen que nos terminemos este y luego si -a medida de cada uno- van poniendo otro. Que no pase como "Propon un libro" ahi muchos para leer en una semana xD.
    Mejor, posteen libros electronicos pero separados en tiempo.

    Un abrazo
  • sophiesophie Anónimo s.XI
    editado marzo 2008
    Hola amigos,

    Recientemente ha salido publicado un libro en la editorial Melusina que lleva por título "Edición 2.0. Los futuros del libro", de Joaquín Rodríguez, y que es una muy buena teorización sobre los nuevos formatos de los libros. Resulta muy interesante y se lo recomiendo a todo aquél interesado en qué está ocurriendo y qué está por ocurrir en el mundo del libro y de la edición.

    Un saludo.
  • JavincyJavincy Fernando de Rojas s.XV
    editado marzo 2008
    Hola sophie, tiene muy buena pinta el libro que comentas, realmente nadie sabe como va acabar todo esto del libro electrónico. Gracias por el aporte.
  • JavincyJavincy Fernando de Rojas s.XV
    editado abril 2008
    Hola a todos. Gracias a las ideas de Marcelo, vamos a intentar revivir este apartado que teníamos un tanto olvidado.

    Este grupo estará destinado a la leer cuentos de escritores consagrados. El procedimiento será el mismo, votación, lectura y opinión.

    Un abrazo.
  • JavincyJavincy Fernando de Rojas s.XV
    editado marzo 2008
    Para agilizar un poco este grupo vamos con el primer cuento:



    Cordero asado de Roald Dahl


    La habitación estaba limpia y acogedora, las cortinas corridas, las dos lámparas de mesa encendidas, la suya y la de la silla vacía, frente a ella. Detrás, en el aparador, dos vasos altos de whisky. Cubos de hielo en un recipiente.
    Mary Maloney estaba esperando a que su marido volviera del trabajo.
    De vez en cuando echaba una mirada al reloj, pero sin preocupación, simplemente para complacerse de que cada minuto que pasaba acercaba el momento de su llegada. Tenía un aire sonriente y optimista. Su cabeza se inclinaba hacia la costura con entera tranquilidad. Su piel —estaba en el sexto mes del embarazo— había adquirido un maravilloso brillo, los labios suaves y los ojos, de mirada serena, parecían más grandes y más oscuros que antes.
    Cuando el reloj marcaba las cinco menos diez, empezó a escuchar, y pocos minutos más tarde, puntual como siempre, oyó rodar los neumáticos sobre la grava y cerrarse la puerta del coche, los pasos que se acercaban, la llave dando vueltas en la cerradura.
    Dejó a un lado la costura, se levantó y fue a su encuentro para darle un beso en cuanto entrara.
    —¡Hola, querido! —dijo ella.
    —¡Hola! —contestó él.
    Ella le colgó el abrigo en el armario. Luego volvió y preparó las bebidas, una fuerte para él y otra más floja para ella; después se sentó de nuevo con la costura y su marido enfrente con el alto vaso de whisky entre las manos, moviéndolo de tal forma que los cubitos de hielo golpeaban contra las paredes del vaso. Para ella ésta era una hora maravillosa del día. Sabía que su esposo no quería hablar mucho antes de terminar la primera bebida, y a ella, por su parte, le gustaba sentarse silenciosamente, disfrutando de su compañía después de tantas horas de soledad. Le gustaba vivir con este hombre y sentir —como siente un bañista al calor del sol— la influencia que él irradiaba sobre ella cuando estaban juntos y solos. Le gustaba su manera de sentarse descuidadamente en una silla, su manera de abrir la puerta o de andar por la habitación a grandes zancadas. Le gustaba esa intensa mirada de sus ojos al fijarse en ella y la forma graciosa de su boca, especialmente cuando el cansancio no le dejaba hablar, hasta que el primer vaso de whisky le reanimaba un poco.
    —¿Cansado, querido?
    —Sí —respondió él—, estoy cansado.
    Mientras hablaba, hizo una cosa extraña. Levantó el vaso y bebió su contenido de una sola vez aunque el vaso estaba a medio llenar.
    Ella no lo vio, pero lo intuyó al oír el ruido que hacían los cubitos de hielo al volver a dejar él su vaso sobre la mesa. Luego se levantó lentamente para servirse otro vaso.
    —Yo te lo serviré —dijo ella, levantándose.
    —Siéntate —dijo él secamente.
    Al volver observó que el vaso estaba medio lleno de un líquido ambarino.
    —Querido, ¿quieres que te traiga las zapatillas? Le observó mientras él bebía el whisky.
    —Creo que es una vergüenza para un policía que se va haciendo mayor, como tú, que le hagan andar todo el día —dijo ella.
    El no contestó; Mary Maloney inclinó la cabeza de nuevo y continuó con su costura. Cada vez que él se llevaba el vaso a los labios se oía golpear los cubitos contra el cristal.
    —Querido, ¿quieres que te traiga un poco de queso? No he hecho cena porque es jueves.
    —No —dijo él.
    —Si estás demasiado cansado para comer fuera —continuó ella—, no es tarde para que lo digas. Hay carne y otras cosas en la nevera y te lo puedo servir aquí para que no tengas que moverte de la silla.
    Sus ojos se volvieron hacia ella; Mary esperó una respuesta, una sonrisa, un signo de asentimiento al menos, pero él no hizo nada de esto.
    —Bueno —agregó ella—, te sacaré queso y unas galletas.
    —No quiero —dijo él.
    Ella se movió impaciente en la silla, mirándole con sus grandes ojos.
    —Debes cenar. Yo lo puedo preparar aquí, no me molesta hacerlo. Tengo chuletas de cerdo y cordero, lo que quieras, todo está en la nevera.
    —No me apetece —dijo él.
    —¡Pero querido! ¡Tienes que comer! Te lo sacaré y te lo comes, si te apetece.
    Se levantó y puso la costura en la mesa, junto a la lámpara.
    —Siéntate —dijo él—, siéntate sólo un momento. Desde aquel instante, ella empezó a sentirse atemorizada.
    —Vamos —dijo él—, siéntate.
    Se sentó de nuevo en su silla, mirándole todo el tiempo con sus grandes y asombrados ojos. El había acabado su segundo vaso y tenía los ojos bajos.
    —Tengo algo que decirte.
    —¿Qué es ello, querido? ¿Qué pasa?
    El se había quedado completamente quieto y mantenía la cabeza agachada de tal forma que la luz de la lámpara le daba en la parte alta de la cara, dejándole la barbilla y la boca en la oscuridad.
    —Lo que voy a decirte te va a trastornar un poco, me temo —dijo—, pero lo he pensado bien y he decidido que lo mejor que puedo hacer es decírtelo en seguida. Espero que no me lo reproches demasiado.
    Y se lo dijo. No tardó mucho, cuatro o cinco minutos como máximo. Ella no se movió en todo el tiempo, observándolo con una especie de terror mientras él se iba separando de ella más y más, a cada palabra.
    —Eso es todo —añadió—, ya sé que es un mal momento para decírtelo, pero no hay otro modo de hacerlo. Naturalmente, te daré dinero y procuraré que estés bien cuidada. Pero no hay necesidad de armar un escándalo. No sería bueno para mi carrera.
    Su primer impulso fue no creer una palabra de lo que él había dicho. Se le ocurrió que quizá él no había hablado, que era ella quien se lo había imaginado todo. Quizá si continuara su trabajo como si no hubiera oído nada, luego, cuando hubiera pasado algún tiempo, se encontraría con que nada había ocurrido.
    —Prepararé la cena —dijo con voz ahogada.
    Esta vez él no contestó.
    Mary se levantó y cruzó la habitación. No sentía nada, excepto un poco de náuseas y mareo. Actuaba como un autómata. Bajó hasta la bodega, encendió la luz y metió la mano en el congelador, sacando el primer objeto que encontró. Lo sacó y lo miró. Estaba envuelto en papel, así que lo desenvolvió y lo miró de nuevo.
    Era una pierna de cordero.
    Muy bien, cenarían pierna de cordero. Subió con el cordero entre las manos y al entrar en el cuarto de estar encontró a su marido de pie junto a la ventana, de espaldas a ella.
    Se detuvo.
    —Por el amor de Dios —dijo él al oírla, sin volverse—, no hagas cena para mí. Voy a salir.
    En aquel momento, Mary Maloney se acercó a él por detrás y sin pensarlo dos veces levantó la pierna de cordero congelada y le golpeó en la parte trasera de la cabeza tan fuerte como pudo. Fue como si le hubiera pegado con una barra de acero. Retrocedió un paso, esperando a ver qué pasaba, y lo gracioso fue que él quedó tambaleándose unos segundos antes de caer pesadamente en la alfombra.
    La violencia del golpe, el ruido de la mesita al caer por haber sido empujada, la ayudaron a salir de su ensimismamiento.
    Salió retrocediendo lentamente, sintiéndose fría y confusa, y se quedó por unos momentos mirando el cuerpo inmóvil de su marido, apretando entre sus dedos el ridículo pedazo de carne que había empleado para matarle.
    «Bien —se dijo a sí misma—, ya lo has matado.»
    Era extraordinario. Ahora lo veía claro. Empezó a pensar con rapidez. Como esposa de un detective, sabía cuál sería el castigo; de acuerdo. A ella le era indiferente. En realidad sería un descanso. Pero por otra parte. ¿Y el niño? ¿Qué decía la ley acerca de las asesinas que iban a tener un hijo? ¿Los mataban a los dos, madre e hijo? ¿Esperaban hasta el noveno mes? ¿Qué hacían?
    Mary Maloney lo ignoraba y no estaba dispuesta a arriesgarse.
    Llevó la carne a la cocina, la puso en el horno, encendió éste y la metió dentro. Luego se lavó las manos y subió a su habitación. Se sentó delante del espejo, arregló su cara, puso un poco de rojo en los labios y polvo en las mejillas. Intentó sonreír, pero le salió una mueca. Lo volvió a intentar.
    —Hola, Sam —dijo en voz alta. La voz sonaba rara también.
    —Quiero patatas, Sam, y también una lata de guisantes.
    Eso estaba mejor. La sonrisa y la voz iban mejorando. Lo ensayó varias veces. Luego bajó, cogió el abrigo y salió a la calle por la puerta trasera del jardín.
    Todavía no eran las seis y diez y había luz en las tiendas de comestibles.
    —Hola, Sam —dijo sonriendo ampliamente al hombre que estaba detrás del mostrador.
    —¡Oh, buenas noches, señora Maloney! ¿Cómo está?
    —Muy bien, gracias. Quiero patatas, Sam, y una lata de guisantes.
    El hombre se volvió de espaldas para alcanzar la lata de guisantes.
    —Patrick dijo que estaba cansado y no quería cenar fuera esta noche —le dijo—. Siempre solemos salir los jueves y no tengo verduras en casa.
    —¿Quiere carne, señora Maloney?
    —No, tengo carne, gracias. Hay en la nevera una pierna de cordero.
    —¡Oh!
    —No me gusta asarlo cuando está congelado, pero voy a probar esta vez. ¿Usted cree que saldrá bien?
    —Personalmente —dijo el tendero—, no creo que haya ninguna diferencia. ¿Quiere estas patatas de Idaho?
    —¡Oh, sí, muy bien! Dos de ésas.
    —¿Nada más? —El tendero inclinó la cabeza, mirándola con simpatía—. ¿Y para después? ¿Qué le va a dar luego?
    —Bueno. ¿Qué me sugiere, Sam?
    El hombre echó una mirada a la tienda.
    —¿Qué le parece una buena porción de pastel de queso? Sé que le gusta a Patrick.
    —Magnífico —dijo ella—, le encanta.
    Cuando todo estuvo empaquetado y pagado, sonrió agradablemente y dijo:
    —Gracias, Sam. Buenas noches.
    Ahora, se decía a sí misma al regresar, iba a reunirse con su marido, que la estaría esperando para cenar; y debía cocinar bien y hacer comida sabrosa porque su marido estaría cansado; y si cuando entrara en la casa encontraba algo raro, trágico o terrible, sería un golpe para ella y se volvería histérica de dolor y de miedo. ¿Es que no lo entienden? Ella no esperaba encontrar nada. Simplemente era la señora Maloney que volvía a casa con las verduras un jueves por la tarde para preparar la cena a su marido.
    «Eso es —se dijo a sí misma—, hazlo todo bien y con naturalidad. Si se hacen las cosas de esta manera, no habrá necesidad de fingir.»
    Por lo tanto, cuando entró en la cocina por la puerta trasera, iba canturreando una cancioncilla y sonriendo.
    —¡Patrick! —llamó—, ¿dónde estás, querido? Puso el paquete sobre la mesa y entró en el cuarto de estar. Cuando le vio en el suelo, con las piernas dobladas y uno de los brazos debajo del cuerpo, fue un verdadero golpe para ella.
    Todo su amor y su deseo por él se despertaron en aquel momento. Corrió hacia su cuerpo, se arrodilló a su lado y empezó a llorar amargamente. Fue fácil, no tuvo que fingir.
    Unos minutos más tarde, se levantó y fue al teléfono. Sabía el número de la jefatura de Policía, y cuando le contestaron al otro lado del hilo, ella gritó:
    —¡Pronto! ¡Vengan en seguida! ¡Patrick ha muerto!
    —¿Quién habla?
    —La señora Maloney, la señora de Patrick Maloney.
    —¿Quiere decir que Patrick Maloney ha muerto?
    —Creo que sí —gimió ella—. Está tendido en el suelo y me parece que está muerto.
    —Iremos en seguida —dijo el hombre.
    El coche vino rápidamente. Mary abrió la puerta a los dos policías. Los reconoció a los dos en seguida —en realidad conocía a casi todos los del distrito— y se echó en los brazos de Jack Nooan, llorando histéricamente. El la llevó con cuidado a una silla y luego fue a reunirse con el otro, que se llamaba O’Malley, el cual estaba arrodillado al lado del cuerpo inmóvil.
    —¿Está muerto? —preguntó ella.
    —Me temo que sí… ¿qué ha ocurrido?
    Brevemente, le contó que había salido a la tienda de comestibles y al volver lo encontró tirado en el suelo. Mientras ella hablaba y lloraba, Nooan descubrió una pequeña herida de sangre cuajada en la cabeza del muerto. Se la mostró a O’Malley y éste, levantándose, fue derecho al teléfono.
    Pronto llegaron otros policías. Primero un médico, después dos detectives, a uno de los cuales conocía de nombre. Más tarde, un fotógrafo de la Policía que tomó algunos planos y otro hombre encargado de las huellas dactilares. Se oían cuchicheos por la habitación donde yacía el muerto y los detectives le hicieron muchas preguntas. No obstante, siempre la trataron con amabilidad.
    Volvió a contar la historia otra vez, ahora desde el principio. Cuando Patrick llegó ella estaba cosiendo, y él se sintió tan fatigado que no quiso salir a cenar. Dijo que había puesto la carne en el horno —allí estaba, asándose— y se había marchado a la tienda de comestibles a comprar verduras. De vuelta lo había encontrado tendido en el suelo.
    —¿A qué tienda ha ido usted? —preguntó uno de los detectives.
    Se lo dijo, y entonces el detective se volvió y musitó algo en voz baja al otro detective, que salió inmediatamente a la calle.
    «…, parecía normal…, muy contenta…, quería prepararle una buena cena…, guisantes…, pastel de queso…, imposible que ella…»
    Transcurrido algún tiempo el fotógrafo y el médico se marcharon y los otros dos hombres entraron y se llevaron el cuerpo en una camilla. Después se fue el hombre de las huellas dactilares. Los dos detectives y los policías se quedaron. Fueron muy amables con ella; Jack Nooan le preguntó si no se iba a marchar a otro sitio, a casa de su hermana, quizá, o con su mujer, que cuidaría de ella y la acostaría.
    —No —dijo ella.
    No creía en la posibilidad de que pudiera moverse ni un solo metro en aquel momento. ¿Les importaría mucho que se quedara allí hasta que se encontrase mejor? Todavía estaba bajo los efectos de la impresión sufrida.
    —Pero ¿no sería mejor que se acostara un poco? —preguntó Jack Nooan.
    —No —dijo ella.
    Quería estar donde estaba, en esa silla. Un poco más tarde, cuando se sintiera mejor, se levantaría.
    La dejaron mientras deambulaban por la casa, cumpliendo su misión. De vez en cuando uno de los detectives le hacía una pregunta. También Jack Nooan le hablaba cuando pasaba por su lado. Su marido, le dijo, había muerto de un golpe en la cabeza con un instrumento pesado, casi seguro una barra de hierro. Ahora buscaban el arma. El asesino podía habérsela llevado consigo, pero también cabía la posibilidad de que la hubiera tirado o escondido en alguna parte.
    —Es la vieja historia —dijo él—, encontraremos el arma y tendremos al criminal.
    Más tarde, uno de los detectives entró y se sentó a su lado.
    —¿Hay algo en la casa que pueda haber servido como arma homicida? —le preguntó—. ¿Le importaría echar una mirada a ver si falta algo, un atizador, por ejemplo, o un jarrón de metal?
    —No tenemos jarrones de metal —dijo ella.
    —¿Y un atizador?
    —No tenemos atizador, pero puede haber algo parecido en el garaje.
    La búsqueda continuó.
    Ella sabía que había otros policías rodeando la casa. Fuera, oía sus pisadas en la grava y a veces veía la luz de una linterna infiltrarse por las cortinas de la ventana. Empezaba a hacerse tarde, eran cerca de las nueve en el reloj de la repisa de la chimenea. Los cuatro hombres que buscaban por las habitaciones empezaron a sentirse fatigados.
    —Jack —dijo ella cuando el sargento Nooan pasó a su lado—, ¿me quiere servir una bebida?
    —Sí, claro. ¿Quiere whisky?
    —Sí, por favor, pero poco. Me hará sentir mejor. Le tendió el vaso.
    —¿Por qué no se sirve usted otro? —dijo ella—; debe de estar muy cansado; por favor, hágalo, se ha portado muy bien conmigo.
    —Bueno —contestó él—, no nos está permitido, pero puedo tomar un trago para seguir trabajando.
    Uno a uno, fueron llegando los otros y bebieron whisky. Estaban un poco incómodos por la presencia de ella y trataban de consolarla con inútiles palabras.
    El sargento Nooan, que rondaba por la cocina, salió y dijo:
    —Oiga, señora Maloney. ¿Sabe que tiene el horno encendido y la carne dentro?
    —¡Dios mío! —gritó ella—. ¡Es verdad!
    —¿Quiere que vaya a apagarlo?
    —¿Sería tan amable, Jack? Muchas gracias.
    Cuando el sargento regresó por segunda vez lo miró con sus grandes y profundos ojos.
    —Jack Nooan —dijo.
    —¿Sí?
    —¿Me harán un pequeño favor, usted y los otros?
    —Si está en nuestras manos, señora Maloney…
    —Bien —dijo ella—. Aquí están ustedes, todos buenos amigos de Patrick, tratando de encontrar al hombre que lo mató. Deben de estar hambrientos porque hace rato que ha pasado la hora de la cena, y sé que Patrick, que en gloria esté, nunca me perdonaría que estuviesen en su casa y no les ofreciera hospitalidad. ¿Por qué no se comen el cordero que está en el horno? Ya estará completamente asado.
    —Ni pensarlo —dijo el sargento Nooan.
    —Por favor —pidió ella—, por favor, cómanlo. Yo no voy a tocar nada de lo que había en la casa cuando él estaba aquí, pero ustedes sí pueden hacerlo. Me harían un favor si se lo comieran. Luego, pueden continuar su trabajo.
    Los policías dudaron un poco, pero tenían hambre y al final decidieron ir a la cocina y cenar. La mujer se quedó donde estaba, oyéndolos a través de la puerta entreabierta. Hablaban entre sí a pesar de tener la boca llena de comida.
    —¿Quieres más, Charlie?
    —No, será mejor que no lo acabemos.
    —Pero ella quiere que lo acabemos, eso fue lo que dijo. Le hacemos un favor.
    —Bueno, dame un poco más.
    —Debe de haber sido un instrumento terrible el que han usado para matar al pobre Patrick —decía uno de ellos—, el doctor dijo que tenía el cráneo hecho trizas.
    —Por eso debería ser fácil de encontrar.
    —Eso es lo que a mí me parece.
    —Quienquiera que lo hiciera no iba a llevar una cosa así, tan pesada, más tiempo del necesario. Uno de ellos eructó:
    —Mi opinión es que tiene que estar aquí, en la casa.
    —Probablemente bajo nuestras propias narices. ¿Qué piensas tú, Jack?
    En la otra habitación, Mary Maloney empezó a reírse entre dientes.

    Roald Dahl, “Cordero asado”
  • Marcelo_ChorenMarcelo_Choren Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado abril 2008
    “Cordero asado” de Roald Dahl, pertenece a la antología Relatos de lo inesperado (Tales of the Unexpected, 1979) Alfred Hitchcock realizó una adaptación para su serie televisiva, y Almodóvar le rindió homenaje en alguna de sus películas.

    Raymond Chandler, en El simple arte de matar, dice “Los muchachos que apoyan los pies sobre el escritorio (policías) saben que el caso de asesinato que más fácil resulta solucionar es aquel con el cual alguien ha tratado de pasarse de listo; el que realmente les preocupa es el asesinato que se le ocurrió a alguien dos minutos antes de llevarlo a cabo.” Esto es lo que plantea Dahl en este apasionante relato.
    ¿En qué momento la dulce y casi perruna Mary Maloney decide acabar con Patrick? ¿Cuándo le informó que iba a abandonarla? ¿Cuándo sopesó la pieza de carne? ¿O la gota que rebalsó el vaso fue la frase final de su marido “Por el amor de Dios, no hagas cena para mí. Voy a salir.”? No lo sabemos, el autor, con mucho oficio, elude revelarnos esa parte (y algunas otras) de los pensamientos en torbellino que rondan la cabecita de Mary.
    Como en muchos crímenes de la vida real, su perfección radica en el modo que emplea el culpable (¿Mary es victimaria o víctima?) para eludir las consecuencias. Allí, la historia da un giro radical: la mujercita ha mostrado las uñas, y se dispone a luchar no por ella sino por su cachorro. No va a permitir que su hijo le sea arrebatado ni que sufra por su acción. Mary, amante esposa y futura madre, ensaya gestos y entonaciones ante el espejo. Con una astucia impensable en ella, pobre mosquita muerta, enreda a los policías hasta el punto de hacerles tragar el arma homicida. Claro que esto tiene un precio: Mary Maloney, en la escena final, a solas “...empezó a reírse entre dientes.” No hallo en esa risa la satisfacción del burlador, sino el despertar de la locura.
    Desde el aspecto literario, “Cordero asado” es un cuento redondo, sin fisuras. Dahl nos convierte en cómplices involuntarios, en testigos amordazados, de un drama. Con maestría, omite revelar no sólo los pensamientos de la protagonista sino el parlamento de Patrik “Y se lo dijo. No tardó mucho, cuatro o cinco minutos como máximo. Ella no se movió en todo el tiempo, observándolo con una especie de terror mientras él se iba separando de ella más y más, a cada palabra.” Cualquier lector imagina la crudeza de la escena, quizá el modo telegráfico en que pudieron ser pronunciadas esas palabras. Otro escritor, con menos tablas que Dahl, hubiera caído en la tentación de poner en boca del personaje toda la explicación.
    ¿Sospechan los colegas del muerto de su afligida viuda? Hasta donde se lee no. Dahl los muestra haciendo su trabajo a conciencia, quizá incentivados por tratarse del asesinato de un compañero... Y saboreando una exquisita pierna de cordero asado.
  • CloeCloe Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado abril 2008
    El título les va que ni pintado,Relatos inesperados, porque junto al peculiar humor , la sorpresa es una de las características del autor. El final de sus relatos siempre nos despierta una sonrisa y resultan imposibles de predecir.


    En ese sentido, a mi me recuerda a O. Henry, otro autor con el disfrutaríamos la lectura. En ocasiones, estas historias tienen como telón de fondo un asesinato, como en este caso “Cordero asado”. Con argumentos así, no es de extrañar que Alfred Hitchcok decidiera adaptar algunos de sus relatos para la televisión.
    A pesar de la temática, no encontraremos nada ofensivo ni desagradable, debido al tono irónico y desenfadado que emplea.
    Otro en la misma linea es “La señora Bixby y el abrigo del coronel”



    Lo cierto es que, me quedé pensando en cual sería el pensamiento de Mary, cuando se reía entre dientes.
  • Marcelo_ChorenMarcelo_Choren Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado mayo 2008
    Se me ocurre, como una posibilidad más, que —una vez elegido un texto— podríamos pegar capítulo a capítulo en un mismo hilo, y agregar los comentarios allí.
    Esto nos permitiría trabajar con la misma versión, y tener una visita más completa sobre la obra.
    Podríamos, también, determinar la frecuencia de "subida" de los capítulos.
    ¿Qué opinan?
Este hilo ha sido cerrado.


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