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Retratos.

El retrato es mentiroso, es solo un segundo, un instante en la vida de alguien, cuanta felicidad diría usted si viera esta foto, los dos abrazados sobre ese banco en Palermo, sonrientes, enamorados, disfrutando la tarde al sol, y yo con mi costumbre de llevar la cámara a todos lados, como si fuera las llaves o la billetera. Le decimos a ese que nos saque una foto, le dije señalando con el dedo a un hombre que paseaba con su hijo, le entregué la canon 380 SE, con la que retraté gran parte del sur patagónico, y nos abrazamos, la bese y le prometí al oído meternos en la cama al regresar, su boca le regaló al lente esa sonrisa que usted esta viendo ahora, mientras el señor disparaba la cámara que sostenía en las manos como si fuera un ladrillo.

Mire usted por si mismo, como su brazo se pierde por mi espalda y su cabeza se ancla en mi pecho como si no tuviera otro océano donde naufragar. La luz es perfecta, el banco quedó centrado justo donde debía para que mi cabeza, un poco más alta que la de ella, dejara ver el cielo en su plenitud, sin cortar los pies ni dejando ver demasiado el suelo, y yo que casi me tiro al piso de la risa cuando lo vi a ese señor tomar la cámara, otra foto para mi colección de dedos, pensé. ¿No le dije?, yo colecciono fotos de dedos, esas en que la gente inexperta mete algún dedo delante del lente y tapa un cuerpo, una cabeza, medio paisaje, o que se yo. A mi me divierten, de la Patagónia me traje muchas, no tiene idea usted de la cantidad de gente que no sabe sacar una foto. Pero esta en particular es hermosa, y en parte me da un poco de celos no haberla sacado yo, ella es sin duda la que brilla en la foto, yo podría ser el banco o ese árbol que apenas se ve por ahí atrás y usted no se daría cuenta que falto, se detendría solo a mirarla a ella sonriendo, feliz, deseándola, queriendo estar en ese banco para que ella lo abrace a usted y volver temprano para pasar juntos el resto del día en la cama, pero para su desgracia, yo estoy en esa foto, y es a mi a quien abraza y sonríe, y es conmigo que se vuelve para meterse en la cama. ¿Usted puede dudar al ver esa imagen que no fue así? 

Ya debe tener alguna hipótesis dándole vueltas por la cabeza ¿No es cierto?. Pero déjeme continuar. Después de tomar la fotografía nos fuimos al departamento, ya no nos importaba ni el lago, ni el atardecer, solo queríamos llegar y desnudarnos. Nunca nos faltamos a una promesa, yo no lo soportaría. Siempre que alguno de los dos prometía, tenía que cumplir. ¿Qué? No, usted no va a hacerme caer, ella nunca me prometió que estaría siempre conmigo. Podía yo suponerlo, tal vez me convencí de que fuera de esa forma, pero el motivo no fue que haya faltado a una promesa, yo no estoy loco. ¿Usted no lo puede suponer? Lo creía más inteligente, ¿no se dio cuenta todavía? El motivo fueron las fotografías.

Usted me escucha con la misma intensidad con que la ve en el retrato, es difícil dejar de mirarla, ¿no cree? Sus ojos miran directamente al lente, pero su rostro esta sumergido en mi pecho y su sonrisa es para mi, no para la cámara. Apenas se le ven los dientes debajo de sus labios, esa boca conmueve, lo puede llevar a uno, al infierno o al paraíso con la misma facilidad. A veces le pedía que pose solo para retratar su boca, podía pasar horas enteras mirando sus fotografías. Nunca se cansaba de posar para mi, desnuda, excitada, sonriendo, provocando, insinuando, con su remera de dormir o vestida para salir a cenar, jamás tuvo un pretexto para no hacerlo. Las de aquel cajón son las de ella llorando, triste, desbastada, también son hermosas, si quiera puede mirarlas.

Siempre me gustó fotografiar, es un arte tan digno como la pintura, solo hay que saber sentirlo, saber cual es el momento y el ángulo preciso, saber cuando la luz baña determinado objeto y de que forma lo capta el lente. Comencé fotografiando paisajes, rutas, atardeceres, luego me interese por los objetos comunes, una canilla echando agua o un plato en la mesa, más tarde vinieron las personas, simples, haciendo cualquier cosa, robándoles un instante de sus vidas sin saber ellos que lo hacía, y por último llegó ella, única, distinta, hecha para ser multiplicada por miles, sin agotarse ella o la cámara, entregándose por completo, el lente podía retratarle el alma.

¿Qué pasó después de tener sexo? Revelé las fotografías del parque buscando la que iba a pertenecer a mi colección de dedos, pero en cambio me encontré con esa foto mentirosa, absurda, y me volví a enamorar de ella, ¿no está más hermosa ahí que en cualquier otra? Corrí a mostrársela y la encontré sentada en la cama con los ojos mojados, todavía olía a sexo y estaba envuelta con la sabana, solo había dejado sus hombros desnudos, y me dijo que no soportaba más, que me iba a dejar, que desde hacía un tiempo estaba viendo a otro y no podía sostener más nuestra relación. ¿y yo que hice? Solo pude cerrar el puño y golpearla. No, usted sigue en un error, no es por esa fotografía aparentemente feliz que la maté, fue por esas otras que están guardadas en el dormitorio. Yo nunca la había visto con sangre en el rostro, sangraba y seguía brillando y estaba tan hermosa como en el parque, pero otra vez distinta, hasta de ella misma, única de nuevo, pero no quiso posar, me insultaba y no quería quedarse quieta, la sangre había llenado su boca, se desbordaba inundando su mentón y yo tuve miedo que quisiera limpiarse.

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